Capítulo 8
Noche en Trastevere
✦ DANTE ✦
Viktor Sorel estaba en Roma.
Lo descubrí a las seis de la tarde, cuarenta minutos después de que Ferri se fuera. Un mensaje corto de un segundo contacto —tres palabras en italiano y una dirección en el Prati. Lejos de Trastevere, pero no lo suficientemente lejos.
Me quedé mirando la dirección un momento.
Después fui a la sala.
Isadora estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas y el laptop abierto en el regazo. Se había recogido el cabello mientras yo estaba en el cuarto, ese moño suelto y descuidado que hacen las mujeres cuando no están pensando en lo que hacen. Levantó la vista cuando entré.
—Sorel está aquí —dije.
Cerró el laptop despacio.
—En Roma.
—En el Prati.
—¿Qué cambia eso?
—Cambia que nos siguió. O que ya sabía que veníamos.
Se quedó callada, procesando.
—Las dos opciones son malas —dijo.
—Sí.
—¿Cuál te parece más probable?
Fui hasta la ventana. La plaza allá abajo estaba distinta al final del día —más gente, mesas de bar llenas, una música saliendo de algún lugar que no logré ubicar. Roma de noche empezando despacio.
—Que lo sabía —dije—. Sorel no es un aficionado. No sigue a la gente por improvisación.
—Entonces alguien le contó que veníamos.
—O lo previó.
Se levantó. Vino hasta la ventana, no a mi lado —del otro lado, con espacio entre nosotros, pero mirando la misma plaza.
—Mi padre —dijo. No con rabia. Solo con cansancio.
No lo confirmé. No hacía falta.
—¿Qué hacemos con esto? —preguntó.
—Por ahora, nada. Sorel no se va a mover esta noche sin saber dónde estamos. Y no lo sabe —esta dirección no está vinculada a nada.
—¿Estás seguro?
—Razonablemente.
Me miró.
—Razonablemente no es mucho.
—Es lo que tengo.
Nos quedamos los dos mirando la plaza un momento. La música de algún bar, voces mezcladas, el olor a comida subiendo por la ventana abierta.
—Tengo hambre —dijo, de repente.
La miré.
—Hay comida aquí —dije.
—Quiero salir.
—Isadora.
—Dante. —Me miró de frente—. Acabas de decir que no sabe dónde estamos y que no se va a mover esta noche. Estoy en Roma por segunda vez en mi vida y quiero comer algo que no haya hecho yo misma.
Me quedé callado.
Tenía razón sobre la ventana de seguridad. Y había algo en la forma en que estaba de pie —los hombros un poco menos tensos que en todo el día, esa tozudez específica suya que estaba aprendiendo a identificar incluso antes de que hablara.
—Una hora —dije—. Cerca de aquí.
No sonrió, pero se acercó a hacerlo.
* * *
✦ ISADORA ✦
El restaurante era pequeño y ruidoso y olía a ajo y vino tinto.
Tenía unas diez mesas, la mitad llenas, y el dueño —un hombre gordo y feliz con un delantal manchado— nos sentó al fondo sin preguntar si queríamos esa mesa. En Roma nadie pregunta si quieres esa mesa. Te sientan y ya está.
Pedí lo que el mesero recomendó porque no lograba leer el menú lo bastante rápido. Dante pidió en italiano fluido, sin acento que yo pudiera identificar, y el mesero se fue satisfecho.
—¿Desde cuándo hablas italiano? —pregunté.
—Unos quince años.
—¿Cómo lo aprendiste?
—Trabajando.
—¿En Roma?
—En varios lugares.
Tomé la copa de vino. El tinto era intenso, más seco de lo que me gustaba, pero estaba frío en la temperatura justa y después de un día así cualquier cosa habría sabido bien.
—Cuéntame algo tuyo —dije.
Me miró.
—Algo que no sea trabajo —agregué—. Cualquier cosa.
Dante se quedó callado un momento. No era el silencio de quien no quiere responder —era el de quien no está acostumbrado a la pregunta.
—Leo —dijo, por fin.
—¿Qué?
—Historia. Sobre todo historia antigua. Roma, Grecia, Cartago.
Lo miré.
—Estás en Roma y lees sobre Roma.
—Leo sobre Roma en cualquier lugar.
—¿Qué tiene de interesante?
Tomó la copa. Bebió un poco antes de responder.
—La idea de que imperios enteros cayeron por decisiones de una sola persona. O por una serie de decisiones pequeñas que parecían razonables en su momento.
—¿Eso te reconforta o te preocupa?
Un segundo.
—Me interesa —dijo.
Llegó la comida. Pasta con ragú, pan en la tabla, más vino. Comimos un rato sin hablar, y había algo raro y bueno en eso —el silencio no pesaba. Era solo silencio.
—¿Tienes familia? —pregunté, en algún punto de la segunda copa.
—Tuve.
El tono no invitaba a más. Me quedé con eso.
—Yo no tengo mucha —dije, de todos modos—. Familia. Mi madre murió cuando yo tenía ocho años. Después fue solo mi padre y una serie de personas a las que él pagaba para que estuvieran cerca de mí.
Dante me miró.
—No lo veía así en su momento —continué—. Me tomó tiempo entenderlo. Pero las niñeras, las tutoras, las amigas que aparecían en escuelas caras —mi padre elegía los ambientes. Elegía quién quedaba cerca.
—¿Siempre?
—Siempre.
—¿Y ahora?
Lo miré.
—A Clara la elegí yo —dije—. Apareció en un lugar que él no controlaba. Creo que nunca le cayó muy bien por eso.
Dante se quedó mirándome un momento.
—Eres más inteligente de lo que él cree —dijo.
No era un halago dulce. Era solo lo que pensaba.
—Lo sé —dije.
Y por primera vez ese día, esa cosa apretada en el pecho se aflojó un poco.
* * *
✦ DANTE ✦
Salimos del restaurante pasadas las nueve.
La noche estaba tibia, ese calor de Roma que no se va ni siquiera después de que cae el sol.
Las calles de Trastevere llenas de gente —turistas, vecinos, grupos de jóvenes sentados en las escalinatas con botellas de vino barato.
La ciudad tenía ese movimiento que Lisboa no tenía, más alto, más junto, menos espacio entre las personas.
Isadora caminaba a mi lado. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos —la distancia que se había instalado naturalmente entre nosotros en los últimos días, como si hubiéramos negociado sin hablar de eso.
Estaba en guardia. Ojos en el entorno, rutas de salida, rostros que aparecían más de una vez. Costumbre. Pero había una parte de mí que solo estaba caminando.
Eso no pasaba desde hacía tiempo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.
—Puedes.
—¿Alguna vez quisiste salir? De lo que haces.
Seguí caminando.
—A veces —dije.
—¿Qué te lo impide?
—No es simple salir.
—¿Por mi padre?
—Por cómo funciona. No es un empleo. No hay despido.
Se quedó callada unos pasos.
—Eso da miedo —dijo.
—Sí.
—Me lo estás diciendo a propósito.
La miré.
—Sí —dije.
Asintió despacio, como si lo estuviera guardando.
Doblamos en una esquina y la calle se volvió más estrecha, con menos gente, las paredes de los edificios casi tocándose arriba. Una luz amarilla de un bar al final de la cuadra, voces saliendo de una ventana abierta en el segundo piso.
Ella tropezó.
El adoquín irregular, su sandalia —no fue una caída, solo un desequilibrio de un segundo. Pero mi brazo reaccionó automático, la mano cerrándose en su codo antes de que lo pensara.
Se afirmó.
Mi mano se quedó donde estaba un segundo más de lo debido.
Ella tampoco se apartó.
Después me soltó —no mi mano, ella se soltó— y siguió caminando como si nada hubiera pasado. La voz le salió completamente normal cuando habló:
—Ese adoquín es un crimen.
—Es Roma —dije.
Seguimos caminando.
Pero yo todavía sentía su codo en la palma de la mano.
Y lo peor —lo realmente estúpido— era que no era la primera vez que notaba cómo era ella. La forma que tenía de quedarse callada cuando estaba procesando algo difícil en vez de llenar el silencio. La manera en que había hecho la pregunta sobre la familia sin suavizarla, pero tampoco con brutalidad.
Tenía veinte años.
Yo tenía cuarenta.
Y trabajaba para su padre.
Me repetí eso con cuidado, como quien resuelve una ecuación simple que sigue dando un resultado equivocado.
El apartamento apareció en la esquina.
Subimos en silencio. Ella fue a su cuarto sin decir buenas noches —solo una mirada de reojo, breve, antes de cerrar la puerta.
Fui hasta la ventana de la sala.
La plaza allá abajo, más vacía ahora. La música desvanecida. Roma a las diez de la noche respirando despacio.
Cerré la ventana.
Fui a dormir.
No dormí.