El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

EL HOMbrE QUE DECIDE

Vicent Belda dormía con una silla contra la puerta.

No para impedir que entraran.

Para oírla.

Ismael lo supo cuando Vicenta señaló la casa y él vio la madera atravesada bajo el pomo desde la ventana lateral.

—¿Sigue haciendo eso? —preguntó.

Vicenta miró la silla.

—Algunas noches.

La vivienda era modesta. Una planta. Fachada estrecha. Una luz apagada detrás de una cortina demasiado fina.

No había símbolos en las paredes.

Ni cruces.

Ni sal.

Ni ninguna de las cosas que un hombre podría acumular si quisiera convertir su miedo en decoración.

Solo una casa donde alguien había aprendido a dormir mal.

—¿Vive solo?

—No siempre. Una sobrina viene mucho. Esta noche no está.

Ismael miró la puerta.

—Mejor.

Vicenta lo observó.

—No para él.

Ismael no respondió.

Necesitaban un vivo.

Eso era todo.

O eso intentó decirse.

•  •  •

El primer golpe con el chuzo no sonó.

Ismael esperó.

Volvió a intentarlo.

La contera tocó la piedra del umbral.

Tac .

Dentro no ocurrió nada.

Otro.

Toc.

Una cama crujió.

El esfuerzo le vació un poco las manos.

No insistió.

Esperó.

Vicent abrió los ojos al otro lado de la pared.

Ismael no podía verlo todavía.

Lo oyó moverse.

Un colchón.

Una tos.

Silencio.

Después:

—No.

La voz era más vieja de lo que Ismael esperaba.

No débil.

Gastada.

La silla rozó el suelo.

No llegó a apartarse.

Vicent permaneció detrás de la puerta.

—No.

Ismael levantó el chuzo.

Tac.

Toc.

Esta vez el hombre no dijo nada.

Ismael sacó las llaves.

Las dejó caer suavemente contra el hierro.

Clin.

Silencio.

Clin.

Dentro, Vicent respiró hondo.

—Eso no.

Ismael miró a Vicenta.

Ella no se movió.

—Él ya creyó a la noche una vez —dijo.

No sonó como explicación.

Sonó como advertencia.

•  •  •

Vicent tardó varios minutos en mover la silla .

Abrió solo una rendija.

No vio a nadie.

Cerró.

Ismael hizo sonar las llaves desde la esquina de la casa.

Clin.

La puerta se abrió otra vez.

Vicent salió con camisa, pantalones y un abrigo puesto a medias.

El cabello blanco se le levantaba de un lado.

No parecía un hombre preparado para enfrentarse a un misterio.

Parecía un hombre al que habían despertado demasiado pronto.

Miró la calle.

La calle estaba vacía.

—Estoy despierto —dijo.

Se dio una palmada en la mejilla.

No fuerte.

Lo justo.

Luego tocó el marco de la puerta.

La pared.

El pomo.

Comprobaciones pequeñas.

Ismael lo entendió.

Vicent no estaba preguntando si había un fantasma.

Preguntaba si podía confiar en sí mismo.

Ismael dio un paso.

Tac.

Toc.

Vicent apretó los párpados.

—Ese paso no es mío.

La frase dejó quieta la calle.

Ismael volvió a mover las llaves.

Clin.

Vicent abrió los ojos.

Entró de nuevo en casa.

Ismael pensó que había terminado.

Entonces oyó un cajón.

Después otro.

Vicent reapareció con una libreta antigua en la mano.

La abrió bajo la luz de la puerta.

Buscó.

Sus dedos temblaban.

Se detuvo en una página .

Ismael no podía leerla desde donde estaba.

No hacía falta.

Vicent susurró:

—Veintitrés.

Miró hacia la calle.

—No.

Luego otra vez la libreta.

—No voy a volver.

Ismael dejó caer una llave contra el chuzo.

Clin.

Vicent apretó los ojos.

—No sé si eres real.

Ismael no respondió.

No podía.

Vicent se rio una vez, sin humor.

—Ese era el problema.

•  •  •

Se quedó allí mucho rato.

Lo suficiente para que Ismael pensara que no saldría.

Vicent bebió agua.

Despacio.

Dejó el vaso sobre una mesa.

Lo miró.

Volvió a tocarlo.

Después comprobó la hora.

Abrió la libreta.

La libreta volvió al bolsillo.

No había heroísmo en aquello.

Había un hombre negociando consigo mismo.

Finalmente se puso bien el abrigo.

Guardó la libreta en un bolsillo.

Cogió una linterna pequeña.

No un arma.

Al salir, dejó la silla apartada.

—Si esto no está pasando —murmuró—, mañana me quedo en casa.

Ismael dio dos pasos calle abajo.

Tac.

Toc.

Vicent siguió el sonido.

•  •   •

La ruta fue lenta.

Ismael no podía hablarle.

Vicent tampoco veía a Vicenta.

Eso evitaba cualquier tentación de convertirlo en algo que no era.

En la primera esquina dudó.

Ismael hizo sonar las llaves desde la calle correcta.

Clin.

Vicent giró.

En la siguiente no hizo falta.

Recordaba la ronda.

No aquella.

La suya.

Años antes.

El cuerpo podía olvidar fuerza.

Las piernas podían perder velocidad.

Pero algunas rutas se quedaban debajo de la piel.

Caminaron por Santa Rosa.

Vicent miró hacia una tapia.

Después hacia un balcón.

No había muertos allí esa noche.

Aun así, desvió la vista.

Ismael sintió algo parecido a culpa.

—No tenemos que hacerlo —dijo, aunque Vicent no pudiera oírlo.

Vicenta sí.

—Sí.

Ismael vaciló.

—Podemos buscar otra manera.

—No la hay.

Vicent se detuvo.

Había oído algo.

No palabras.

El chuzo rozando piedra, tal vez.

Miró hacia ellos.

Ismael quedó inmóvil.

Vicent no vio nada.

Reanudó la marcha.

Un antiguo sereno vivo siguiendo a uno muerto.

Ismael pensó que la noche tenía un sentido del humor bastante malo.

•  •   •

Antes de llegar a la casa Soler Martí vieron luz en la consulta de Pep.

Vicent también.

Se detuvo por instinto.

No por miedo sobrenatural.

Por oficio.

Una ventana encendida a una hora en que no debería.

Una puerta mal cerrada.

Movimiento dentro.

Vicent se pegó a una pared.

Ismael y Vicenta continuaron.

Pep estaba quemando papeles.

No muchos.

Una hoja cada vez.

Las acercaba a la estufa, esperaba a que prendieran y las dejaba caer.

Sin prisa.

El método de un hombre que no quería olvidar nada importante en un cajón.

Ismael se colocó junto a la ventana.

Vicenta a su lado.

Pep tenía el abrigo puesto.

El maletín preparado.

Sobre la mesa quedaban tres fichas.

Una era de Paquita.

Otra no podía leerla.

La tercera estaba doblada.

Ismael dio un paso.

Tac.

Toc.

Pep dejó de acercar el papel al fuego.

No se volvió inmediatamente.

—Otra vez.

Ismael no hizo nada.

Pep se quedó escuchando.

—No sé qué quieres.

Desde la esquina, Vicent permanecía oculto.

Lo bastante cerca para oír una voz.

No para distinguirlo todo.

Pep habló hacia la habitación vacía.

—No sabes nada de esto.

Ismael apretó el chuzo.

Tac .

Toc.

Pep abrió los ojos.

—Tú llegaste una noche.

El papel seguía en su mano.

—Una.

Otra pareja de pasos.

Tac.

Toc.

Pep dejó la hoja sobre la mesa.

—Yo llevo años entrando en esas casas.

•  •  •

No fue una confesión.

Al principio fueron quejas.

Frases sueltas.

Defensas dirigidas a alguien que Pep no podía ver.

—He visto gente pedir que pare.

Silencio.

—He visto familias rezar para que terminara.

Ismael no hizo ruido.

Pep se acercó a la ventana.

—El primero me pidió que parara.

Vicenta volvió la cara.

Vicent, en la esquina, levantó la cabeza.

Pep continuó:

—No quedaba nada que hacer.

Ismael golpeó una vez el suelo.

Tac.

Pep se tensó.

—No. No me vengas con eso.

Otro.

Toc.

—No sabes cómo estaba.

Ismael no necesitaba saber el nombre.

Ni la enfermedad.

Ni qué hizo Pep exactamente.

La frase bastaba.

Alguien había sufrido.

Alguien le había pedido que no prolongara más aquello.

Y Pep había cruzado una línea creyendo que quizá estaba ayudando.

Eso podía explicar una muerte .

No las demás.

Tac.

Toc.

Pep se pasó una mano por la cara.

—Después aprendí a verlo antes que ellos.

Vicenta se quedó inmóvil.

La frase había cambiado el aire.

•  •  •

Pep caminó por la habitación.

No miraba a ninguna parte concreta.

—Hay gente que ya está acabada y todavía nadie quiere decirlo.

Tac.

—Dolor.

Toc.

—Camas.

Tac.

—Meses.

Toc.

—Hijos que no pueden más.

Ismael dio otro paso.

Pep se volvió hacia el sonido.

—¿Qué?

Silencio.

—¿Vas a decirme que eso no importa?

Ismael no podía responderle.

Eso casi le enfureció más.

Pep siguió:

—Alguien tiene que verlo.

Vicenta murmuró:

—No.

Pep no la oyó.

—Alguien tiene que saber cuándo ya no queda vida, solo tiempo.

Ismael levantó el chuzo.

Golpeó una vez la madera exterior de la ventana.

Clac.

El sonido hizo girar a Pep.

Vicent también lo oyó.

Pep apretó la mandíbula.

—No decidí siempre mal.

Ismael pensó en Paquita .

La voz.

El mal humor.

La hija.

El deseo de levantarse sola para ir a orinar.

No era una idea de vida.

Era vida.

Pep continuó, casi para sí:

—A veces solo evitaba semanas.

Ismael golpeó otra vez.

Clac.

Más fuerte.

Pep se acercó a la ventana.

—Y otras veces años.

Vicenta apartó la cara.

•  •  •

Pep vio la ficha vieja sobre la mesa.

La de Vicenta.

La había sacado quizá sin pensar.

La tocó.

—Ella tampoco iba a mejorar.

Vicenta abrió los ojos.

Ismael no se movió.

Pep sostuvo el papel.

—Treinta y dos años y ya estaba...

Se detuvo.

Buscó una palabra.

No médica.

Propia.

—Sentenciada.

Vicenta dio un paso hacia la ventana.

El rostro no cambió enseguida.

Eso hizo la reacción peor.

Ismael quiso tocarla.

Mantuvo las manos quietas.

Pep siguió:

—La familia agotada. La fiebre. El dolor. ¿Para qué?

Vicenta miró la ficha.

Años de duda terminaron en su cara sin hacer ruido.

Quizá había pensado que realmente iba a morir.

Tal vez esa posibilidad había suavizado algo .

Pep acababa de quitársela.

Vicenta habló.

No alto.

No para él.

—Yo quería vivir.

Aquellas cuatro palabras pesaban más que todo lo que Pep había dicho.

No “podía haber vivido”.

No “quizá me habría recuperado”.

Quería.

Eso bastaba.

•  •  •

Pep arrojó la ficha a la estufa.

Ismael golpeó la ventana.

Clac.

La hoja prendió por una esquina.

Pep se volvió.

—No puedes cambiarlo.

Otro golpe.

Clac.

—Ninguno podía.

Ismael pensó en Teresa.

Tac.

Pep se quedó quieto.

Salvador.

Toc.

Paquita.

Tac.

Pep respiró hondo.

—Tú eres distinto.

Ismael no se movió.

Pep lo dijo otra vez.

—Tú no estabas en la lista.

Vicent, oculto fuera, alzó la cabeza.

Pep miró hacia la puerta.

Luego a la ventana.

—Tú fuiste otra cosa.

La pieza del zapato pareció crecer dentro del bolsillo.

—Entraste donde no debías.

Tac.

—Te metiste .

Toc.

Pep bajó la voz.

—Me viste.

Ismael no recordaba haberlo visto con claridad aquella noche.

Eso no importaba.

Pep creía que sí.

—Y yo...

Se calló.

Ismael esperó.

Pep no terminó la frase.

No hacía falta.

Apoyó las manos en la mesa.

—Tú fuiste un accidente.

Desde la esquina llegó un pequeño roce.

Tela contra pared.

Pep levantó la cabeza.

•  •  •

Vicent se había movido.

Nada heroico.

Un pie mal colocado.