CAPÍTULO 20
EL SILBATO
Paquita seguía viva.
Eso no significaba que estuviera a salvo.
Ismael lo sabía porque Pep había escrito su nombre como quien deja una puerta pendiente.
VOLVER.
MAÑANA.
Una hora.
Nada que un juez pudiera llamar amenaza.
Todo lo que Ismael necesitaba para no esperar sentado.
Vicenta leyó la anotación en la libreta.
—¿Puede ser una visita normal?
—Sí.
—¿Puede significar otra cosa?
—Sí.
—Entonces...
—Entonces esta vez llegaremos antes que él.
• • •
La casa de Paquita estaba tranquila cuando llegaron.
Demasiado.
Una luz pequeña seguía encendida detrás de la cortina delantera. El brasero debía de estar aún vivo porque el olor a carbón dulce y tela caliente salía por alguna rendija. De vez en cuando llegaba una tos desde dentro.
Paquita.
Viva.
Ismael miró la calle.
Nadie junto a la puerta.
Nadie bajo las ventanas.
Ninguna mujer quieta en una esquina.
Ningún muerto esperando.
Dio una vuelta completa a la manzana.
Volvió.
La casa seguía igual.
—Otra vez —dijo.
Vicenta lo siguió sin discutir.
Segunda vuelta.
Lo mismo.
Ismael se detuvo enfrente de la casa.
—No hay nadie.
—Te lo he oído las dos veces.
—Quiero estar seguro.
Vicenta miró la ventana.
—Entonces, si muere esta noche, no será la noche quien la haya buscado.
Ismael no respondió.
La frase ya no necesitaba explicación.
Dentro de la casa alguien movió una silla.
Una voz joven murmuró algo.
Después silencio.
La familia estaba allí.
Eso ayudaba.
No suficiente.
• • •
Ismael probó primero con la puerta.
Empujó la hoja apenas lo justo para que el hierro del cierre se moviera.
El cierre no cedió.
Volvió a intentarlo.
Un pequeño golpe.
Dentro nadie reaccionó.
Las casas viejas hacían ruidos toda la noche.
Una madera que cedía.
Una teja.
Una corriente de aire.
El mundo de los vivos estaba lleno de excusas para no escuchar a los muertos.
Ismael cogió el manojo de llaves.
Lo hizo oscilar contra el aro metálico.
Tin.
Débil.
Tan débil que casi le dio vergüenza.
Repitió.
Tin.
Dentro se oyó una tos .
Nada más.
—No basta —dijo.
Vicenta lo observaba.
—No fuerces más.
—Todavía no he empezado.
—Eso es lo que me preocupa.
Ismael miró hacia la esquina.
La calle seguía vacía.
Pero conocía la hora.
Pep no tardaría.
Golpeó una vez el suelo con el chuzo.
Tac.
Un sonido normal.
Ligado a él.
Otra vez.
Tac.
La mujer que dormitaba dentro de la casa no iba a levantarse porque un sereno apoyara un bastón en la calle.
Ismael miró el silbato.
Llevaba con él desde la primera noche.
Lo había usado poco.
No porque no supiera para qué servía.
Porque un pueblo pequeño tenía demasiadas maneras de enterarse de algo sin necesidad de que un hombre lo anunciara.
Ahora era lo que necesitaba.
Que el pueblo se enterara.
• • •
Sacó el silbato.
Vicenta lo vio.
—No.
—Sí.
—No sabes si podrás.
—Eso nos ahorra discusión.
—Ismael.
Él sostuvo el pequeño objeto entre los dedos.
Metal frío.
Ligero.
Normal.
Se lo llevó a la boca.
No llenó los pulmones .
No había nada que llenar.
Solo pensó en lo que era.
El sereno.
Una calle oscura.
Una casa donde alguien podía necesitar ayuda.
Un aviso.
Sopló sin aire.
Durante una fracción de segundo no ocurrió nada.
Después el silbato gritó.
Agudo.
Brutal.
Demasiado grande para un objeto tan pequeño.
El sonido atravesó la calle.
Una ventana vibró.
El perro de Paquita se levantó de golpe.
Ismael perdió la sensación de los pies.
No poco.
Entera.
Miró hacia abajo.
Sabía que estaba de pie porque seguía viendo sus zapatos.
No porque sintiera el suelo.
Vicenta lo agarró por el brazo.
—Basta.
Ismael miró hacia la casa.
—Han oído.
En la casa una mujer preguntó:
—¿Qué pasa?
Otra voz respondió desde una habitación.
El perro empezó a ladrar.
Una persiana se movió dos casas más allá.
Ismael dejó escapar una sonrisa.
—Una vez más.
—No.
• • •
Pep apareció al final de la calle.
No deprisa.
Maletín en una mano.
Abrigo oscuro.
Andar normal .
La misma figura que habría tranquilizado a cualquier familia con un enfermo.
Ismael lo vio antes de que Pep viera la casa.
—Ahí está.
Vicenta apretó más su brazo.
—Ya basta.
Pep seguía avanzando.
La puerta de Paquita continuaba cerrada.
Una ventana se había abierto al otro lado de la calle, pero nadie había salido todavía.
Ismael calculó.
Pep podía llamar.
Entrar.
Decir que venía a ver cómo seguía.
Cerrar una puerta.
Esperar dos minutos.
Todo aquello podía ocurrir antes de que un vecino decidiera ponerse los zapatos.
Ismael volvió a levantar el silbato.
Vicenta se puso delante.
—No.
—Aparta.
—No sientes ni el suelo.
—Mejor. Así no tropiezo.
—No tiene gracia.
—No era un chiste.
Pep estaba más cerca.
Ismael levantó el silbato.
Vicenta no se apartó.
Él la miró.
—Confía en mí.
—Precisamente por eso estoy aterrada.
Ismael se llevó el silbato a la boca.
Esta vez el sonido tardó más en llegar.
Como si tuviera que recorrer una distancia enorme desde algún lugar dentro de él.
Luego estalló.
Más largo.
Más fuerte.
Un aviso sin código.
Solo una cosa inequívoca :
algo ocurre.
Se encendió una ventana.
Luego otra.
Una puerta se abrió.
—¿Qué pasa?
Otra voz:
—¿Quién silba?
El perro ladraba sin parar.
La puerta de Paquita se abrió desde dentro y una de las hijas apareció envuelta en una bata y un chal.
Miró la calle.
—¿Sereno?
Ismael estaba enfrente.
Ella no lo vio.
Pep sí se detuvo.
• • •
No fue miedo.
Todavía no.
Pep simplemente dejó de caminar.
El maletín quedó junto a su pierna.
Levantó la cabeza.
Escuchó.
El silbato ya había callado.
Sus ojos fueron hacia la puerta de Paquita.
Después hacia la oscuridad de la calle.
Luego miró hacia la dirección de la casa Soler Martí.
Ismael vio la mano que sostenía el maletín tensarse.
Pep siguió quieto.
Un vecino abrió otra puerta.
—¿Ha pasado algo?
La hija de Paquita respondió:
—No lo sé. Han dado la alarma.
—Voy.
Otro hombre apareció ajustándose una chaqueta encima de la ropa de dormir.
Una mujer se asomó desde una ventana.
Pep ya no tenía una casa.
Tenía una calle.
Y la calle estaba despierta.
Ismael se apoyó en la pared .
No notó la pared.
La vio detrás de su hombro.
Eso fue peor.
Vicenta lo sostuvo.
Pep murmuró algo.
Ismael no lo oyó.
El practicante dio dos pasos hacia la casa.
Se detuvo otra vez.
Miró la calle vacía de la que había salido el silbato.
—Ese silbato...
No terminó.
Entró.
• • •
La gente hizo el resto.
Eso sorprendió a Ismael.
No porque esperara que fueran inútiles.
Porque llevaba tantas noches intentando intervenir solo que había olvidado para qué servía una alarma.
Una vecina entró detrás de la hija.
Otro hombre fue a buscar al doctor Alberola.
Alguien trajo una manta.
Otro abrió más la puerta para que corriera aire sin enfriar la habitación.
Todo sin orden central.
Sin héroes.
Proximidad.
Ruido.
Costumbre.
Un pueblo despertando porque una casa podía necesitarlo.
Pep tuvo que entrar con todos.
Ismael se colocó junto al marco.
Dentro, Paquita estaba despierta y furiosa.
—¿Qué demonios pasa ahora?
—Han dado la alarma —dijo su hija.
—¿Qué alarma?
—No sabemos.
Paquita tosió.
Pep dejó el maletín sobre una silla.
—Ya que estoy aquí, voy a mirarla.
—Ya que está aquí, podría dejarme dormir.
Alguien soltó una risa nerviosa .
Pep también.
Y entonces hizo su trabajo.
De verdad.
• • •
Le tomó el pulso.
Escuchó su respiración.
Le hizo preguntas.
Acomodó una almohada.
Pidió que no hubiera tanta gente encima de ella.
Todo con competencia.
Todo con paciencia.
Ismael observó sus manos.
Las mismas.
Eso seguía siendo lo peor.
No existían manos de asesino y manos de practicante.
Solo manos.
Lo que cambiaba era quién decidía qué hacer con ellas cuando nadie miraba.
Paquita respiró algo mejor después de un rato.
O quizá se tranquilizó al tener a toda la calle dentro de su casa.
Llegó Alberola.
Somnoliento.
Abrigo mal cerrado.
Mal humor intacto.
—¿Qué ha pasado?
Nadie supo explicárselo bien.
Un silbato.
El perro.
Golpes no.
Solo silbato.
Alberola miró a Pep.
—¿Estabas aquí?
—Venía a verla.
—¿A esta hora?
Pep hizo un gesto pequeño.
—Ayer quedó floja.
Alberola no pareció encontrarlo raro.
Se acercó a Paquita.
La examinó .
Después dijo:
—No parece peor.
Paquita levantó una mano.
—Gracias por comunicarlo como si yo no estuviera.
El médico sonrió.
—Está igual de maleducada. Buena señal.
La mujer cerró los ojos.
—Eso sí es medicina.
• • •
Pep recogió una manta que se había caído.
Una de las hijas dijo:
—A veces pienso que sería mejor que no sufriera tanto.
La frase salió agotada.
No cruel.
Pep la miró.
—Hay momentos en que alargar no es ayudar.
Alberola levantó la cabeza.
—Y hay momentos en que decidir demasiado pronto tampoco.
Pep no discutió.
—No he dicho lo contrario.
—Bien.
El médico volvió a Paquita.
La conversación terminó.
Breve.
Socialmente aceptable.
Nada que cualquiera pudiera denunciar.
Ismael la oyó de otro modo.
No porque las palabras fueran distintas.
Porque ya había oído a Pep a solas.
Alguien tiene que saber cuándo basta.
La diferencia entre ambos hombres cabía en una palabra.
Alberola hablaba de acompañar un límite.
Pep se permitía escogerlo.
• • •
Paquita seguía viva una hora después.
Dos.
Los vecinos fueron regresando a sus casas.
Alberola dejó indicaciones y se marchó.
Una hija decidió quedarse despierta .
La otra preparó algo caliente.
Pep permaneció unos minutos más de lo necesario.
No junto a Paquita.
En el portal.
Mirando la calle.
Ismael estaba al otro lado.
Vicenta seguía sosteniéndolo por la muñeca.
—Ya está —dijo ella.
Ismael miró las esquinas.
Ningún muerto.
Ni antes.
Ni después.
Paquita respiraba dentro.
Eso no demostraba que Pep hubiera ido a matarla.
Demostraba algo más humilde.
Que interrumpirlo había sido una decisión razonable.
A veces eso era todo lo que podía obtenerse antes de salvar a alguien.
Ismael cogió el silbato.
—No —dijo Vicenta.
—Solo quiero probar.
Se lo llevó a la boca.
Pensó en el sonido.
En la calle.
En el oficio.
Ni rastro.
Ni un soplido.
Ni metal.
Ni aire.
El silbato se quedó muerto entre sus dedos.
Ismael sonrió sin ganas.
—Ahora sí que sería gracioso.
Vicenta no respondió.
Lo miraba con miedo.
• • •
El mundo se alejó.
No de golpe.
Primero desapareció el perro.
Ismael seguía viéndolo, pero dejó de oírlo.
Después las voces se volvieron opacas.
Como escuchadas desde debajo del agua .
Luego perdió el tacto de la libreta dentro del bolsillo.
Miró su mano.
Seguía allí.
Vicenta la agarró.
Él apenas notó sus dedos.
—Ismael.
Su voz sí llegó.
Lejana.
—Mírame.
Él obedeció.
—No te vayas.
—No pensaba.
No oyó su propia respuesta.
Vicenta acercó ambas manos a su cara.
Esta vez el contacto apareció.
Débil.
Luego más claro.
Ismael se concentró en ella.
En sus ojos.
En la presión de los dedos.
En una cosa concreta.
Tac.
Toc.
No sonó.
Lo recordó.
Eso bastó.
El perro volvió primero.
Un ladrido.
Después una puerta.
Luego voces.
El mundo regresó por capas.
Vicenta no apartó las manos.
—No vuelvas a hacerlo esta noche.
—No puedo.
—Mejor.
—Muy cariñosa.
—Estoy haciendo un esfuerzo enorme por no golpearte.
—Eso sí lo notaría.
Vicenta casi sonrió.
Casi.
• • •
Pep seguía en la calle.
Solo.
La casa de Paquita ya había recuperado parte del silencio.
Él no miraba hacia la puerta.
Miraba hacia donde había sonado el silbato.
Ismael lo vio y dejó de bromear.
Pep avanzó dos pasos.
La respiración formó una nube blanca.
Otra.
—Ismael.
El nombre llegó limpio.
Vicenta cerró la mano sobre la suya.
Ismael no se movió.
Pep miraba la oscuridad.
No a un punto exacto.
Probando.
—Ismael Verdejo.
Ningún vivo había pronunciado su nombre dirigiéndose hacia él desde la primera noche.
La sensación fue peor de lo que esperaba.
No alivio.
No reconocimiento.
Una puerta abriéndose desde el otro lado.
Ismael calló.
Pep esperó.
—Yo te vi caer.
Vicenta miró a Ismael.
Él no la miró.
Pep dio un paso más.
—No puedes estar aquí.
Silencio.
—Te dejé allí.
Ismael sintió la pieza del zapato dentro del bolsillo.
El botón.
La marca de arrastre.
La oscuridad de la habitación hundida.
No me lo digas.
Su propia voz.
Todavía no .
Pep bajó la cabeza.
Durante un momento pareció avergonzado de estar hablando con una calle vacía.
Luego:
—Fue un accidente.
Ismael apretó los dientes.
La frase hizo algo que ninguna explicación sobrenatural había conseguido.
Lo enfadó lo bastante para devolverle el cuerpo.
• • •
No respondió con palabras.
No sabía si podía.
Tampoco quería darle a Pep una conversación.
Pep había pasado demasiados años decidiendo qué significaban las vidas de otros.
No iba a decidir también las palabras de Ismael.
Buscó las llaves.
Las sacó.
Pesaban poco.
Aun así cerró los dedos.
Las dejó caer contra el chuzo.
Clin.
Un sonido pequeño.
Pep levantó la cabeza.
Ismael repitió.
Clin.
Después apoyó el chuzo contra una piedra.
Tac.
Pep retrocedió.
Solo un paso.
Pero retrocedió.
Ismael pensó en todos los años que había odiado el ruido desigual de su forma de andar.
Ahora era lo único que necesitaba decir.
Tac.
Toc.
Pep palideció.
No mucho.
Lo suficiente.
Se dio la vuelta .
Se marchó sin correr.
El maletín chocó una vez contra su pierna.
• • •
Ismael esperó hasta perderlo de vista.
Vicenta no soltó su mano.
—Paquita sigue viva —dijo él.
—Sí.
—Entonces ha valido la pena.
—No he dicho que no.
—Lo estabas pensando.
—Estaba pensando que casi dejas de estar aquí para conseguirlo.
Ismael miró el silbato.
Pequeño.
Inofensivo.
Gastado.
Un objeto de trabajo.
Nada heroico.
Eso también le gustó.
No había salvado a Paquita luchando contra Pep.
Había hecho ruido.
Había despertado vecinos.
Había conseguido que entraran vivos donde un hombre necesitaba estar solo.
Ser sereno no era mandar sobre la noche.
Era avisar cuando algo en ella no estaba bien.
Vicenta miró hacia la esquina por la que Pep había desaparecido.
—Ahora cambiará.
—¿Qué?
—Hasta hoy intentaba ocultar lo que hizo.
Ismael siguió su mirada.
—Ahora sabe que alguien lo está mirando.
—No.
Vicenta volvió la cara hacia él.
—Ahora ya sabe que sigues aquí.