Capítulo 10
La Voz del Padre
✦ ISADORA ✦
—Isadora.
Su voz era igual. Siempre igual —controlada, sin volumen innecesario, el tipo de voz que no sube porque no necesita hacerlo. Crecí creyendo que eso era fortaleza. Ahora me preguntaba si era solo entrenamiento.
—Papá.
—¿Dónde estás?
—En Roma.
—Sé que estás en Roma. ¿Dónde en Roma?
—En un lugar seguro.
Silencio corto. Estaba procesando el tono —lo sabía, conocía sus pausas, sabía distinguir la de sorpresa de la de cálculo. Esta era de cálculo.
—Dante te llevó sin consultarme —dijo.
—Dante me dio una opción. Yo elegí venir.
—Tienes veinte años, Isadora. No entiendes lo que está en juego.
Respiré por la nariz.
—Sé que fuiste a Milán —dije—. Sé quién es Saul Reiter. Y sé lo que le ofreciste.
El silencio esta vez fue distinto. Más largo. Más pesado.
—¿Dónde oíste ese nombre?
—No importa dónde.
—Importa mucho—
—Papá. —Mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Me usaste como moneda de cambio. Quiero oírlo de ti.
Otro silencio.
Fuera del cuarto, ningún sonido. Dante estaba del otro lado de la puerta como había prometido —lo sabía, sentía esa presencia silenciosa incluso a través de la madera.
—La situación es más compleja de lo que parece —dijo mi padre.
—Entonces explícala.
—No es una conversación de teléfono.
—Entonces empieza y termina cuando yo llegue.
—Isadora—
—Me ibas a presentar a él —dije—. ¿No es así? Era el trato. Yo aparecería en una recepción, en una cena, y tú me presentarías como tu hija y Reiter se acercaría y eso saldaría algo que le debes.
Silencio.
—No era así —dijo, por fin.
—¿Cómo era, entonces?
—Era un acercamiento. Solo eso. Reiter tiene interés en—
—No. —Lo corté—. No me cuentes en qué tiene interés. Cuéntame qué pensaste cuando pusiste mi nombre en esa conversación.
La pausa duró tanto que pensé que había colgado.
—Pensé que lo resolvería antes de que tuvieras que saberlo —dijo.
Era honesto. Tal vez lo más honesto que había dicho en años.
Y era exactamente el problema.
—Vuelve a Lisboa —dijo—. Yo resuelvo esto.
—¿Cómo?
—Isadora—
—¿Cómo lo resuelves, papá? ¿Con qué? Ya usaste lo que tenías.
Silencio.
—Dante vuelve contigo —dijo. La voz levemente distinta ahora —no súplica, Marcos Vellano no suplicaba. Pero cerca de eso—. Él garantiza que llegues bien. Después te explico todo.
Miré el muro de ladrillo por la ventana.
—Voy a pensarlo —dije.
—Isadora—
—Voy a pensarlo, papá. Es lo que tengo ahora.
Colgó.
Me quedé sentada en la cama un momento con el celular en la mano. El cuarto estaba en silencio, el olor a moho y limón, la luz débil entrando por la ventana inútil.
La puerta se abrió despacio.
Dante.
Se quedó de pie en la entrada. No preguntó nada —solo miró, como si supiera que yo hablaría cuando estuviera lista.
—Dijo que pensó que lo resolvería antes de que yo tuviera que saberlo —dije.
Dante no respondió.
—Es peor que una mentira —continué—. Una mentira la entendería. Esto es —él pensaba que yo era el tipo de problema que desaparece si lo ignoras el tiempo suficiente.
Todavía nada.
—Quiere que vuelva a Lisboa.
—Lo oí.
—¿Qué piensas?
Entró al cuarto. Se detuvo cerca de la ventana —siempre cerca de la ventana— y se quedó mirándome un segundo.
—Creo que volver o quedarse no resuelve el problema principal —dijo.
—Que es Reiter.
—Que es Reiter. Mientras la deuda exista, eres moneda de cambio. En Lisboa o en Roma.
—¿Entonces qué lo resuelve?
—Dos cosas. O la deuda desaparece. O Reiter desaparece.
Quedó en el aire lo que significaba la segunda opción.
No pregunté. Pero entendí.
—Hay una tercera —dije.
Dante esperó.
—Yo me presento ante Reiter —dije—. A mi manera. En mis términos. No como moneda de mi padre —como yo misma. Y veo qué quiere en realidad.
Dante se quedó muy callado.
—No —dijo.
—Dante—
—No, Isadora.
La voz era baja como siempre, pero había algo dentro de ella que no le había oído antes. No era una orden. Era otra cosa.
—Es mi decisión —dije.
—Lo sé. Y vas a tomar la decisión equivocada.
—No puedes saber eso.
—Sí puedo. —Se apartó de la ventana, dio un paso hacia la cama donde estaba sentada, se detuvo—. Reiter no negocia con personas. Negocia con posiciones. Si apareces sin el respaldo de tu padre, sin estructura, no va a ver autonomía. Va a ver fragilidad.
Lo miré de abajo hacia arriba.
—Entonces ayúdame a no parecer frágil —dije.
El cuarto quedó en silencio.
Dante me miraba con esa expresión a la que todavía no le había puesto el nombre exacto —no era la expresión de trabajo, no era la de cálculo. Era algo más directo que las dos.
—Eres imposible —dijo, por fin.
—Estoy aprendiendo de quien sabe.
Algo pasó por su rostro. Rápido. Pero estuvo ahí.
* * *
✦ DANTE ✦
Salí del cuarto y fui a la sala.
Necesitaba dos metros de distancia y el muro de ladrillo en lugar de la ventana para pensar bien.
Isadora quería presentarse ante Reiter. Sola. En sus propios términos.
Era la idea más peligrosa que había oído en días —y en los últimos días había oído varias.
Pero mientras me quedaba ahí parado tratando de construir el argumento completo en contra, una parte pequeña y muy inconveniente de mí estaba reconociendo que había lógica en eso.
No la lógica de seguridad —la lógica de ajedrez.
Reiter esperaba una pieza pasiva. Una chica que aparecía donde su padre mandaba, sonreía a quien su padre indicaba.
No estaba preparado para una pieza que se movía sola.
La sorpresa tenía valor.
Pero la sorpresa sin preparación era solo imprudencia con otro nombre.
Tomé el celular. Llamé a Ferri.
—Necesito todo lo que tengas sobre los hábitos de Reiter en Roma —dije—. Dónde come. Dónde aparece. Quién está con él.
Ferri se quedó callado un segundo.
—Estás pensando en algo que no me gusta —dijo.
—Tal vez.
—Dante.
—Ferri. ¿Qué tienes?
Lo oí soltar el aire.
—Reiter tiene una cena mañana por la noche. Privada, restaurante en el Aventino. Lista pequeña —ocho, diez personas. Gente con dinero y apellido.
—¿Puedo entrar en esa lista?
—Puedes. Pero no era por ti que estaba preocupado.
Me quedé callado.
—Ella lo va a hacer de todos modos —dije, por fin—. Conmigo o sin mí.
—Lo sé —dijo Ferri—. Por eso estoy preocupado.
Colgó.
Fui hasta la puerta del cuarto. Isadora estaba acostada boca arriba mirando el techo, las manos sobre el estómago, esa forma silenciosa suya de quedarse despierta sin hacer ruido.
Levantó la vista cuando entré.
—Hay una cena mañana por la noche —dije—. Reiter va a estar ahí.
Se quedó callada un segundo.
—Y me vas a poner en esa cena —dijo.
—Voy a ir contigo. No te voy a poner en ningún lado.
Se sentó en la cama.
—¿Cuál es el plan?
—Todavía no tengo un plan completo. Tengo una entrada y te tengo a ti. El resto se construye hasta mañana.
—¿Confías en mí para esto?
Me detuve.
Era una pregunta directa y había aprendido que ella hacía preguntas directas cuando quería respuestas directas —no consuelo, no una versión suavizada.
—Confío —dije—. Más de lo debido, probablemente.
Me miró.
—¿Por qué probablemente?
Me quedé en la puerta un momento.
—Porque confiar en las personas complica las cosas —dije—. Y las cosas ya están suficientemente complicadas.
Se quedó mirándome un segundo que fue largo.
Después dijo:
—Ve a dormir, Dante.
Volví a la sala.
Me acosté en el sofá, que era demasiado corto para mi tamaño, y miré el techo oscuro.
Del cuarto, ningún sonido.
Pero yo sabía que ella también estaba despierta.
Y los dos sabíamos que el otro lo sabía.