El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

¿DE VERDAD NO LO SABES?

Ismael puso la fotografía sobre el alféizar.

Después el recordatorio.

No dijo nada.

Vicenta tampoco.

La calle estaba casi vacía. Una luz débil salía de una ventana lejana. El frío había limpiado el aire de niebla y las fachadas parecían más desnudas que otras noches.

Ismael señaló primero la fotografía.

Luego el recordatorio.

Vicenta miró ambos objetos.

No los tocó.

—Catorce años —dijo él.

Ella levantó los ojos.

—Sí.

No hubo defensa.

Eso lo enfadó más de lo que habría querido.

—Muriste en 1944.

—Sí.

—Tenías treinta y dos años.

—Sí.

Ismael apretó la mandíbula.

—¿Y llevas todo este tiempo aquí?

Vicenta miró hacia la calle.

—No todo el tiempo de la misma manera.

—No empieces.

—No intento...

—Una respuesta normal.

Ella lo miró.

—No sé si existen respuestas normales para esto.

Ismael soltó aire por la nariz.

—¿Eres un fantasma?

Vicenta hizo una mueca.

—No me gusta esa palabra .

—A mí tampoco me gusta ninguna de las otras.

—Sigo siendo Vicenta.

—Eso ya lo sé.

La frase salió demasiado rápida.

Los dos se quedaron quietos.

Ismael bajó la vista al recordatorio.

—Entonces ¿qué llevo viendo todas estas noches?

•  •  •

Vicenta tardó en responder.

No buscaba una mentira.

Ismael empezaba a entenderlo.

Buscaba cuánto podía decir sin convertir lo desconocido en una teoría.

—Personas que siguen aquí —dijo al fin.

—Eso no explica nada.

—Es lo único que sé.

—Amparo.

—Muerta.

—Ramón.

—Muerto.

—Los niños del Fossar.

Vicenta asintió.

—¿Todos?

—Los que tú has visto así, sí.

—¿Y los otros?

—Algunos apenas hablan. Algunos repiten cosas. Algunos parecen no saber dónde están. Otros saben demasiado bien dónde están y no quieren irse.

—¿Irse adónde?

—No lo sé.

Ismael dejó que la respuesta quedara entre ambos.

—¿Nunca lo has sabido?

—No.

—¿Catorce años y no lo sabes?

—Catorce años no convierten una pregunta en respuesta.

La frase no sonó profunda.

Sonó cansada.

Vicenta se acercó un poco al alféizar.

—Algunos dejan de aparecer.

—¿Desaparecen?

—Sí .

—¿Porque quieren?

—No sé.

—¿Mueren otra vez?

—No sé.

—¿Van a algún sitio?

—Ismael.

—Está bien.

Él pasó una mano por la cara.

—No hay nadie que pueda explicarlo.

—No.

—No hay cura.

Vicenta casi sonrió.

—Eso sí parece cosa tuya.

—Y tú puedes tocar cosas.

—Algunas.

—A mí.

Vicenta dejó de sonreír.

—Sí.

Ismael levantó la vista.

—¿Por qué?

La naturalidad de la respuesta lo inquietó más que cualquier explicación.

—Creí que tú ya sabías la respuesta.

•  •  •

El silencio fue distinto.

No más largo.

Más pesado.

Ismael pensó que había entendido mal.

—¿Saber qué?

Vicenta lo observó entero, no solo la cara.

No a la cara.

A él entero.

Como si acabara de verlo.

—¿Qué recuerdas después del golpe?

Algo se cerró dentro de su pecho.

—Ya lo sabes.

—Dímelo.

—Me golpearon.

—Después.

—Me quedé inconsciente .

—Después.

Ismael apartó la mirada.

—Volví en mí.

—¿Dónde?

—Fuera.

—¿En qué calle?

—En la de detrás.

—¿Cómo saliste de la casa?

Él abrió la boca.

No respondió.

—Ismael.

—No me acuerdo de cada paso.

—¿Abriste la puerta?

—Supongo.

—¿Te ayudó alguien a levantarte?

—No.

—¿Lo recuerdas o lo supones?

La irritación le endureció la voz.

—¿Qué quieres demostrar?

—Nada. Quiero saber qué recuerdas tú.

—Me levanté.

—¿Lo recuerdas?

La frase cayó seca.

Ismael dejó que el golpe regresara.

Golpe.

Suelo.

Negro.

Después calle.

Entre una cosa y otra no había transición.

Ni rodillas doblándose.

Ni manos contra el suelo.

Ni una puerta.

Ni aire frío al salir.

Ni rastro.

—No —dijo.

Vicenta no se movió.

—¿Quién te curó la herida?

—No necesitó cura.

—¿Quién la vio?

—No sé.

—¿A quién entregaste el parte de la primera noche ?

—A nadie todavía.

—¿Quién te pagó?

—Llevo pocos días.

—¿Quién te dio los buenos días mirándote a los ojos?

Ismael apretó los dientes.

—Joaquín estaba ocupado.

—No te he preguntado por Joaquín.

—La gente no me conoce.

—¿Quién te preguntó por el golpe?

—Basta.

Vicenta calló.

Ismael dio dos pasos.

Tac.

Toc.

El sonido le pareció demasiado claro.

—Amparo habló conmigo.

—Amparo lleva muerta más tiempo que yo.

Ismael se quedó inmóvil.

•  •  •

La botella estaba en su bolsillo.

La sacó sin pensar.

Vicenta la miró.

—Eso tampoco te ayuda.

—Bebo.

—Sí.

—Lo noto.

—¿Qué notas?

Ismael desenroscó el tapón.

Bebió.

El vino tenía sabor.

Agrio.

Áspero.

Con un fondo que antes habría llamado caliente.

Esperó.

Nada descendió al estómago.

Nada aflojó el pecho.

Nada subió a la cabeza.

—Sabe.

—Sí.

—Entonces.. .

—¿Cuándo fue la última vez que te emborrachaste?

Ismael frunció el ceño.

—No bebo tanto.

Vicenta no dijo nada.

—Bebo lo suficiente.

—¿Cuándo te mareaste?

Silencio.

—¿Cuándo te dio calor?

Ismael miró la botella.

—Hace frío.

—¿Cuándo tuviste resaca?

No contestó.

Vicenta no necesitó insistir.

Ismael recordó la primera noche.

El vino como explicación.

La segunda.

La tercera.

Cada vez había bebido para comprobarse.

Para tener una causa.

Para acusar al alcohol cuando veía muertos.

Y desde entonces el vino había seguido entrando en su boca sin cambiarle nada.

Sabor.

Ritual.

Ninguna consecuencia.

Ismael dejó la botella en el suelo.

No con cuidado.

Tampoco la tiró.

Dejó de necesitar tenerla en la mano.

—No.

Vicenta dio un paso.

—Ismael.

—No.

—Escúchame.

—No me lo digas.

Ella se detuvo.

La petición salió tan rápido que Ismael sintió vergüenza.

Pero no la retiró.

—No me lo digas.

Vicenta bajó los ojos.

—De acuerdo .

Ismael se tomó un segundo.

No sabía qué otra cosa hacer con aquel gesto aprendido.

—No quiero oírlo.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

Vicenta sostuvo la mirada.

—Ahora sí.

•  •  •

Estuvieron un rato sin hablar.

Ismael caminó hasta la esquina.

Volvió.

No quería irse.

Tampoco podía quedarse quieto.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

Vicenta no respondió enseguida.

—Porque pensé que lo sabías.

—¿Desde cuándo?

—Desde la primera noche.

—¿Por qué?

—Me veías.

—Eso no significa...

Se detuvo.

Sí.

Para ella podía significar eso.

—Me tocabas —continuó Vicenta—. Hablabas con Amparo. Ramón te oía. Los perros...

Ismael levantó una mano.

—No.

—No voy a decirlo.

—Los perros tampoco.

Vicenta asintió.

—Pensé que estabas asustado. O enfadado. O que no querías hablar de ello.

—Y cuando viste que no lo sabía.

Vicenta bajó la mirada.

—No lo vi hasta ayer.

—¿Ayer?

—Cuando preguntaste mi edad. Cuando dijiste “la normal”.

Ismael recordó la cara de Vicenta en aquel momento.

La comprensión .

El miedo.

—¿Y por qué no me lo dijiste entonces?

—Iba a hacerlo.

—Hasta que apareció el hombre.

—Sí.

—Y ahora tampoco.

Vicenta levantó los ojos.

—Ahora me lo has pedido tú.

La respuesta era justa.

Eso no la hacía cómoda.

—Antes de que te lo pidiera.

Vicenta tardó.

—Porque he visto lo que pasa algunas veces.

—¿Qué pasa?

Ella miró hacia el campanario.

—Hay quienes llegan y lo saben enseguida. Otros tardan. Algunos no quieren saberlo.

—¿Y?

—A veces, cuando entienden de golpe, se van.

—¿Adónde?

—No lo sé.

—Otra vez.

—Otra vez.

Ismael soltó una risa seca.

Vicenta siguió:

—A veces huyen. Dejan de hablar. Repiten algo durante días. Una mujer estuvo semanas buscando una cama que ya no existía. Un hombre empezó a caminar y no volvió a aparecer. No sé si se fue o si se perdió.

—¿Y Amparo?

—Amparo cree que cada uno debe llegar a la verdad cuando pueda sostenerla.

—Muy considerada.

—No te burles.

—Me está costando.

Vicenta se acercó un paso.

—No es una ley.

—¿Qué?

—No es que si alguien pronuncia una palabra ocurra algo. No hay una palabra prohibida. Solo... hemos visto cosas.

Ismael sostuvo la mirada.

—Y no querías arriesgarte .

Vicenta negó despacio.

—No.

—A hacerme daño.

—No solo.

La sinceridad cambió la conversación.

Ismael esperó.

Vicenta apretó las manos.

—No quería arriesgarme a perderte.

•  •  •

Ismael no supo qué hacer con la frase.

Por eso la dejó entre ambos.

Vicenta miró hacia otro lado.

—Llevaba mucho tiempo sin esperar a nadie.

Él no respondió.

—No esperar en el sentido de los otros —añadió ella—. No junto a una cama. No antes de una muerte.

—Ya.

—Esperar a que llegue alguien.

El frío perdió importancia.

—Y ahora...

Vicenta sonrió, apenas.

—Ahora sé cuándo vas a aparecer antes de verte.

—Por las llaves.

—No.

—Por el chuzo.

—No.

Ismael entendió.

No quería.

Lo entendió.

Vicenta miró sus zapatos.

—Tac.

Ismael bajó la vista.

Ella añadió:

—Toc.

Después:

—Tac. Toc.

El sonido que toda su vida le había parecido una pequeña humillación.

Una diferencia.

Algo que los demás podían oír antes de verlo.

Vicenta lo esperaba .

—Es difícil confundirlo —dijo él.

—Eso también.

Ismael entendió lo que ella no estaba diciendo.

Vicenta no dijo te quiero.

Él lo agradeció.

No porque no quisiera oírlo.

Porque habría sido demasiado limpio para una noche como aquella.

Ella extendió la mano.

Ismael miró la mano tendida.

Durante varios segundos no hizo nada.

Después dejó la suya sobre la de Vicenta.

El contacto era real.

O era lo más real que tenía.

No cerró los dedos.

Pero tampoco retiró la mano.

•  •  •

El ruido llegó desde la parte trasera de la casa.

Madera contra madera.

Una vez.

Luego un roce.

Vicenta retiró la mano primero.

Su cara cambió.

—Hay alguien dentro.

Ismael cogió el chuzo.

—¿Vivo?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no debería poder hacer ese ruido.

La explicación tenía agujeros.

Bastaba.

Rodearon la casa.

La puerta trasera estaba entornada.

Ismael se detuvo.

La había dejado cerrada la última vez.

O eso creía.

En el barro junto al quicio había una marca reciente.

Tacón.

Suela.

No la suya.

Vicenta miró hacia el interior .

—Ha estado aquí.

—¿Quién?

Ella no respondió.

Ismael olió.

Humedad.

Madera.

Y algo muy débil.

El mismo fondo vegetal.

Entró.

•  •  •

El corral parecía igual.

Eso fue lo primero.

Después empezó a ver lo que había cambiado.

Un cajón de madera estaba desplazado.

Una tabla apoyada contra la pared había caído.

La puerta del pequeño almacén interior estaba abierta.

Y la tapa de la zona hundida —la que Ismael llevaba varias noches evitando mirar demasiado— tenía una franja limpia en el borde.

Alguien la había tocado.

No abierto del todo.

Tocado.

Comprobado.

Ismael bajó los dos peldaños.

Vicenta no.

Se quedó arriba.

—¿Qué hay aquí?

Silencio.

—Vicenta.

Ella miró la tapa.

—No sé todo.

—¿Pero sabes algo?

—Sí.

Ismael pasó los dedos por el borde.

La humedad estaba removida.

Había barro nuevo sobre una parte seca.

Alguien se había arrodillado o apoyado allí.

—Ha venido a mirar esto.

—Sí.

—¿Por qué?

Vicenta no respondió .

Ismael intentó levantar la tapa.

No cedió.

Probó otra vez.

El esfuerzo le vació los brazos de sensación.

Paró.

—No.

Vicenta bajó un escalón.

—No la abras ahora.

—¿Por qué?

—Porque no estás preparado.

Ismael soltó una risa sin alegría.

—Esa frase empieza a aburrirme.

—A mí también.

Él miró la oscuridad que rodeaba el acceso.

—¿Estuve aquí la primera noche?

Vicenta dejó de bajar.

—Sí.

Algo —el corazón o su recuerdo— pareció golpearle el pecho.

—¿Aquí abajo?

—Cerca.

—¿Después del golpe?

Vicenta tardó antes de responder.

—Sí.

Ismael recordó una imagen.

Una manga.

Una mano sujetándolo por debajo del brazo.

El suelo moviéndose bajo él.

Su tacón golpeando algo duro.

No era él caminando.

Era otra cosa.

Alguien moviéndolo.

Abrió los ojos.

•  •  •

—Entraron dos hombres —dijo Ismael.

Vicenta no apartó la vista.

—Sí.

—Pep y yo.

—Sí.

—Solo uno salió como había entrado.

Vicenta no respondió .

La frase de aquella noche volvió entera.

Entonces había parecido una forma extraña de decir que él había salido herido.

Ahora tenía otra forma.

Una más oscura.

Ismael miró la tapa.

Luego sus manos.

Después a Vicenta.

—No me lo digas.

Ella no habló.

—Todavía no.

Vicenta bajó el último escalón.

No lo tocó.

Se quedó a su lado.

—No te lo diré.

Ismael señaló la tapa con el chuzo.

—Pero esto sí.

—Sí.

—Tengo que abrirlo.

—Sí.

—No esta noche.

Vicenta aceptó la decisión sin discutir.

—No.

Ismael alzó la vista hacia la puerta trasera.

El hombre vivo había vuelto.

Había removido el escondite.

Había sentido presión.

Eso significaba que el tiempo también empezaba a moverse del otro lado.

Ismael apretó el chuzo.

—Mañana.

Vicenta no preguntó qué.

Él miró otra vez la tapa.

La primera noche.

El golpe.

La oscuridad.

La calle.

El hueco.

Ya no pensó que aquel hueco escondiera solo unos minutos.

Pensó que podía esconderlo todo.

Vicenta habló muy bajo .

—Ismael.

Él no se volvió.

—¿Qué?

Ella miró la tapa.

Después a él.

—Tú no saliste de aquí como crees.