El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 21
83%

CAPÍTULO 21

LA TRAMPA

La anotación era demasiado clara.

Ismael tardó horas en darse cuenta.

PAQUITA NAVARRO.

VOLVER.

Una hora.

Nada de abreviaturas.

Nada de las frases ambiguas que Pep utilizaba en el resto de sus papeles.

La primera vez le había parecido suerte.

Ahora, mientras esperaba frente a la casa de Paquita, empezó a parecerle otra cosa.

—¿Por qué lo dejó escrito así? —preguntó Vicenta.

Ismael no apartó los ojos de la ventana.

—Porque pensaba volver.

—Eso ya lo sé.

—Entonces ¿qué preguntas?

—Por qué quería que cualquiera pudiera entenderlo.

Ismael siguió la dirección de su mirada.

Vicenta observaba la calle.

No la casa.

Paquita llevaba más de una hora dormida. Una de sus hijas estaba dentro. Había luz baja en la cocina.

Ningún muerto.

Ni junto a la puerta.

Ni bajo las ventanas.

Ni al final de la calle.

—La otra vez tampoco había nadie esperando —dijo Ismael.

—Eso.

—Si Pep quiere adelantarla otra vez, tampoco los habrá.

Vicenta asintió.

No discutió.

Eso fue lo que hizo que Ismael volviera a mirar la hora.

Faltaban veinte minutos.

•  •   •

Llegaron antes.

Mucho antes.

Ismael había querido hacerlo así.

No iba a permitir que Pep apareciera por otra calle mientras él seguía buscando señales.

El perro de Paquita dormía junto a una pared.

De vez en cuando abría un ojo.

No ladraba.

Una hija salió una vez a vaciar agua.

Volvió a entrar.

Nada cambió.

Ismael intentó el silbato.

Solo para saber.

Se lo llevó a la boca.

Lo sostuvo.

No salió sonido.

Ni aire.

Ni sonido.

El metal permaneció frío entre los dedos.

Vicenta lo vio.

—Te dije que no respondería enseguida.

—No he dicho nada.

—Lo has intentado.

Ismael guardó el silbato.

—Esta vez no hará falta.

—Eso espero.

Pasó la hora.

Pep no apareció.

•  •  •

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

La calle empezó a volverse insoportablemente tranquila.

Ningún olor familiar.

No pasos.

No maletín.

Ninguna sombra observando desde una esquina.

Dentro de la casa, Paquita tosió una vez.

Después nada.

Ismael consultó el reloj .

—Puede llegar tarde.

Vicenta no se dejó arrastrar por la excusa.

—Pep no llega tarde cuando quiere estar solo con alguien.

La frase le molestó.

Porque era cierta.

Esperaron otros diez minutos.

—A lo mejor cambió de hora —dijo Ismael.

—Puede ser.

—O vio movimiento.

—No hay nadie fuera salvo nosotros.

—Puede oírme.

—Cuando haces ruido.

Ismael apretó la mandíbula.

Vicenta dio unos pasos hacia el centro de la calle.

Miró una esquina.

Luego la otra.

—No está mirando la casa.

—¿Quién?

Ella volvió la cabeza.

—Pep.

Ismael sintió la respuesta antes de entenderla.

—¿Qué quieres decir?

Vicenta señaló la vivienda.

—No hay muertos.

—Ya lo sabemos.

—No hay visita.

—Todavía.

—No hay nada raro.

Ismael soltó aire.

—Eso tampoco demuestra—

Vicenta lo interrumpió.

—Nos quería aquí.

El silencio cambió.

•  •  •

Ismael volvió a ver la mesa de Pep.

Las fichas.

La hoja de Paquita.

La anotación demasiado limpia.

MAÑANA.

Hora .

Como una flecha.

Como una puerta abierta.

—No —dijo.

Vicenta no respondió.

Él ya estaba pensando.

Pep había oído el tac-toc.

Había pronunciado su nombre.

Había visto alarmarse una calle cuando alguien protegió a Paquita.

No sabía de qué era capaz Ismael.

Ni qué era.

Pero sabía algo más útil.

Sabía qué hacía.

—Dejó el nombre para que lo leyera alguien —dijo Ismael.

—Sí.

—Y si pasaba algo aquí...

—Confirmaba que ese alguien había visto sus papeles.

Ismael sintió rabia.

No contra Pep primero.

Contra sí mismo.

—Me cago en la leche que mamaste.

—Has venido a proteger a una mujer.

—He caído.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Eso lo detuvo.

Vicenta se acercó.

—La trampa sirve porque sabías qué elegirías si había una posibilidad de que Paquita muriera.

Ismael miró la ventana.

La mujer dormía.

Viva.

A salvo.

O ajena.

No se arrepentía de haber ido.

Eso lo enfadó todavía más.

Pep había utilizado algo que Ismael no quería corregir.

—¿Qué ha dejado sin vigilar? —preguntó Vicenta.

La respuesta llegó entera.

La casa Soler Martí.

•  •  •

Corrieron .

O Vicenta corrió.

Ismael hizo lo que pudo.

Tac.

Toc.

Tac.

...toc.

El ritmo se rompía cuando apretaba demasiado.

La pierna no dolía.

Era peor.

A veces parecía olvidar durante medio paso dónde estaba el suelo.

Vicenta se adelantaba y volvía.

—Más despacio.

—No.

—Si llegas sin poder tocar nada no habremos ganado.

—Si llego tarde tampoco.

Tomaron un atajo.

Después otro.

Ismael conocía ya el pueblo de noche mejor que de día.

Las esquinas.

Los corrales.

Las calles que reducían dos minutos.

Durante el trayecto nadie gritó.

Ningún perro inició una cadena de ladridos.

No hubo campanas.

Vallada dormía.

En una sola casa alguien estaba moviendo el centro de toda la historia.

La vieron antes de llegar.

Una luz en la parte trasera.

Baja.

Amarillenta.

La puerta del corral estaba abierta.

•  •  •

Pep había retirado las tablas.

No todas.

Las suficientes.

Ismael lo vio desde el acceso.

El practicante trabajaba sin abrigo.

Tenía las mangas remangadas y la venda nueva en el antebrazo.

Una lámpara estaba apoyada en el suelo.

Junto a ella :

una manta vieja,

un saco grueso,

una cuerda,

una pala corta que pertenecía a la casa más que a un asesino.

Nada sofisticado.

Nada preparado durante años.

Herramientas normales para hacer un trabajo sucio.

Pep tiró de algo.

Desde el fondo llegó un golpe sordo.

Ismael sintió el sonido en el cuerpo.

No vio qué había golpeado.

Vicenta se quedó detrás.

—Está moviéndolo.

Ismael miró hacia el fondo de la dependencia.

No preguntó qué.

Todavía.

Pep se agachó.

Hizo fuerza.

Su respiración empezó a producir pequeñas nubes blancas en el aire frío de la dependencia.

Una.

Otra.

Una.

Ismael avanzó.

Tac.

Toc.

Pep dejó de moverse.

•  •  •

No se sobresaltó.

Eso fue lo nuevo.

Permaneció agachado unos segundos.

Después se incorporó.

Miró hacia la entrada.

No podía ver a Ismael.

Pero estaba esperando algo.

—Sabía que vendrías.

Ismael se quedó quieto.

Pep apagó la lámpara.

La oscuridad cayó sobre la habitación.

Solo quedó algo de claridad entrando desde el corral .

Pep no buscaba ver.

Buscaba escuchar.

—Paquita está bien —dijo.

Silencio.

—Siempre ha estado bien esta noche.

Ismael sintió la rabia subir otra vez.

Pep continuó:

—Dejé su nombre donde pudieras encontrarlo.

Vicenta endureció la boca.

Ismael apretó el chuzo.

—No sabía quién leía mis cosas —dijo Pep—. Ni cómo.

Esperó.

—Ahora sé que alguien las lee.

Dio un paso.

—Y sé que conoces ese nombre.

El otro no respondió.

Otro paso.

—¿Qué eres?

La pregunta quedó en la oscuridad.

No sonó valiente.

Sonó sincera.

Pep no estaba interpretando una escena de fantasmas.

Intentaba construir una explicación.

Ismael pensó en responder.

No con voz.

Con lo único que Pep reconocía.

Sacó una llave del manojo.

La acercó al remate de hierro del chuzo.

Clin.

Pep se volvió hacia el sonido.

•  •  •

Ismael cambió de sitio.

Despacio.

Sin dejar que el zapato golpeara.

Pep avanzó hacia donde había sonado la llave.

Llevaba la lámpara apagada en una mano.

La otra buscaba delante.

—Ismael.

Clin.

Más lejos .

Pep giró.

—No sé si eres tú.

Clin.

—Pero esto empezó cuando tú llegaste.

Ismael volvió a moverse.

Pep lo siguió.

No rápido.

Con miedo suficiente para ser prudente.

—Te vi caer.

La frase ya no tenía el efecto de antes.

La siguiente sí.

—Yo te dejé aquí dentro.

Ismael dejó de mover la llave.

Pep sonrió sin alegría hacia la oscuridad.

Había encontrado el silencio correcto.

—Ah.

Vicenta dio un paso hacia Ismael.

No lo tocó.

Pep continuó:

—Eso sí lo entiendes.

Ismael llevó la mano al bolsillo.

La pieza de suela seguía allí.

Dura.

Real.

—No saliste por esa puerta.

El mundo se estrechó.

Ismael miró hacia la puerta trasera aunque apenas podía verla.

Pep no añadió:

muerto.

No añadió:

cadáver.

No hacía falta.

La frase seguía teniendo una salida.

Herido.

Inconsciente.

Arrastrado.

Dejado dentro.

Luego, de alguna manera, fuera.

Ismael se agarró a esa ambigüedad con una parte de sí mismo que ya sabía que estaba mintiendo.

•  •   •

Pep retrocedió hacia el fondo.

Había conseguido lo que quería.

Una reacción.

O la ausencia de ella.

Volvió a encender la lámpara.

—No sé qué eres —dijo—. Pero no pienso dejar esto aquí para que lo encuentre otro.

Ismael vio la manta.

Pep se agachó.

Tiró.

Algo pesado se desplazó fuera de la luz.

Vicenta agarró a Ismael por el brazo.

—No dejes que se lo lleve.

Él no se movió.

No quería mirar.

Pep volvió a tirar.

Una tabla cedió.

Cayó de lado.

Debajo rodó algo metálico.

Pequeño.

Un tintineo seco.

El objeto cruzó la franja de luz y se detuvo junto a la pared.

Ismael lo vio.

Silbato.

De metal.

El mismo tamaño.

La misma forma.

La misma anilla.

Durante un instante no comprendió.

Después su mano fue sola al bolsillo del abrigo.

Sacó el suyo.

Lo sostuvo frente a él.

Un silbato en su mano.

Otro en el suelo.

•  •  •

No necesitaba una inscripción.

No necesitaba nombre.

Joaquín había puesto aquel objeto en su palma la primera noche .

—Y esto no es para entretenerte.

Ismael recordó incluso el peso.

El tacto frío.

La pequeña cadena.

El sonido que no había sabido hacer todavía.

Miró el que sostenía.

Después el del suelo.

Dos.

Uno formaba parte de él desde que empezó la ronda.

El otro estaba dentro del mundo de Pep.

Polvo.

Metal.

Piedra.

Pep lo vio.

Se agachó y lo recogió.

Ismael sintió una reacción absurda.

—No.

La voz salió débil.

No sabía si Pep la oyó.

El practicante sostuvo el silbato.

Lo reconoció.

Su cara cambió.

—Mierda.

Lo guardó en el bolsillo.

Ismael miró su propia mano.

El otro seguía allí.

Frío.

Sin peso suficiente.

Una versión.

Una costumbre.

Una parte de lo que él creía llevar.

El mundo físico conservaba el suyo.

La idea no necesitaba explicación.

Solo estaba.

Ismael dejó de hacer ruido.

•  •  •

Pep interpretó el silencio a su manera.

Respiró.

—Así está mejor.

Volvió al fondo .

Tiró de la manta.

La tela raspó piedra.

Ismael no miró qué cubría.

Miró el silbato que ya no estaba en el suelo.

Vicenta se colocó delante.

—Ismael.

—No.

—No tienes que mirarlo todavía.

—No he dicho eso.

Pep tiró otra vez.

Algo pesado avanzó unos centímetros.

Cada parte de él quería retroceder.

Se mantuvo en su sitio.

—Si se lo lleva —dijo Vicenta—, no habrá nada para los vivos.

Eso cambió la pregunta.

No aceptar.

No comprender.

Prueba.

Ismael miró el cierre lateral.

Una tabla apoyada sostenía parte de las otras.

La había visto antes.

No necesitaba derribar nada.

Solo moverla.

—Después —dijo.

Vicenta entendió.

Ismael clavó el extremo del chuzo debajo de la madera.

Hizo fuerza.

El mundo se alejó.

No la tabla.

Todo.

El tacto de las manos.

El suelo.

La voz de Vicenta.

Empujó.

La pieza cedió.

Tres tablas se deslizaron y cayeron entre Pep y el fondo.

No sobre él.

Delante.

Suficiente.

Pep soltó la manta y retrocedió.

La lámpara osciló .

—¡Joder!

Ismael perdió el chuzo.

O dejó de sentirlo.

•  •  •

Pep apartó una tabla con el pie.

Luego otra.

Vio que necesitaría tiempo.

Miró hacia la entrada.

—Volveré antes del amanecer.

No se lo decía a nadie visible.

Guardó el silbato físico.

Cogió la lámpara.

El maletín.

Dejó la manta.

Antes de subir los peldaños se detuvo.

Escuchó.

Ismael quiso darle un tac-toc.

No pudo.

Sus pies estaban donde debían.

El sonido no.

Pep esperó un poco más.

—No sé qué eres —dijo—. Pero deberías haberte quedado donde te dejé.

Salió.

La puerta exterior sonó.

Después nada.

•  •  •

Ismael seguía de pie.

Eso parecía.

No sentía las piernas.

Vicenta puso las manos sobre sus hombros.

—Mírame.

Él lo intentó.

La cara de Vicenta tardó en adquirir nitidez.

—Mírame.

—Estoy mirando.

—No.

Ella acercó la frente a la suya.

—Aquí .

Ismael notó el contacto.

Muy poco.

Suficiente.

—El silbato —dijo.

—Lo sé.

Ismael miró el que todavía sostenía.

—Se lo ha llevado.

—Uno.

La palabra lo atravesó.

Uno.

—Y este.

—Está contigo.

—¿Cuál es el mío?

Vicenta no respondió.

No porque no quisiera.

Porque la pregunta no tenía una respuesta útil.

Ismael cerró los dedos alrededor del silbato.

Casi no lo notó.

—¿Cuánto de mí quedó ahí dentro?

Vicenta miró hacia el fondo.

No dijo una cantidad.

No dijo demasiado.

No dijo todo.

—Lo suficiente para que Pep quiera sacarlo antes de que alguien vivo lo encuentre.

Ismael dejó caer la cabeza.

•  •  •

—Volverá —dijo Vicenta.

—Sí.

—O mandará a alguien.

—No.

Ella lo miró.

—No confiaría esto a nadie.

La voz de Ismael empezaba a recuperar cuerpo.

Muy despacio.

—Entonces tenemos poco tiempo.

—Sí.

—Necesitamos a un vivo.

Vicenta asintió.

—Uno que pueda entrar. Ver. Tocar. Hacer que otros crean .

Ismael pensó en Alberola.

No.

Demasiado ligado a los certificados.

Pensó en Joaquín.

Un hombre municipal.

Pero primero había que conseguir llevarlo allí.

Pensó en alguien más.

Un hombre que había recorrido aquellas calles antes.

Un hombre al que nadie creyó porque vio demasiadas cosas verdaderas mezcladas con otras que no lo eran.

Vicent Belda Tormo.

Ismael abrió los ojos.

—Vicent.

Vicenta entendió.

—Está vivo.

—Lo sé.

—Y tendrá miedo.

—También lo sé.

—Puede no querer volver.

Ismael miró el acceso del fondo.

—Entonces tendremos que darle una razón.

•  •  •

La lámpara de Pep ya no estaba.

La oscuridad volvía a pertenecer a la casa.

Ismael recogió el chuzo.

Le costó notar la madera.

Miró la manta.

No lo que había debajo.

La manta.

El borde.

El peso.

El lugar donde Pep había tirado.

El silbato físico ya no estaba allí.

Pero había estado.

Eso bastaba.

La negación no desapareció.

Cambió de trabajo.

Ya no decía:

esto no puede ser.

Ahora decía :

primero que lo vea alguien vivo.

Primero la prueba.

Primero impedir que Pep la saque.

Después...

Después ya no había palabra.

Vicenta se colocó a su lado.

No delante.

No bloqueando.

A su lado.

Ismael miró la puerta del fondo.

No apartó los ojos.

—Entonces la abriremos nosotros.