El Sicario de Mi Padre Capítulo 3
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Capítulo 3

Noche Cerrada

✦ ISADORA ✦

No logré dormir.

Me quedé en la cama hasta la medianoche intentándolo.

Me di vuelta de un lado, del otro, me puse la almohada sobre la cabeza como si eso fuera a resolver algo.

No resolvió nada. El apartamento estaba en silencio de esa forma en que los apartamentos caros se quedan en silencio —un silencio que cuesta dinero, que aísla de todo lo de afuera, y que de alguna manera pesa más que cualquier ruido.

Me levanté a las doce y veinte.

La cocina quedaba en el pasillo central, entre los cuartos y la sala. Encendí solo la luz de debajo del mueble —pequeña, amarilla, suficiente para no chocar con nada sin iluminar todo el apartamento. Tomé la tetera, la llené, la puse al fuego.

Estaba de espaldas a la puerta cuando escuché el ruido.

No era ruido, en realidad. Era presencia. Ese tipo de cosa que se siente antes de oírse —una alteración en el aire, una sombra en el rabillo del ojo.

Me di la vuelta.

Dante estaba parado en la entrada de la cocina. Camisa oscura, pantalón oscuro, los pies descalzos sobre el mármol frío. El cabello ligeramente distinto al del día —sin el control de antes, un mechón suelto sobre la frente. Me miró sin sorpresa, como si esperara encontrarme ahí.

El corazón me dio un vuelco.

—Dios —dije, con la mano en el pecho—. No haces ningún ruido.

—Perdón.

No sonó a disculpa. Sonó a observación.

—¿Qué haces despierto? —pregunté.

—Trabajo.

—Es medianoche y media.

—Lo sé.

Lo miré un segundo. Estaba mirando la tetera, no a mí —y había algo casi extraño en eso, en esa mirada práctica y sin juicio posada sobre un objeto cualquiera.

—¿Quieres té? —pregunté.

Una pausa.

—Sí.

Tomé dos tazas. El gesto fue automático, sin pensarlo, y solo me di cuenta de lo que había hecho cuando ya estaba abriendo el armario. No me eché atrás.

Dante entró en la cocina. No fue a sentarse —se quedó de pie al otro lado de la encimera, los brazos cruzados, observando. La cocina era grande, pero con él dentro se volvió más pequeña. No de forma amenazante. Solo —más pequeña.

—¿Siempre te quedas así, despierto? —pregunté sin mirarlo, moviendo las bolsitas de té.

—Por lo general.

—¿Por qué?

—Costumbre.

La tetera empezó a silbar. Esperé a que hirviera, serví en las tazas, empujé una hacia él sobre la encimera. La tomó con las dos manos —manos grandes, noté, con una cicatriz fina cruzando el lado izquierdo del índice.

No pregunté.

—No puedes dormir —dijo. No era una pregunta.

Llevé la taza a la boca.

—Noche rara.

—Anoche también dormiste mal.

Lo miré.

—¿Cómo lo sabes?

—Bajaste a las cuatro de la mañana y te quedaste en el balcón cuarenta minutos.

Hice una pausa.

—Me estabas vigilando a las cuatro de la mañana.

—Siempre estoy vigilando.

Debía resultar perturbador. Lo era, un poco. Pero había algo en la forma en que lo dijo —sin ningún placer, sin ninguna intención más allá del hecho— que hacía difícil convertirlo en indignación.

—Debe ser una vida solitaria —dije.

Bebió el té. No respondió.

—No era una crítica —agregué.

—Lo sé.

El apartamento seguía en silencio alrededor de nosotros. Afuera, Lisboa de madrugada —más silenciosa, más oscura, el río invisible pero presente como siempre. Podía oír el té enfriándose.

—¿Mi padre te contó por qué necesito protección? —pregunté.

—Sí.

—Pero a mí no me lo vas a contar.

—No.

Apoyé los codos en la encimera y lo miré de frente. Sostuvo la mirada sin dificultad —sin desafío, sin retroceso. Solo la sostuvo.

—¿Haces todo lo que él te ordena? —pregunté.

Una pausa más larga esta vez.

—Hago lo que es necesario —dijo.

—No es lo mismo.

Algo pasó por su rostro. Demasiado rápido para que lo nombrara.

—No —dijo—. No lo es.

Me quedé con eso.

Terminé el té. Enjuagué la taza en el fregadero, la puse en el escurridor. Cuando me di la vuelta, Dante seguía en el mismo lugar, la taza casi vacía en la mano, observándome con esa atención silenciosa que empezaba a reconocer.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches.

Fui hasta la puerta de la cocina y me detuve. No sé por qué. Solo me detuve.

—Dante.

—Sí.

—Si sabes algo —sobre lo que está pasando— y es algo que yo necesite saber.

No terminé la frase. No sabía bien cómo terminarla.

Se quedó callado un momento.

—Te lo cuento —dijo.

No era una promesa. Era algo más cuidadoso que una promesa.

Volví a mi cuarto. Me acosté. Cerré los ojos.

Esta vez, dormí.

* * *

✦ DANTE ✦

Me quedé en la cocina después de que ella se fuera.

Terminé el té. Enjuagué la taza —el mismo gesto que había hecho ella, automático, sin pensarlo— y me quedé mirando por la ventana unos minutos. La ciudad afuera. Las luces del río.

Isadora Vellano tenía veinte años y dormía mal.

Tenía veinte años, dormía mal, y hacía preguntas que la mayoría de las personas en su posición no hacía. No exactamente por valentía —por curiosidad. Era distinto. La valentía tiene una tensión debajo. La curiosidad es más limpia. Más peligrosa, de otra manera.

Debí haberme quedado en el cuarto.

Cuando oí el ruido en la cocina, la decisión correcta era quedarme donde estaba. Monitorear el apartamento desde lejos, asegurarme de que no hubiera nada más que ella. No ir.

Fui.

Me dije a mí mismo que era protocolo. Ruido no identificado, perímetro interno, verificación estándar. Era todo eso.

También era ella de pie bajo la luz amarilla de la cocina, descalza sobre el mármol, en camisón y el pelo suelto, con esa expresión de quien está pensando tres cosas al mismo tiempo e intentando resolverlas todas sola.

Seis años trabajando para Marcos Vellano. Nunca había puesto un pie en ese apartamento mientras su hija estaba ahí. Él mantenía los mundos separados —yo lo sabía, y entendía por qué, y hasta ahora había estado de acuerdo en que era la forma correcta.

Hasta ahora.

El problema no era ella. Decir que era ella sería demasiado simple.

El problema era que Marcos no me lo había contado todo. Sabía que la amenaza era real —había visto los mensajes, había hecho las verificaciones, entendía la gravedad. Lo que no me había dicho era de dónde venía. Y en seis años, Marcos Vellano siempre me daba la fuente.

Cuando no la da, es porque la fuente es inconveniente.

Fui a mi cuarto, me senté en el borde de la cama, abrí el laptop. Tres correos nuevos —dos operativos, uno de mi contacto en Roma que iba a responder por la mañana. Cerré el laptop.

Me acosté boca arriba, vestido, mirando el techo.

Ella había preguntado si era una vida solitaria.

No era la primera vez que alguien lo preguntaba. Era la primera vez que me quedaba sin una respuesta preparada.

* * *

✦ ISADORA ✦

Por la mañana, mi padre llamó a las ocho.

No era común que llamara. Por lo general mandaba a Mateus, o aparecía en persona con esa expresión de quien ya lo decidió todo y solo está comunicando. Una llamada directa era algo raro —reservado para cosas que no quería intermediar.

Contesté al segundo timbre.

—Hola, papá.

—¿Cómo estuvo el almuerzo?

—Bien. Lisboa está hermosa.

—¿Dante estuvo todo el tiempo?

—Sí.

—Bien.

Pausa.

—Isadora, necesito que te quedes en el apartamento hoy.

Me senté en la cama.

—¿Todo el día?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque te lo estoy pidiendo.

Reconocí el tono. No era una apertura para negociar.

—Está bien —dije.

—Necesito que confíes en Dante, Isadora. Él sabe lo que hace.

Miré el techo.

—Lo sé, papá.

—¿Me llamaste anoche? No vi la llamada.

Hice una pausa.

—No, no fui yo.

—Qué extraño —dijo—. Apareció una llamada perdida desde el apartamento.

El silencio duró un segundo.

—Debe haber sido sin querer —dije.

—Debe ser —dijo—. Cuídate.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono un momento.

Después me levanté, fui a la cocina, y Dante ya estaba ahí —taza de café en la mano, apoyado en la encimera, leyendo algo en el celular. Levantó la vista cuando me vio entrar.

—Buenos días —dije.

—Buenos días.

Fui hacia la cafetera.

—Mi padre llamó.

—Lo sé. A mí también me llamó.

Esperé.

—Día encerrado —dijo—. Nos quedamos aquí.

Serví el café. Me di la vuelta para apoyarme en la encimera del lado opuesto al suyo, las dos tazas entre nosotros, y lo miré por encima de la mía.

Él me estaba mirando también.

La cocina estaba en silencio. Luz de la mañana entrando por la ventana, el olor a café, la ciudad afuera empezando el día sin nosotros.

—Dante —dije.

—Sí.

—La llamada perdida desde el apartamento.

No dijo nada.

—¿Fuiste tú? —pregunté.

Una pausa.

—No —dijo.

Me di la vuelta y miré por la ventana.

Alguien había llamado a mi padre desde dentro del apartamento en la madrugada.

Y no había sido yo, y no había sido Dante, y Mateus no estaba ahí.

Dejé que el café se enfriara en la mano y no dije nada más.