CAPÍTULO 14
EL QUE NO ES DE AQUÍ
Ismael no durmió.
O no recordó hacerlo.
La diferencia empezaba a parecerle menos importante de lo que debería.
Cuando regresó al cuarto municipal, la hoja seguía donde la había dejado.
VICENTA SOLER MARTÍ.
TARDE.
Dos palabras.
Una persona.
Y una molestia que ya no tenía nada que ver con la investigación.
Hasta entonces Vicenta había sido la excepción agradable de la noche. La única persona —viva o muerta, pensó sin detenerse en la elección de palabras— con la que no sentía que estuviera interrogando una pared.
Ahora su nombre estaba dentro de las libretas.
No al margen de la historia.
Dentro.
Ismael se sentó.
Volvió a leer la palabra.
TARDE.
Podía significar cualquier cosa.
Llegó tarde.
Volvió tarde.
Murió tarde.
No.
Apartó esa posibilidad antes incluso de formularla del todo.
Buscó la misma palabra en las páginas anteriores.
No tardó mucho.
Vicent escribía de forma irregular, pero repetía ciertas marcas.
ANTES.
DESPUÉS.
NO VINO NADIE.
TARDE.
Ismael colocó tres hojas una junto a otra .
Un hombre viejo.
Una mujer enferma.
Un nombre que no conocía.
En el primer caso:
ANTES.
Debajo, dos figuras anotadas junto a una casa.
En el segundo:
NO VINO NADIE.
Al día siguiente, muerte.
En el tercero:
TARDE.
Y más abajo:
LLEGARON CUANDO YA ESTABA HECHO.
Ismael dejó de mover las hojas.
Volvió a la de Vicenta.
TARDE.
No era una hora.
Era una forma de ordenar.
• • •
Lo comprobó en varias libretas. El código era imperfecto —a veces «tarde» significaba solo una ronda retrasada—, pero junto a ciertos muertos las mismas marcas se repetían: ANTES, DESPUÉS, TARDE, NO VINO NADIE.
En los que había “ANTES”, los muertos aparecían antes de la muerte.
En “DESPUÉS”, llegaban cuando la persona ya había muerto.
En “TARDE”, Vicent parecía haber descubierto la anomalía cuando ya no podía comprobar qué había ocurrido.
No tenía nada de científico.
Era un hombre intentando ordenar noches que no obedecían a nadie.
Ismael lo entendía.
Demasiado.
Encontró una anotación de años atrás:
“VI A DOS DESPUÉS. NADIE ANTES. TARDE.”
Debajo, con otra tinta:
“YA NO SE PODÍA HACER NADA.”
Ismael leyó esa frase varias veces.
Luego miró el nombre de Vicenta.
El mismo adverbio.
La misma presión en el lápiz.
Su boca se secó .
No porque hubiera descubierto algo.
Porque empezaba a saber qué pregunta debía hacerle.
Y no quería.
• • •
Antes de salir, revisó las referencias a “el que no es de aquí”.
Tenía una idea absurda y quería matarla pronto.
La primera descripción hablaba de un hombre alto con sombrero.
La segunda, años después, de alguien bajo y ancho.
Otra decía “muchacho”.
Otra “viejo”.
Una mencionaba una bicicleta.
Otra, un bastón.
Ismael fue alineándolas.
No podía ser la misma persona.
Ni siquiera con toda la generosidad que la noche concedía a lo imposible.
La expresión no era un nombre.
Era una casilla.
El vivo que desentonaba.
El que se movía entre los quietos.
El que hacía ladrar al perro.
El que parecía no pertenecer a la calle, aunque hubiese nacido dos puertas más abajo.
Ismael encontró una frase de Vicent:
“EL QUE NO ES DE AQUÍ NO SIEMPRE VIENE DE FUERA.”
Eso le gustó.
Era contradictorio y exacto.
Había personas que podían vivir toda la vida en un sitio y seguir siendo la pieza que no encajaba.
Pasó otra hoja.
Junto al nombre de Vicenta aparecía una nota breve:
“EL QUE NO ES DE AQUÍ, CERCA.”
Nada más.
Ismael sintió el impulso de unirlo con Pep Vidal.
Dejó la asociación fuera de la libreta.
Todavía.
Un sereno había escrito aquello años atrás.
Podía referirse a cualquiera.
Un vecino.
Un viajante .
Un médico.
Un familiar.
Un practicante.
La diferencia entre investigar y desear tener razón empezaba a reducirse demasiado.
Cerró las libretas.
Fue a buscar a Vicenta.
• • •
La encontró en la calle del campanario.
Había niebla baja.
No mucha.
Lo justo para borrar los pies a distancia y hacer que las fachadas parecieran más antiguas.
Vicenta estaba mirando una ventana cerrada.
—Vicent escribió tu nombre —dijo Ismael.
Ella no se volvió enseguida.
—Escribía muchos.
—Junto al tuyo puso “tarde”.
Ahora sí lo miró.
No sorprendida.
Cansada.
—Ah.
—No “ah”.
—¿Qué respuesta prefieres?
—Una que empiece por explicar.
Vicenta sonrió apenas.
—Eso no se te está curando.
Ismael no devolvió la sonrisa.
—¿Qué pasó?
Ella miró hacia el suelo.
Durante unos segundos, Ismael pensó que se marcharía.
Ella se quedó.
—Vicent llegó tarde.
—Eso he entendido.
—Entonces ya tienes una respuesta.
—Tengo una frase.
Vicenta se ajustó el chal.
—A veces es lo máximo.
—¿Tarde para qué?
Silencio .
—Vicenta.
Ella levantó la vista.
—No estaba loco todo el tiempo.
La frase iba por otro sitio.
—Nunca he dicho eso.
—Lo pensaste.
—Al principio.
—Todo el mundo lo pensaba al final.
—¿Tú no?
Vicenta tardó.
—Yo sabía que algunas cosas que veía eran verdad.
—¿Cómo?
—Porque yo también estaba allí.
Ismael sintió un pequeño golpe en el pecho.
No por la respuesta.
Por lo fácil que había salido.
—¿La noche de “tarde”?
Vicenta asintió.
—Sí.
• • •
Caminaron.
No hacia ningún sitio.
Eso también empezaba a gustarle a Ismael.
Vicenta hablaba mejor cuando no estaba frente a una puerta.
—Estaba enferma —dijo.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para que todos tuvieran opinión.
—Eso en un pueblo no exige enfermedad.
Vicenta concedió la ocurrencia con una pequeña inclinación de cabeza.
—También es verdad.
La calle descendía un poco.
En una casa olía a brasero.
Más allá, a leña húmeda.
—Teresa estaba conmigo —continuó—. Era más joven. Mucho más impaciente.
Ismael ladeó la cabeza.
La frase le pareció normal.
Las hermanas podían recordarse jóvenes toda la vida.
—¿Qué te pasaba?
—Fiebre. Dolor. Cansancio .
—¿Alberola?
—Vino alguna vez.
—¿Pep?
Vicenta no respondió de inmediato.
Eso bastó para que Ismael sintiera la vieja incomodidad.
—Vicenta.
—Sí.
—¿Ya era practicante?
—Ayudaba. Hacía curas. Iba con gente que sabía más que él. Luego empezó a ir solo.
No había nada raro en eso.
Todo oficio empezaba siendo otro hombre mirando.
—¿Fue aquella noche?
—Sí.
Ismael se detuvo.
Vicenta siguió dos pasos y volvió.
—¿Entró en casa?
—Sí.
—¿Por detrás?
—No me acuerdo.
—¿Llevaba maletín?
—Probablemente.
—¿El mismo olor de otras noches?
Vicenta tardó un segundo.
—Sí.
La respuesta fue casi un susurro.
Ismael sintió cómo la sospecha intentaba correr delante de él.
La frenó.
—Eso no demuestra nada.
—No.
—También Alberola.
—Sí.
—Y media casa donde haya un linimento.
—Sí.
Ismael levantó una ceja.
—Podrías ayudar un poco menos.
—Te estoy ayudando a no convertir un olor en un hombre.
Eso le molestó porque era lo que él había pensado.
Siguieron caminando.
• • •
Vicenta tardó en continuar.
—Recuerdo el alcohol.
—¿En una botella?
—No.
—¿En las manos?
—No sé.
—¿Qué más?
Ella apretó el chal contra el pecho.
—La voz de Teresa.
—¿Qué decía?
—Mi nombre.
—¿Asustada?
—Enfadada.
Ismael casi sonrió.
—Eso sí parece de familia.
Vicenta le dio un pequeño golpe con el codo.
Fue tan natural que Ismael olvidó durante un segundo qué estaban hablando.
Luego ella volvió a mirar al frente.
—Recuerdo una voz de hombre.
—¿Pep?
—Puede.
—¿Qué dijo?
Vicenta tardó.
—Algo sobre que no tenía sentido alargar ciertas cosas.
Ismael dejó de andar.
Vicenta siguió.
Dos pasos.
Tres.
Después se volvió.
—¿Qué?
—Eso sí significa algo.
—Significa que alguien dijo una frase.
—¿A una mujer enferma?
—A mucha gente enferma le dicen cosas peores.
—¿Qué contestaste?
La expresión de Vicenta se volvió extraña.
—No recuerdo.
—¿Y después?
—Después recuerdo el olor.
—El mismo .
—Sí.
—¿Y?
Vicenta apretó los labios.
El gesto le pareció vivo a Ismael.
No pensó más.
—Pasos.
—¿De quién?
—No lo sé.
—¿Dentro?
—Fuera.
—¿Tac... toc?
Vicenta levantó la cabeza.
Ismael esperó.
—No —dijo ella—. Otros.
La respuesta le produjo un alivio absurdo.
No sabía de qué.
—Un bastón, tal vez —continuó Vicenta—. O una vara. Algo golpeando el suelo.
—Vicent.
—Puede.
—¿Y entró?
—Cuando llegó, ya no podía hacer nada.
La frase quedó entre los dos.
Todo lo que había leído aquella noche se ordenó alrededor de ella.
Tarde.
Llegaron cuando ya estaba hecho.
Ya no se podía hacer nada.
—¿Qué había pasado? —preguntó.
Vicenta se quedó inmóvil.
Pareció asustada de una respuesta que conocía.
—Después me quedé aquí.
Ismael frunció el ceño.
—¿Aquí dónde?
Vicenta extendió una mano.
La calle.
Las casas.
El campanario.
Vallada.
—Aquí.
—Eso no contesta.
—Sí .
—No. ¿Qué ocurrió después de que llegara Vicent?
—Eso.
—¿Te recuperaste?
Vicenta sostuvo su mirada.
No dijo sí.
No dijo no.
—Me quedé aquí.
Ismael sintió una irritación que escondía otra cosa.
Miedo.
No a un fantasma.
A perder una versión de ella que le gustaba.
—¿Cuánto tiempo?
Vicenta apartó los ojos.
—Mucho.
—¿Cuánto es mucho?
—Lo suficiente.
—Otra vez.
—Ismael.
—Una cifra.
—No.
La negativa fue tan clara que él se calló.
• • •
La casa Soler Martí parecía distinta cuando regresaron.
No había cambiado.
Él sí.
Vicenta se detuvo ante la puerta.
—Teresa fue la que se quedó con la casa —dijo.
La contradicción lo detuvo.
—Acabas de decir que tú te quedaste aquí.
Vicenta sonrió sin alegría.
—No he dicho que me quedara con la casa.
Otra frase que no mentía.
Otra frase que no ayudaba.
Ismael sintió frío.
—Entonces ¿te fuiste?
—De algunas maneras.
—¿Volviste?
Vicenta dejó pasar un silencio.
—De algunas maneras.
—Eso es hacer trampa .
—No. Es que sigues preguntando con palabras que solo sirven para los vivos.
El silencio fue inmediato.
Vicenta también lo notó.
Algo en su cara se cerró.
Aquella frase había cruzado una línea sin querer.
—¿Qué significa eso?
—Que una casa puede pertenecer a alguien aunque no viva en ella.
—Eso no es lo que has dicho.
—Es lo que quería decir.
Ismael la observó.
Podía insistir.
Dejó la pregunta sin hacer.
No por delicadeza.
Porque una parte de él todavía no quería escuchar la respuesta correcta.
Eso lo irritó más que cualquier evasiva de Vicenta.
Se estaba volviendo selectivo con la verdad.
• • •
En las libretas encontró la confirmación de Teresa.
No una fecha.
No una explicación.
Una frase de otro sereno, años después del episodio marcado como TARDE:
“Teresa Soler, sola en la casa desde lo de su hermana.”
Ismael leyó lentamente.
Sola en la casa.
Desde lo de su hermana.
Nada decía que Vicenta hubiera muerto.
Podía haberse marchado.
Casado.
Ido a otra ciudad.
Regresado años después.
La explicación era posible.
No buena.
Pero posible.
Debajo había otra anotación:
“Reparar cierre trasero. La casa Soler ya solo la lleva Teresa.”
Ismael pensó en la puerta por la que Vicenta entraba ahora.
En la fachada.
En el corral .
En la frase:
Después me quedé aquí.
Dejó la libreta a un lado.
No.
Todavía no.
Buscó referencias a Pep.
Las encontró.
No muchas.
Las suficientes.
“Vidal joven acompaña cura.”
“P. Vidal lleva material.”
“Vidal vuelve por Soler.”
Ninguna acusación.
Ninguna palabra como “tarde”.
Solo presencia.
Años atrás.
Mucho antes de Teresa.
Mucho antes de Salvador.
Pep conocía aquella casa desde entonces.
Eso era un hecho.
Y los hechos, a diferencia del romero, no se evaporaban.
• • •
La página que necesitaba estaba dañada.
No arrancada.
Eso habría sido demasiado conveniente.
La humedad había comido una esquina y corrido la tinta en la parte inferior.
Ismael pudo leer el nombre de Vicenta.
Parte de una hora.
El apellido de Vicent.
Y una referencia cruzada:
“ver ronda anterior”.
La ronda anterior no estaba.
No porque faltara una hoja.
La libreta empezaba justo después.
Podía existir otra en alguna caja.
Podía haberse perdido.
Podía no haber sido escrita.
Ismael sintió ganas de golpear algo.
Se contuvo .
Las investigaciones no tenían obligación de respetar la impaciencia de nadie.
Copió lo que sí tenía.
Vicenta.
Tarde.
Teresa queda en la casa.
Pep ya entra en la casa.
Años antes.
Se detuvo.
Años.
¿Cuántos?
No lo sabía.
No todavía.
No había una fecha limpia.
Solo referencias relativas.
Demasiado antiguas para pertenecer a la semana anterior.
Demasiado cercanas para convertirse en historia.
Una cuenta quiso empezar.
La cortó.
Necesitaba más.
• • •
Vicenta lo esperaba cerca del Fossar.
Esta vez Ismael creyó que sí.
No estaba allí sin más.
Lo esperaba.
—Has seguido —dijo ella.
—Sí.
—Sabía que lo harías.
—Eso no te convierte en adivina.
—No hace falta serlo contigo.
Caminaron.
La niebla había bajado más.
Los perros dormían.
Un carro tardío pasó por una calle lejana.
—Pep ya iba a vuestra casa entonces —dijo Ismael.
—Sí.
—Y tú estabas enferma.
—Sí.
—Vicent llegó tarde.
—Sí .
—Teresa se quedó sola después.
Vicenta no respondió.
—Y tú...
Ismael se detuvo.
Vicenta también.
—Yo qué.
Él no supo terminar.
No porque no tuviera pregunta.
Porque tenía demasiadas.
¿Dónde vivías?
¿Con quién?
¿Cuándo volviste?
¿Por qué nadie te saluda?
¿Por qué los perros nunca te ladran?
¿Por qué puedes tocar a Amparo?
¿Por qué conoces tanto la noche?
¿Por qué hablas del tiempo como si fuera una habitación?
Eligió otra.
—¿Por qué necesitas que no sepa todo?
Vicenta bajó la vista.
—No necesito eso.
—Lo parece.
—Necesito que no conviertas saber en lo único que sabes hacer.
Ismael soltó aire.
—Hay alguien matando gente.
Vicenta levantó la cabeza.
La frase cambió algo.
Hasta entonces ella había tratado cada muerte como una herida vieja.
Ahora apareció miedo.
—¿Sigues creyendo que Teresa fue una?
—Sí.
—¿Y Salvador?
—Sí.
—¿Paquita?
—No lo sé.
Vicenta miró hacia la casa más cercana.
—Entonces no empezó con Teresa.
Ismael no respondió.
No hacía falta.
Vicenta entendió sola.
Su propia cara le dio la respuesta antes que él .
—No —dijo muy bajo.
—¿Qué?
—Nada.
Ismael esperó.
Ella apretó los labios.
—No empezó con Teresa.
Esta vez sonó a afirmación.
• • •
Al regresar, Ismael colocó tres nombres en una página limpia.
VICENTA SOLER MARTÍ.
TERESA SOLER MARTÍ.
SALVADOR PERIS.
Los separaban años.
No sabía cuántos entre el primero y el segundo.
Sí sabía que no pertenecían a la misma temporada.
Junto a Vicenta escribió:
TARDE.
P. VIDAL EN CASA.
Junto a Teresa:
SIN ESPERA.
VIDAL ANTES.
Junto a Salvador:
SIN ESPERA.
VIDAL ANTES.
Se quedó mirando.
Eso no probaba homicidio.
Un practicante podía aparecer durante años junto a enfermos y muertos porque ese era su trabajo.
Pero ya no era una coincidencia de dos noches.
Era una línea.
Una línea larga.
Ismael apoyó la punta del lápiz bajo los tres nombres.
Durante un momento pensó en añadir el suyo.
La primera noche.
El golpe.
Pep dentro.
El vacío.
No lo hizo.
No podía estar muerto, se dijo.
La idea ni siquiera terminó de formarse .
Escribió otra cosa:
NO EMPEZÓ AHORA.
Luego, debajo:
Vicenta. Teresa. Salvador.
Tres nombres separados por años.
Y el mismo hombre llegando antes.