CAPÍTULO 18 #2
No de manera teatral.
Ocupó el paso.
—Aparta.
—No.
Ismael no se apartó.
—No decidas por mí.
—No estoy decidiendo.
—Estás en medio.
—Te estoy pidiendo que pares.
—¿Por qué?
Vicenta sostuvo su mirada.
—Porque no sé qué ocurrirá si sigues.
—Tampoco sabías qué ocurriría si me decías lo otro.
—Y por eso esperé.
—No vuelvas a hacerlo.
La frase salió más dura de lo que quería.
Vicenta no retrocedió.
—No confundas protegerte con creer que eres mío.
La frase le dio de lleno.
—Eso vale para los dos.
Algo en su cara cambió.
Dolor primero.
Después rabia.
Bien.
Prefería su rabia a su miedo.
—¿Qué hay ahí? —preguntó.
Vicenta no respondió.
—¿Qué hay al fondo?
Ella dejó que pasaran dos segundos.
Cuando los abrió dijo:
—Lo que no quieres que te diga.
• • •
Una puerta sonó en el corral.
Los dos se quedaron inmóviles .
No el viento.
No una tabla cediendo.
Una puerta abierta por una mano.
Después pasos.
Regulares.
Vivos.
Vicenta apagó la voz antes de hablar.
—Ha vuelto.
Ismael retrocedió hacia el lateral del acceso.
No sabía si esconderse servía cuando un vivo no podía verlo.
Pero el hombre podía notar puertas abiertas.
Objetos movidos.
Un chuzo golpeando piedra.
Eso bastaba.
Los pasos se acercaron.
Ismael vio primero una sombra.
Luego una mano en el marco.
Después el borde de un abrigo.
El hombre bajó los peldaños.
La luz exterior le dio de lado.
Ismael no alcanzó a ver la cara.
Sí la respiración.
Una nube blanca breve delante de la boca.
Uno respira.
El olor llegó después.
Tabaco.
Alcohol medicinal.
Romero.
El hombre se agachó junto al cierre.
Tocó la madera.
Vio que estaba desplazada.
Se quedó quieto.
Ismael sintió cómo cambiaba su cuerpo.
No se sobresaltó.
No miró alrededor de forma exagerada.
Dejó de respirar unos segundos.
Luego volvió a hacerlo.
Vaho.
Una nube.
Otra.
El hombre entró.
• • •
Sabía dónde mirar.
No inspeccionó la habitación.
Fue directamente a la marca de arrastre.
Después a la caja junto a la que Ismael había encontrado el botón.
Se agachó.
Buscó en el suelo.
Sus dedos recorrieron el polvo.
Encontraron algo.
Una pequeña pieza oscura.
Ismael no vio qué.
El hombre la guardó.
Vicenta buscó los ojos de Ismael.
Ismael sintió el impulso de avanzar.
Ella negó apenas con la cabeza.
El hombre siguió hacia el fondo.
Pasó exactamente por donde Vicenta había bloqueado a Ismael.
Se inclinó.
Movió una tabla.
Comprobó algo que quedaba fuera del alcance de la luz.
Luego permaneció quieto.
Ismael escuchó su respiración.
No tranquila.
Controlada.
Había diferencia.
El hombre estaba asustado.
Eso fue nuevo.
Hasta entonces Ismael había visto a Pep —si era Pep— moverse por el pueblo con la seguridad de quien conocía cada puerta.
Aquel hombre no estaba cómodo allí.
Conocía el lugar.
Y por eso le daba miedo.
Al incorporarse, la manga derecha rozó una tabla.
El hombre hizo una mueca.
Llevaba una venda estrecha bajo el puño.
Ismael recordó la persecución.
El golpe contra el muro.
La pequeña mancha de sangre.
Una pieza más.
No un nombre todavía .
Pero una pieza.
• • •
El hombre se volvió.
Ismael estaba a menos de dos pasos.
La respiración de ambos debería haber ocupado el mismo aire.
Solo una lo hizo.
El vaho salió de la boca del hombre y pasó frente a la cara de Ismael antes de deshacerse.
Durante un instante, Ismael olvidó el fondo.
Olvidó la pieza del zapato.
Olvidó a Vicenta.
Solo vio aquella nube blanca.
El hombre levantó la cabeza.
Miró directamente hacia él.
No podía verlo.
Eso pensó Ismael.
Los ojos se estrecharon.
Algo en el rostro cambió.
No reconocimiento.
Incomodidad.
Como si hubiera oído un sonido demasiado bajo para estar seguro.
Ismael apretó el chuzo.
Podía golpear.
Puede ser.
Una vez.
Dos.
Con el precio de siempre.
Podía cerrar la puerta.
Hacer ruido.
Obligarlo a reaccionar.
O podía esperar a que saliera y seguirlo.
Detrás, en el fondo, estaba la otra respuesta.
La que Vicenta no quería darle.
La que él no quería abrir.
El hombre pasó junto a él.
Subió los peldaños.
Ismael no lo atacó.
Esperó hasta oírlo cruzar el corral.
• • •
—Abre —dijo Vicenta.
Ismael volvió la vista al fondo.
—¿Qué?
Ella señaló el fondo.
—Ahora.
La palabra lo sorprendió.
—Hace un minuto querías impedirlo.
—Hace un minuto él estaba aquí.
—No es por eso.
Vicenta bajó los ojos.
Ismael entendió.
Ella había decidido dejar de protegerlo contra su voluntad.
Eso debería haberle gustado.
No le gustó.
Porque ahora la elección era completamente suya.
Miró la zona oscura.
Después la puerta por la que el hombre acababa de marcharse.
—Si lo pierdo...
—Volverá.
—No lo sabes.
—No.
—Pero esto seguirá aquí.
Vicenta no respondió.
Ismael se llevó una mano al bolsillo.
La pieza del zapato.
Dura.
Pequeña.
Real.
Podía abrir.
Podía saber.
Pensó en Pep entrando en casa de Teresa.
En Salvador.
En Paquita.
En la venda bajo la manga.
En el hombre que acababa de llevarse otra cosa del suelo.
Un vivo borrando rastros.
Una persona capaz de volver al lugar durante noches para comprobar que nada hablaba.
Ismael eligió.
No la verdad más importante.
La que podía moverse .
—Primero quiero saber quién me golpeó.
Vicenta no discutió.
No discutió.
—Entonces ve.
• • •
Ismael llegó al corral cuando el hombre estaba abriendo la puerta exterior.
Tac.
Toc.
Se detuvo.
El sonido había regresado.
El hombre también se detuvo.
Solo un instante.
Giró la cabeza.
No vio nada.
Ismael apretó la pieza del zapato dentro del bolsillo.
El desconocido salió.
Ismael fue detrás.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
Cada golpe parecía venir de otro lugar.
No de sus pies.
De la habitación.
Del suelo.
De una noche anterior.
La figura dobló la esquina.
Ismael aceleró.
La pierna desigual marcó el ritmo de siempre.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
El sonido ya no le pareció ir delante anunciándolo.
Le pareció que venía detrás.