CAPÍTULO 24
LA ÚLTIMA RONDA
La casa se llenó de vivos.
Demasiados.
Durante noches había sido una suma de habitaciones cerradas, pasos que nadie oía y puertas que Ismael interpretaba mal.
Ahora había voces en el corral.
Lámparas.
Vecinos.
Joaquín entrando y saliendo.
Alberola dando órdenes que nadie discutía.
Un hombre había ido a buscar a la Guardia Civil.
Otro pedía que no tocaran nada.
Una mujer preguntaba quién era el muerto.
Ismael permanecía junto a la pared con Vicenta.
Nadie los miraba.
Eso ya no dolía igual.
Dentro de la dependencia, Vicent seguía junto al cuerpo.
La mujer repitió:
—¿Quién es?
Joaquín no respondió enseguida.
Vicent sí.
—Ismael Verdejo Sánchez.
El nombre pasó de una persona viva a otra.
Después a otra.
No como rumor.
Como identidad.
Ismael escuchó.
No necesitó acercarse.
• • •
Pep intentó explicar la casa.
Eso fue lo primero que hizo cuando dejó de forcejear.
—Ha sido un accidente.
Nadie respondió .
Pep miró a Alberola.
—Tú sabes cómo estaba aquello. La casa. Teresa. Yo venía aquí.
Alberola seguía agachado junto al cuerpo.
No levantó la cabeza.
—He dicho que nadie toque nada.
—Alberola.
—Nadie.
Pep miró a Joaquín.
—Ese hombre me siguió la primera noche. Entró donde no debía.
Ismael sintió una ironía pequeña.
Era verdad.
—Hubo un golpe —continuó Pep—. Se cayó.
También era verdad.
Las mejores mentiras de Pep seguían construidas con cosas que habían ocurrido.
Joaquín lo miró.
—Tú dijiste que se había marchado.
Pep tardó un segundo.
—¿Qué?
—A la mañana siguiente. Dijiste que lo habías visto camino de la carretera. Que te dijo que no pensaba volver.
Pep miró el cadáver.
—Eso me dijo.
Joaquín apretó el silbato municipal en la mano.
—Y yo te creí.
Ismael entendió entonces por qué su ausencia no había levantado una búsqueda.
Un sereno ya había abandonado el puesto. Él era un forastero que había llegado con una maleta pequeña y ninguna raíz en el pueblo. Pep solo había colocado una explicación encima del hueco.
Una sencilla.
Una creíble.
Había hecho con su desaparición lo mismo que con las otras muertes: darle a los vivos una razón suficiente para no mirar detrás.
El practicante no necesitaba borrar a un hombre.
Le bastaba con explicar por qué ya no estaba.
—Me asusté —dijo Pep.
Vicent soltó una risa seca.
Pep se volvió hacia él.
—Tú cállate.
—No .
—No sabes lo que viste.
Vicent levantó el silbato municipal.
—Esto.
Pep apretó la mandíbula.
Vicent señaló el cadáver.
—Eso.
Después la puerta.
—Y esto.
Su voz tembló menos en cada palabra.
Pep miró a los hombres que lo sujetaban.
—Está enfermo.
Nadie soltó a Vicent.
Nadie le pidió que se fuera.
Eso fue todo.
Ismael vio cómo el rostro del antiguo sereno cambiaba al comprenderlo.
No porque de pronto todos creyeran sus noches antiguas.
Porque esta vez lo habían dejado terminar.
• • •
Alberola encontró una de las hojas de Pep poco después.
No una confesión.
Una ficha.
Teresa Soler Martí.
Estaba entre los papeles que el practicante había traído o dejado al volver a la casa.
Alberola la leyó.
Después leyó otra.
Salvador Peris.
Volvió a Teresa.
—¿Por qué tienes esto contigo?
Pep no respondió.
Alberola levantó la vista.
—Pep.
—Trabajo.
—Esto no es trabajo de esta noche.
—Lo revisaba.
—¿Para qué?
Pep miró alrededor.
Pareció comprender que cada respuesta abría otra pregunta.
Alberola volvió a la ficha.
Su cara perdió color .
—Yo firmé a Teresa.
Pep no dijo nada.
—Y a Salvador.
Silencio.
Alberola miró al cadáver de Ismael.
Después a Vicent.
Después otra vez los papeles.
—No se toca nada.
Lo dijo más fuerte.
A Joaquín:
—Nada. Y quiero las defunciones de los últimos años que hayan pasado por él antes de llegar a mí.
Pep se rio.
No con humor.
—¿Ahora vas a revisar muertos?
Alberola lo miró.
—Ahora voy a revisar lo que di por hecho.
La frase no absolvió a nadie.
Tampoco condenó.
Solo quitó otra piedra del lugar donde Pep había escondido su historia.
• • •
Vicent contó solo lo que podía demostrar.
No habló de Amparo.
Ni de los veintitrés.
Ni de voces bajo una cama.
No dijo que un muerto lo había guiado por Vallada.
Dijo que había oído ruidos.
Que siguió un sonido conocido del antiguo oficio.
Que vio luz en casa de Pep.
Que lo oyó hablar.
Que escuchó:
el primero me pidió que parara.
después aprendí a verlo antes que ellos.
tú fuiste un accidente.
Dijo que Pep salió.
Que él llegó a la casa Soler Martí.
Que encontró la puerta manipulada.
La mancha.
La manta.
El silbato .
El cuerpo.
Uno de los hombres preguntó:
—¿Y por qué volviste aquí?
Vicent miró la puerta.
La tocó con la punta de los dedos.
Luego el silbato.
—Porque esta vez comprobé lo que veía.
Nadie se rió.
Nadie dijo que aquello explicara todas las noches de su vida.
No hacía falta.
Vicent bajó la mirada.
Ismael pensó que quizá la dignidad se parecía mucho a eso.
No a que todo el mundo admitiera que uno siempre tuvo razón.
A que una vez, cuando importaba, le dejaran demostrarla.
• • •
Sacaron el cuerpo poco antes del amanecer.
Dos hombres llevaron una camilla improvisada hasta la dependencia.
Alberola supervisó.
Joaquín apartó una tabla.
Vicent salió primero.
Ismael se quedó dentro.
No sabía por qué.
Quizá porque había pasado tantos días ignorando aquel cuerpo que ahora le parecía descortés dejarlo solo.
Los hombres levantaron la manta.
Acomodaron el cadáver.
El zapato izquierdo volvió a quedar a la vista.
El alza.
La pequeña falta.
Ismael metió una mano en el bolsillo.
La pieza seguía con él.
No la sacó.
Uno de los hombres dijo:
—Cuidado con la cabeza.
Levantaron.
El cuerpo avanzó.
La ropa rozó el marco.
Ismael siguió detrás.
Pasaron el primer peldaño.
El segundo .
El corral.
La puerta trasera.
La misma.
El aire de la calle recibió al cadáver.
Ismael se detuvo en el umbral.
Comprendió algo tan sencillo que tuvo que sonreír.
—Ahora sí.
Vicenta estaba a su lado.
—¿Qué?
Ismael miró cómo se alejaban con su cuerpo.
—He salido.
No dijo más.
Era la primera vez desde el golpe que Ismael Verdejo Sánchez salía realmente de aquella casa.
• • •
Durante varios metros caminó detrás de sí mismo.
No resultó tan extraño como habría imaginado.
Había dos manos delante de él.
Las suyas.
Llaves.
Chuzo.
El silbato que nadie vivo podía ver.
Y delante, sobre la camilla, otro hombre con sus mismas manos inmóviles.
Ismael no intentó decidir cuál era el verdadero.
El del suelo había sido él.
El que caminaba también conservaba demasiado para llamarlo otra cosa.
Memoria.
Mal humor.
La pierna desigual.
Ganas de vino, aunque ya no sirviera.
Vicenta.
Eso bastaba.
No necesitaba una teoría.
Las teorías habían dado demasiado trabajo a todos aquella semana.
Al pasar cerca de la casa, vio su botella donde la había dejado.
No regresó por ella.
• • •
Pep salió custodiado por hombres vivos .
No esposado todavía.
Sujeto.
Vigilado.
Sin control sobre las puertas.
Intentó hablar con Alberola.
Luego con Joaquín.
Después con cualquiera que quisiera escucharlo.
Accidente.
Enfermos.
Sufrimiento.
No entendéis.
Cada frase parecía más pequeña fuera de una habitación cerrada.
Alguien había ido a avisar a la autoridad.
El cuerpo existía.
Vicent existía.
Las fichas existían.
El escondite existía.
Pep ya no era el único que sabía qué había ocurrido dentro de aquella casa.
Su derrota no estaba en que hubiera confesado todo.
No lo había hecho.
Estaba en que había perdido el derecho a ser la única voz.
• • •
Vicenta oyó a Alberola decir el nombre de Teresa.
Estaban junto al portal principal.
El médico hablaba con Joaquín.
—También esa muerte.
—¿Teresa?
—Sí.
Alberola miró hacia la casa.
—Y Salvador. Y las otras donde Vidal estuviera antes. No prometo que podamos demostrar nada después de tantos años.
—Pero se mirará.
—Se mirará.
Vicenta permaneció inmóvil.
Ismael no dijo nada.
Ella bajó la mirada.
No lloró.
Cuando volvió a alzarla, miró la fachada.
—Al menos ahora preguntarán .
Ismael asintió.
La justicia podía llegar tarde.
Él conocía ya esa palabra.
Tarde no significaba siempre inútil.
• • •
Dejaron a los vivos trabajando.
No por desinterés.
Porque aquello ya no les pertenecía.
Ismael miró una última vez la casa Soler Martí.
La parte de atrás llena de luces.
La delantera quieta.
Dos calles.
Una sola historia mal entendida desde ambos lados.
—Me queda una cosa —dijo.
Vicenta aguardó.
—¿Cuál?
—La ronda.
Ella sonrió muy poco.
—Te han despedido.
—No oficialmente.
—Estás muerto.
—Eso sí parece definitivo.
Vicenta soltó una risa.
Ismael empezó a caminar.
No hacia ningún misterio.
Hacia el lugar exacto donde había creído despertarse la primera noche.
Se detuvo allí.
Miró el suelo.
No había nada.
Después dio un paso.
Tac.
Toc.
—Desde aquí —dijo.
Vicenta se puso a su lado.
—Au.
Y terminaron la ronda.
• • •
Amparo estaba en la fuente.
Claro .
Ismael se acercó.
—Tú lo sabías.
Ella lo miró.
—Muchas cosas.
—Que estaba muerto.
—Ah. Eso.
Ismael esperó.
Amparo se encogió de hombros.
—Pensé que eras más listo.
Vicenta se rió.
Ismael le dedicó una mirada seca.
—Me alegra que esto te haga tanta gracia.
—Muchísima.
Amparo movió un poco los pies.
—Además, no sabía si querías saberlo.
—No sabía que no lo sabía.
—Ese era el problema.
Ismael apoyó el chuzo junto a la fuente.
—Podrías haber dicho algo.
—¿Qué? ¿Buenas noches, eres el nuevo sereno y por cierto estás muerto?
—Habría ahorrado tiempo.
—Te habría dado por discutir.
Ismael no pudo negarlo.
Amparo lo observó un instante.
La ironía bajó.
—Nadie sabe bien cuándo decirle a otro que ya no pertenece allí.
Señaló vagamente el pueblo dormido.
—Algunos lo entienden al momento. Otros necesitan ver lo que dejaron.
Ismael pensó en su zapato.
En la manta.
En su cara.
—¿Y después?
Amparo se encogió otra vez de hombros.
—¿Después de qué?
—De esto.
—Ni idea.
Ismael dejó pasar un segundo.
—Catorce años de muertos y nadie sabe nada.
—Los vivos llevan siglos vivos y tampoco parecen haberse enterado de gran cosa .
Vicenta soltó otra risa.
Ismael recogió el chuzo.
Eso sí le pareció una respuesta útil.
• • •
Pasaron por Santa Rosa.
Ismael empezó a contar por costumbre.
Uno.
Dos.
Tres.
Un hombre junto a la tapia.
Una mujer cerca de un portal.