CAPÍTULO 19
EL ROSTRO DEL QUE RESPIRA
El hombre volvió la cabeza tres veces.
Eso fue nuevo.
Hasta entonces los vivos que Ismael había seguido huían de algo que no comprendían: un perro, un ruido, una puerta que se cerraba sola, la impresión de que alguien iba detrás.
Aquel hombre empezaba a escuchar.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
No podía ver a Ismael.
Pero conocía el sonido.
La primera vez que volvió la cabeza fue al llegar a una esquina.
La segunda, al cruzar una calle más ancha.
La tercera no miró hacia atrás.
Miró al suelo.
Como si esperara encontrar allí los pasos.
Ismael redujo la distancia.
El hombre respiraba deprisa.
Cada exhalación dejaba una nube blanca que desaparecía enseguida.
No necesitaba ya perros.
No necesitaba reglas.
Uno respiraba.
Y él iba detrás.
• • •
La figura tomó una travesía que Ismael habría recorrido mal una semana antes.
Ahora no.
Ya conocía las casas que daban a dos calles.
Los corrales que acortaban una manzana.
Las puertas que parecían finales y eran atajos.
Cuando el hombre giró hacia Sant Joan, Ismael no lo siguió .
Cortó por la siguiente.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
Salió delante.
No mucho.
Lo suficiente para verlo aparecer al fondo.
El hombre se detuvo.
No porque viera a Ismael.
Porque algo no cuadraba.
Había oído los pasos detrás.
Y ahora estaban delante.
Ismael sintió una satisfacción breve.
Mezquina.
Humana.
Duró poco.
El hombre cambió de dirección.
Al hacerlo, la pierna derecha falló apenas.
No una cojera.
Una pequeña corrección.
Dos pasos normales.
Uno más corto.
Luego otra vez normalidad.
Ismael lo reconoció.
La misma irregularidad que había visto después de la persecución del Fossar.
La misma que apareció cuando el fugitivo se golpeó contra el muro.
Herida.
No enfermedad.
Tac-toc detrás.
Paso corto delante.
Dos hombres identificándose por defectos de marcha.
Ismael casi habría encontrado gracioso aquello en otra vida.
• • •
El hombre dejó de correr.
Eso fue más inteligente.
Entró en una calle donde todavía quedaba alguna luz y pasó a caminar con rapidez normal.
Un vecino que lo viera habría visto a alguien volviendo tarde .
Nada más.
Ismael mantuvo distancia.
La figura llegó a una vivienda con una puerta principal discreta y una placa pequeña junto al marco.
No había nombre.
Sí un símbolo sencillo relacionado con curas.
Ismael conocía el lugar.
Había pasado por allí varias veces.
La dependencia de Pep Vidal.
Casa y consulta.
No un consultorio grande.
Una habitación delantera donde atendía curas sencillas, otra más interior para material, y vivienda detrás.
La figura abrió con llave.
Entró.
La puerta se cerró.
Ismael no se movió.
No necesitaba precipitarse.
Miró las ventanas.
Una se iluminó.
Después otra.
Esperó.
El tac-toc quedó fuera.
Dentro, una sombra cruzó una cortina.
Luego otra.
Una lámpara se encendió en una estancia lateral.
Ismael rodeó la casa.
Había un patio pequeño.
Una ventana baja estaba mal cerrada.
No abierta.
Mal cerrada.
La madera dejaba una línea oscura.
Ismael se acercó.
Desde allí vio una mesa.
Un maletín de cuero.
El de Pep.
• • •
No sintió sorpresa.
Eso le pareció importante.
La certeza había llegado antes que el rostro .
El maletín solo puso una silla debajo de ella.
Ismael se acercó más.
Dentro, el hombre se quitó el abrigo.
Después la gorra.
Se volvió.
Pep Vidal.
La cara completa.
Sin niebla.
Sin sombra suficiente para inventar otra.
Pep.
Ismael se quedó inmóvil un instante.
Los abrió.
Seguía siendo él.
No sintió alivio.
Ni triunfo.
Solo una gravedad distinta.
Hasta entonces había perseguido una forma.
Ahora tenía nombre.
Un hombre al que los vecinos llamaban cuando alguien sangraba.
Un hombre al que las familias abrían la puerta de noche.
Un hombre que sabía quién estaba enfermo antes que casi nadie.
Pep dejó el abrigo en una silla.
Se llevó una mano al antebrazo derecho.
Hizo una mueca.
Se remangó.
Había una venda estrecha.
Ismael sacó de su libreta el pequeño fragmento de tela que había conservado desde la persecución.
No hizo falta acercarlo.
El color era parecido.
La trama también.
Nada de aquello serviría ante un juez.
A él le bastaba.
Pep desató la venda.
Debajo había un corte casi cerrado.
Exactamente donde el hombre del Fossar se había golpeado contra la pared.
Ismael guardó la tela.
Mentalmente, escribió el nombre sin interrogación.
Pep Vidal.
• • •
Pep limpió la herida sin dramatismo.
Alcohol.
Algodón.
Una venda nueva.
Lo hizo bien.
Eso irritó a Ismael.
Incluso solo, incluso herido, el hombre seguía teniendo manos cuidadosas.
No había una segunda persona escondida bajo la piel.
La misma mano que vendaba podía matar.
Eso era peor.
Pep recogió el material.
Abrió un cajón.
No sacó armas.
Ni frascos misteriosos.
Papeles.
Una libreta pequeña.
Fichas.
Notas de visitas.
Nombres.
El tipo de archivo que podía tener cualquier practicante que no quisiera fiarse únicamente de la memoria.
Ismael se acercó a la ventana.
Pep revisó una hoja.
La giró.
Escribió algo.
Después la guardó.
Sacó otra.
Ismael alcanzó a leer:
SALVADOR PERIS.
Debajo, varias palabras abreviadas sobre estado general, respiración y visitas.
Nada que fuera una confesión.
Pep pasó a otra.
TERESA SOLER.
Se le cerró el pecho.
Fecha antigua.
Mucho más reciente que Vicenta.
Una nota sobre debilidad prolongada .
Otra sobre visitas nocturnas.
Pep la sostuvo varios segundos.
No sonrió.
No parecía disfrutar.
Parecía recordar trabajo.
La guardó.
La siguiente:
VICENTA SOLER.
Ismael se quedó inmóvil.
La ficha era vieja.
Muy vieja.
La tinta había cambiado de color.
Pep la rozó con el pulgar.
—Tarde —murmuró.
Ismael sintió un golpe.
La misma palabra.
No sabía si Pep la utilizaba con el mismo sentido que Vicent.
Tal vez no.
Pep siguió leyendo.
—No iba a mejorar.
La frase no llevaba crueldad.
Eso la volvió insoportable.
• • •
Pep abrió otra hoja.
PAQUITA NAVARRO.
Ismael se acercó tanto que casi rozó la ventana.
Había anotaciones recientes.
Crisis.
Dificultad respiratoria.
Hija presente.
Una hora.
Después, una marca corta junto a una línea:
VOLVER.
La habitación pareció encogerse.
Paquita.
La mujer que protestaba porque la trataban como si ya estuviera muerta.
Pep había vuelto a escribir su nombre.
No una vez.
No como una ficha vieja.
Ahora .
Pep dejó la hoja sobre la mesa.
Abrió otro pequeño cuaderno.
Allí no había diagnósticos.
Había horas.
Rutas.
Nombres de calles.
Ismael vio una anotación:
ALBEROLA — FUERA HASTA AMANECER.
Más abajo:
AVISAR DESPUÉS.
Se quedó mirando.
La prueba estaba incompleta.
Pero cambiaba el sentido de muchas cosas.
Pep no trabajaba con Alberola.
Trabajaba alrededor de él.
Sabía cuándo el médico estaba fuera.
Cuándo llegaría.
Cuándo una muerte ya estaría convertida en un hecho que otro hombre tendría que describir.
Alberola podía maquillar causas.
Podía simplificar.
Podía elegir palabras cómodas para familias.
Pero aquello no parecía una conspiración.
Parecía otra cosa.
Un hueco en la forma de hacer las cosas, aprovechado por alguien que conocía bien sus grietas.
Ismael pensó en Matilde.
El papel decía una cosa.
La calle, otra.
Todos los hechos sobre Alberola seguían siendo ciertos.
Solo significaban algo distinto.
• • •
Pep se sentó.
Durante unos minutos no hizo nada.
Miró la hoja de Paquita.
Después la de Salvador.
Luego la vieja de Vicenta.
No había orgullo.
Había cansancio.
Pep apoyó los codos en la mesa .
—No iba a mejorar —dijo otra vez.
Esta vez Ismael no sabía de quién hablaba.
—Ninguno mejora al final.
Silencio.
Pep frotó la frente.
—Y alguien tiene que saber cuándo basta.
—La madre que te parió —murmuró Ismael.
La rabia subió despacio.
No por la frase.
Por la tranquilidad con que el hombre podía habitarla.
Aquello no era placer.
Era autoridad.
Pep no necesitaba odiar a alguien para matarlo.
Le bastaba decidir que sabía mejor que esa persona cuánto valía el tiempo que le quedaba.
Ismael pensó en Vicenta.
Treinta y dos años.
Fiebre.
Dolor.
Una hermana.
Una casa.
Una vida que todavía podía haber tenido mañanas.
Pensó en Teresa.
Catorce años después.
Pensó en Salvador.
Paquita.
Y en algo más terrible.
Si Pep creía de verdad lo que decía, entonces cada muerte podía seguir pareciéndole un acto razonable.
Hasta la siguiente.
Y la siguiente.
• • •
Pep guardó varias fichas.
Dejó una fuera.
Ismael vio un nombre que no esperaba.
I. VERDEJO.
No ficha médica.
Una hoja arrancada.
Dos palabras debajo:
SERENO NUEVO .
Y al lado:
IMPREVISTO.
Ismael dejó de oír la casa.
No porque hubiera silencio.
Porque todo se concentró en esa palabra.
Imprevisto.
Pep había escrito su nombre.
No “intruso”.
No “problema”.
No “testigo”.
Imprevisto.
Como si hubiera irrumpido en una noche que no le pertenecía.
Como si su muerte hubiese sido, para Pep, una complicación y no una vida.
La primera noche regresó en fragmentos.
El pasillo.
El golpe.
El suelo.
Una mano bajo los brazos.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
Pep había ocultado su cuerpo.
No.
Ismael cortó el pensamiento antes de terminarlo.
Todavía no.
Miró la hoja.
IMPREVISTO.
Pep la sostuvo.
El rostro cambió.
Apareció algo parecido a culpa.
No arrepentimiento completo.
Una fisura.
—No tenías que estar allí —murmuró.
Ismael apretó el chuzo.
La madera respondió en su mano.
Pep dobló la hoja.
La llevó hacia una pequeña estufa de hierro.
• • •
Ismael dio un paso.
Tac.
Toc.
Pep se quedó inmóvil.
El papel no llegó al fuego.
Ismael también se detuvo.
Pep levantó la cabeza.
Escuchó.
Silencio.
Cada parte de su cuerpo quería avanzar.
Se quedó clavado.
Pep volvió a acercar el papel a la llama.
Ismael cambió el peso de un pie al otro.
Tac.
Toc.
Esta vez Pep palideció.
Muy poco.
Lo suficiente.
El papel quedó suspendido.
—¿Quién anda ahí?
Ismael no respondió.
Pep se levantó.
Miró hacia la puerta.
Después hacia la ventana.
Sus ojos pasaron por Ismael.
No lo vieron.
Pero la mandíbula se tensó.
Ismael dio otro paso.
Tac.
Toc.
Pep dejó caer la hoja sobre la mesa.
—No.
La palabra salió casi sin voz.
Ismael sintió algo extraño.
No satisfacción.
Una inversión.
Durante noches él había tenido miedo de un hombre al que no podía ver bien.
Ahora aquel hombre tenía miedo de un sonido que no podía explicar.
Pep salió de la habitación.
Ismael se apartó por reflejo .
La puerta interior se abrió.
Pep apareció en el patio.
Miró a ambos lados.
El patio estaba vacío.
Volvió al interior.
Ismael lo siguió.
Tac.
Toc.
Pep se volvió de golpe.
—No puede ser.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Ismael sintió frío.
No por él.
Por Pep.
El hombre sabía a quién pertenecía el sonido.
• • •
Pep cerró la ventana.
Después la puerta del patio.
No con pánico.
Con método.
Comprobó un pestillo.
Luego otro.
Intentó convertir el miedo en una casa bien cerrada.
Ismael conocía aquel truco.
La había utilizado él mismo.
Si uno ordenaba las cosas, lo imposible podía dejar de existir.
Pep volvió a la mesa.
Cogió la hoja de Ismael.
La rompió en cuatro.
La arrojó a la estufa.
El papel prendió rápido.
Ismael avanzó.
Podía intentar sacarlo.
Tocar el mundo.
Pagar el precio.
Dejó la hoja en paz.
Ya sabía lo suficiente de esa hoja.
Su nombre.
Sereno nuevo.
Accidente .
Pep cogió otra.
Paquita.
La acercó al fuego.
Ismael dio un paso.
Tac.
Toc.
Pep se detuvo otra vez.
La mano tembló.
Apenas.
El papel no cayó.
Ismael apretó el chuzo.
Podía golpear la mesa.
Podía romper la ventana.
Podía hacer ruido.
Pero aquello solo confirmaría a Pep que había algo.
Y tal vez lo haría cambiar de plan.
Necesitaba saber cuándo.
Esperó.
Pep leyó la ficha.
Debajo del nombre de Paquita había una anotación breve.
MAÑANA.
Y una hora.
No demasiado tarde.
Ismael la memorizó.
Pep dobló la hoja.
Esta vez no la quemó.
La guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
Eso fue peor.
• • •
El hombre abrió el maletín.
Revisó vendas.
Frascos.
Algodón.
Material normal.
El mismo con el que había ayudado al jornalero.
Ismael observó sus manos.
No vio ningún instrumento de asesino.
No vio nada que un practicante no debiera tener.
Aquello también era una respuesta.
Pep no necesitaba una guarida .
Ni herramientas especiales.
Su poder era entrar.
Que le abrieran.
Que una hija dijera:
Menos mal que has venido.
Que una hermana lo dejara solo unos minutos con el enfermo.
Que un médico llegara después.
El peligro no estaba en lo que Pep escondía.
Estaba en lo que todo el mundo esperaba que llevara.
Ayuda.
• • •
Pep se puso el abrigo.
La venda nueva desapareció bajo la manga.
Guardó el maletín.
Apagó una lámpara.
Después otra.
La habitación quedó con una única luz pequeña.
Antes de salir, miró hacia el pasillo.
Escuchó.
Ismael no se movió.
Pep esperó.
Pep no dijo nada.
Abrió la puerta principal.
Fuera empezaba a clarear.
Una mujer pasó con un cesto.
—Bon dia, Pep.
—Bon dia.
La voz del practicante fue normal.
La mujer siguió.
Pep cerró la puerta.
Echó a andar.
Al cabo de pocos metros otro vecino lo saludó.
Pep respondió.
Nadie vio un asesino salir de una casa.
Vieron al practicante.
Ismael lo siguió hasta la esquina.
No necesitaba más.
Eso también era peligroso.
Pep no vivía escondido de Vallada.
Vivía dentro de su confianza.
• • •
Vicenta estaba cerca de la casa Soler Martí cuando Ismael regresó.
No había amanecido del todo.
Ella lo vio venir y miró primero sus manos.
Luego su cara.
—Lo sabes.
No fue una pregunta.
Ismael sacó la libreta.
La abrió.
Escribió un nombre.
Vicenta observó.
PEP VIDAL.
No puso interrogación.
Debajo escribió:
VICENTA.
TERESA.
SALVADOR.
PAQUITA.
Después:
ISMAEL — IMPREVISTO.
La punta del lápiz se detuvo.
Vicenta leyó la última línea.
No dijo nada.
Ismael tampoco.
Todavía no.
Añadió tres preguntas:
POR QUÉ.
CÓMO.
PRUEBA.
Las miró.
Faltaba una.
Escribió:
ANTES.
Vicenta levantó los ojos.
—Paquita.
—Mañana.
—¿Seguro?
—Lo ha escrito.
—¿Puede significar otra cosa?
Ismael pensó .
—Sí.
Vicenta esperó.
—Pero no voy a apostar su vida a que significa otra cosa.
Guardó la libreta.
No sentía haber resuelto un misterio.
Sentía haber encontrado un incendio en una casa llena de gente dormida.
Pep Vidal tenía un rostro.
Eso no lo hacía menos peligroso.
Lo hacía capaz de llamar a la puerta.
Ismael miró hacia el camino por donde el practicante se había perdido.
Esta vez no dejó un interrogante junto al nombre.
Escribió:
PEP VIDAL.