CAPÍTULO 15
CATORCE AÑOS
Ismael necesitaba una fecha.
No otra frase de Vicent.
No otra mancha en un papel.
Una fecha.
La buscó como quien busca una cerradura.
Si encontraba el año de aquella palabra —TARDE— podría dejar de inventar explicaciones.
O inventarlas mejor.
La libreta donde aparecía el nombre de Vicenta no estaba fechada en todas las páginas. Vicent escribía cuando podía, a veces durante la ronda, otras al volver. Un día ponía fecha completa. Al siguiente se limitaba a “martes”. Después nada.
Ismael empezó por las páginas anteriores.
Una tormenta.
Una cabra encontrada junto al camino.
Dos hombres que habían discutido por el precio de unas cargas.
Una anotación sobre la aceituna.
Pasó otra hoja.
“Fiesta del Pilar. Mucha gente fuera hasta tarde.”
Octubre.
Siguió.
En otra página encontró:
“Hace frío antes de tiempo.”
Luego:
“Vicenta Soler. TARDE.”
Nada más.
Ismael buscó hacia atrás.
Una fecha apareció cuatro páginas antes.
12-X-44.
Se quedó quieto.
Volvió a pasar las hojas, esta vez despacio.
No había cambio de libreta.
No había meses perdidos .
Entre aquella fecha y la anotación de Vicenta apenas había unos días.
1944.
Ismael escribió el año en su propia libreta.
Debajo puso:
1958 - 1944.
No necesitaba hacer la cuenta.
La hizo.
Catorce.
Volvió a hacerla.
Catorce años.
Dejó el lápiz.
La habitación pareció hacerse más pequeña.
—No.
No sabía qué estaba negando.
• • •
Pensó en Vicenta.
No en su nombre.
En su cara.
La curva de la mejilla cuando sonreía sin querer.
El cabello oscuro recogido.
Las manos.
La piel alrededor de los ojos.
Treinta años.
Treinta y pocos.
Podía tener más.
Había mujeres a las que el trabajo envejecía pronto y otras a las que el rostro parecía perdonar.
Pero catorce años no eran una arruga.
Eran una vida entera entre dos caras.
Si Vicenta ya era una mujer adulta en 1944, ahora debería parecer distinta.
No anciana.
Distinta.
Ismael intentó calcular qué edad podía tener entonces.
Veinte.
Dieciocho.
Dieciséis.
La idea no mejoraba mucho.
Recordaba demasiado bien la forma en que Vicenta hablaba de Teresa.
No como una niña recordaba a una hermana mayor .
Como una mujer que había vivido a su lado.
Buscó otra referencia.
Algo que indicara su edad.
No encontró ninguna.
Encontró, en cambio, a Teresa.
“Desde lo de Vicenta, Teresa queda sola en la casa.”
La frase ya la había leído.
Esa noche cambió.
Ismael acercó la hoja.
Sola.
No “a cargo”.
No “con la madre”.
No “sin su hermana mientras vuelve”.
Sola.
Pasó varias páginas.
“Teresa pide reparar cierre trasero.”
Otra.
“Teresa Soler, fiebre.”
Otra.
“Teresa Soler lleva aceite a casa de la hermana de Giner.”
Teresa.
Teresa.
Teresa.
Nunca Vicenta.
Ismael siguió buscando.
No encontró compras.
Avisos.
Enfermedades.
Puertas.
Quejas.
Fiestas.
Ni una mención.
Después de 1944, Vicenta desaparecía de la vida escrita del pueblo.
No de la noche.
De los vivos.
Ismael cerró la libreta con demasiada fuerza.
El sonido le molestó.
• • •
Intentó recordar una sola conversación.
No con él .
Con alguien vivo.
Vicenta en la calle.
Vicenta junto a su casa.
Vicenta pasando cerca de una mujer con un cesto.
La mujer no la había mirado.
El perro tampoco.
Vicenta hablando con Amparo.
Eso no servía.
Amparo estaba muerta.
Vicenta al lado de Ismael mientras una hija de Paquita abría la puerta.
La mujer había mirado a ambos lados.
No a ella.
Ni a él.
Ismael se levantó.
Empezó a caminar por el cuarto.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
Recordó frases dichas cerca de Vicenta.
“Buenas noches.”
“Hace frío.”
“Cierra, que entra humedad.”
Ninguna dirigida a ella con nombre.
Nadie había dicho:
Vicenta.
Nadie vivo.
Ni una sola vez.
Ismael se detuvo.
—Porque llevas cuatro días fijándote en tonterías.
La habitación no respondió.
—Porque es de noche.
La habitación siguió muda.
—Porque no sale cuando hay gente.
Eso sonó peor en voz alta.
Volvió a sentarse.
Un hombre inteligente podía fabricar una cárcel muy cómoda si elegía bien las razones.
Ismael empezaba a darse cuenta de que llevaba varias noches poniendo almohadas en la suya.
• • •
Fue a la casa Soler Martí.
No por Vicenta.
Por la fecha.
Eso se dijo.
La puerta principal estaba cerrada.
Ismael esperó.
No llamó.
Sabía que, si Vicenta aparecía, la pregunta cambiaría de forma en cuanto la viera.
Y quería llegar antes a algo que no dependiera de ella.
Rodeó la manzana.
Entró por detrás.
La puerta cedió con esa docilidad extraña que ya no quería examinar demasiado.
El corral estaba oscuro.
No se acercó a la parte hundida.
No miró la tapa.
Atravesó el patio y llegó al corredor.
La casa olía a madera cerrada, humedad y ropa antigua.
En una estancia lateral había un aparador.
Sobre él, un marco vacío.
Debajo, una caja de madera pequeña.
Ismael se quedó mirando.
No pensaba abrir cajones.
No quería convertir la casa de Vicenta en otro archivo.
—Buscas algo.
La voz llegó desde el pasillo.
Ismael se volvió.
Vicenta estaba allí.
No parecía enfadada.
Eso lo hizo sentirse peor.
—Una fecha.
Ella miró la caja.
—Las fechas no suelen estar ahí.
—Las familias guardan cosas.
—También las esconden.
—¿Puedo?
Vicenta tardó un momento.
Luego se acercó .
No dijo sí.
Abrió la caja.
Dentro había botones, dos cintas, una medalla, papeles doblados y varias fotografías.
Las tocó sin dificultad.
Ismael observó sus dedos.
Ella sacó una.
—Esta puede servirte.
Se la tendió.
Ismael la cogió.
• • •
No era una fotografía siniestra.
Eso fue lo peor.
Tres mujeres delante de una pared clara.
Sol.
Una silla de madera.
Una maceta.
Nada preparado.
Teresa aparecía a la izquierda, bastante más joven de como Ismael la imaginaba al morir.
En el centro había una mujer mayor.
La madre, supuso.
A la derecha estaba Vicenta.
Ismael se quedó inmóvil durante varios segundos.
La cara era la misma.
No parecida.
La misma.
El mismo óvalo.
La misma boca.
Los mismos ojos.
Incluso la forma de inclinar ligeramente la cabeza hacia un lado parecía la de la mujer que tenía delante.
Ismael levantó la vista.
Vicenta estaba a menos de un metro.
Bajó la foto.
Volvió a mirarla.
Foto.
Vicenta.
Foto.
Vicenta .
Catorce años.
—¿Quién es?
Vicenta frunció el ceño.
—Yo.
La respuesta fue tan natural que le dio rabia.
—¿Y las otras?
—Teresa. Mi madre.
Ismael volvió la fotografía.
En el reverso había letra.
No la de Vicent.
Más redonda.
Más limpia.
“Tereseta, mare i Vicenta.”
Debajo, en otra tinta:
1944.
Ismael pasó un dedo sobre los nombres.
No había escapatoria en una tía.
Ni en una madre.
Ni en una hermana parecida.
Teresa.
Madre.
Vicenta.
—¿Quién escribió esto?
—Teresa, creo.
—¿El año también?
Vicenta miró el reverso.
—Puede.
—¿Puede?
—No recuerdo cada palabra que escribió mi hermana en su vida.
Ismael volvió a mirar la fotografía.
Su inteligencia empezó a trabajar.
No para descubrir.
Para defenderse.
La fecha podía haberse añadido después.
La foto podía ser de otro año.
Vicenta podía haber tenido dieciséis entonces.
Quince.
La imagen podía hacerla parecer mayor.
O quizá ahora tenía cuarenta y tantos y él calculaba mal porque la noche borraba detalles.
Quizá —
—¿Cuándo hicieron esto?
Vicenta miró la imagen.
—Poco antes de lo mío.
Ismael levantó la cabeza.
—¿De lo tuyo qué?
Algo cambió en la cara de Vicenta.
No fue miedo.
Fue comprensión.
Lenta.
Desagradable.
Como si una pieza acabara de caer en un lugar que ella no sabía que estaba vacío.
—De aquella noche —dijo.
—¿Qué noche?
—La que Vicent marcó como tarde.
La rabia subió.
—Eso fue en 1944.
—Sí.
—Hace catorce años.
La atención de Vicenta cambió.
—Sí.
Él mostró la foto.
—Y eres tú.
—Sí.
—Tú.
Vicenta no respondió.
No hacía falta.
—¿Cuántos años tienes?
Ella bajó los ojos.
—Ismael.
—Una cifra.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no sé cuál quieres.
Ismael dio un paso atrás.
—La normal.
Vicenta levantó la cabeza.
La tristeza apareció antes que la respuesta.
—Hace mucho que dejaron de servirme.
Algo se partió, pequeño y silencioso.
No entre ellos .
Dentro de la versión de ella que había construido.
—No me hables así.
—¿Así cómo?
—Como si cada frase tuviera que significar dos cosas.
Vicenta apretó los labios.
—No intento hacer eso.
—Pues te sale muy bien.
—Ismael...
—¿Te fuiste del pueblo?
—No.
La respuesta lo detuvo.
—¿Nunca?
—No como tú crees.
—Otra vez.
—No sé cómo responderte sin...
Se calló.
Ismael esperó.
—Sin qué.
Vicenta no contestó.
Pareció realmente asustada.
No de él.
De decir algo.
—¿De verdad no lo sabes? —preguntó.
La pregunta llegó tan baja que casi no fue voz.
Ismael sintió frío en la nuca.
—¿Saber qué?
Vicenta abrió la boca.
• • •
El perro ladró en la calle trasera.
Una vez.
Luego dos.
Después siguió.
No el ladrido aburrido a un carro.
El mismo que Ismael había aprendido a escuchar.
Un vivo.
Cerca.
Vicenta volvió la cabeza hacia el fondo de la casa.
La conversación desapareció de su cara.
—No.
Ismael guardó la fotografía dentro de la libreta .
—Quédate aquí.
Vicenta lo agarró del brazo.
—No.
—Acabas de decir lo mismo.
—Y esta vez hazme caso.
El perro ladró otra vez.
Se oyó un paso en el corral.
Después otro.
No tac.
No toc.
Regulares.
Vivos.
Ismael cogió el chuzo.
Vicenta no lo soltó.
—Está comprobando la casa.
—¿Quién?
Ella no respondió.
Eso bastó para que Ismael tirara del brazo.
Vicenta lo retuvo un instante más.
—Si sales por detrás te verá.
—Yo también a él.
—Eso no te conviene.
—Empieza a cansarme que todo el mundo sepa lo que me conviene.
La frase salió demasiado dura.
Vicenta soltó la mano.
Ismael lo lamentó antes de dar el primer paso.
No volvió.
Atravesó el corredor.
En el patio, el perro seguía ladrando al otro lado de la tapia.
Una sombra cruzó junto a la puerta trasera.
Ismael alcanzó a ver un hombro.
Abrigo oscuro.
La figura se inclinó sobre el cierre.
No intentó entrar.
Lo examinó.
Luego miró hacia la parte hundida del corral.
Ismael se quedó inmóvil.
La figura levantó la cabeza.
Por un instante, la luz débil le tocó la cara.
No lo suficiente.
El hombre se retiró .
Ismael fue tras él.
Llegó a la calle cuando ya había doblado la esquina.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
No corrió mucho.
La fotografía estaba dentro de la libreta.
Eso pesaba más que la persecución.
Cuando volvió, Vicenta ya no estaba en el corredor.
• • •
La caja seguía abierta.
Ismael no la tocó.
Tampoco buscó más fotografías.
No quería otra.
La que tenía bastaba.
Se sentó junto a la mesa.
La sacó.
1944.
La cara de Vicenta.
La misma.
Dio la vuelta a la imagen.
Tereseta, mare i Vicenta.
Ningún error.
Ningún parecido.
Ninguna mujer distinta.
Volvió a pensar en las conversaciones.
Ningún vivo diciendo su nombre.
Ningún perro ladrándole.
Ningún desayuno.
Ninguna puerta abierta para ella por otra persona.
Ninguna mención pública después de 1944.
Teresa sola en la casa.
Pep ya presente entonces.
Vicent llegando tarde.
Ismael dejó la foto sobre la mesa.
No podía seguir llamando coincidencia a una suma.
Pero tampoco podía aceptar la respuesta que empezaba a formarse.
Porque si Vicenta era lo que parecía ser, entonces verla no era el problema .
Tocarla era.
Hablar con ella era.
Que ella lo tocara.
Que Amparo le hablara.
Que Ramón lo oyera.
Que los perros...
Ismael cortó el pensamiento.
No.
Eso era otra puerta.
Todavía no.
Guardó la fotografía entre las páginas de su libreta.
• • •
Vicenta no apareció de nuevo aquella noche.
Ismael pasó dos veces por su casa.
No apareció.
A la tercera no se detuvo.
Estaba enfadado con ella.
Eso se dijo.
En realidad estaba enfadado porque la fotografía no podía discutir.
Vicenta sí.
Un papel podía estar mal fechado.
Una memoria podía fallar.
Una palabra podía tener dos sentidos.
Pero aquella cara llevaba catorce años sin moverse.
Ismael necesitaba algo que no dependiera de Vicent.
Ni de Vicenta.
Ni de él.
Una fecha que perteneciera a los vivos.
Un libro.
Un registro.
Un nombre escrito por alguien que no supiera nada de perros, de espera ni de noches.
Cuando empezó a clarear regresó al cuarto municipal.
Abrió la libreta por la fotografía.
La colocó junto a la hoja de Vicent.
VICENTA SOLER MARTÍ.
TARDE.
Debajo escribió dos cosas.
1944.
Misma cara.