El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—¿Estás bien?

—Estaba mejor cuando no había reunión.

Pep recogió el maletín.

Su cara no mostraba miedo.

Solo una pequeña tensión en la mandíbula.

—La respiración se ha agitado. Dejadla tranquila.

—¿Te quedas? —preguntó una de las mujeres.

Pep miró a Paquita.

Luego al reloj.

—No hace falta. Si empeora, venís a buscarme.

La respuesta era impecable.

Podía ser lo que diría un buen practicante.

Ismael lo vio cerrar el maletín.

No había prueba.

No había gesto culpable.

No había objeto extraño.

Solo una interrupción.

Y la sensación de que Pep había decidido marcharse unos minutos antes de lo previsto.

Al pasar por el portal, el practicante se detuvo.

El perro había dejado de ladrar.

Pep miró el aro metálico.

Lo tocó.

Después miró la calle.

Ismael se quedó inmóvil.

Pep no podía verlo.

Eso pensó.

El hombre olfateó apenas el aire.

O quizá respiró.

Entonces miró hacia la oscuridad donde estaba Ismael.

No a él.

Hacia él.

Durante un segundo, algo se tensó entre ambos.

Pep frunció el ceño.

Luego se marchó.

•  •  •

—No puedes hacer eso muchas veces .

Vicenta lo llevó hasta una pared.

Ismael se apoyó.

—¿Golpear una puerta?

—Forzar.

—¿Forzar qué?

Ella lo miró como si la pregunta fuera extraña.

—Esto.

Hizo un gesto pequeño hacia el chuzo.

Ismael bajó la vista.

El objeto seguía en su mano.

Pero ya no parecía pesar.

Nada parecía pesar.

Ni el abrigo.

Ni las llaves.

Ni la botella.

Sacó esta última.

La abrió.

Bebió.

No sintió sabor.

Ni aspereza.

Ni frío.

Ni rastro.

El líquido desapareció de su boca sin dejar rastro.

Ismael miró la botella.

—No.

Vicenta le puso una mano en el antebrazo.

Él notó ese contacto.

A ella sí.

—Pasará.

—¿Qué me está pasando?

—Te has gastado.

Ismael soltó una risa sin humor.

—Eso no es una explicación.

—No.

—¿Te ha pasado?

Vicenta retiró la mano.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando intentas sujetar demasiado fuerte algo que ya no te corresponde, algo cede.

Ismael arqueó una ceja .

—Hablas como una monja.

—No conociste a las monjas que conocí yo.

Él volvió a beber.

El vino seguía sin saber a nada.

—La familia oyó el golpe.

—Sí.

—Entonces puedo hacerlo.

—A veces.

—¿Por qué?

Vicenta negó.

—No conviertas esto también en una herramienta.

Ismael guardó la botella.

—Ha servido.

—Esta vez.

—Paquita está viva.

—Esta vez.

Ismael no respondió.

Vicenta tenía miedo.

No de Pep.

De él.

Eso fue lo que entendió.

Y lo interpretó mal.

Pensó que era miedo a perderlo.

La idea le produjo una calidez que el vino ya no podía darle.

No dijo nada.

•  •  •

Esperaron hasta el amanecer.

Ismael volvió dos veces a la casa.

Paquita seguía viva.

En la primera vuelta discutía con una hija porque quería levantarse a orinar sola.

En la segunda dormía.

Respiraba mal.

Pero respiraba.

No apareció ningún muerto.

Ni antes.

Ni después.

Ni una señal.

Ismael no convirtió aquello en una victoria.

Se obligó.

Paquita podía no haber estado en peligro.

Pep podía haber terminado una visita normal.

El ruido podía haber alterado a la familia y nada más.

No había forma de saber qué habría ocurrido sin el golpe en la puerta.

Por eso no podía demostrar nada.

Pero sí sabía una cosa.

Había cambiado la secuencia.

Pep dentro.

Familia fuera de la habitación.

Ningún muerto esperando.

Ruido.

Familia entra.

Pep se marcha.

Paquita vive.

Eso era todo.

Hechos.

Vicenta permanecía callada junto a la esquina.

—¿Crees que iba a morir? —preguntó Ismael.

Ella tardó.

—No lo sé.

—¿Crees que he evitado una muerte?

Vicenta miró la ventana iluminada.

—Has cambiado algo.

Ismael siguió su mirada.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Y si la próxima vez no consigo?

—Esa es la clase de pregunta que te convierte en prisionero de la siguiente vez.

—También puede mantener vivo a alguien.

Vicenta no discutió de inmediato.

—Sí.

No discutió.

Eso le preocupó más.

•  •  •

El pueblo empezó a despertar.

Un carro avanzó despacio hacia la salida.

Dos hombres hablaban de la aceituna y de que el barro iba a complicar la entrada a una parcela.

Desde una casa llegó olor a café de cebada .

Una mujer abrió un postigo.

El mundo volvía a llenarse de cosas ordinarias.

Ismael seguía sin notar el peso de sus zapatos.

Caminó.

Tac.

Toc.

El sonido existía.

Él casi no sentía el golpe contra el suelo.

Eso le produjo más miedo que Amparo, Ramón o cualquiera de los muertos.

Se detuvo.

Vicenta también.

—¿Cuánto dura?

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto hayas tirado.

Ismael miró el chuzo.

—Dos golpes.

—No eran dos golpes.

Él alzó la vista.

Vicenta no explicó.

Otra vez daba por hecho que entendía algo que él no entendía.

—La próxima vez usaré el silbato.

Vicenta dejó caer los hombros.

—No has aprendido nada.

—He aprendido que funciona.

—Eso es lo que me preocupa.

Ismael apenas movió la boca.

Muy poco.

—Entonces sí te preocupas.

Vicenta abrió los ojos.

—No te pongas insoportable.

—Es temprano.

—Para ti siempre es de noche.

La frase cayó demasiado bien.

Los dos se quedaron quietos.

Vicenta fue la primera en apartar la mirada.

—Vete a escribir —dijo.

Ismael obedeció.

No porque se lo hubiera ordenado.

Eso se dijo.

•  •   •

En la libreta abrió una página nueva.

Arriba escribió:

ANTES.

La palabra ya había aparecido otras veces.

Ahora era otra cosa.

Debajo puso:

TERESA — Vidal antes.

SALVADOR — Vidal antes.

PAQUITA NAVARRO — Vidal antes / sin muertos / interrumpida.

Se quedó mirando el último término.

Interrumpida.

No salvada.

No intento.

No víctima.

Interrumpida.

Era lo único que podía defender.

Añadió una línea:

El perro conoce a Vidal. No sirve para culpables.

Otra:

Tocar cuesta.

La leyó.

No sabía qué significaba exactamente.

La dejó.

Finalmente escribió:

No mirar a quién vienen a buscar.

Mirar quién entra antes.

La cerró y la sostuvo un momento.

Durante unos segundos permaneció con la mano encima.

Su ronda había cambiado.

Hasta entonces había llegado después de casi todo.

Después de Teresa.

Después de Salvador.

Después de la muerte.

Después de las explicaciones.

Aquella noche había llegado antes.

No sabía si había salvado a Paquita Navarro.

No sabía siquiera si había algo de lo que salvarla.

Pero al otro lado del pueblo una mujer seguía respirando .

Y Pep Vidal había salido de su casa antes de terminar lo que fuera que había ido a hacer.

Ismael guardó la libreta.

La próxima vez no miraría a quién venían a buscar.

Miraría a quién había llegado antes.