CAPÍTULO 22 #2
El borde de la linterna tocando el muro.
Suficiente.
Pep dejó de mirar hacia el lugar donde imaginaba a Ismael.
Ahora miró hacia una esquina real.
Una donde podía esconderse una persona.
—¿Quién está ahí?
Vicent no respondió.
Pep salió de la habitación.
Ismael actuó antes de pensarlo.
Golpeó con las llaves el marco del patio.
Clin.
Pep se volvió hacia el sonido.
Vicent aprovechó para retroceder.
Una puerta cercana se cerró al fondo de la calle.
No de golpe.
Lo bastante.
Pep alcanzó a ver una silueta humana desaparecer.
Su cara cambió.
El miedo sobrenatural se convirtió en otra cosa.
Peligro .
Testigo.
—Mierda.
Entró de nuevo.
Cogió el abrigo.
El maletín.
Dos papeles.
No quemó el resto.
Ya no tenía tiempo.
Ismael supo adónde iba antes de que saliera.
La casa Soler Martí.
• • •
Vicent estaba pegado a una puerta dos calles más abajo.
Respiraba mal.
No por enfermedad.
Por miedo.
Ismael se acercó.
No hizo ruido hasta que Vicent levantó la cabeza.
Tac.
Toc.
El hombre apretó la mandíbula.
—Te he oído.
Ismael permaneció inmóvil.
—A él también.
Vicent abrió los ojos.
No miró al vacío como un iluminado.
Miró una pared.
Un suelo.
La puerta por la que Pep había salido.
Cosas que existían.
—He oído lo que ha dicho.
Ismael hizo sonar una llave una vez.
Clin.
Vicent tragó saliva.
—No sé qué eres.
La frase casi hizo sonreír a Ismael.
Pep había dicho lo mismo.
Vicent continuó:
—Pero él sí estaba ahí.
Eso era la diferencia.
Pep estaba allí, de carne y hueso .
La puerta.
La voz.
Los papeles quemados.
La silueta.
Vicent podía dudar del tac-toc.
No de un hombre hablando en una habitación.
Ismael empezó a caminar.
Tac.
Toc.
Vicent lo siguió.
• • •
Pep fue más rápido.
Cuando llegaron a la casa Soler Martí, la puerta trasera estaba abierta.
Vicent se detuvo.
Reconoció la fachada.
—No.
Ismael hizo sonar las llaves desde el corral.
Clin.
Vicent no entró.
Se llevó una mano al pecho.
Miró la oscuridad interior.
—Aquí no.
Vicenta estaba junto a él aunque no pudiera verla.
—Vicent —dijo.
Vicent no respondió.
Ella se acercó más.
—No fue culpa tuya.
Vicent no oyó las palabras.
Pero levantó la cabeza.
Quizá por un ruido.
Quizá por nada.
Ismael golpeó una sola vez con el chuzo.
Tac.
Vicent apretó los labios.
Luego cruzó el umbral.
• • •
No necesitó ver fantasmas para encontrar cosas.
Eso fue lo primero que hizo bien.
La puerta trasera tenía marcas recientes .
El cierre estaba manipulado.
Había barro dentro.
Una tabla desplazada.
Vicent encendió su linterna.
La luz recorrió el corral.
Encontró la manta.
La cuerda.
La pala corta.
—Esto no estaba aquí así.
Lo sabía porque conocía casas.
Porque había sido sereno.
Porque había anotado puertas durante años.
No porque la noche le susurrara nada.
Más adentro vio una pequeña mancha seca en la piedra.
Se agachó.
No la tocó.
—Sangre puede ser.
No dijo “es”.
Ismael sintió respeto.
Era lo que él había intentado aprender de sus libretas.
Vicent avanzó.
Encontró algo junto al muro.
Metal.
Se agachó.
Lo recogió.
Silbato.
Pep debía de haberlo perdido al entrar deprisa.
El físico.
El que había recogido de la dependencia y guardado en su bolsillo.
Vicent lo sostuvo bajo la luz.
La forma le resultó familiar.
Le dio la vuelta.
El metal estaba gastado de una forma distinta a su antiguo silbato, pero el tipo era el del puesto.
—Municipal.
Miró hacia la oscuridad.
—Del sereno.
Ismael sacó el suyo.
Dos versiones.
Vicent solo podía ver una.
Eso bastaba .
—El nuevo —murmuró.
Ismael golpeó una llave.
Clin.
Vicent cerró los dedos sobre el silbato.
—Muchacho...
La palabra le salió rota.
—¿Qué te hicieron?
• • •
El acceso profundo estaba abierto.
Pep había llegado antes y había retirado más tablas.
No estaba allí.
Todavía.
Ismael guió a Vicent.
Una señal.
Otra.
Nada complejo.
Clin desde el peldaño.
Tac junto a la puerta.
Vicent bajó.
La linterna temblaba.
—Esto estaba en mis notas.
Miró la pared.
La zona húmeda.
El pequeño desnivel.
—Soler.
Pronunció el apellido como si devolviera una deuda.
La puerta interior seguía cerrada.
No del todo.
Pep la había dejado encajada.
Vicent puso la mano sobre la madera.
Respiró.
La retiró.
Volvió a ponerla.
—Esto es una puerta —dijo.
Ismael no entendió al principio.
Vicent siguió:
—Una puerta de verdad.
Empujó.
No cedió.
Se colocó mejor .
Usó el hombro.
La madera se movió unos centímetros.
Ismael sintió algo extraño.
Durante días había intentado abrir cosas como si todavía tuviera derecho natural sobre ellas.
Vicent, vivo, empujó una vez.
El mundo obedeció.
La puerta se abrió.
• • •
El olor llegó antes que la luz: humedad, tela, tierra cerrada y un fondo orgánico, dulzón, que hizo a Vicent cubrirse la boca con el antebrazo.
Vicent dirigió la linterna hacia el suelo.
Marca de arrastre.
Polvo removido.
Una mancha oscura.
Más allá, tablas apartadas.
La luz siguió.
Vicenta se quedó en el umbral.
Ismael avanzó con Vicent.
Al fondo había una forma.
Humana.
Eso ya no podía discutirse.
Una manta cubría la mayor parte.
Debajo sobresalía la línea de unas piernas.
Un zapato.
El otro quedaba oculto.
Vicent dejó de respirar durante un momento.
La linterna bajó.
Volvió a subir.
No se acercó enseguida.
Ismael tampoco.
No necesitaba ver la cara para saber que allí había un cuerpo.
Eso bastaba por ahora.
Vicent dio un paso.
—Dios.
Otro.
La mano libre temblaba.
Ismael vio el zapato visible.
No el suficiente.
No aún .
Vicent alargó la mano hacia la manta.
La puerta exterior se abrió.
• • •
El sonido atravesó toda la casa.
Vicent retiró la mano.
La linterna se quedó fija sobre la forma cubierta.
Pasos en el corral.
Regulares.
Vivos.
Vicenta se tensó.
Ismael cogió el chuzo.
Casi no lo sentía.
Pep apareció en la parte alta del acceso.
No bajó inmediatamente.
Miró a Vicent.
Después la puerta abierta.
Después la luz al fondo.
No parecía sorprendido.
Parecía decepcionado.
—Sabía que habías oído algo.
Vicent levantó la linterna hacia él.
La mano temblaba.
—No te acerques.
Pep miró el silbato en la otra mano.
Luego sonrió apenas.
No con humor.
Con cansancio.
—Siempre fuiste malo distinguiendo lo que era verdad.
Vicent tragó saliva.
La frase entró donde Pep quería.
Ismael vio el golpe.
No físico.
Años de dudas concentrados en una sola línea.
Vicent bajó un poco la linterna.
Pep dio un paso.
Ismael levantó el chuzo.
No sabía si podría hacer nada.
Vicenta miró a Vicent.
—No le creas.
Él no podía oírla .
Pep dio otro paso.
—Vete a casa.
Vicent miró la forma cubierta.
Después el silbato.
Después la sangre vieja.
La puerta manipulada.
Cosas.
Objetos.
Hechos.
Levantó de nuevo la linterna.
—Esto sí está aquí.
Pep dejó de avanzar.
Vicent sostuvo el silbato.
—Y esto también.
La voz le temblaba.
No importó.
Pep miró hacia la oscuridad donde estaba Ismael.
Luego otra vez al hombre vivo.
La máscara tranquila se cerró.
—No deberías haber vuelto a la noche, Vicent —dijo desde la puerta.