El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Entonces no eran dos. Éramos Pep, yo y...

Se detuvo.

Teresa no contaba como entrar.

Vicenta tampoco se había incluido.

No supo por qué.

—Pep y tú —dijo ella.

—¿Y solo uno salió como había entrado?

—Sí.

Ismael soltó una risa breve.

—Eso no significa nada.

Vicenta no respondió.

—Me dieron un golpe —continuó—. Claro que no salí como entré.

—Sí.

—Perdí el conocimiento.

Vicenta bajó la mirada.

—Sí.

La palabra ya no sonó como confirmación.

Sonó como permiso.

Ismael notó otra vez el hueco en su memoria.

Golpe.

Piedra.

Nada.

Después la calle.

No una puerta abriéndose.

No unos pasos hacia fuera.

La calle.

—¿Me viste salir?

Vicenta levantó los ojos .

No respondió.

—Vicenta.

—Te vi caer.

—Eso no he preguntado.

—Lo sé.

—¿Me viste salir?

Ella tardó demasiado.

—Te vi después.

El frío pareció aumentar.

—¿Dónde?

—Fuera.

—¿Cómo salí?

Vicenta se quedó inmóvil.

—Pensé que después lo entenderías.

Ismael se apartó un paso.

—¿Entender qué?

La cara de Vicenta cambió.

Pareció darse cuenta de que había algo en la conversación que ninguno de los dos estaba entendiendo igual.

Solo duró un instante.

Después cerró la expresión.

—Que aquella noche cambió algo.

Ismael se tocó la sien.

—Eso ya lo sé.

Una tristeza que Ismael confundió con culpa cruzó la cara de Vicenta.

—No. No lo sabes.

•  •  •

Entró por la puerta trasera solo.

O intentó hacerlo.

La hoja cedió apenas unos centímetros.

Ismael empujó.

La madera ofreció resistencia, luego se abrió lo suficiente.

No pensó en cómo una puerta cerrada por dentro podía ceder a su mano.

Pensó en la primera noche.

El patio era estrecho al principio y se ensanchaba hacia el corral.

Había un cobertizo bajo.

Una pila de madera.

Un pequeño almacén con puerta combada.

Más al fondo, el terreno descendía un poco .

La casa era mucho más profunda de lo que parecía desde la fachada principal.

Ismael avanzó.

No quería hacer ruido.

Las llaves no sonaron.

Eso no le pareció extraño hasta varios pasos después.

Se detuvo.

Movió la mano.

El manojo siguió casi mudo.

—Ahora no.

No sabía a quién se lo decía.

El corredor interior estaba oscuro.

No entró.

No todavía.

Se limitó a estudiar el corral.

Junto al muro del fondo había una construcción baja, quizá antigua, con una puerta estrecha y un desnivel de dos peldaños.

No parecía una habitación.

Tampoco un simple almacén.

La humedad oscurecía la parte inferior del muro.

Ismael se acercó.

Oyó agua.

Un goteo lento.

Miró el suelo.

Una tapa de piedra o cemento ocupaba parte de la zona más hundida. Vieja. Pesada. Sin nada que indicara para qué servía.

Aljibe.

Pozo cegado.

Depósito.

No sabía.

Puso un pie en el primer peldaño.

Algo dentro de él se negó.

No miedo.

Reconocimiento.

Retiró el pie.

Se quedó quieto.

El olor era más fuerte allí.

Humedad vieja.

Tierra.

Madera cerrada.

Y debajo, tan débil que podía ser memoria :

ese mismo olor.

Ismael retrocedió.

Una imagen le cruzó la cabeza.

No completa.

Una manga.

Una mano sujetándolo por debajo del brazo.

El suelo pasando bajo él.

Después nada.

Se apoyó en la pared.

—No.

La imagen desapareció.

Se tocó la cara.

No recordaba que nadie lo hubiera arrastrado.

No recordaba haber entrado tan lejos.

No recordaba aquella parte del corral.

Y, sin embargo, su cuerpo había reaccionado antes que su cabeza.

Miró la puerta baja.

Ya no pensó que la primera noche hubiera perdido el conocimiento y luego se hubiera levantado.

Pensó algo diferente.

Alguien había hecho algo con él durante el tiempo que no recordaba.

Eso era peor.

Porque un golpe explicaba un vacío.

No explicaba una imagen que parecía venir de dentro del vacío.

•  •  •

Volvió al cuarto del sereno antes del amanecer.

Extendió la libreta sobre la mesa.

En una página limpia escribió:

PRIMERA NOCHE.

Debajo:

Pep visita a Teresa — 22:10.

Vicenta entra por detrás.

Yo entro detrás.

Golpe.

Se detuvo.

El lápiz quedó inmóvil.

Después escribió:

¿Salgo?

Tachó la pregunta.

Volvió a escribir :

Me encuentro fuera.

Eso era cierto.

O era lo máximo que podía afirmar.

Añadió:

Teresa muere.

Después:

Empiezo a verlos.

Leyó todo.

La secuencia era fea.

Demasiado limpia.

Golpe.

Muerte.

Apariciones.

Cualquier hombre razonable habría elegido una explicación sencilla: traumatismo, vino, miedo, falta de sueño.

Ismael habría elegido la misma una semana antes.

El problema era Amparo.

El nombre.

Los perros.

Vicent.

Ramón.

Salvador.

Demasiadas cosas externas para que todo ocurriera solo dentro de una cabeza golpeada.

Pasó a la página de muertes.

RAMÓN MIRALLES.

Tres antes.

Sin marca.

SALVADOR PERIS.

0 antes.

Círculo negro.

Debajo escribió:

TERESA SOLER MARTÍ.

La punta del lápiz quedó suspendida.

Vicenta había estado allí antes.

Eso debería excluir a Teresa del mismo grupo.

Pero no era igual.

Vicenta no había descrito una muerte que llegaba cuando tocaba.

Había dicho:

Teresa aguantó más de lo que todos pensábamos.

Y también :

No todas las muertes llegan cuando les toca.

Ismael dibujó el mismo círculo negro.

Lo repasó hasta oscurecerlo.

Dos nombres.

Salvador.

Teresa.

Dos muertes distintas.

Una misma sensación.

No que la noche no supiera que iban a morir.

Sino que alguien había llegado antes que ella.

Ismael cerró la libreta.

Entonces vio algo en el margen de la página.

Una mancha marrón, seca.

Pequeña.

La rascó con la uña.

No salió.

Podía ser vino.

Óxido.

Sangre.

No recordaba haberla hecho.

Miró sus manos.

Después la libreta.

Luego pensó en la puerta baja del corral.

La casa de dos calles le pareció tener una tercera entrada.

Una que no daba a ninguna calle.