CAPÍTULO 13
LAS LIbrETAS
La tela no tenía nada que decir.
Ismael la dejó entre dos páginas de su libreta y esperó unos segundos, como si el silencio del cuarto pudiera obligarla a cambiar de opinión.
La tela siguió muda.
Un trozo de manga oscura.
Un hilo suelto.
Olor a humedad, tabaco y hierbas secas, cada vez más débil.
Servía para demostrar que había tocado a un hombre.
No quién era.
Dejó de consultar las páginas.
El esfuerzo del chuzo todavía seguía dentro de él de una manera difícil de nombrar. No era cansancio. El cansancio pesaba. Aquello hacía lo contrario.
Las llaves parecían más ligeras.
El abrigo no tiraba de los hombros.
Cuando bebió vino, el sabor llegó tarde y mal, como si tuviera que atravesar demasiada distancia para alcanzarlo.
Dejó la botella.
—Fantástico.
Al guardarla vio una frase escrita por Vicent en el borde de una hoja que ya había leído.
BUSCAR LAS LIbrETAS VIEJAS.
Debajo:
CAJA BAJA.
Ismael miró el armario.
Hasta entonces había revisado cajones, carpetas y hojas sueltas.
No la parte inferior.
Se agachó.
La puerta pequeña del mueble rozó el suelo al abrirse.
Dentro había una caja de madera sin cerradura.
No parecía un secreto.
Parecía algo que nadie había considerado importante desde hacía mucho tiempo .
Ismael tiró de ella.
La caja no se movió.
Volvió a intentarlo.
No cedió.
Apoyó el chuzo junto al lateral, hizo palanca apenas un dedo y la madera cedió con un gemido.
El esfuerzo le atravesó el brazo como frío.
Paró.
Esperó.
La caja había avanzado lo suficiente.
Dentro había libretas.
Muchas.
• • •
No eran diarios.
Eso tranquilizó a Ismael.
Los hombres que trabajaban de noche no habían dedicado generaciones a escribir frases misteriosas para que él pudiera encontrarlas.
Habían apuntado trabajo.
Lluvia.
Puertas.
Horas.
Peleas.
Animales sueltos.
Enfermos.
Defunciones.
Una ventana rota por el viento.
Un borracho dormido junto a un corral.
Una cabra que alguien había encontrado donde no debía.
La noche real.
La que no necesitaba fantasmas para resultar incómoda.
Las cubiertas cambiaban.
Cartón.
Tela.
Piel reseca.
Algunas hojas estaban cosidas.
Otras sujetas con hilo.
También cambiaba la letra.
Había hombres que escribían grande, como si gastaran papel ajeno.
Otros comprimían cada palabra hasta aprovechar los márgenes.
Uno firmaba cada ronda .
Otro casi nunca ponía su nombre.
Ismael encontró tres serenos anteriores a Vicent.
Mateu Calatayud.
Baptiste Giner.
Andreu Sanchis.
Nombres del archivo.
Nada más.
Los leyó como se leen las huellas de personas que ya no pueden defenderse de quien las interpreta.
Con cuidado.
En una libreta vieja encontró:
“Perro de la casa Llorens volvió a ladrar al carro de Xàtiva.”
Página siguiente:
“Lluvia fuerte. Agua por el Fossar.”
Otra:
“Dos hombres riñeron por vino.”
Luego:
“Los perros no ladran a los que esperan.”
Ismael dejó de pasar páginas.
Volvió atrás.
Leyó otra vez.
LOS PERROS NO LADRAN A LOS QUE ESPERAN.
No estaba subrayado.
No tenía signo alguno.
En la línea inferior el mismo hombre había escrito:
“Puerta de Vicentica mal cerrada. Avisar.”
Como si ambas cosas pertenecieran al mismo orden del mundo.
Un pestillo.
Un muerto.
Una noche húmeda.
Ismael apoyó la mano sobre la página.
La tinta llevaba allí más años de los que él podía calcular a simple vista.
Vicent no había inventado la regla.
Ni siquiera la había descubierto.
La había heredado.
• • •
Siguió leyendo hasta perder la noción de la hora.
Una mujer junto a la fuente.
Un hombre que aparecía siempre cerca del campanario.
Tres figuras delante de una casa donde un anciano murió al amanecer .
Un niño que repetía el mismo tramo de calle.
Un perro que dormía cuando ellos pasaban.
Las palabras cambiaban con los hombres.
Uno escribía “difuntos”.
Otro, “los quietos”.
Otro no los nombraba nunca. Dibujaba pequeños círculos junto a las casas.
Pero hablaban de lo mismo.
No de una teoría.
De una costumbre.
Ismael encontró un croquis de Santa Rosa.
Lo abrió sobre la mesa.
La distribución era torpe.
Una línea para el campanario.
Otra para una esquina.
Puntos repartidos por la calle.
Contó.
Veintidós.
Había una nota al margen:
“Hoy faltó el de la tapia.”
Ismael sonrió.
No porque tuviera gracia.
Porque conocía al de la tapia.
Lo había contado.
El mismo lugar.
Décadas distintas.
La misma rutina.
Sintió algo parecido a alivio.
No estaba orgulloso de ello.
Había pasado noches deseando una explicación para los muertos. Ahora descubría que la explicación podía no existir y, sin embargo, aquello lo tranquilizaba.
No habían empezado con él.
No habían empezado con Vicent.
No habían empezado con Pep Vidal.
Vallada llevaba mucho tiempo teniendo dos poblaciones nocturnas.
Los que dormían.
Y los que ya no podían hacerlo.
Ismael se recostó en la silla.
Desde que había llegado, la noche no parecía haberlo elegido.
Solo había llegado tarde a una conversación antigua.
• • •
La ausencia apareció después.
Tardó más en verla porque las ausencias no levantan la mano.
Ismael empezó buscando casos como Teresa.
Personas que morían sin que nadie hubiera esperado antes.
Luego buscó casos como Salvador.
No encontró ninguno.
Volvió a una libreta anterior.
Después a otra.
Había muertes.
Muchas.
Y alrededor de ellas, casi siempre, alguna anotación previa.
“Dos junto a la casa.”
“Volvió la madre.”
“Los quietos desde las once.”
“Perro sin reacción.”
A veces no había nada.
Una muerte repentina podía aparecer sin aviso.
Un accidente.
Una caída.
Un hombre encontrado en el campo.
La regla distaba de ser perfecta.
Eso era importante.
Pero no había serie.
No había repetición.
No había una acumulación que hiciera pensar en alguien.
Ismael tomó una hoja aparte.
Trazó una línea.
A la izquierda puso las libretas más antiguas.
A la derecha las más recientes.
Marcó las muertes sin espera.
Al principio, casi nada.
Algún caso dudoso.
Después otro.
Años de distancia.
Más adelante, empezaron a aparecer con menos espacio entre ellas.
No hizo falta contar demasiado.
El cambio estaba allí.
No en los muertos.
En las muertes .
Ismael se quedó mirando la cronología.
Lo sobrenatural era antiguo.
Lo extraño era reciente.
Aquello separaba dos cosas que hasta entonces había mantenido juntas.
Los muertos no estaban causando las muertes.
Alguien había aprendido a hacer morir gente dentro de un lugar lleno de muertos.
La idea le pareció absurda en cuanto se formuló así.
La corrigió en su cabeza.
No.
Alguien había aprendido a matar sin que la noche llegara a tiempo.
• • •
La primera anotación clara estaba en una libreta de años bastante posteriores a las más viejas.
No había nombre del muerto en la misma página.
Solo una dirección.
Una hora.
Y una frase:
“Murió antes de que vinieran.”
Ismael la leyó.
Debajo:
“Vi salir un hombre que no era de la calle.”
La letra era de otro sereno.
No Vicent.
Más joven que las anteriores.
Ismael pasó la página.
Al margen, con tinta distinta y claramente añadida después, alguien había escrito:
EL QUE NO ES DE AQUÍ.
Se quedó observando la frase.
No le gustó.
Parecía demasiado preparada.
Demasiado cerca de convertirse en nombre propio.
Buscó otra aparición.
Tardó.
Años después, otra libreta.
Otra mano.
Una anotación sobre un enfermo.
“Sin espera.”
Más abajo :
“Maletín. Joven. Salió por detrás.”
Y en el margen:
EL QUE NO ES DE AQUÍ.
Ismael dejó ambas libretas abiertas.
No podía ser la misma persona necesariamente.
Los serenos se leían.
Eso era evidente.
Habían heredado palabras.
Fossar.
Quietos.
Esperan.
También podían haber heredado aquella.
El que no es de aquí.
Una categoría.
No un hombre.
Como decir borracho.
Forastero.
El que sobra.
Ismael recordó al número veinticuatro.
Sintió un pequeño frío.
No iba a convertir una etiqueta en inmortalidad.
Ya tenía suficientes muertos sin fabricar uno que llevara décadas paseándose vivo.
• • •
Encontró la tercera aparición en una libreta de Vicent.
Subrayada tres veces.
EL QUE NO ES DE AQUÍ.
Debajo:
“NO SIEMPRE ES EL MISMO.”
Ismael se quedó inmóvil.
Después soltó una risa.
—Gracias.
Vicent había previsto incluso ese error.
O lo había cometido antes.
La siguiente página contenía una lista de hombres vistos fuera de lugar.
Un viajante.
Un sobrino venido de otro pueblo.
Un desconocido con bicicleta.
Un hombre con maletín.
Ninguno estaba identificado como asesino .
Ninguno servía.
Pero una cosa empezaba a resultar visible.
En las notas más recientes se repetía cada vez más el entorno de enfermos.
Casas con visitas.
Curas.
Maletines.
Olores medicinales.
Eso tampoco era una firma.
En una casa enferma era lógico encontrar medicina.
Ismael pasó otra página.
Había un nombre de una persona mayor y, junto a él:
“Murió sin espera. Joven ayudando al practicante estuvo antes.”
No decía quién era el joven.
Ni siquiera si tenía algo que ver con la muerte.
Ismael miró la fecha.
Hizo una cuenta aproximada.
Pep Vidal habría sido joven.
Eso era todo.
También lo habrían sido muchos otros.
No escribió su nombre.
Pero tampoco consiguió olvidar la coincidencia.
• • •
Vicent era el peor testigo y el mejor.
Ismael lo comprendió al comparar dos noches.
En una hoja, Vicent había escrito:
“NUEVE JUNTO AL FOSSAR.”
En otra libreta, una anotación de rutina del sereno suplente de aquella misma temporada mencionaba:
“Los seis habituales.”
Seis.
Nueve.
Podían haber aparecido tres más.
Podían haberse ido.
Podían ser noches diferentes.
Ismael buscó las fechas.
La misma.
Más tarde encontró:
“ME SIGUIERON CUATRO HASTA CASA.”
Y en otra página :
“NO ERAN CUATRO. ERA UNO. O NINGUNO.”
Después:
“VOZ DEBAJO DE LA CAMA.”
Nada permitía comprobarlo.
Ismael dejó la página quieta.
No quería hacer lo fácil.
No quería decir: esto era enfermedad, por tanto aquello también.
Ni lo contrario: acertó con los perros, por tanto todas sus voces eran ciertas.
Las personas no se volvían coherentes para facilitar una investigación.
Vicent había vivido dentro de una traición.
Sus sentidos podían entregarle una verdad y una mentira con la misma voz.
Entonces Ismael encontró otra anotación.
“23 QUIETOS. EL PERRO LADRÓ AL QUE SObrABA.”
Palabra por palabra.
Lo que él mismo había comprobado.
Ismael apoyó dos dedos sobre la página.
—Tú tampoco sabías cuál eras tú —murmuró.
No supo por qué había dicho eso.
La frase quedó en el cuarto.
No obtuvo respuesta.
• • •
La cronología ocupó casi toda la mesa.
Ismael había colocado las libretas en orden.
Las antiguas a un lado.
Las de Vicent al otro.
En medio, las décadas donde el orden cambiaba.
Afuera empezaban a oírse los primeros movimientos del amanecer.
Una puerta.
Un carro.
Alguien hablando de aceituna.
La vida avanzando mientras él ordenaba muertos.
Miró la línea temporal.
Los fenómenos nocturnos estaban desde mucho antes.
Siempre.
O lo bastante cerca de siempre para que ningún hombre vivo recordara el principio.
Las muertes sin espera, no.
Primero raras .
Después más.
Y luego, durante los años recientes, una frecuencia que ya no parecía casual.
Ismael tomó una página limpia.
La dividió en dos.
A la izquierda escribió:
LOS MUERTOS.
Debajo:
ANTIGUOS.
A la derecha:
LAS MUERTES.
Debajo:
RECIENTES.
Permaneció mirando las dos columnas.
Durante días había intentado resolver una sola historia.
No había una.
Había dos.
Una pertenecía a Vallada.
La otra a una persona.
Y la segunda se escondía dentro de la primera porque nadie sospechaba de una muerte cuando todo el mundo estaba ocupado temiendo a los muertos.
Ismael añadió una frase:
Lo antiguo no empezó a matar.
Se detuvo.
Luego:
Alguien aprendió a esconderse dentro.
• • •
Encontró a Vicenta en la calle cuando ya pensaba que no la vería.
Ella estaba junto a una fachada, mirando el campanario.
Ismael llevaba una de las libretas pequeñas bajo el brazo.
—Antes de Vicent ya los veían —dijo.
Vicenta volvió la cabeza.
—Claro.
La respuesta lo irritó.
—¿Claro?
—No creías que el mundo empezara cuando llegaste tú.
—No. Pero podrías haber mencionado que llevaban décadas apuntándolo.
—No me preguntaste .
Ismael levantó una mano.
—No.
—¿No qué?
—Esa respuesta queda prohibida.
Vicenta sonrió.
—Entonces me quedan menos.
Ismael abrió la libreta.
—“Los perros no ladran a los que esperan.”
Vicenta miró la página.
La sonrisa desapareció despacio.
—Esa no es de Vicent.
—No.
—Es anterior.
—Mucho.
Vicenta rozó la cubierta con un dedo.
—Teresa hablaba del sereno que apuntaba cosas.
Ismael giró hacia ella.
—¿Cuál?
—Uno.
—Eso ayuda muchísimo.
—Yo era joven. Todos los serenos parecían viejos.
La frase pasó cerca de algo.
Ismael lo notó.
No supo de qué.
—¿Viste a Vicent hacer la ronda?
—Sí.
—¿Cuándo?
Vicenta se tomó un segundo antes de responder.
—Hace tiempo.
—Qué precisión.
—La suficiente.
Ismael quiso preguntar más.
Se contuvo.
Todavía.
Le enseñó otra frase.
EL QUE NO ES DE AQUÍ.
Vicenta la leyó.
—Eso también lo decían.
—¿Quiénes?
—Los serenos.
—¿De una persona ?
—De cualquiera que no encajara.
Guardó la libreta.
—Entonces no era un nombre.
—Nunca dije que lo fuera.
—Tampoco estabas allí cuando lo leí.
Vicenta sonrió.
—Antes de que tú llegaras, otros ya intentaron ponerle nombre a la noche.
Ismael la observó.
—¿Y lo consiguieron?
—Mira alrededor.
No necesitó hacerlo.
• • •
La última hoja estaba suelta.
Cayó cuando devolvió una de las libretas a la caja.
Ismael estuvo a punto de pisarla.
Se agachó.
La hoja era de Vicent.
Reconoció la letra enseguida.
No por bonita.
Por la presión.
Vicent apretaba más el lápiz cuando tenía miedo.
Había seis nombres.
Algunos estaban tachados.
Otros llevaban una fecha incompleta.
Ninguno venía acompañado de explicación.
Ismael reconoció uno de los apellidos.
Después otro.
Personas que habían muerto años atrás.
Casos que Vicent podía haber investigado.
En la parte inferior había un nombre que lo dejó inmóvil un instante.
Vicenta Soler Martí.
Ismael leyó despacio.
No podía ser otra.
Nombre.
Dos apellidos.
Eso.
Miró alrededor como si Vicenta pudiera estar en el cuarto para explicarlo.
No estaba .
Junto a su nombre no había fecha.
No había causa.
No había dirección.
Solo una palabra.
Ismael acercó la hoja a la lámpara.
La letra temblaba.
No sabía si por la mano de Vicent o por la suya.
VICENTA SOLER MARTÍ.
Y al lado:
TARDE.