El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

ANTES DE LA MUERTE

Ismael empezó una lista de vivos.

La dejó a la mitad.

No le gustó verla sobre el papel.

Hasta entonces su libreta había contenido muertos, calles, horas y personas que ya no podían ofenderse por aparecer en ella. Aquello era distinto.

PAQUITA NAVARRO.

CASA DE LA HIGUERA.

TOS. LUZ HASTA TARDE.

Debajo había escrito:

DON ELIAS MONFORT.

PIERNA HINCHADA. HIJA DUERME EN CASA.

Y una tercera línea que tachó antes de terminar.

Parecía una lista de candidatos.

Eso le dio asco.

Guardó la libreta.

Volvió a abrirla.

Sentir asco no demostraba nada.

Si las muertes de Teresa y Salvador habían sido adelantadas, alguien tenía que haber elegido un momento en que pudieran parecer naturales. Para eso no hacía falta ser médico. Bastaba conocer a la gente.

Quién estaba enfermo.

Quién vivía solo.

Quién tenía una hija que se marchaba temprano.

Quién llevaba meses respirando mal y podía morir una madrugada sin que nadie preguntara demasiado.

En un pueblo pequeño, esa información no era secreta.

Se decía en las puertas.

En el horno.

Junto a la fuente.

Camino de la almàssera.

Ismael no necesitaba espiar a nadie.

Solo escuchar .

El problema era decidir cuándo escuchar dejaba de ser oficio y empezaba a parecerse demasiado a otra cosa.

Volvió a mirar el primer nombre.

Paquita Navarro.

La había oído dos veces aquella semana antes de saber quién era.

Francisca para los papeles.

Paquita para todo el mundo.

Viuda.

Sesenta y tantos.

Pecho delicado.

Una hija casada que dormía algunas noches con ella cuando la respiración empeoraba.

Y una costumbre que Ismael había aprendido sin proponérselo: cuando estaba mala, dejaban una luz baja en la ventana delantera.

Esa noche la luz estaba encendida.

Ismael guardó la libreta.

Tenía dos casas que vigilar.

Decidió empezar por Paquita.

•  •  •

La casa olía a leña antes de llegar a ella.

No desde fuera.

Desde el vecindario.

Había braseros encendidos, ropa secándose cerca de cocinas y chimeneas bajas que aplastaban el humo contra los tejados antes de dejarlo subir.

La ventana de Paquita estaba iluminada.

La persiana, casi cerrada.

Un perro color tierra dormía junto al portal, enrollado sobre sí mismo.

Ismael se detuvo enfrente.

No había nadie esperando.

Miró a un lado.

Luego al otro.

La calle seguía vacía.

Ni una mujer quieta bajo una ventana.

Ni un hombre junto a una pared.

Ni una silueta repitiendo algún gesto antiguo.

La calle estaba limpia de muertos.

Eso debería haberlo tranquilizado.

No consiguió tranquilizarlo.

Dentro había movimiento .

Una mujer cruzó detrás de la cortina.

Después otra.

Ismael oyó una tos profunda.

No una.

Tres seguidas.

Silencio.

Luego la voz de una mujer mayor:

—No cuchicheéis.

La respuesta llegó más baja.

—Madre, no estamos cuchicheando.

—Pues hablad como personas. Cuando os ponéis a hablar bajito parece que ya me haya muerto.

Ismael levantó la cabeza.

Una de las mujeres dijo algo que no entendió.

Paquita respondió:

—Y quítame otra manta, que entre la falta de aire y vosotras me vais a cocer.

Ismael sonrió.

La casa dejó de parecer una marca en su libreta.

Había una mujer dentro.

Una mujer de mal humor.

Eso era mejor.

La puerta se abrió.

Salió una joven con un cubo vacío.

El perro levantó la cabeza y movió la cola.

La mujer volvió a entrar poco después.

Ismael miró la calle otra vez.

Seguía sin muertos.

Apuntó la hora.

No puso nada más.

Esperó.

•  •  •

Pep Vidal apareció por la esquina con su maletín.

El perro se levantó antes de que llegara.

No ladró.

Movió la cola.

Pep se agachó y le dio dos golpes suaves en el costado.

—Aparta, tragón.

El perro obedeció.

Ismael observó .

La regla no servía para distinguir hombres buenos de hombres malos.

Solo vivos de muertos.

Eso era importante.

Un animal podía conocer al asesino de toda la vida y recibirlo como a un amigo.

Pep llamó.

La puerta se abrió casi enseguida.

—Menos mal —dijo una mujer.

Pep entró.

El portal volvió a cerrarse.

Ismael cruzó la calle.

El perro lo miró.

No ladró.

—Tú tampoco eres juez de nadie.

El animal apoyó otra vez el hocico en las patas.

Ismael se colocó junto a la ventana.

Desde allí oyó voces.

Pep preguntaba desde cuándo respiraba peor.

Una hija respondía.

Paquita interrumpía.

—Desde que todo el mundo ha decidido preguntarme cómo respiro.

Pep dijo algo que hizo reír a una de las mujeres.

Después la tos.

Luego silencio.

Todo normal.

Tan normal que Ismael empezó a sentirse ridículo.

Un practicante visitaba a una enferma.

La familia estaba presente.

El perro conocía al hombre.

No había muertos esperando.

Precisamente eso lo mantenía allí.

Pasaron diez minutos.

Luego quince.

Ismael consultó el reloj.

Dentro, las voces se habían apagado.

Una mujer salió de la habitación y fue hacia la cocina.

Otra abrió la puerta del patio.

Pep permaneció con Paquita.

Ismael sintió el primer tirón de inquietud.

No porque hubiera ocurrido nada .

Porque la secuencia empezaba a parecerse demasiado a una oportunidad.

•  •  •

Vicenta llegó sin que el perro reaccionara.

Ismael la vio al otro lado de la calle.

No dijo nada hasta que estuvo cerca.

—No hay nadie —murmuró él.

Vicenta miró la casa.

—Te veo.

—No hablo de mí.

—Ya.

Ismael señaló con la barbilla.

—Muertos. Ninguno.

Vicenta tardó un poco en responder.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

—Porque Pep sí.

Ella volvió la cabeza.

La cara cambió.

Muy poco.

Lo suficiente.

Ismael lo vio.

—¿Qué?

—Nada.

—Vicenta.

—No sé qué significa.

—Pero has pensado algo.

—Tú también.

Ismael miró la ventana.

—Con Ramón estaban antes.

—Sí.

—Con Teresa estabas tú.

Vicenta se puso rígida.

—Sí.

—Con Salvador no había nadie.

—Lo sé.

—Y aquí tampoco.

El silencio duró más.

Dentro, alguien movió una silla.

—¿Y si esta noche no le tocaba? —preguntó Vicenta.

La frase no había nacido allí .

Parecía demasiado vieja.

—Eso estoy pensando.

Vicenta negó.

—No.

—¿No qué?

—No estás pensando. Ya has empezado a decidir.

Ismael sostuvo el silencio.

—Todavía no.

—Por eso sigues fuera.

Era verdad.

Le molestó.

Ismael volvió hacia la ventana.

—Si no pasa nada, me voy a alegrar de haber hecho el ridículo.

Vicenta lo observó.

—No entres.

—No pensaba.

—Ismael.

—He dicho que no.

—No es una puerta normal para ti.

Él frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Vicenta apartó la mirada.

—Que esta noche no sabes qué hay al otro lado.

Ismael estuvo a punto de preguntarle si alguna noche lo sabía.

Se la guardó.

Dentro de la casa se oyó a Paquita:

—¡Maribel!

Una de las hijas respondió desde la cocina.

—¡Voy!

Luego Pep dijo algo que Ismael no alcanzó a entender.

Paquita no contestó.

Ismael dio un paso hacia la puerta.

Vicenta le agarró la manga.

No fue un roce.

La sujetó.

La presión de sus dedos resultó perfectamente normal.

—No entres —repitió.

Ismael miró su mano.

Después a ella.

—Suéltame.

Vicenta lo hizo .

Ismael no se movió.

Todavía.

•  •  •

La persiana estaba levantada dos dedos.

Ismael tardó en verla porque llevaba varios minutos mirando la puerta.

La ventana lateral, la que daba hacia una habitación del fondo, permanecía casi cerrada.

Casi.

Entre la madera inferior y el alféizar había una franja negra.

No alcanzaba para ver dentro.

Sí para recordar.

La casa de Teresa.

Otra persiana.

Otra abertura mínima.

En aquel momento no le había dado importancia.

Ahora tampoco sabía si debía.

Ventilar.

Escuchar la calle.

Dejar pasar aire a una enferma que respiraba mal.

Cualquier explicación era mejor que un asesinato.

Ismael se acercó.

El perro levantó la cabeza.

La abertura seguía allí.

Dentro se movió una sombra.

No distinguió quién.

Una silueta cruzó la habitación y desapareció hacia el fondo.

Ismael llamó.

—¡Pep!

Pep no contestó.

Golpeó la puerta con los nudillos.

No sonó.

O sonó demasiado poco.

Volvió a intentarlo.

—¡Abran!

La casa siguió ajena.

Sintió una certeza desagradable.

No era que aquella familia no quisiera responderle.

Era que no podía hacer que lo hiciera.

La idea apareció entera y desapareció antes de que pudiera mirarla.

Ismael cogió el chuzo .

La madera se sentía sólida en su mano.

Eso sí.

El perro se puso de pie.

—Vamos.

Ismael golpeó con la contera de hierro el aro metálico de la puerta.

El primer golpe apenas produjo un tintineo.

Se quedó mirando.

Volvió a golpear.

Más fuerte.

El hierro chocó con hierro.

CLANG.

El perro saltó hacia atrás.

Dentro alguien dijo:

—¿Qué ha sido eso?

La calle pareció inclinarse.

No físicamente.

Como si de golpe hubiera perdido la distancia entre él y las cosas.

Apoyó el chuzo en el suelo.

La contera atravesó la sensación de peso y volvió a encontrar piedra.

Vicenta apareció a su lado.

—Para.

—Lo han oído.

—Para.

Dentro se acercaban pasos.

Ismael levantó el chuzo otra vez.

Le costó.

No por el brazo.

Por algo más profundo.

Como si el objeto pesara cada vez que intentaba obligarlo a pertenecer al mismo mundo que la puerta.

Golpeó.

CLANG.

El perro empezó a ladrar.

La puerta se abrió de golpe.

Una de las hijas salió al portal.

Miró a un lado.

Al otro.

—¿Quién anda ahí?

Ismael estaba a menos de dos metros.

La mujer no lo vio .

El mundo se quedó sin sonido.

No porque hubiera silencio.

Porque Ismael dejó de oírlo durante un segundo.

Luego todo regresó de golpe.

El perro.

La puerta.

La respiración de la mujer.

—¡Maribel! —llamó desde dentro otra voz—. ¿Qué pasa?

—No sé.

Ismael intentó decir:

—Tu madre.

No salió voz.

O él no la oyó.

La mujer se volvió hacia el interior.

—Mamá.

Corrió.

La segunda hija salió de la cocina.

Las dos fueron hacia la habitación del fondo.

Ismael se apoyó en el chuzo.

Vicenta lo sostuvo por el brazo.

Esta vez no protestó.

•  •  •

Pep salió al pasillo casi al mismo tiempo que entraban las hijas.

—¿Qué ocurre?

—Hemos oído un golpe.

—Fuera.

—Dos veces.

Pep miró hacia el portal.

Sus ojos atravesaron a Ismael.

Después al perro, que seguía ladrando.

—Habrá tirado algo.

—Nunca hace ese ruido.

Paquita tosió desde la habitación.

Una tos larga.

Brusca.

Después habló:

—Si vais a discutir, cerrad la puerta, que me entra el relente.

Ismael aguantó la réplica.

La voz seguía allí.

Pep se volvió hacia ella .

—No se altere.

—Me alteráis vosotros.

Una de las hijas se acercó a la cama.