CAPÍTULO 12
UNO RESPIRA
Aquella noche Ismael salió a buscar a un hombre.
No una muerte.
No un fantasma.
Un hombre.
La diferencia le aclaró la cabeza.
Durante días había perseguido cosas que solo existían cuando ya era demasiado tarde: nombres escritos después de una muerte, familiares esperando frente a una casa, olores que podían pertenecer a media población, papeles que convertían una vida en tres palabras.
Ahora sabía algo más sencillo.
Había alguien vivo que aparecía donde no debía.
Alguien que conocía las calles de Vallada, sus patios, sus puertas traseras y las horas en que una persona enferma podía quedarse sola.
No sabía su nombre.
Eso mejoraba las cosas.
Los nombres confundían.
Los pasos, menos.
La botella permanecía cerrada en el bolsillo interior. Ismael la había llevado por costumbre, no por necesidad. Esa noche no quería darle al vino ni siquiera la posibilidad de convertirse después en una explicación.
Llevaba el chuzo en la mano derecha.
Las llaves repartidas para que no sonaran.
La libreta.
Y la nota de Vicent Belda doblada dentro del abrigo.
LOS PERROS SABEN CUÁL SObrA.
Ismael salió hacia Santa Rosa.
El frío había endurecido la humedad del suelo. No helaba, pero era una de esas noches en las que las personas caminaban con la barbilla metida en el cuello del abrigo y el humo de las chimeneas parecía más blanco.
Dos hombres pasaron hablando de la aceituna.
El aire delante de sus bocas se volvió nube y desapareció enseguida.
Ismael los dejó atrás .
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
No tenía intención de esperar al número veinticuatro.
Esta vez pensaba encontrarlo antes.
• • •
Los muertos empezaron a aparecer cerca del Fossar.
Uno junto a una pared.
Otro bajo un balcón.
Dos más cerca del campanario.
Ismael reconoció a algunos.
Al hombre que buscaba siempre algo en el bolsillo del pecho.
A la mujer que se quedaba bajo la misma ventana.
A uno de los niños que había visto la noche del recuento.
Siguió andando.
Había más.
No reunidos.
Eso habría sido más fácil de entender.
Estaban repartidos por las calles, separados entre sí, ocupando esquinas, entradas y trozos de pared como si cada uno hubiera llegado por su cuenta y hubiera decidido quedarse.
Diecisiete.
Veintidós.
Ismael dejó de contar.
La cifra dejó de servir.
Había demasiados.
Unos treinta.
Más.
La niebla era baja y desigual. No ocultaba las fachadas, solo cortaba los cuerpos a la altura de las piernas y hacía que algunas figuras parecieran apoyadas sobre nada.
Ninguna miraba a Ismael.
Eso también era nuevo.
Amparo, cuando aparecía, siempre encontraba una forma de molestarlo. Vicenta contestaba incluso cuando no quería responder. Ramón había necesitado ayuda para comprender lo que le había ocurrido.
Aquellos no.
Estaban allí sin él.
Ismael sintió una incomodidad que no venía del miedo .
Venía de descubrir que el mundo seguía funcionando sin necesitar que él lo entendiera.
Un muerto cruzó la calle despacio.
Otro permaneció inmóvil.
Una mujer se llevó una mano al cuello, la bajó y volvió a empezar unos segundos después.
Ismael siguió observando.
Entonces vio una figura cambiar de sitio.
No caminar.
Cambiar.
Un hombre alto había estado junto a una puerta y ahora estaba más cerca de la esquina.
Ismael fijó la mirada.
Abrigo oscuro.
Cabeza baja.
Nada más.
Podía ser cualquiera.
Podía estar muerto.
Podía llevar veinte años repitiendo el mismo recorrido.
Ismael esperó.
La figura no volvió a moverse.
—Muy listo —murmuró.
Nadie respondió.
• • •
El perro apareció desde una calle lateral.
Era grande, de pelo corto y costillas visibles. Ismael lo había visto alguna vez cerca de un corral, pero no sabía a quién pertenecía.
El animal entró en Santa Rosa con la cabeza baja.
Pasó junto a una mujer muerta.
Nada.
Olfateó cerca de un hombre sentado.
Nada.
Se detuvo.
Las orejas se levantaron.
El cuerpo entero cambió.
Gruñó.
Ismael miró en la misma dirección.
Había demasiadas figuras.
—¿Cuál?
El perro avanzó dos pasos .
Ladró.
Una sola vez.
El sonido golpeó las fachadas.
Ningún muerto se volvió.
El perro ladró otra vez.
Ismael recorrió la calle con los ojos.
Una mujer.
Un anciano.
Dos hombres junto a una pared.
El alto del abrigo oscuro.
No se movía.
Por eso empezó a parecerle distinto.
Los muertos estaban quietos porque no esperaban nada.
Aquel hombre estaba quieto como quien intenta no ser visto.
El perro volvió a ladrar.
La cabeza de la figura giró apenas.
No hacia Ismael.
Hacia el animal.
—Tú.
El hombre no reaccionó a la palabra.
Ismael avanzó.
Tac.
Toc.
El hombre levantó un poco la cabeza.
Otra vez no miró directamente a Ismael.
Miró hacia el sonido.
Eso Ismael no supo verlo todavía.
• • •
Se metió entre los muertos.
No para esconderse.
Para acercarse.
Un anciano quedó a su izquierda.
Una mujer a la derecha.
Más adelante, un hombre joven repetía el gesto de cerrar un botón que ya estaba cerrado.
Ismael miró manos.
Zapatos.
Cuellos.
Posturas.
Buscó la diferencia .
El hombre vivo, si lo era, había entendido que correr lo señalaría. Se mantenía inmóvil entre figuras que Ismael veía y él quizá no.
O tal vez solo escuchaba algo raro en la niebla y había decidido esperar.
Ismael no podía saberlo.
La calle quedó suspendida.
Sonó una campana a lo lejos.
Una.
Después otra.
El perro gruñó.
El hombre alto no se movió.
Ismael dio otro paso.
La niebla permitió verle la mitad inferior de la cara.
Mandíbula.
Labio.
Nada reconocible.
El frío le recordó algo.
No una idea.
Una imagen.
Los dos hombres que había dejado atrás, camino de la aceituna.
Las nubes pequeñas delante de sus bocas.
Ismael se quedó quieto.
Miró a la mujer más cercana.
Nada.
Al anciano.
Nada.
Al joven del botón.
Nada.
Después al hombre del abrigo.
Esperó.
Un segundo.
Dos.
Entonces apareció.
Una nube blanca, pequeña y limpia, salió de su boca y se deshizo en la niebla.
Ismael no necesitó pensar.
—Uno respira.
El hombre echó a correr.
• • •
Ismael salió detrás.
No hubo tiempo para guardar el chuzo ni abrir la libreta .
Solo calles.
El hombre giró junto al campanario.
Ismael lo siguió.
Tac-toc.
Tac-toc.
Tac-toc.
El ritmo de su zapato cambió al correr, pero no desapareció. Lo había oído toda su vida y sabía exactamente cuánto podía exigirle antes de que el lado izquierdo empezara a llegar una fracción tarde.
El fugitivo conocía Vallada.
Eso se notó enseguida.
No escogía la calle más ancha.
Escogía la que terminaba donde él necesitaba.
Pasó bajo un balcón, cruzó una placeta y tomó una travesía que Ismael había tardado tres noches en aprender.
Ismael recortó distancia.
El hombre miró atrás.
Solo un instante.
Media cara.
Ojos bajo sombra.
Nada suficiente.
La pierna izquierda protestó en un giro.
Ismael clavó el extremo del chuzo contra el suelo y lo utilizó para corregir el cuerpo sin perder velocidad.
Tac-toc.
Tac-toc.
El fugitivo llegó a una zona donde la calle descendía un poco y saltó una rodera ancha.
Al caer perdió un paso.
Ismael ganó dos.
Ya estaba cerca.
Demasiado cerca para que aquello siguiera siendo una persecución cómoda.
El hombre lo supo.
No porque viera a Ismael.
Porque oyó algo detrás.
Quizá el chuzo.
Quizá aquel paso desigual que no debería estar persiguiendo a nadie.
Giró la cabeza.
La expresión que Ismael alcanzó a ver no era reconocimiento.
Era miedo .
Eso lo empujó más.
—¡Para!
La palabra no produjo nada.
El hombre llegó a una puerta de servicio.
Metió la mano en el cierre.
La hoja no cedió a la primera.
Ahí estuvo el error.
• • •
Ismael levantó el chuzo.
No para golpear al hombre.
Para impedir que cerrara.
Metió la contera de hierro entre la puerta y el marco justo cuando el fugitivo tiraba de la hoja.
El chuzo encontró madera.
La madera encontró hierro.
Y algo dentro de Ismael se vació de golpe.
El mismo cansancio extraño de la casa de Paquita.
Más fuerte.
La mano perdió fuerza un momento.
El hombre tiró.
La contera resbaló hacia arriba y enganchó la manga del abrigo.
La tela crujió.
El fugitivo soltó un sonido breve.
No una palabra.
Se volvió.
Ismael quedó a menos de un metro.
Vio media cara.
Una ceja.
La línea de una nariz.
La boca apretada.
Lo suficiente para saber que podía haber visto aquel rostro cien veces en un pueblo sin recordarlo después.
El hombre no miraba sus ojos.
Miraba el chuzo suspendido donde no parecía haber nadie sujetándolo.
Eso Ismael tampoco supo entender todavía.
La manga se desgarró.
Un trozo de tela quedó enganchado en el hierro.
El hombre se soltó.
Retrocedió.
El antebrazo chocó contra el borde áspero del muro .
Maldijo.
Esta vez Ismael oyó la voz.
No la palabra entera.
Solo el sonido humano.
El fugitivo volvió a correr.
En la pared quedó una mancha pequeña.
Oscura.
Ismael acercó los dedos.
Sangre.
Todavía húmeda.
No necesitaba al perro.
No necesitaba vaho.
Aquel hombre estaba vivo.
• • •
El olor quedó en la tela.
Ismael lo notó al retirarla del chuzo.
Tabaco.
Humedad.
Y el mismo fondo vegetal.
Más claro que otras veces porque ya no venía de una habitación, un consultorio o una calle.
Venía de la ropa que había tocado al hombre.
Ismael guardó el trozo entre dos páginas de la libreta.
No escribió Pep Vidal.
La tentación existió.
La dejó pasar.
Ese olor seguía sin ser un nombre.
La tela era corriente.
Oscura.
Gruesa.
Un abrigo como podían llevar decenas de hombres.
La sangre demostraba que respiraba.
No quién era.
Ismael siguió.
El esfuerzo de haber sujetado la puerta le había dejado una sensación rara en los brazos, como si sus manos estuvieran más lejos de él.
No dolor.
Distancia.
El fugitivo ya no podía estar muy lejos.
Ismael escuchó .
Un golpe de puerta.
Después otro sonido.
Madera contra piedra.
Giró.
Conocía aquella calle.
Eso hizo que frenara.
La había recorrido demasiadas veces.
Más adelante estaba la parte trasera de la casa Soler Martí.
• • •
La puerta de la primera noche estaba entornada.
Ismael se quedó frente a ella.
La primera noche pareció doblarse sobre sí misma.
La mujer.
El mantón.
El golpe.
La piedra acercándose.
Luego nada.
La misma madera.
La misma grieta vertical.
La misma calle secundaria.
Ismael avanzó.
En el suelo, junto al quicio, había una fibra oscura.
La comparó con el trozo guardado.
Parecía la misma tela.
No hacía falta que lo fuera para saber que el hombre había pasado por allí.
La puerta se movió un poco.
Ismael la empujó con el chuzo.
Cedió.
El patio estaba vacío.
Entró.
No corrió.
El cuerpo ya no se lo pedía.
O no podía.
El corral devolvió el olor de la humedad y de la madera cerrada.
Al fondo, la zona baja.
Los peldaños.
La construcción antigua.
El lugar que le producía reconocimiento sin recuerdo.
Ismael se detuvo .
No había nadie.
Escuchó.
Solo silencio.
Pensó en las casas que atravesaban manzanas.
En patios conectados.
En puertas traseras.
En un hombre que conocía mejor que él el interior de Vallada.
Podía haber salido por delante.
Por otra vivienda.
Por un corral colindante.
No necesitaba magia.
Solo años.
Ismael miró el peldaño donde días antes su cuerpo se había negado a bajar.
Una imagen golpeó de nuevo.
Una mano bajo su brazo.
Un roce de tela.
El tacón de su zapato chocando contra algo duro.
Luego oscuridad.
Ismael se llevó una mano a la frente.
—No ahora.
Cuando los abrió, Vicenta estaba junto a la puerta del patio.
• • •
No le preguntó qué había ocurrido.
Lo miró.
Eso fue peor.
—Estoy bien —dijo Ismael.
Vicenta se acercó.
—No.
—Lo he tenido.
—Ya veo.
—He estado a un metro.
—También lo veo.
Ismael sacó la libreta y abrió donde había guardado la tela.
—Le arranqué esto.
Vicenta no la tocó al principio.
Se inclinó.
—Abrigo.
—Una gran investigación.
—¿Qué quieres que te diga ?
—Que lo reconoces.
Vicenta negó.
—No.
Ismael acercó la tela.
—Huele.
Ella no necesitó hacerlo.
La expresión cambió.
—Romero.
—Sí.
—También huele el consultorio de Alberola.
—Lo sé.
—Y muchas casas.
—Lo sé.
—Entonces no conviertas esto en lo que todavía no es.
La libreta quedó cerrada entre sus manos.
—Respiraba.
Vicenta se quedó quieta.
—Lo vi.
—¿Qué?
—El vaho.
Ella bajó los ojos un segundo.
—Hacía frío.
—Exacto.
—Ismael...
—Los demás no.
Vicenta levantó la mirada.
Él sonrió. No lo había hecho desde la persecución.
No de alegría.
De certeza.
—Uno respiraba.
Vicenta le tocó la cara.
No con los dedos enteros.
Con el dorso de dos, justo junto a la sien donde había estado la herida de la primera noche.
El gesto fue tan sencillo que Ismael dejó de hablar.
—Te estás gastando —dijo ella.
—No demasiado.
—No lo sabes.
—Tú tampoco.
—Sé más que tú de esto.
—Eso no es difícil .
Vicenta retiró la mano.
Ismael quiso que la dejara.
No dijo nada.
—La próxima vez quizá no corra —dijo ella.
—Mejor.
—No era una buena noticia.
—Para mí sí.
En la cara de Vicenta se mezclaron el enfado y algo que ya no parecía posible esconder del todo.
—Crees que porque no puede matarte...
Se detuvo.
Ismael frunció el ceño.
—¿Qué?
Vicenta tardó demasiado.
—Crees que porque ya te golpeó una vez sabes lo que puede hacerte.
Ismael la observó.
La frase había cambiado por el camino.
No supo desde dónde.
—La próxima vez estaré preparado.
—Eso dicen siempre los que ya han decidido volver.
—Voy a volver.
—Ya lo sé.
• • •
Salieron del corral.
La niebla empezaba a levantar.
Al fondo de la calle pasó un hombre cargando una caja pequeña. Habló con otro que salía de una casa.
Delante de sus bocas aparecieron dos nubes blancas.
Ismael las miró.
Una.
Otra.
El pensamiento estuvo a punto de continuar.
Cortó el pensamiento.
Un carro chirrió al doblar una esquina.
Alguien llamó desde más lejos.
—¡Paco!
Los hombres se volvieron.
Uno contestó.
El momento se rompió.
Ismael guardó la tela .
Vicenta lo miraba.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso nunca significa nada.
—Hoy sí.
Caminaron unos metros juntos.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
Vicenta no dijo nada sobre sus pasos.
Ismael tampoco.
• • •
En el cuarto del sereno colocó tres cosas sobre la mesa.
La nota de Vicent.
La tira de venda encontrada días atrás.
El trozo de abrigo.
Ninguna identificaba a nadie.
Juntas tampoco.
Eso era importante.
Ismael había aprendido a desconfiar de las pruebas que llegaban demasiado dispuestas a darle la razón.
Abrió la libreta.
Repasó los nombres.
Teresa.
Salvador.
Paquita.
Pep aparecía alrededor de todos.
Pero también aparecía alrededor de hombres a los que ayudaba.
Alberola firmaba muertes dudosas y naturales.
El olor pertenecía a demasiados lugares.
La venda a demasiados maletines.
La tela a demasiados abrigos.
Nada bastaba.
Sin embargo, aquella noche había conseguido algo que no era una sospecha.
Existía un hombre vivo.
Se movía entre las calles donde Ismael veía muertos.
Conocía las rutas traseras.
Huía cuando el perro lo señalaba .
Había sangrado.
Había dejado vaho.
Y había terminado en el mismo lugar donde había empezado todo.
Ismael apoyó el lápiz.
No escribió un nombre.
Debajo del espacio donde todavía faltaba uno, escribió una sola palabra.
RESPIRA.