El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

VEINTITRÉS

La nota estaba doblada cuatro veces.

Ismael la encontró dentro de una libreta de Vicent Belda, entre dos páginas que no tenían nada que ver con ella.

En una se hablaba de una puerta que chirriaba junto al campanario.

En la otra, de una campana que Vicent aseguraba haber oído sonar cuando nadie más la oyó.

En medio estaba el papel.

Más pequeño.

Más sucio.

La letra no se parecía a la de las anotaciones ordenadas.

Parecía escrita por alguien que no quería olvidar algo y, al mismo tiempo, deseaba no haberlo visto.

SANTA ROSA.

VEINTITRÉS.

NO ESPERAR AL VEINTICUATRO.

Ismael leyó las tres líneas.

Luego otra vez.

Buscó el resto.

No había.

Solo, en el reverso, un trazo que podía ser una calle o una grieta.

—Muy explicativo.

Dejó la nota sobre la mesa.

Veintitrés podía ser cualquier cosa.

Puertas.

Personas.

Campanadas.

Muertos.

Pensó en la hoja que ya había encontrado.

23 quietos.

El perro ladró.

Uno no.

Y después:

El 24 no estaba muerto .

Ismael volvió a mirar la nota.

No esperar al veinticuatro.

Podía ser un delirio.

Eso seguía siendo posible.

Que Vicent hubiera acertado con los perros no convertía todas sus frases en verdad.

Pero tampoco permitía seguir tratándolas como basura.

Ismael cogió la nota.

La dobló por las mismas marcas.

Se la guardó en el bolsillo.

Aquella noche iba a contar.

•  •  •

Santa Rosa parecía una mala elección para tener miedo.

Eso le gustó.

Había ropa tendida en un balcón.

Leña apilada contra una pared.

Una maceta vacía en una ventana.

Una mujer había dejado una escoba apoyada junto a una puerta.

La humedad oscurecía la parte baja de algunas fachadas y hacía brillar las piedras del suelo.

Nada parecía preparado para asustar a nadie.

Ismael prefería así las cosas.

Los sitios que parecían siniestros de día casi siempre decepcionaban por la noche.

Los verdaderamente inquietantes conservaban la normalidad mientras uno empezaba a entender qué había debajo.

Pasó cerca del campanario.

Dos hombres hablaban junto a un portal.

—Por el Fossar no vayas con el carro —dijo uno—. Ayer se quedó una rueda en una rodera.

—Eso ya no se llama así.

—Para ti.

El otro soltó una risa.

—Mi padre lo llamó Fossar toda la vida.

—Y tu padre llamaba camino a media calle.

Los hombres entraron en la casa.

Ismael siguió andando.

Fossar.

Ya conocía la palabra.

Amparo se la había dado la segunda noche .

El antiguo cementerio.

No necesitaba imaginar huesos bajo cada piedra.

Le bastaba con pensar que durante años la gente había enterrado allí a sus muertos y después había seguido viviendo encima, alrededor, al lado.

Eso sí le parecía humano.

El mundo estaba construido en gran parte sobre cosas que convenía dejar debajo.

Sacó el papel de Vicent.

SANTA ROSA.

VEINTITRÉS.

NO ESPERAR AL VEINTICUATRO.

Guardó la nota.

—Vamos a ver.

•  •  •

La primera figura estaba junto a una esquina.

Una mujer mayor.

Ismael la había visto otra noche.

Se quedaba casi siempre bajo el mismo balcón y levantaba la cabeza de vez en cuando, como si esperara que alguien fuera a asomarse.

Uno.

La segunda estaba cerca del muro.

Un hombre delgado con gorra.

Dos.

La tercera fue Amparo.

Estaba sentada más lejos de su fuente habitual.

—Buenas noches —dijo Ismael.

—Ya estás contando.

Él se detuvo.

—¿Se nota?

—Mueves los labios.

—Muy digno.

Amparo miró hacia la calle.

—Vicent hacía lo mismo.

Ismael sintió un pequeño golpe de satisfacción.

—¿Aquí?

—En todas partes.

—Eso no responde.

—Entonces ya sabes que soy yo.

Ismael miró alrededor.

—¿Por qué venís aquí ?

Amparo se encogió de hombros.

—Yo he venido porque me ha dado la gana.

—¿Y los demás?

—Pregúntales.

—Muchos no hablan.

—Los vivos tampoco y no por eso has dejado de preguntarles cosas.

Ismael contó mentalmente.

—Tres.

—¿Qué?

—Eres la tercera.

Amparo negó.

—Cada noche estás peor.

Ismael siguió.

Cuatro.

Cinco.

La quinta figura repetía un gesto con la mano: se palpaba el bolsillo del pecho, encontraba algo y volvía a empezar unos segundos después.

Seis.

Una mujer junto a una puerta.

Siete.

Un hombre sentado en un poyo.

Ocho.

Dos niños cerca de una esquina.

Ismael se quedó mirándolos más de lo necesario.

Nueve.

Diez.

No parecían tristes.

Eso era lo raro.

Uno de ellos trazaba una línea en el suelo con la punta del zapato.

La línea no quedaba.

El otro observaba.

Ismael apartó la vista.

Once.

Doce.

Al llegar a quince dejó de pensar que encontraría un número parecido por casualidad.

A dieciocho dejó de sonreír.

A veinte se detuvo.

La calle seguía siendo una calle.

Una persiana cerrada.

Una chimenea echando humo .

El olor lejano del aceite nuevo.

Las campanas guardando silencio.

Y veinte muertos repartidos por ella como vecinos que hubieran salido a tomar el fresco en la estación equivocada.

Ismael continuó.

Veintiuno.

Un hombre junto a una tapia.

Veintidós.

Una mujer de espaldas.

El último no apareció hasta que Ismael dio la vuelta a la manzana.

Estaba cerca del campanario.

Quieto.

Mirando hacia ninguna parte.

Veintitrés.

Ismael no dijo el número.

No hacía falta.

Se quedó inmóvil.

Después volvió a empezar.

•  •  •

La segunda cuenta fue más rápida.

No porque quisiera terminar.

Porque temía equivocarse.

Uno.

Dos.

Tres.

Amparo lo vio pasar de nuevo.

—Como sigas así los vas a gastar.

Ismael no respondió.

Cinco.

Ocho.

Doce.

Dieciséis.

Veinte.

Veintiuno.

Veintidós.

Veintitrés.

Eso.

Ismael se detuvo junto a una pared húmeda.

Sacó la nota.

La abrió .

VEINTITRÉS.

Miró la calle.

Sintió algo parecido a vergüenza.

No por haber dudado.

Dudar era obligatorio.

La vergüenza venía de algo más simple.

Había sido cómodo despreciar a un hombre al que todos llamaban trastornado.

Mucho más cómodo que aceptar que una persona podía equivocarse en cosas enormes y tener razón en otras que nadie más quería mirar.

Vicent había visto aquello.

No sabía qué significaba.

Ismael tampoco.

La diferencia era que Ismael disponía de algunas reglas que Vicent quizá nunca llegó a separar del resto de su miedo.

Un perro apareció desde una calle lateral.

Se acercó a una de las figuras.

Un anciano muerto.

Olfateó el suelo junto a sus pies.

Luego se tumbó.

Apoyó el hocico sobre las patas.

Cerró los ojos.

Ismael observó.

Veintitrés.

Y el perro dormía.

•  •  •

Dio otra vuelta.

No necesitaba hacerlo.

Por eso la dio.

Quería comprobar si los veintitrés seguían allí cuando dejara de vigilarlos.

Tomó la calle lateral.

Pasó detrás de las casas.

Reconoció una puerta de corral que había estudiado durante la persecución anterior.

Otra vivienda atravesaba la manzana.

Luego otra.

Vallada empezaba a parecerle distinta desde que había comprendido que las fachadas mentían sobre la profundidad de las casas.

Una calle mostraba lo que una familia quería enseñar .

La de detrás servía para el trabajo, los animales, las visitas sin ceremonia y las cosas que no necesitaban balcón.

Ismael volvió hacia Santa Rosa.

Antes de llegar oyó al perro.

No un ladrido.

Un gruñido.

Se detuvo.

Después:

¡Guau!

Un único golpe de voz.

Otro.

¡Guau!

Ismael salió a la calle.

Los veintitrés seguían allí.

Y había alguien más.

•  •  •

La figura nueva estaba al extremo de la calle.

Media niebla le cortaba las piernas.

Abrigo oscuro.

Cabeza baja.

No podía verle la cara.

No estaba quieta como los demás.

Observaba.

Eso fue lo primero que Ismael comprendió.

No miraba una casa.

No repetía un gesto.

No parecía atrapada en ninguna costumbre.

Miraba a los veintitrés.

El perro se había puesto en pie.

Todo su cuerpo apuntaba hacia la figura nueva.

Volvió a ladrar.

Ninguno de los otros reaccionó.

Ni Amparo.

Ni el hombre de la gorra.

Ni los niños.

La figura nueva sí.

Giró la cabeza hacia el perro.

El número se formó solo.

No quiso decirlo.

Contó de todos modos .

Uno.

Dos.

No hacía falta.

Siguió.

Cinco.

Nueve.

Catorce.

Diecinueve.

Veintitrés.

Y aquel.

Veinticuatro.

El perro ladró otra vez.

La figura echó a andar.

Ismael guardó la libreta.

—Eh.

No hubo respuesta.

Empezó a seguirlo.

Tac.

Toc.

Tac.

Toc.

La figura no corrió.

Al principio.

•  •  •

Conocía las calles.

Eso quedó claro en menos de un minuto.

No dudó en el primer cruce.

Ni en el segundo.

Tomó una travesía estrecha junto al campanario y después giró por una calle donde Ismael habría jurado que no había salida directa.

El perro dejó de ladrar detrás.

Quedaron los pasos.

Los del hombre eran rápidos pero regulares.

Los de Ismael:

Tac.

Toc.

Tac.

Toc.

La distancia se redujo.

La figura miró atrás .

Esta vez Ismael vio parte de una cara.

No suficiente.

Una nariz.

Mejilla.

La sombra de una gorra o sombrero.

Nada que pudiera jurar después.

—¡Pare!

El hombre aceleró.

Eso bastó.

Ismael también.

Su pierna aguantó los primeros metros.

Después protestó.

No con dolor.

Con ese pequeño retraso del lado izquierdo que aparecía cuando intentaba pedirle al cuerpo que olvidara sus medidas.

Tac-toc.

Tac-toc.

El ritmo cambió.

La figura volvió a mirar.

Ismael no supo si había oído sus pasos o si simplemente comprobaba la distancia.

La calle terminó en una tapia.

El hombre giró antes.

Ismael llegó a la esquina y vio cerrarse una puerta.

Corrió hasta ella.

Golpeó con el chuzo.

—¡Abra!

Nadie abrió.

Empujó.

Cerrada.

Miró alrededor.

La fachada no tenía número visible desde aquel lado.

Era otra de aquellas puertas traseras que podían pertenecer a una casa cuya entrada principal estaba dos calles más allá.

Ismael apoyó una mano en la madera.

Esperó un segundo.

No estaba cansado tanto como debería.

Se obligó a pensar en otra cosa.

El hombre.

La puerta.

El perro .

Veinticuatro.

•  •  •

El olor llegó cuando acercó la cara al cierre.

Alcohol medicinal.

Débil.

Luego el mismo fondo vegetal.

Ismael se quedó inmóvil.

Esta vez no sintió la satisfacción de encontrar una pista.

Sintió irritación.

Ya sabía que el olor no pertenecía a una sola persona.

El consultorio de Alberola olía así.

Pep olía así.

Las casas de enfermos podían oler así.

Quizá aquella puerta diera a un almacén con linimentos.

Quizá el hombre se hubiera rozado con cualquiera de ellos.

Un olor no bastaba para poner un nombre.

No iba a convertirlo en uno.

Miró el suelo.

La humedad había ablandado una franja de tierra junto a la pared.

Había una marca de suela.

No completa.

Talón ancho.

Después otra, medio borrada.

Ismael inclinó el cuerpo.

Algo blanco destacaba cerca del quicio.

Lo recogió.

Una tira pequeña de tela.

Limpia.

Estrecha.

Parecía parte de una venda.

La sostuvo entre dos dedos.

No tenía sangre.

No tenía iniciales.

No tenía nada.

Podía habérsele caído al hombre.

Podía llevar allí desde aquella tarde.

Ismael la guardó entre dos páginas de la libreta.

No como prueba.

Como pregunta.

Después miró la puerta .

—Veinticuatro.

Esta vez dijo el número.

•  •  •

Cuando regresó a Santa Rosa, quedaban menos.

No los contó.

No necesitaba saber si eran diecinueve o doce.

La cifra ya había cumplido su trabajo.

Amparo seguía allí.

Ismael se acercó.

—¿Viste al hombre?

—He visto muchos.

—El que hizo ladrar al perro.

Amparo miró hacia la calle por donde había desaparecido.

—Ese.

—Sí.

—Lo vi.

—¿Lo conoces?

—No lo suficiente.

—¿Eso significa que sí?

Amparo lo miró.

—Significa exactamente lo que he dicho.

Ismael dejó caer los hombros.

—Vicent también lo vio.

La expresión de Amparo perdió algo de su ironía.

—Vicent veía muchas cosas.

—Esta era verdad.

—Algunas lo eran.

Ismael esperó.

—Y nadie pudo saber cuáles —añadió ella.

—Él tampoco.

Amparo bajó la vista.

—Él menos que nadie.

La frase no sonó cruel.

Sonó triste.

Ismael guardó silencio.

—¿Por eso dejó el puesto?

—Por muchas cosas.

—¿Le daban miedo los muertos?

Amparo negó.

—Al final le daba miedo equivocarse .

Ismael pensó que aquella era una forma de miedo mucho más difícil de combatir.

Un hombre podía cerrar una puerta contra algo que estaba fuera.

No podía cerrar ninguna contra sus propios sentidos.

—Encontré sus papeles —dijo.

Amparo lo miró.

—No los conviertas en una Biblia.

—No pensaba.

—Vicent tampoco.

Ismael casi sonrió.

—Pero tenía razón con los veintitrés.

—Sí.

—Y con el otro.

Amparo miró hacia el extremo de la calle.

—Puede.

—El perro le ladró.

—Entonces el perro sabía algo.

Ismael sintió un escalofrío pequeño.

No por la respuesta.

Por la forma.

•  •  •

En el cuarto del sereno colocó la nota de Vicent junto a su libreta.

SANTA ROSA.

VEINTITRÉS.

NO ESPERAR AL VEINTICUATRO.

Debajo, en su propia letra, escribió:

COMPROBADO.

Se quedó mirándolo.

La palabra era demasiado grande.

La tachó.

Escribió:

23 comprobado.

24: figura viva probable. Perro ladra.

Eso era mejor.

Más feo.

Más verdadero.

Pasó varias hojas de Vicent.

No quería buscar frases que confirmaran lo ocurrido.

Quería saber si había alguna escrita antes de que él necesitara encontrarla .

Tardó.

Entre una anotación sobre una ventana y otra donde Vicent aseguraba haber escuchado pasos debajo del suelo, encontró una línea:

LOS PERROS SABEN CUÁL SObrA.

Ismael dejó de pasar páginas.

Leyó otra vez.

LOS PERROS SABEN CUÁL SObrA.

Nada más.

Sin nombre.

Sin fecha.

Sin explicación.

Vicent no había descubierto quién era.

O no había conseguido escribirlo de forma que otro pudiera entenderlo.

Pero había descubierto lo mismo.

En aquel recuento, los muertos eran lo de menos.

Era el que podía engañar a un hombre.

No a un perro.

Ismael cerró la libreta de Vicent.

No sintió compasión por él.

Sintió compañía.

No era lo mismo.

La compasión miraba hacia abajo.

La compañía se sentaba al lado.

Vicent había estado allí años antes, intentando separar lo que existía de lo que solo existía para él.

Había fallado muchas veces.

Puede que por eso nadie creyera las pocas en que acertó.

Ismael abrió su propia libreta.

Escribió una línea.

La leyó.

La cambió.

Volvió a escribir.

No buscar al muerto que falta.

Buscar al vivo que sobra.

La libreta volvió al bolsillo.

Fuera empezaban a oírse los primeros carros.

Alguien habló de llevar la aceituna a la almàssera.

Una puerta se abrió.

El pueblo comenzaba a despertar.

Ismael guardó la nota de Vicent en el bolsillo interior del abrigo.

No tenía que buscar al muerto que faltaba.

Tenía que encontrar al vivo que sobraba.