El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

EL LIbrO DE DIFUNTOS

Ismael decidió no preguntarle a Vicenta.

No porque ya no quisiera saber.

Porque quería una respuesta que no pudiera mirarlo a los ojos.

Las personas tenían demasiadas maneras de decir la verdad sin entregarla entera. Vicenta era especialmente buena.

Un libro no.

Un libro podía estar equivocado.

Podía tener una fecha mal puesta, un apellido copiado de prisa o una página comida por humedad.

Pero no podía protegerlo.

Guardó la fotografía de 1944 dentro de la libreta.

No abrió la botella.

Y esperó al amanecer.

•  •  •

La iglesia empezó a despertar antes que el pueblo.

Primero una puerta lateral.

Después el roce de una escoba.

Luego un hombre pequeño, encorvado dentro de una chaqueta demasiado grande, que entró cargando un cubo y dejó escapar una queja contra el frío.

Ismael lo reconoció de haberlo visto alguna madrugada.

El sacristán.

No sabía su nombre.

Tampoco lo necesitaba.

Esperó fuera.

El hombre empujó la puerta, dejó que quedara abierta y desapareció hacia el interior.

Ismael entró detrás.

La piedra guardaba un frío diferente al de la calle.

Más quieto.

Olía a cera, madera y humedad antigua .

El sacristán encendió una luz pequeña junto a una capilla y siguió con su trabajo.

No miró a Ismael.

Eso ya no le sorprendió.

Le dolió un poco más de lo habitual.

Ismael se quedó junto al último banco.

Durante unos segundos pensó que quizá aquello era una estupidez.

¿Qué esperaba encontrar?

¿Un libro abierto en la página correcta?

¿Una línea que dijera VICENTA ESTÁ MUERTA para facilitarle la noche?

No.

Buscaba algo mucho más vulgar.

Nombres.

Fechas.

Gente que había nacido, se había casado, había muerto y había quedado escrita por obligación.

Al fondo, junto a la sacristía, vio una puerta entornada.

El sacristán entró por ella.

Ismael esperó.

Salió poco después con unas velas.

La puerta quedó abierta.

—Gracias —murmuró Ismael.

El hombre siguió andando.

•  •  •

La dependencia lateral era pequeña.

Un armario.

Una mesa.

Dos sillas.

Papeles apilados.

Y libros.

No muchos.

Los suficientes.

Algunos tenían lomos de piel reseca. Otros llevaban cartón oscuro. Había años escritos a mano en pequeñas etiquetas.

Ismael acercó la lámpara que llevaba.

La luz parecía peor dentro de la habitación.

Encontró bautismos.

Matrimonios.

Después un lomo donde pudo leer :

DEFUNCIONES.

Pasó al siguiente.

Años.

1942-1946.

Se quedó quieto.

No lo tocó inmediatamente.

La fotografía dentro de su bolsillo pareció pesar más.

Catorce años cabían en un lomo de cuatro dedos.

Ismael puso la mano encima.

La retiró.

—Ridículo.

Volvió a intentarlo.

El libro se movió apenas.

Tuvo que sujetarlo con ambas manos y tirar.

La sensación fue extraña.

No pesada.

Lejana.

Como si la madera del estante estuviera en un sitio y sus dedos en otro y necesitara convencerlos para que coincidieran.

El volumen salió.

Ismael se quedó quieto.

No había vaho delante de su boca.

No lo miró.

Llevó el libro a la mesa.

Abrirlo costó menos.

Las hojas crujieron.

Nombres.

Muchos.

Personas que no significaban nada para él y que habían significado una vida entera para alguien.

Ismael pasó páginas.

1942.

1943.

Llegó a 1944.

•  •  •

La búsqueda fue más fácil de lo que deseaba.

Soler.

No el primero.

Un hombre.

Otra familia .

Después una mujer mayor.

Ismael siguió bajando por la página.

Los apellidos parecían acercarse.

Sanchis.

Soler.

Martí.

Y entonces:

Vicenta Soler Martí.

No hubo ruido.

Ni campanas.

Ni una corriente de aire.

Nada en la iglesia consideró necesario reaccionar.

Ismael acercó la cara.

Leyó otra vez.

VICENTA SOLER MARTÍ.

La tinta estaba algo desvaída.

El nombre, no.

A continuación figuraba una fecha.

1944.

La misma época de la fotografía.

Una edad.

Treinta y dos años.

Ismael bajó la mirada.

Los abrió.

Treinta y dos.

La mujer que aparecía en la fotografía podía tener treinta y dos.

La mujer que caminaba con él cada noche también.

Siguió leyendo.

Había una referencia sencilla al fallecimiento y al entierro.

Nada extraordinario.

Ningún comentario.

Ninguna advertencia.

Nadie había escrito que la muerta siguiera caminando por las calles catorce años después.

Solo una mujer.

Un nombre.

Una edad.

Una fecha.

Una muerte.

Ismael leyó la entrada por tercera vez.

Luego por cuarta .

Cambió la lámpara de lado.

Como si la luz pudiera corregirla.

La letra siguió igual.

•  •  •

Buscó a Teresa en años posteriores.

No porque hiciera falta.

Porque necesitaba dejar de mirar el mismo nombre.

Pasó páginas.

1945.

1946.

El volumen terminaba.

No encontró a Teresa.

Claro.

Teresa había seguido viva.

Catorce años más.

Sola en la casa.

La frase de las libretas regresó:

Teresa Soler, sola en la casa desde lo de su hermana.

Ahora ya no tenía segunda lectura.

Sola significaba sola.

Desde lo de su hermana significaba desde la muerte de Vicenta.

Ismael volvió a la página.

Treinta y dos años.

Pensó en ella riéndose del vino.

En sus dedos agarrándole la manga delante de casa de Paquita.

En la mano sobre su cara junto a la cicatriz.

En la forma de decir:

Hace mucho que dejaron de servirme.

No había mentido.

Ni una vez.

Ese descubrimiento debería haberla absuelto.

No lo hizo sentir mejor.

Quizá porque el problema nunca había sido que Vicenta mintiera.

El problema era que Ismael había utilizado palabras normales para entender respuestas que no pertenecían a una vida normal.

•  •  •

Oyó pasos.

El sacristán.

Ismael cerró el libro .

El sonido resultó demasiado fuerte.

El hombre apareció en la puerta.

Miró la habitación.

Luego el libro sobre la mesa.

Ismael permaneció a un lado.

El sacristán frunció el ceño.

—¿Y esto?

Ismael no se movió.

El hombre se acercó.

Pasó una mano por la cubierta.

Miró hacia el pasillo.

—¿Padre?

Nadie respondió.

El sacristán abrió el volumen aproximadamente por la mitad.

Las páginas cayeron unas sobre otras.

Ismael sintió una urgencia absurda.

Quería impedir que aquel hombre tocara el nombre.

Como si al cerrarlo pudiera desaparecer.

El sacristán negó con la cabeza, recogió el libro y lo devolvió al estante.

—Luego dirán que soy yo.

Salió.

Ismael se quedó mirando el lomo.

1942-1946.

Nada especial.

Eso era lo insoportable.

La muerte de Vicenta cabía entre miles.

Para el mundo había sido una entrada más.

Para él acababa de cambiar el significado de todas las noches.

•  •  •

La primera prueba no le bastó.

Se odió un poco por ello.

Había pedido una fuente independiente.

La tenía.

Nombre completo.

Edad.

Año.

Defunción.

Entierro.

Y aun así, mientras volvía hacia la casa Soler Martí, su cabeza ya fabricaba salidas .

Otra Vicenta.

Un error del sacerdote.

Una prima con los mismos apellidos.

Una familia que repetía nombres.

Una inscripción equivocada.

Una mujer dada por muerta.

No importaba que ninguna explicación fuera buena.

Solo necesitaba una que todavía respirara.

Entró por la parte trasera.

La casa estaba vacía.

Vicenta no apareció.

Eso lo agradeció.

Y lo lamentó.

Fue hasta la estancia donde habían encontrado la caja de fotografías.

Seguía sobre el aparador.

No quiso abrirla.

La abrió.

Fotografías.

Botones.

La medalla.

Papeles.

Esta vez miró debajo de las imágenes.

Había una estampa de cartulina fina, algo amarillenta, con un borde negro.

Ismael la sacó.

En una cara había una imagen religiosa.

En la otra, unas palabras impresas y un nombre.

No necesitó leerlo entero.

Vio VICENTA.

Se sentó.

•  •  •

El recordatorio era pequeño.

Cabía en una mano.

Decía:

Vicenta Soler Martí.

Y debajo:

Falleció en 1944.

Treinta y dos años.

Había una oración.

Una petición para recordarla .

Nada más.

Ismael pasó el pulgar por el borde oscuro.

La cartulina estaba gastada en las esquinas.

No por el tiempo solamente.

Alguien la había tocado muchas veces.

Teresa.

No podía saberlo.

Pero lo supo.

Una hermana guardando durante catorce años un papel que decía que la otra ya no estaba.

Lo volvió.

En la parte inferior había una pequeña anotación manuscrita.

Una fecha.

La misma.

Y una sola palabra.

Tereseta.

Ismael cerró los dedos sobre el cartón.

Dos fuentes.

Un libro parroquial que no sabía nada de él.

Un recordatorio que había vivido catorce años dentro de una caja.

Ambos decían lo mismo.

La fotografía había dejado de ser una anomalía.

Era un retrato de una muerta.

•  •  •

Debajo del recordatorio encontró cosas que antes no había mirado.

No muchas.

Dos recibos.

Una carta.

Una nota doblada.

Todos posteriores a 1944.

Todos dirigidos a Teresa.

“Señorita Teresa Soler Martí”.

“Teresa Soler”.

“Para Teresa.”

Ninguno a Vicenta.

Una cuenta de reparación de una puerta.

Teresa.

Un recibo relacionado con aceite.

Teresa.

Una felicitación de una prima .

Teresa.

La casa no había olvidado a Vicenta de golpe.

La había perdido.

Después había seguido funcionando.

Eso fue lo que más dolió.

No la muerte.

La continuación.

Una puerta se rompía.

Había que repararla.

Llegaba una carta.

Había que abrirla.

Se compraba aceite.

Se pagaba.

Mientras una persona faltaba, la vida seguía encontrando cosas pequeñas que exigir.

Ismael miró el recordatorio.

Catorce años habían dejado de ser una cifra.

Eran catorce inviernos en aquella casa sin ella.

Catorce veces la aceituna.

Catorce veranos.

Catorce cumpleaños de Teresa con una hermana que no envejecía porque ya no estaba.

Guardó los papeles exactamente como los había encontrado.

El recordatorio, no.

Ese se quedó en su mano.

•  •  •

Se sentó junto a la ventana.

Intentó recordar una sola vez en que hubiera visto a Vicenta comer.

Nada.

Beber.

Nada.

Dormir.

Nada.

Entrar en una casa y encender luz.

Nada.

Hablar con un vivo.

Nada.

Ser llamada por alguien vivo.

Nada.

El perro pasando junto a ella .

Silencio.

Amparo hablándole.

Amparo estaba muerta.

Ramón respondiéndole a él.

Ramón estaba muerto.

Vicenta agarrándolo.

Vicenta tocándole la cara.

Ismael se quedó sin movimiento.

La expresión era incorrecta.

Le pareció incorrecta antes de saber por qué.

Miró hacia la ventana.

Fuera hacía frío.

Una mujer pasó por la calle con un cesto.

De su boca salió una nube blanca.

Ismael siguió la nube con la vista.

Vaho.

Pensó en la noche del Fossar.

Uno respira.

Pensó en el hombre vivo oculto entre los muertos.

La única diferencia visible.

La pequeña nube delante de su boca.

Después pensó en Vicenta.

Nunca.

Nunca había visto vaho delante de Vicenta.

—Porque no respira.

La frase salió en voz alta.

La casa la aceptó.

Ismael sintió un golpe en el estómago.

No de miedo.

De pérdida.

Vicenta estaba muerta.

•  •  •

La botella seguía cerrada.

La sacó.

La abrió.

Bebió.

Esperó el calor.

El vino tuvo sabor.

Poco.

Llegó tarde .

No calentó nada.

Ismael volvió a beber.

Más.

Seguía sin sabor.

—No.

Cerró la botella.

La dejó sobre la mesa.

No quería otra pregunta.

Ya tenía una.

Vicenta estaba muerta.

Eso era suficiente para una noche.

Cogió la fotografía.

La colocó junto al recordatorio.

Misma cara.

Mismo nombre.

1944.

Treinta y dos años.

Repasó con el dedo la tinta del reverso de la foto.

Después la impresión del recordatorio.

No cambió.

Ninguna fecha se convirtió en 1954.

Ningún apellido desapareció.

Ninguna mujer distinta salió de la fotografía.

Ismael apretó los párpados.

Quería que el papel estuviera equivocado.

El papel no sabía querer nada.

•  •  •

Salió por la puerta principal.

No por detrás.

No quería pasar cerca del corral.

Las calles estaban en esa hora en que la noche empieza a perder autoridad pero el día todavía no ha tomado posesión.

Azul.

Frío.

Las fachadas parecían más planas.

Sin sombras profundas.

Ismael caminó despacio.

Tac.

Toc.

Tac .

Toc.

No buscaba pistas.

No miraba perros.

No contaba ventanas.

Llevaba la fotografía en una mano y el recordatorio en la otra.

Dos objetos pequeños.

Más pesados que el chuzo.

Pasó por la fuente.

Amparo no estaba.

Lo agradeció.

Llegó al campanario.

Nada.

Siguió.

Sabía dónde estaría Vicenta.

No porque los muertos obedecieran rutas.

Porque ella llevaba noches encontrándolo en los mismos lugares.

Y él había empezado a encontrarse a sí mismo allí también.

•  •  •

Vicenta estaba junto a la fachada.

No hizo falta mostrarle los papeles.

Los vio.

Primero la fotografía.

Después el borde negro del recordatorio.

Su cara cambió.

No con miedo.

Con tristeza.

—Ismael.

Él se detuvo a varios pasos.

Vicenta no se acercó inmediatamente.

Eso le dio tiempo para odiarla un poco.

No por estar muerta.

Por haberlo sabido.

La injusticia de ese pensamiento también la supo.

No pudo evitarla.

—Treinta y dos —dijo.

Vicenta bajó los ojos.

—Sí.

—Mil novecientos cuarenta y cuatro.

—Sí.

—Te enterraron .

Ella levantó la mirada.

—Sí.

No hubo evasiva.

Ni doble sentido.

No hacía falta.

Todas las respuestas anteriores cambiaron de forma dentro de él.

Siempre he estado aquí.

Hace mucho que dejaron de servirme.

Después me quedé aquí.

Preguntas con palabras que solo sirven para los vivos.

Verdades.

Todas.

Él había hecho el resto.

Vicenta dio un paso hacia él.

Ismael retrocedió.

Solo uno.

Pero ocurrió.

Ella se detuvo.

El dolor apareció en su cara antes de que pudiera esconderlo.

Ismael quiso devolver el paso.

No pudo.

Todavía.

Miró la fotografía.

Después el recordatorio.

Luego a la mujer que seguía teniendo treinta y dos años.

No sintió terror.

Sintió que acababan de robarle algo que ni siquiera había admitido querer.

Un desayuno.

Una casa distinta.

Una mañana.

Envejecer mal junto a alguien.

Cosas ridículas.

Cosas de vivos.

Vicenta pronunció su nombre otra vez.

Ismael no respondió.

No porque no tuviera nada que decir.

Porque todo lo que podía decir pertenecía a una conversación que ya no cabía en aquella noche.

Bajó la vista al recordatorio.

Nombre .

Fecha.

Edad.

Volvió a leerlo una última vez.

Ya no existía ninguna explicación que pudiera salvarlo de la frase.

Vicenta Soler Martí llevaba catorce años muerta.