CAPÍTULO 18
LO QUE QUEDÓ DENTRO
La tapa seguía movida.
Muy poco.
Lo suficiente.
Ismael se agachó junto al borde.
La noche anterior había quedado casi alineada con el suelo. Ahora una de las esquinas estaba levantada unos milímetros y la humedad alrededor había cambiado de forma.
Barro reciente.
Una raya limpia donde antes había polvo.
Una huella de rodilla junto al muro.
—Ha vuelto —dijo.
Vicenta no preguntó quién.
Miraba el acceso.
Ismael pasó un dedo por el borde.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—¿Lo viste?
—No.
—¿Lo oíste?
—No estaba aquí todo el tiempo.
La respuesta le molestó por una razón injusta.
Durante demasiadas noches se había acostumbrado a pensar que Vicenta pertenecía a aquella casa como una lámpara o una grieta en la pared.
Ahora sabía que no.
Podía marcharse.
Podía elegir.
También los muertos tenían derecho a no estar donde uno los necesitaba.
Ismael se incorporó.
—¿Quién ha estado aquí?
Vicenta miró el barro.
Luego la tapa.
—Alguien que sabía dónde mirar.
• • •
El cierre no era una cerradura.
Era peor.
Dos piezas de hierro viejas y una madera atravesada que alguien había adaptado con los años para mantener el acceso cerrado sin preocuparse demasiado por la elegancia.
Una solución de casa.
No de escondite.
Ismael agarró la madera.
Tiró.
La madera no cedió.
Volvió a colocar las manos.
El frío le subió por los brazos.
—Déjalo —dijo Vicenta.
—No.
—Ya sabes lo que te pasa cuando fuerzas.
—También sé lo que pasa cuando no lo hago.
Tiró otra vez.
La pieza se movió un dedo.
El esfuerzo no le dolía.
Lo vaciaba.
Esa era la diferencia.
Como si cada vez que obligaba a una cosa a obedecerlo tuviera que dejar algo suyo en ella.
Vicenta se agachó a su lado.
—A la vez.
Ismael miró las manos de ambos.
—¿Puedes?
—No lo sabremos hasta hacerlo.
Puso las manos sobre la madera.
Las de ambos quedaron una junto a otra.
—A la de tres —dijo Ismael.
—Eso es de vivos.
—Qué manía.
—Uno.
—Dos.
—Tres.
Tiraron.
La madera cedió de golpe.
Un hierro cayó contra la piedra .
El sonido fue real.
Seco.
Demasiado fuerte.
Ismael dejó de sentir los dedos unos segundos.
Vicenta retiró las manos.
El acceso quedó libre.
Debajo había dos peldaños más de los que Ismael recordaba y una puerta baja, de tablas gruesas, hinchada por años de humedad.
La empujó con el chuzo.
Al principio no ocurrió nada.
Luego la madera se abrió hacia dentro con un gemido largo.
Del hueco salió aire húmedo.
Tierra.
Madera cerrada.
Y debajo, un fondo dulzón y rancio que Ismael atribuyó a tela mojada, saco viejo o cualquier otra materia orgánica olvidada allí dentro.
Nada que supiera nombrar como muerte.
Eso casi fue peor.
• • •
La habitación —si podía llamarse así— estaba parcialmente hundida respecto al corral.
No era grande.
Tampoco parecía construida para vivir.
Había estantes toscos en una pared, una tinaja rota, dos cajas sin tapa, tablas, herramientas viejas y un saco endurecido por la humedad.
Una casa podía acumular generaciones enteras de objetos que nadie quería usar y nadie se decidía a tirar.
Ismael bajó.
La lámpara apenas servía.
La luz se quedaba cerca.
Vicenta permaneció en el último peldaño.
—¿Nunca entrabas aquí?
—Cuando era niña.
—¿Para qué servía?
—Guardar cosas.
—Muy específico.
—Patatas. Herramientas. Garrafas. Lo que molestara arriba.
Ismael miró alrededor.
Eso era lo que parecía.
Un espacio práctico .
Feo.
Viejo.
La clase de sitio que podía existir durante cincuenta años sin convertirse en historia hasta que alguien necesitara esconder algo.
Avanzó.
La suela desigual golpeó piedra.
Tac.
Toc.
El sonido rebotó.
Ismael se detuvo.
No por el eco.
Por una sensación en el cuerpo.
Conocía aquella resonancia.
No sabía de dónde.
Volvió a avanzar.
Tac.
Toc.
Vicenta se tensó.
—¿Qué?
Ella no respondió.
Ismael dirigió la lámpara hacia el suelo.
Había polvo en las zonas protegidas.
Y una franja donde el polvo no seguía igual.
No limpia.
Alterada.
Como si años atrás algo pesado hubiera cruzado desde la puerta hasta el fondo.
Una marca ancha.
Interrumpida.
No podía saber cuándo se había hecho.
Pero la humedad había conservado parte del dibujo cerca de la pared.
Ismael se agachó.
—Arrastraron algo.
Vicenta bajó el último peldaño.
—Sí.
Él volvió la cabeza.
—¿Lo recuerdas?
—Ahora sí.
• • •
La primera pieza estaba junto a una caja .
Pequeña.
Redonda.
Oscura.
Ismael la recogió.
Un botón.
No de camisa.
De abrigo o chaqueta.
Tenía una pequeña muesca en uno de los bordes.
Lo sostuvo bajo la luz.
La familiaridad llegó antes que el recuerdo.
—He visto esto.
Vicenta apartó la mirada.
Ismael la observó.
—¿Dónde?
—No sé.
—Tú sí.
—No entera.
—¿Qué cosa?
Vicenta apretó los labios.
Ismael miró el botón.
Después su abrigo.
Los botones que llevaba ahora eran parecidos.
No idénticos.
O eso creyó.
Pasó el pulgar por uno.
Viejo.
Oscuro.
La misma clase.
—Podría ser mío.
Vicenta no dijo nada.
—Podría ser de cualquiera.
—Sí.
—Pero tú lo has reconocido.
—He reconocido algo de aquella noche.
Ismael guardó el botón.
—Entonces cuéntamelo.
• • •
Vicenta apoyó una mano en la pared.
No necesitaba hacerlo para sostenerse.
Ismael lo entendió .
A veces el cuerpo conservaba gestos aunque ya no tuviera las mismas necesidades.
—Después del golpe —dijo ella— yo estaba en el corredor.
Ismael esperó.
—Te vi caer.
—Eso ya lo sé.
—Pep se quedó quieto.
La primera vez que decía el nombre con esa seguridad.
Ismael no la interrumpió.
—Miró hacia la puerta. Luego hacia Teresa.
—¿Teresa estaba viva?
Vicenta desvió la vista.
—No lo sé.
La respuesta le dolió más a ella.
—Yo fui hacia mi hermana.
—¿Y él?
—Salió.
—¿Por delante?
—Por detrás.
—¿Cuánto tardó?
—No sé. Poco.
—¿Y volvió?
Vicenta asintió.
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Qué hizo?
Ella miró el suelo.
—Te movió.
Ismael sintió un frío que ya no podía atribuir a la habitación.
—¿Cómo?
—Primero intentó levantarte.
—¿Yo estaba consciente?
Vicenta levantó la mirada.
—No.
—¿Respiraba?
La pregunta salió sin permiso.
Vicenta no respondió.
Ismael sintió el impulso de retirarla.
Mantuvo la mano donde estaba.
—¿Respiraba ?
—No lo comprobé.
Era una respuesta limpia.
No suficiente.
Pero limpia.
—Sigue.
—Te sujetó por debajo de los brazos.
La imagen volvió.
Una manga.
Una mano.
El suelo desplazándose.
—Y te arrastró hacia aquí.
Ismael miró la marca.
—¿Entró conmigo?
—Hasta el fondo.
—¿Y tú?
—Lo seguí.
—Entonces viste dónde me dejó.
Vicenta tardó.
—Vi hasta aquí.
Señaló la zona donde estaban.
—Después me quedé con Teresa.
—¿Por qué?
La pregunta pareció absurda para Vicenta.
—Porque era mi hermana.
Ismael bajó la vista.
—Claro.
Ella continuó.
—Más tarde lo oí volver.
—¿Pep?
—Sí.
—¿Qué hizo?
—No lo sé. Oí madera. Algo contra piedra. Y...
—¿Y?
Vicenta apretó la mandíbula.
—Tu zapato.
Ismael levantó la cabeza.
—¿Mi zapato?
—El sonido.
No entendió.
Vicenta miró sus pies.
—Tac .
El silencio llenó el espacio.
—Toc.
Se le cerró la garganta.
—No estabas de pie cuando volvió por ti.
• • •
La pieza del zapato estaba más adentro.
Ismael no la encontró porque la buscara.
La encontró porque pisó algo que se movió.
Un pequeño crujido.
Se agachó.
Entre el polvo había un fragmento de material oscuro, duro en una parte y fibroso en otra.
Lo levantó.
No era grande.
Dos dedos de ancho.
Una pieza de cuero prensado o material añadido.
Tenía una curva.
Un borde desgastado.
Ismael la giró.
Miró su zapato izquierdo.
Luego el derecho.
Su calzado nunca había sido igual.
Uno llevaba el suplemento que corregía la diferencia de la pierna.
No elegante.
Práctico.
Una capa más gruesa añadida a la suela.
La pieza de su mano tenía el mismo tipo de material.
La misma sucesión de capas.
No tenía el mismo desgaste.
Pero demasiado cercano para resultar indiferente.
Ismael se agachó y observó su propio zapato.
El suplemento estaba completo.
O parecía estarlo.
Eso no tenía sentido.
—No falta nada.
Vicenta bajó la vista al zapato.
—Ahora no.
Ismael alzó la cabeza.
—¿Ahora?
Ella supo que había dicho demasiado .
No intentó retirarlo.
—No sé qué pasa con esas cosas cuando están contigo.
—¿Esas cosas?
—Tus zapatos. El chuzo. Las llaves.
Ismael miró la pieza.
—Este trozo estaba aquí la primera noche.
—Sí.
—¿Lo viste?
—Vi algo caer cuando te arrastró.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Vicenta dio un paso hacia él.
—Porque hasta hace dos noches creía que tú sabías perfectamente dónde estabas.
La respuesta lo golpeó.
Era justa otra vez.
Ismael empezaba a odiar las respuestas justas.
Guardó el fragmento en el bolsillo.
Pesaba.
Eso le gustó.
Algo pesaba.
• • •
Dio tres pasos hacia el fondo.
Tac.
Toc.
Tac.
El eco chocó contra la pared baja.
Toc.
Vicenta se llevó una mano al pecho.
Ismael se detuvo.
—¿Qué?
—Así.
—¿Así qué?
—Fue lo último que oí.
Él sintió que los pies dejaban de pertenecerle.
—No has dicho que estuviera caminando.
—No lo estabas.
—Entonces ¿qué sonó?
Vicenta hizo una pausa.
—Tu zapato golpeando el suelo mientras te arrastraba.
Ismael miró el espacio .
Tac.
Una parte más fina del calzado.
Toc.
La parte elevada.
Dos sonidos para un hombre que no caminaba.
Odió el ritmo.
No porque los demás pudieran reconocerlo.
Porque podía haber seguido sonando después de que él dejara de poder producirlo por sí mismo.
Retrocedió.
No quiso oír otra vez sus pasos.
Aquello iba más allá del miedo al lugar.
Era miedo a sí mismo convertido en sonido.
• • •
La mancha estaba protegida por una tabla caída.
Ismael la vio al mover la luz.
Oscura.
Marrón casi negra.
Irregular.
Sobre la piedra.
No podía saber qué era.
No necesitaba fingir que podía.
Se agachó.
—Sangre.
Vicenta no confirmó.
—Puede.
Ismael se tocó la sien.
El lugar del golpe.
Luego observó la altura de la mancha.
Demasiado baja para una persona de pie.
Compatible con alguien caído.
Compatible con un saco roto.
Con vino.
Con aceite.
Con cien cosas.
No la convirtió en certeza.
Más al fondo había otra.
Más pequeña.
Cerca de la pared.
Y junto a ella, una marca reciente en el polvo .
Eso sí era nuevo.
Alguien había pasado por allí hacía poco.
Ismael acercó la lámpara.
El polvo removido avanzaba hacia el fondo.
Una zona que la luz apenas alcanzaba.
Vicenta se puso delante.