CAPÍTULO 9
EL CERTIFICADO
Los muertos podían llegar tarde.
Los papeles, no.
Esa fue la idea que llevó a Ismael otra vez al cuarto municipal.
No sabía si era cierta, pero le gustaba.
Una muerte podía ser confusa. Una habitación podía oler a alcohol, un hombre podía entrar por una puerta trasera, una hermana podía recordar una cosa y olvidar otra.
Luego llegaba un médico.
Escribía unas palabras.
Y el caos adquiría nombre.
Ismael quería saber qué nombre le habían puesto a Teresa Soler Martí.
• • •
No encontró un certificado.
Encontró algo mejor para un hombre que no tenía derecho a estar buscando.
Una copia.
Entre varios papeles sujetos con cordel había una relación breve de fallecimientos recientes que alguien utilizaba para trasladar datos al juzgado municipal.
Nombre.
Edad.
Domicilio.
Día.
Causa.
Nada más.
La muerte reducida a cinco renglones.
Ismael pasó el dedo por los nombres hasta encontrarla.
TERESA SOLER MARTÍ.
Debajo constaba la fecha de su primera noche.
La hora era aproximada.
Y la causa:
Debilidad cardíaca. Enfermedad prolongada .
Al final aparecía un apellido.
ALBEROLA.
Ismael leyó la línea otra vez.
Debilidad cardíaca.
Enfermedad prolongada.
Eso podía significar muchas cosas.
Y por eso mismo servía para casi cualquiera.
Buscó a Salvador.
Tardó menos.
SALVADOR PERIS GINER.
Fecha.
Hora.
Domicilio.
Causa:
Fallo cardíaco.
ALBEROLA.
Ismael apoyó ambos papeles sobre la mesa.
Dos muertos marcados con su círculo negro.
Dos muertes que no habían seguido el mismo ritmo que Ramón.
Y un mismo médico poniendo punto final.
Hasta entonces Pep había estado antes.
Alberola estaba después.
Ismael se quedó mirando la diferencia.
No era pequeña.
Uno podía causar una muerte.
El otro podía convertirla en normal.
Cogió el lápiz.
Escribió en su libreta:
TERESA — Vidal antes / Alberola después.
SALVADOR — Vidal antes / Alberola después.
Se apartó un poco.
Aquello parecía una acusación.
No lo era.
Todavía.
• • •
La corrección estaba hecha con tinta distinta.
Ismael casi no la vio.
En la línea de Teresa, después de “debilidad cardíaca”, alguien había añadido en letra más pequeña:
tras agravamiento .
La expresión estaba encajada entre dos palabras, como si hubiera sido añadida cuando la frase ya estaba terminada.
Ismael acercó el papel a la luz.
No había raspadura.
No parecía falsificación.
Solo una modificación.
Pequeña.
Humana.
Peor.
Los papeles limpios no despertaban desconfianza.
Los papeles corregidos recordaban que alguien había tomado una decisión.
Ismael buscó otros fallecimientos firmados por Alberola.
Encontró cuatro en los últimos meses.
Un anciano.
Una mujer.
Un jornalero.
Un niño.
Las causas eran breves.
Bronquitis.
Fiebre.
Accidente.
Debilidad general.
Nada que Ismael pudiera juzgar.
No era médico.
Lo sabía.
También sabía que “accidente” podía esconder medio mundo.
Siguió buscando.
En una hoja más antigua encontró un nombre subrayado por otra mano:
MATILDE SANCHIS FERRER.
La causa escrita era:
Caída accidental.
Al lado, a lápiz, alguien había puesto:
No fue caída.
Ismael se quedó quieto.
Alberola no había escrito aquello.
Era la de Vicent Belda.
• • •
Las hojas de Vicent estaban peor ordenadas que la cabeza de cualquier hombre razonable .
Una noche escribía horas con precisión.
Otra dibujaba flechas que no llevaban a ninguna parte.
Había páginas donde las palabras parecían perseguirse unas a otras.
Ismael buscó Matilde Sanchis.
La encontró entre una anotación sobre campanas y otra acerca de una mujer que, según Vicent, llevaba tres días sentada en un tejado.
“MATILDE. EL PAPEL DICE CAÍDA.”
Más abajo:
“NO CAYÓ.”
Y debajo, con tinta más oscura:
“ALBEROLA LO SABE.”
Ismael sintió el pequeño placer de una sospecha que encontraba alimento.
Lo reconoció.
No le gustó.
Siguió leyendo.
La siguiente frase decía:
“LA LUNA SE PARÓ ENCIMA DE LA CASA.”
Ismael bajó la cabeza un instante.
—Gracias, Vicent.
Volvió al cuaderno.
Ese era el problema.
Una línea podía señalar una mentira verdadera.
La siguiente podía estar escrita desde un lugar al que ningún otro hombre tenía acceso.
Buscó más nombres firmados por Alberola.
Encontró varios.
Vicent había marcado algunos.
Otros no.
Junto a un anciano muerto de bronquitis había escrito:
“NORMAL.”
Junto a una mujer:
“LLEGARON DOS ANTES.”
Junto a Matilde:
“NADIE ESPERABA EN EL SUELO. UNO EN EL TEJADO.”
Ismael soltó el papel.
—No ayudas.
Pero sí ayudaba.
De una forma miserable.
Alberola había certificado muertes normales.
También muertes que Vicent consideraba extrañas .
Eso no demostraba que el médico causara nada.
Solo demostraba que, al final, casi todos los muertos del pueblo acababan pasando por su letra.
Ismael escribió una frase de Vicent que encontró en el margen de otra hoja:
EL PAPEL DICE UNA COSA. LA CALLE DICE OTRA.
Esta vez no la tachó.
• • •
Descubrió la mentira de Alberola por dos mujeres.
Otra vez.
Ismael empezaba a pensar que si alguna vez quería saber la verdad de Vallada debía dejar de buscar hombres con cargos y acercarse a las puertas donde se esperaba pan.
Las dos mujeres estaban junto a una vivienda de la calle principal.
Una hablaba bajo.
La otra la interrumpía mirando alrededor.
—No fue una caída.
—Calla.
—Han pasado seis años.
—Y da igual.
—La pobre Matilde ya está muerta.
—Eso.
Ismael se detuvo al otro lado de la calle.
Las mujeres no lo miraron.
—Su madre se habría muerto de vergüenza si se hubiera puesto la verdad.
—La madre se murió después.
—Pues por eso.
La segunda mujer bajó todavía más la voz.
—Alberola hizo lo que tenía que hacer.
—Hizo lo que le pidió el padre.
—Y bien hecho.
—Eso no he dicho.
La puerta se abrió.
Las mujeres entraron.
Ismael permaneció fuera.
No necesitó más.
Matilde no había muerto por una caída accidental.
O, al menos, quienes la conocían no lo creían.
Alberola había escrito otra cosa .
No para ocultar necesariamente un crimen.
Tal vez para evitar una palabra.
Una familia.
Un escándalo.
En un pueblo, una muerte podía durar mucho más que un funeral.
Podía quedarse pegada a los padres.
A los hermanos.
A una casa.
A un apellido.
Ismael entendía por qué alguien podía querer borrar una parte.
Eso no convertía la mentira en verdad.
Pero la hacía humana.
Y las mentiras humanas eran más peligrosas que las absurdas porque uno podía perdonarlas.
• • •
Rondó frente a la casa-consultorio de Alberola poco después.
La ventana del bajo tenía luz.
Por una rendija salía olor a desinfectante.
También a algo alcanforado.
Y el mismo fondo vegetal.
Ismael se quedó quieto.
El olor era claro.
Más claro que junto a Salvador.
Más claro que en la casa de Teresa.
Alcohol con hierbas.
Un linimento.
Una preparación que podía estar en cualquier botiquín.
Sintió una irritación casi personal.
Había convertido un olor en una huella.
No lo era.
Era un olor de curas.
De manos.
De frascos.
De casas donde dolían cosas.
Pep olía así.
Alberola también.
Quizá media comarca oliera igual si uno se acercaba lo suficiente.
Ismael sacó la libreta.
Miró la palabra que había escrito días atrás:
ROMERO .
La rodeó con una línea.
Después escribió:
NO EXCLUSIVO.
Le dolió más que tachar un sospechoso.
Las pistas eran cómodas hasta que aprendían a pertenecer a demasiada gente.
La puerta del consultorio se abrió.
Alberola salió con el abrigo mal abrochado y una cartera en la mano.
Parecía cansado.
No siniestro.
Eso también molestó a Ismael.
El médico caminó hacia una calle lateral.
Ismael lo siguió.
• • •
Los muertos ya estaban allí.
Dos.
Una mujer muy vieja junto al portal.
Un hombre sentado en el borde de un poyo.
No hablaban.
Miraban la misma casa.
Ismael se detuvo antes de que Alberola llegara.
El médico pasó junto a él sin verlo.
Llamó a la puerta.
Una muchacha abrió de inmediato.
—Doctor.
Alberola entró.
Los dos muertos permanecieron fuera.
Ismael esperó.
No sabía quién estaba enfermo.
No necesitaba saberlo todavía.
La regla le bastaba.
Antes.
Habían llegado antes.
El tiempo pasó.
Dentro hubo pasos.
Una voz.
Luego silencio.
Después una mujer empezó a llorar.
El hombre del poyo se levantó.
La anciana se acercó a la puerta .
Unos minutos más tarde apareció una figura nueva en el umbral.
Un hombre de unos setenta años.
Miró sus manos.
Luego la casa.
Después vio a los otros dos.
La anciana sonrió.
El hombre recién muerto empezó a llorar.
Alberola salió más tarde.
Mucho más tarde.
Tenía los hombros hundidos.
Se apoyó un instante en el marco antes de cerrar su cartera.
Una mujer viva le dijo:
—Gracias, doctor.
Alberola negó.
No respondió nada que Ismael pudiera oír.
Se marchó.
Los muertos siguieron allí.
Ismael abrió la libreta.
Escribió:
ALBEROLA PRESENTE.
Debajo:
2 antes.
Luego añadió:
NATURAL.
Se quedó mirando la palabra.
No sabía si un hombre muerto podía llamar natural a algo.
La dejó.
Aquella noche el doctor no había adelantado nada.
Había llegado a una muerte que ya lo estaba esperando.
• • •
Vicenta escuchó sin interrumpirlo.
Eso era raro.
Ismael se dio cuenta a mitad de la explicación.
Le habló de Teresa.
De Salvador.
De Alberola.
De Matilde.
De la caída que no había sido caída.
De las causas escritas.
De la muerte de aquella noche .
Vicenta mantuvo los ojos en la calle.
Cuando terminó, dijo:
—Los papeles sirven para que los vivos puedan guardar las cosas en un cajón.
—Y para mentir.
—También.
—Alberola mintió con Matilde.
—Sí.
El dato lo obligó a frenar.
—Lo sabías.
—Todo el pueblo lo sabía sin saberlo.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene muchísimo.
Ismael pensó en las mujeres junto a la puerta.
—¿Y Teresa?
Vicenta tardó.
—En los papeles se muere de una cosa. En una casa, de otra.
La frase abrió demasiadas puertas.
—¿De qué murió Teresa en la casa?
Vicenta lo miró.
—De cansarse.
—Eso no es una causa.
—Para un papel, no.
—¿Y para ti?
Vicenta bajó la vista.
—Para mí era mi hermana.
Ismael se calló.
Había preguntas que convertían a una persona en testigo y le quitaban el derecho a ser otra cosa.
No quería hacerle eso.
Al menos no siempre.
—¿Quién firmó tu muerte? —preguntó sin pensar.
Vicenta levantó los ojos.
Ismael tardó un segundo en darse cuenta de lo que había dicho.
—Quiero decir...
Ella sonrió.
No divertida.
—Sé lo que quieres decir.
—¿Alberola?
Vicenta miró hacia el campanario.
—Hace frío .
Ismael frunció el ceño.
—Eso ha sido miserable.
—Y eficaz.
—No me has contestado.
—No.
—¿Por qué?
Vicenta se ajustó el chal.
—Porque todavía haces preguntas como si todas las respuestas fueran a ayudarte.
—Algunas sí.
—Y algunas solo llegan antes de tiempo.
Ismael iba a insistir.
Dejó pasar la pregunta.
Cambió una pregunta por quedarse a su lado.
Cinco minutos.
Unos diez.
No hablaron de muertos.
Vicenta le preguntó si siempre había bebido vino malo.
Ismael dijo que el vino bueno tenía mejores sitios a los que ir.
Ella se rió.
Aquello no resolvió nada.
Eso era lo que le gustaba.
• • •
Buscó su propio nombre por accidente.
O eso quiso creer.
Había vuelto al cuarto para comparar la fecha de una anotación de Vicent con el comienzo de su servicio.
En una carpeta encontró la hoja de incorporación.
ISMAEL VERDEJO SÁNCHEZ.
Procedencia.
Edad.
Destino:
Servicio nocturno.
Había una fecha.
La de su llegada.
Una firma municipal.
Y un espacio inferior para incidencias y continuidad.
Vacío.
Pasó la hoja.
La hoja no aportó nada.
Buscó una relación de jornales.
Había nombres anteriores.
Vicent.
Sustituciones.
Fechas.
Después un hueco.
Luego papeles que no parecían actualizados todavía.
Ismael soltó una risa breve.
—Organizados.
Recordó la primera conversación con Joaquín.
¿Y si me muero?
También devuelves las llaves.
La broma le pareció menos graciosa.
No por una razón concreta.
Solo porque estaba solo en una habitación oscura leyendo su propio nombre como si perteneciera a otro.
Debería haber una anotación de su primera noche.
Una incidencia.
El golpe.
Algo.
No había nada.
Ni bueno ni malo.
La burocracia parecía haberse olvidado de continuar.
Era lógico.
Llevaba pocos días.
Joaquín tendría otras cosas que hacer.
Tal vez los jornales se cerraban por semanas.
O el papel correcto estaba en otro sitio.
Ismael dejó la hoja.
No escribió nada en su libreta.
Había aprendido que no todo hueco era misterio.
Algunos eran huecos.
• • •
Pep Vidal salvó a un hombre aquella misma madrugada.
Ismael lo vio desde la esquina.
El jornalero había regresado del campo con una herida fea en la mano. Sangraba a través de un trapo y estaba blanco de dolor.
Pep lo sentó junto a una mesa dentro de una casa.
Trabajó deprisa.
Sin aspavientos .
Sin público.
La mujer del herido temblaba más que él.
Pep le habló primero a ella.
Despacio.
Luego al hombre.
Le limpió la mano.
Le sujetó el brazo cuando el dolor lo dobló.
Hizo lo que sabía hacer.
Bien.
No hubo crueldad.
No hubo satisfacción.
No hubo nada que Ismael pudiera utilizar.
Cuando terminó, el hombre estaba peor de humor y mucho mejor de la mano.
Pep sonrió ante algo que dijo la mujer.
Después recogió sus cosas.
Al salir pasó muy cerca de Ismael.
No lo miró.
El olor llegó otra vez.
Alcohol.
Tabaco.
El mismo fondo vegetal.
Ismael se tomó un segundo.
Esta vez el olor no significó nada.
O significó demasiadas cosas.
Pep siguió andando.
Ismael lo vio desaparecer calle abajo.
Un hombre podía cuidar a alguien de verdad y hacer daño a otro.
Una cosa no borraba la otra.
Pero tampoco la demostraba.
Eso era lo incómodo.
Los monstruos habrían sido mucho más fáciles si se comportaran como monstruos todo el tiempo.
• • •
Antes de terminar la ronda, Ismael abrió una página nueva.
Trazó tres columnas.
NATURAL.
SIN ESPERA.
VERSIÓN DUDOSA.
Debajo de NATURAL escribió :
Ramón Miralles.
El anciano de esta noche.
Bajo SIN ESPERA:
Teresa Soler Martí.
Salvador Peris.
Bajo VERSIÓN DUDOSA:
Teresa.
Salvador.
Matilde Sanchis.
Miró la página.
Matilde podía no pertenecer a ningún crimen.
Solo a una mentira.
Eso era importante.
Los papeles podían engañar sin que hubiera asesino.
Alberola podía mentir sin matar.
Pep podía ayudar sin ser inocente.
Vicent podía equivocarse sin estar equivocado en todo.
Ismael apoyó el lápiz.
Durante varios días había intentado clasificar personas.
Vivos.
Muertos.
Sospechosos.
Inocentes.
Ahora empezaba a entender que las personas se resistían mejor que los cadáveres.
Los muertos eran raros.
Los vivos eran contradictorios.
Eso los hacía mucho más difíciles.
Volvió a las dos primeras columnas.
Teresa.
Salvador.
¿Qué tenían en común antes de morir?
No después.
No quién había escrito una causa.
No quién había firmado.
Antes.
Pep había estado con ambos.
También podía ser casualidad.
Era practicante.
Pero la pregunta correcta ya no era quién convertía una muerte en palabras .
Era quién llegaba cuando todavía no era una muerte.
Ismael escribió al final de la página:
No buscar quién firma la muerte.
Se detuvo.
Tachó “la muerte”.
Escribió:
No buscar quién firma después.
Buscar quién estuvo antes.
Guardó la libreta.
Luego cambió su ruta.
No mucho.
Solo una calle.
La suficiente para pasar frente a la casa de Vicenta antes del amanecer.