CAPÍTULO 23
EL HOMbrE DE LA HABITACIÓN
Pep no bajó el último peldaño.
Se quedó arriba, entre el corral y la dependencia, mirando a Vicent.
Detrás de él entraba una franja débil de luz.
Delante, la linterna de Vicent temblaba sobre el suelo.
Ninguno habló durante varios segundos.
Pep fue el primero.
—¿Qué haces aquí?
La voz había vuelto a ser la de siempre.
No la del hombre que quemaba papeles.
La del practicante.
La que entraba en una casa y sabía dónde dejar el maletín.
Vicent sostuvo el silbato municipal en una mano.
—Esta vez lo estoy viendo despierto.
Pep bajó un peldaño.
—Vete a casa.
—No.
—Vicent.
—No.
Pep miró la manta del fondo.
Después al hombre.
—Sabes lo que pasa cuando sales de noche.
La frase hizo más daño que una amenaza.
Ismael lo vio.
Vicent bajó apenas la linterna.
Pep continuó:
—Te alteras.
—Estoy despierto.
—También estabas despierto otras veces.
Vicent tragó saliva.
Pep dio otro paso.
—Luego dices cosas.
—Esto está aquí.
—¿Qué ?
—La puerta.
Vicent la tocó.
Madera.
—Esto.
Levantó el silbato.
Metal.
—Y eso.
Señaló la mancha del suelo.
Pep no contestó.
Vicent respiró hondo.
—Esto no lo estoy imaginando.
• • •
Pep cambió.
No mucho.
La voz siguió siendo baja.
La postura también.
Pero dejó de hablar como si estuviera calmando a un enfermo.
—Dame el silbato.
Vicent apretó la mano.
—No.
Pep bajó el último peldaño.
Ismael avanzó.
Tac.
Toc.
Pep se detuvo.
Los ojos fueron hacia el sonido.
No hacia Ismael.
Hacia el hueco.
—Otra vez tú.
Vicent miró en la misma dirección.
No vio nada.
Ismael hizo sonar las llaves.
Clin.
Vicent sostuvo el silencio un instante.
Luego abrió la mano del silbato y volvió a mirar el metal.
—Eso lo oigo —dijo.
Pep lo observó.
Vicent tocó la pared.
Después el marco.
Después la manta .
—Esto lo toco.
Ismael sintió algo extraño.
Orgullo.
No por sí mismo.
Por el hombre que llevaba años dudando de sus propios ojos y ahora no intentaba creer.
Comprobaba.
Pep dio otro paso.
—No necesitas hacer esto.
—Sí.
—¿Para qué? ¿Para que mañana vuelvan a decir lo mismo de ti?
Vicent levantó la linterna.
La luz dio de lleno en Pep.
—Mañana pueden decir lo que quieran.
Señaló el fondo.
—Eso seguirá aquí.
Pep miró hacia la manta.
Y comprendió que ya no iba a convencerlo.
• • •
El cambio fue inmediato.
Pep avanzó.
No sacó nada.
No hizo falta.
Vicent retrocedió.
Pep era más joven, más fuerte y estaba decidido.
Eso bastaba.
Ismael levantó el chuzo.
Intentó colocarse entre ambos.
El gesto fue absurdo.
Pep atravesó el espacio donde estaba sin saberlo.
Ismael intentó agarrarlo.
Los dedos tocaron tela.
Durante un segundo.
Luego nada.
El contacto se deshizo como si la manga estuviera demasiado lejos.
Vicenta apareció a su lado.
—No.
—Va a hacerle daño.
—Lo sé.
Ismael volvió a intentarlo .
El brazo se vació.
—No intentes salvarlo como si todavía fueras un hombre vivo.
Ismael no respondió.
La frase no fue cruel.
Fue exacta.
Pep avanzaba.
Vicent retrocedía hacia la pared.
Ismael vio la puerta lateral.
El cierre.
Las tablas.
Las rutas.
Sereno.
No peleaba.
Avisaba.
Cerraba.
Abría.
Hacía ruido.
Conocía por dónde salía la gente cuando creía que una casa tenía una sola puerta.
Ismael dejó de intentar agarrar a Pep.
Se movió.
• • •
La puerta lateral tenía un pasador viejo.
Ismael lo conocía.
Había intentado moverlo dos noches antes.
Entonces casi no pudo.
Ahora no necesitaba cerrarlo del todo.
Solo retrasar.
Metió el extremo del chuzo bajo la pieza.
Empujó.
El hierro se movió.
Muy poco.
Suficiente para caer en una posición torcida.
La puerta ya no abriría de inmediato.
El esfuerzo le borró la sensación de una mano.
Ismael no la miró.
Cogió las llaves con la otra.
Las lanzó contra una lata vieja del estante.
Clin-clan.
Pep se volvió .
Vicent aprovechó.
No corrió.
Dio dos pasos hacia el fondo.
Pep miró la puerta lateral.
Después el ruido.
Después a Vicent.
Ese segundo bastó.
Vicent agarró la manta.
Y tiró.
• • •
Primero apareció una pierna.
Pantalón oscuro.
Sucio.
Tela endurecida por días de humedad y polvo.
Después el pie.
Un zapato.
Ismael dejó de oír la casa.
No vio la cara.
No vio las manos.
No vio el cuerpo entero.
Solo el zapato.
Negro.
Gastado.
Con la suela más gruesa de un lado.
El suplemento.
La reparación.
La pequeña diferencia que llevaba media vida intentando que nadie mirara demasiado.
Vicent tiró un poco más de la manta.
El segundo zapato apareció.
Normal.
El primero, no.
Ismael bajó la vista hacia sus propios pies.
Uno.
Otro.
Tac.
Toc.
No dio ningún paso.
Aun así oyó el sonido dentro de la cabeza.
Tac .
Toc.
Metió la mano en el bolsillo.
Sacó la pieza que había encontrado días atrás.
El fragmento curvado.
Las capas.
El borde.
Miró el zapato del cadáver.
Había una falta pequeña en el suplemento.
Exactamente del tamaño de la pieza.
No parecida.
No compatible.
La misma.
Ismael sostuvo el fragmento.
Luego miró su propio zapato.
Completo.
Después el otro.
Incompleto.
El mundo dejó de ofrecerle explicaciones.
• • •
Vicenta no dijo nada.
No se acercó todavía.
Ismael levantó los ojos muy despacio.
La manta seguía cubriendo el torso y parte de la cabeza.
Vicent respiraba con dificultad.
Pep había dejado de avanzar.
La luz de la linterna temblaba sobre la ropa.
Ismael reconoció el abrigo.
No porque fuera especial.
Porque había llegado con él a Vallada.
Recordó el bolsillo interior.
La botella.
El tejido áspero en el cuello.
Una costura que había pensado arreglar y nunca arregló.
Su ropa.
Su zapato.
Su alza.
No podía atribuirlo a otro hombre.
Vicent agarró el borde de la manta.
Pep dio un paso.
—No .
Vicent tiró.
• • •
La cara no parecía dormida.
Tampoco era una máscara monstruosa.
Habían pasado días.
Eso bastaba.
La piel había cambiado.
Los rasgos también.
Pero no tanto.
La nariz.
La línea de las cejas.
La forma de la mandíbula.
Una pequeña cicatriz antigua junto al mentón.
Ismael la conocía porque se la había hecho de niño y llevaba años olvidándola hasta afeitarse.
La conocía.
Conocía todo.
Vicent dejó caer la manta de la mano.
—Dios mío.
Pep bajó la cabeza.
Ismael no.
Miró.
No apartó la vista.
El hombre del suelo era él.
No alguien parecido.
No un hermano.
No una fotografía antigua.
Él.
Muerto.
La palabra apareció sin voz.
Por fin.
Muerto.
• • •
El frío estaba allí.
Ismael lo veía en la respiración de Vicent.
Una nube blanca.
Después otra.
También en Pep.
Más rápida .
Más corta.
Blanca.
Ismael levantó una mano.
La puso delante de su boca.
Esperó.
No apareció vaho.
No vio aire.
No vio vaho.
No vio la mínima nube.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Recordó la niebla del Fossar.
La figura inmóvil.
El perro.
La respiración blanca.
Uno respira.
Miró a Pep.
Vaho.
A Vicent.
Vaho.
A sí mismo.
Nada.
La última explicación no llegó.
No buscó otra explicación.
• • •
La primera noche volvió.
No como una escena.
Como golpes.
La puerta trasera.
Vicenta entrando.
Él detrás.
Un hombre.
Pep.
El movimiento.
El golpe.
El suelo.
La cabeza contra algo duro.
Negro.
Después una voz.
Lejana .
Pep diciendo algo.
No las palabras.
El tono.
Una mano en el cuello.
Otra bajo su nariz.
Silencio.
Luego presión bajo los brazos.
El cuerpo moviéndose.
El suelo raspando.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
Su zapato golpeando piedra mientras otro hombre lo arrastraba.
No estaba caminando.
El sonido había seguido sin él.
Después madera.
Oscuridad.
Y más tarde...
La calle.
Ismael de pie.
Las llaves.
El chuzo.
La ronda.
No se había levantado.
No había salido.
No había vuelto en sí.
La ronda había empezado dos veces.
La primera, vivo.
La segunda, muerto.
• • •
Pensó en el vino.
La botella.
El sabor sin calor.
Las noches sin embriaguez.
Las mañanas sin resaca.
Todo el tiempo que había utilizado el alcohol para explicar a los muertos.
La pista había estado en su boca.
Sacó la botella .
La miró.
No bebió.
La dejó en el suelo junto a la pared.
No la recogió.
• • •
Pep abrió los ojos.
La manta estaba apartada.
Vicent estaba junto al cadáver.
El silbato municipal en una mano.
La linterna en la otra.
Ya no había ninguna historia sobre un sereno que se había marchado.
Había un cuerpo.
Pep miró primero a Ismael muerto.
Después a Vicent vivo.
Y eligió.
Se lanzó hacia Vicent.
Ismael levantó el silbato.
No sabía si respondería.
Lo llevó a la boca.
El silbato no respondió.
Pep avanzó.
Vicent retrocedió.
Ismael intentó otra vez.
Una vibración mínima.
Un sonido roto.
Fino.
Casi ridículo.
Fiu...
Pep miró hacia él.
Eso le dio a Vicent un segundo.
—¡Socorro! —gritó.
Pep volvió la cabeza.
—Calla.
Vicent gritó otra vez.
—¡SOCORRO!
Ismael apretó el silbato.
Otra vez.
Fiuu...
Un perro ladró fuera.
Uno .
Luego otro más lejos.
Vicenta puso una mano en la espalda de Ismael.
No sopló.
No podía.
Solo sostuvo.
—Otra vez.
Ismael lo intentó.
El tercer sonido fue breve.
Pero más limpio.
Fiuuu.
Una ventana se abrió en alguna parte.
—¿Quién anda?
Otra voz.
Un perro más.
Vicent entendió.
—¡AYUDA! ¡HAY UN HOMbrE MUERTO!
Pep se detuvo.
La casa ya no estaba sola.
• • •
Fue hacia la salida trasera.
La de siempre.
La que conocía mejor.
Ismael lo supo antes de que girara.
Salió por la dependencia lateral.
Atravesó el corral.
Pep fue detrás.
La puerta trasera estaba a pocos metros.
Ismael conocía el recorrido.
Había contado sus pasos.
Había perseguido hombres por él.
Había reconstruido la manzana.
No necesitaba ser más fuerte.
Solo llegar antes por la otra abertura.
Vicenta corrió con él.
Pep empujó la puerta lateral.
El pasador torcido aguantó.
Una vez.
—¡Joder!
Otra.
La madera cedió parcialmente .
Ismael tomó el otro acceso.
Tac.
Toc.
El sonido volvió.
No como antes.
No delante.
Con él.
Llegó a la puerta exterior.
Puso el chuzo atravesado en el aro del cierre.
No podía sostener a un hombre.
Sí podía convertir una puerta sencilla en un problema durante unos segundos.
Pep llegó.
Tiró.
La hoja no abrió.
Volvió a tirar.
—¡Vamos!
Desde dentro se oían voces.
Vicent gritando.
Una mujer fuera.
Un hombre preguntando qué ocurría.
Pep sacudió la puerta.
Ismael perdió la sensación de los brazos.
El chuzo empezó a ceder.
Pep tiró otra vez.
Y entonces oyó:
Tac.
Toc.
• • •
Pep dejó de tirar.
Muy despacio, se volvió hacia la oscuridad del corral.
Ismael estaba allí.
No visible.
No para él.
Pero estaba.
Tac.
Toc.
Pep respiraba deprisa.
El vaho aparecía delante de su cara.
—No .
Tac.
Toc.
—No.
Ismael no necesitaba acercarse.
Pep miró hacia el lugar del sonido.
—Estabas muerto.
La frase salió rota.
Detrás, golpes en una puerta.
Voces.
Pep siguió mirando el vacío.
—Yo mismo lo comprobé.
La frase entró y no encontró dónde hacer daño.
Ya no quedaba defensa que romper.
Miró sus propias manos.
Después, a Vicenta.
Ella estaba a su lado.
No delante.
A su lado.
Ismael respondió.
No sabía si Pep podía oírlo.
No importaba.
—Sí.
Vicenta le tomó la mano.
• • •
La puerta interior se abrió de golpe.
Vicent apareció primero.
Detrás venían dos hombres del vecindario.
Uno llevaba una vara.
El otro, una lámpara.
—¡Ahí! —gritó Vicent.
Pep reaccionó.
Empujó la puerta trasera con todo el cuerpo.
El chuzo de Ismael cedió.
La hoja se abrió.
Pep salió.
Durante dos segundos pareció que iba a conseguirlo.
Después dobló la esquina.
Y se encontró con más gente.
La alarma había hecho lo que hacía una alarma.
No resolver .
Reunir.
Un hombre salió de una casa abrochándose la chaqueta.
Otro llegó desde Sant Joan.
Una mujer gritó que llamaran al médico y a Joaquín.
Pep intentó pasar.
Uno de los hombres lo agarró del brazo.
Pep se soltó.
Otro lo sujetó por detrás.
No hubo una pelea limpia.
Hubo confusión.
Preguntas.
Miedo.
Gente que no entendía por qué un practicante intentaba marcharse de una casa donde alguien gritaba que había un muerto.
Pep forcejeó.
—¡Soltadme!
—¡Quieto!
—¡No sabéis lo que hacéis!
Ismael se quedó en el corral.
No fue hacia él.
No lo golpeó.
No intentó matarlo.
Vio cómo unas manos vivas hacían lo que las suyas ya no podían.
Otros hombres sujetaban a Pep.
• • •
Alberola llegó después.
Sin sombrero.
Abrigo sobre la ropa de dormir.
Joaquín llegó con él o casi.
La casa se llenó demasiado deprisa.
Voces.
Lámparas.
Pasos.
Preguntas.
Vicent repetía:
—Dentro.
—Hay un cuerpo dentro.
—Lo he visto.
—Está ahí.
Nadie le dijo que estaba imaginándolo .
No porque hubieran cambiado de opinión sobre su pasado.
Porque el cuerpo existía.
Alberola bajó primero.
Joaquín detrás.
Pep estaba retenido fuera por dos vecinos.
Ismael se quedó junto a Vicenta en la puerta de la dependencia.
Alberola llegó hasta el cadáver.
Se arrodilló.
No necesitó mucho.
—Lleva días aquí.
Joaquín levantó la lámpara.
Vio el abrigo.
Los zapatos.
La cara.
Se quedó inmóvil.
—No.
Alberola lo miró.
—¿Qué?
Joaquín acercó la luz.
—No.
La segunda vez sonó distinta.
Ismael sintió algo en el pecho.
Joaquín conocía esa ropa.
La había visto la primera noche.
Conocía el zapato desigual.
Conocía el equipo que faltaba.
Vicent abrió la mano.
Mostró el silbato.
—Estaba aquí.
Joaquín lo cogió.
Lo miró.
Después miró el cuerpo.
La comprensión le cambió la cara.
—El sereno.
Alberola levantó la vista.
—¿Qué sereno?
Joaquín dio un paso hacia el cadáver.
—El nuevo.
Todo el cuarto pareció detenerse.
Joaquín tragó saliva.
Y pronunció :
—Ismael Verdejo Sánchez.
• • •
Su nombre sonó distinto en boca de un vivo.
No porque fuera más verdadero.
Porque volvía a tener peso en el mundo donde llevaba días sin existir.
Ismael Verdejo Sánchez.
Joaquín lo había dicho mirando su cuerpo.
No al vacío.
No una sombra.
No un sonido.
El cuerpo.
Vicenta apretó su mano.
Ismael no miró hacia ella todavía.
Observó a los vivos.
Alberola revisando sin alterar más de lo necesario.
Joaquín pálido.
Vicent de pie, con miedo todavía, pero sin retroceder de aquello que podía comprobar.
Vecinos en el corral.
Pep retenido fuera.
La casa abierta.
La manta apartada.
Nada de aquello podía volver a desaparecer porque Pep cerrara una puerta.
La justicia no estaba hecha.
Ni siquiera había empezado del todo.
Pero la escena ya pertenecía a los vivos.
Eso era suficiente.
• • •
Ismael bajó la mirada hacia sus zapatos.
El izquierdo.
El derecho.
La diferencia seguía allí.
No había desaparecido por aceptar nada.
No se había vuelto joven.
No se había enderezado la pierna.
No se había convertido en otra cosa.
Dio un paso.
Tac .
Toc.
El sonido siguió.
Ismael sonrió muy poco.
Quizá no necesitaba que dejara de sonar.
A lo mejor nunca había sido el problema.
Vicenta esperó.
—¿Y ahora?
Ismael observó su cuerpo una última vez.
Después a Pep.
Luego a Vicent.
El viejo sereno sostenía la linterna con una mano firme.
No porque ya confiara en todo lo que veía.
Porque esta vez tenía suficientes cosas que tocar.
Ismael volvió la cara hacia Vicenta.
—Ahora terminamos la ronda.