El Sicario de Mi Padre Capítulo 7
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Capítulo 7

Ferri

✦ ISADORA ✦

Ferri llegó a las tres y dos minutos.

Estaba en la ventana cuando oí el golpe en la puerta —tres toques, espaciados, el tipo de golpe que no tiene prisa pero tampoco pide permiso. Dante fue a abrir sin decirme nada.

El hombre que entró tenía unos sesenta años, tal vez más. Bajo, hombros anchos, el cabello blanco cortado al ras. Llevaba una camisa de lino beige con las mangas dobladas y tenía el tipo de manos que sugieren trabajo manual en un pasado distante. Me miró antes de mirar a Dante.

—Esa es ella —dijo, en italiano, sin apartar los ojos de mí.

—Es ella —dijo Dante.

—¿Habla italiano?

—Francés e inglés —dije, en italiano. No fluido, pero suficiente.

Ferri hizo un sonido que podría ser aprobación. Entró, se sentó en el sofá sin ser invitado, y puso un sobre pardo sobre la mesa de centro.

—Siéntate —me dijo.

Me senté en el sillón de al lado. Dante se quedó de pie junto a la ventana.

Ferri abrió el sobre. Sacó tres hojas —impresiones, algunas fotos— y las esparció sobre la mesa con cuidado, como quien acomoda cartas en un juego.

—Saul Reiter —dijo—. Cincuenta y ocho años. Viena. Opera entre Europa central y el Golfo desde hace veinte años. Dinero limpio en la superficie, sucio por debajo —lo de siempre.

Miré las fotos. Un hombre de cabello rubio ceniza, rostro ancho, ojos claros. En una de las fotos estaba de traje en alguna recepción, sonriendo a la cámara. Parecía un banquero.

—El problema de Reiter —continuó Ferri— no es lo que hace. Es cómo cobra.

—¿Cómo? —pregunté.

Me miró. Después miró a Dante.

—Ella sabe lo suficiente —dijo Dante.

Ferri volvió a mirarme.

—Cuando alguien no paga, Reiter no va tras el dinero. Va tras algo que vale más que el dinero. —Pausa—. Algo que la persona no puede perder.

El apartamento estaba en silencio.

Afuera, la plaza. Las palomas. Un niño riendo en algún lugar lejano.

—Mi padre no pagó —dije.

No era pregunta. Ferri no lo trató como pregunta.

—Tu padre hizo un acuerdo en Milán que no puede cumplir. La deuda venció hace dos semanas.

—¿Cuánto?

Ferri dijo el número.

Me quedé callada.

Era un número que mi padre tenía. Ese no era el problema.

El problema era que si hubiera tenido ese dinero disponible, habría pagado.

El hecho de no haber pagado significaba que el dinero estaba comprometido en otro lugar —o que el acuerdo en Milán no había sido solo sobre dinero desde el principio.

—El nombre que querías pasarle a Dante —dije—. ¿Quién es?

Ferri me miró con una expresión que no logré leer del todo.

—Eres rápida —dijo.

—El nombre —repetí.

Miró a Dante. Dante asintió.

—Viktor Sorel. Hombre de Reiter en Lisboa. Llegó hace diez días.

Dante se apartó de la ventana.

—Lisboa —dijo. Voz plana.

—Lisboa —confirmó Ferri—. Y tengo razones para creer que ya pasó por Príncipe Real.

Príncipe Real. Donde quedaba el apartamento.

Miré a Dante. Estaba mirando las hojas sobre la mesa con esa concentración cerrada, y yo sabía —sin que lo dijera, sin necesidad— que estaba pensando en la llamada. En el teléfono fijo. En los cuarenta y dos segundos de madrugada.

—Fue él —dije en voz baja.

Dante no lo confirmó. Pero tampoco lo negó.

* * *

✦ DANTE ✦

Ferri se fue a las cuatro y media.

Antes de salir, me llevó al pasillo mientras Isadora se quedaba en la sala con las hojas esparcidas en la mesa. Cerró la puerta casi por completo.

—Es fuerte —dijo, en voz baja.

No respondí.

—El padre no la merece —agregó.

—Ferri.

—Estoy diciendo lo que es. —Me miró con esos ojos que habían visto mucho y habían dejado de sorprenderse con nada—. Sabes lo que hizo Marcos, ¿no?

—Tengo una idea.

—No es una idea. —Pausa—. El acuerdo en Milán. Reiter no quería dinero desde el principio. Quería acceso. Y Marcos ofreció lo más valioso que tenía para conseguir lo que necesitaba.

Me quedé callado.

—La ofreció a ella como garantía —dijo Ferri—. No con esas palabras. Nunca es con esas palabras. Pero fue eso.

Me tomó un segundo.

No porque fuera una sorpresa. Porque oírlo en voz alta era distinto a sospecharlo.

—El nombre que quieres que verifique —dije—. ¿Puede esperar?

—Puede. —Ferri me puso la mano en el hombro un segundo, gesto raro en él—. Cuídala, Dante.

Volví a la sala.

Isadora estaba de pie junto a la mesa, mirando las fotos de Reiter. No levantó la vista cuando entré.

—¿Qué te dijo en el pasillo? —preguntó.

Fui hasta la ventana. Roma afuera, el sol bajando, las sombras más largas en la plaza.

—Confirmó lo que sospechaba.

—Sobre mi padre.

—Sí.

Se quedó callada un momento. Después tomó la foto de Reiter y la miró de cerca, como si intentara encontrar algo en su rostro.

—Me usó como garantía —dijo. Voz baja, sin temblor.

No lo confirmé. No hizo falta.

Puso la foto de vuelta en la mesa. Despacio, con cuidado, de la forma en que se pone algo que pesa.

—¿Cuánto tiempo lo sabías? —preguntó.

—Empecé a sospecharlo después de hablar con Ferri en Lisboa. Lo confirmé ahora.

—Y viniste a contármelo.

—Vine.

Finalmente me miró. Los ojos oscuros, directos, con esa cosa dentro que no era llanto pero estaba cerca.

—¿Por qué? —dijo—. Podrías haberte quedado en Lisboa. Haberle informado a mi padre. Haber hecho el trabajo por el que te paga.

No tenía una respuesta simple para eso.

—Porque el trabajo por el que me paga era protegerte —dije—. Y ahora sé que la amenaza viene del mismo lugar que el pago.

Se quedó mirándome.

—¿Eso es todo? —dijo.

—No —dije.

El apartamento quedó en silencio.

Ella no preguntó el resto. Yo no lo dije.

Pero quedó en el aire entre nosotros, ese no-dicho pesando más de lo que cualquier palabra habría pesado.

* * *

✦ ISADORA ✦

Hice eso que hago cuando no quiero sentir algo —fui a la cocina.

Abrí el refrigerador sin motivo real, lo cerré, llené un vaso de agua, bebí la mitad. Me quedé mirando el azulejo de la pared. Era un azulejo verde musgo antiguo, con una grieta fina en la esquina, y me quedé mirando esa grieta más tiempo del que tenía sentido.

Mi padre me había usado como garantía.

No con esas palabras. Nunca es con esas palabras.

Sabía cómo operaba mi padre. Había crecido viendo los bordes de ese mundo —las reuniones que terminaban cuando yo entraba a la habitación, los hombres que aparecían y desaparecían, el vocabulario cuidadoso de quien nunca dice directamente lo que quiere decir.

Sabía que había cosas ahí que no eran limpias.

Pero lo sabía desde lejos. Con la distancia cómoda de quien entiende sin tener que enfrentarlo.

Ahora lo estaba enfrentando.

Oí los pasos de Dante en el pasillo. No entró a la cocina —se detuvo en la puerta.

—Isadora.

—Estoy bien —dije, antes de que dijera algo más.

—No dije que no lo estuvieras.

Me di la vuelta.

Estaba apoyado en el marco, brazos cruzados, mirándome con esa atención que había dejado de intentar ignorar.

Había algo distinto en él ahora —no en el rostro, no en la postura.

En otra cosa, más pequeña. En la forma en que se quedó parado ahí como si necesitara asegurarse de que yo seguía de pie antes de irse.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.

—Necesitamos una cosa más antes de decidir cualquier cosa.

—Viktor Sorel.

—Sí. Necesito saber dónde está. Si sigue en Lisboa o si vino para acá.

—¿Y si vino para acá?

Se quedó mirándome un segundo.

—Entonces la conversación se vuelve más urgente.

Encaré lo que eso quería decir sin intentar suavizarlo.

—¿Ya estuviste en una situación así antes? —pregunté—. Donde el peligro no estaba en el lugar que esperabas.

—Sí.

—¿Cómo terminó?

Una pausa.

—Depende del caso —dijo.

—Este caso.

Me miró.

—Todavía no terminó.

Puse el vaso en el fregadero. Me alejé de la encimera.

La cocina era pequeña y Dante estaba en la puerta y cuando me moví hacia la salida el espacio entre nosotros se volvió demasiado estrecho por un momento —no era la primera vez, pero esta vez ninguno de los dos se apartó de inmediato.

Nos quedamos parados un segundo que fue largo.

Él olía a café y a algo más profundo que no habría sabido nombrar. Sus ojos eran oscuros de cerca, más de lo que parecían a distancia, y había una línea leve entre las cejas que nunca había notado antes.

Di un paso al lado.

Él se apartó de la puerta al mismo tiempo.

Salí de la cocina sin mirar atrás.

Pero me llevé el segundo entero conmigo.