CAPÍTULO 8
LA CASA QUE DA A DOS CALLES
El nombre de Teresa apareció en una conversación que no iba con Ismael.
Dos mujeres hablaban delante del horno mientras esperaban que abrieran.
Todavía faltaba para el amanecer y ambas llevaban pañuelos oscuros sobre la cabeza. Una sujetaba una cesta vacía. La otra tenía harina en una manga.
—Lo de Salvador ha sido de repente —dijo la primera.
—Como lo de Teresa Soler.
Ismael, que pasaba por la acera contraria, redujo el paso.
La segunda mujer negó.
—Teresa llevaba tiempo mala.
—Mala sí. Para morirse aquella noche, no.
—Nunca se sabe.
—Eso dice Alberola.
La puerta del horno se abrió desde dentro y salió una bocanada de aire caliente con olor a leña y masa.
Las mujeres entraron.
Ismael se quedó quieto.
Soler.
Sacó la libreta.
Vicenta Soler Martí.
Debajo, el espacio seguía casi vacío.
Escribió:
Teresa Soler.
Esperó.
Después añadió el segundo apellido.
Martí.
Dos nombres.
Posiblemente la misma casa.
El mismo apellido, seguro.
En un pueblo los apellidos se repetían. También las calles, las historias y las desgracias.
No significaba nada .
Desde que había empezado a apuntar muertos, Ismael deseó que algo no significara nada.
• • •
Encontró la confirmación en el cuarto del sereno.
No fue difícil.
Eso le gustó todavía menos.
Entre los papeles viejos había una hoja con avisos de la semana. Puertas que revisar. Una lámpara fundida. Un vecino que había pedido acompañamiento a una hora concreta.
Y una línea escrita junto a la fecha de su llegada:
TERESA SOLER MARTÍ — delicada. Avisar a Vidal si empeora.
Debajo, con otra letra:
Vidal pasó. 22:10.
Ismael miró su reloj.
No porque aquella hora sirviera ya de nada.
La primera noche había empezado a mezclarse en su cabeza como una calle vista dentro de niebla: distinguía las esquinas, pero no cuánto había tardado entre una y otra.
Llegada.
Joaquín.
Pep.
Primera ronda.
La mujer.
La puerta.
El olor.
El golpe.
Después...
Se encontró fuera.
Eso era lo que llevaba días contándose.
Se encontró fuera.
La frase parecía completa si no se la miraba demasiado.
¿Fuera cómo?
¿A qué distancia?
¿De qué lado de la puerta?
¿Quién lo había sacado?
Ismael dejó la hoja sobre la mesa.
Pep Vidal había visitado a Teresa antes de que él empezara a seguir a la mujer.
Eso tampoco demostraba nada.
Era el practicante .
Teresa estaba enferma.
En el mismo papel constaba que debían avisarlo si empeoraba.
La explicación era tan razonable que casi daba rabia.
Ismael siguió revisando.
Encontró otro apunte en una esquina:
Entrada habitual por corral.
No decía de quién.
Más abajo alguien había escrito: Soler.
Ismael pasó el pulgar sobre la palabra.
Una casa.
Dos accesos.
Un practicante que conocía la puerta de atrás.
Una mujer muerta la misma noche que él recibió un golpe allí.
Y una mujer llamada Vicenta Soler Martí que aparecía cada noche delante de otra fachada.
Cerró los papeles.
Todavía no.
La frase empezaba a convertirse en una costumbre.
• • •
La calle trasera estaba húmeda.
Había llovido poco durante la tarde, apenas lo suficiente para oscurecer la tierra y hacer brillar los cantos redondos incrustados en el suelo.
Ismael se colocó frente a la puerta.
La misma.
Ya no dudaba.
No por recuerdos sobrenaturales ni intuiciones.
Por una pequeña grieta vertical en la madera que había visto la primera noche cuando apoyó la mano.
Subió la vista.
Tapia.
Tejado interior.
Una medianera larga hacia la derecha.
Sacó la libreta.
Contó pasos hasta la esquina.
Doblando a la izquierda, contó de nuevo.
Después otra calle.
Luego la fachada principal de varias casas.
Una tenía balcón estrecho.
Otra, dos ventanas bajas.
La siguiente era la de Vicenta .
Ismael se detuvo.
No sintió sorpresa.
La sorpresa había ocurrido antes, en alguna parte de su cabeza, mientras contaba.
Ahora solo estaba llegando hasta ella.
Miró el dibujo.
Volvió a andar hasta la esquina.
Regresó por detrás.
Contó otra vez.
La puerta trasera y la fachada de Vicenta quedaban en la misma parcela.
No aproximadamente.
No podía jurarlo ante un juez, pero sí ante un hombre que supiera medir calles con los pies.
Era la misma casa.
Ismael miró sus zapatos.
Tac.
Toc.
Había pasado varias noches delante de la puerta principal sin reconocer la casa donde casi le habían abierto la cabeza.
La idea debería haberle parecido absurda.
No lo era.
Una casa vista por delante podía no parecerse en nada a sí misma por detrás.
Eso también servía para las personas.
• • •
Vicenta apareció antes de que Ismael decidiera si quería encontrarla.
Estaba junto a la puerta principal.
No llevaba cesta.
Tenía los brazos cruzados y observaba el cielo como si esperara saber por él cuánto faltaba para que cambiara el tiempo.
—Esta casa da a dos calles —dijo Ismael.
Vicenta bajó la mirada.
—Muchas lo hacen.
—Esta también.
—Acabas de decirlo.
Ismael se acercó.
—La puerta de atrás es la de mi primera noche.
Vicenta no preguntó qué puerta.
Eso fue lo primero que Ismael notó.
—La que seguí —añadió .
—Sí.
La respuesta llegó tranquila.
Demasiado.
—¿Lo sabías?
—Sabía qué puerta era.
—Y no me lo dijiste.
Vicenta se apoyó en la madera.
—No me lo preguntaste.
Ismael soltó una risa sin humor.
—Algún día voy a estrangular esa respuesta.
—Tendrás que encontrarle el cuello.
Él quiso sonreír.
No pudo.
—¿La casa siempre ha sido de tu familia?
Vicenta miró la fachada.
—Sí.
—¿Naciste aquí?
—Aquí crecimos Teresa y yo.
No dijo vivo aquí.
Ismael no reparó en ello.
—Teresa Soler Martí.
Vicenta no tuvo una respuesta preparada.
La calle pareció quedarse más quieta.
—Era mi hermana —dijo.
Era.
Ismael entendió el pasado por la muerte reciente.
—Murió la noche que llegué.
Vicenta asintió.
—Sí.
—Y tú estabas allí.
Ella levantó la vista.
—Sí.
La palabra cayó entre ambos con un peso diferente.
Ismael pensó en la silueta.
El mantón.
La mano al cuello.
La puerta trasera.
—Eras tú.
Vicenta no sonrió.
—Me viste entrar.
—No te vi la cara .
—No.
—Pero eras tú.
Vicenta sostuvo su mirada.
—Sí.
No hubo música en la calle.
No sopló el viento.
Nada cambió.
Eso hizo que Ismael sintiera más.
Durante días había estado persiguiendo una desconocida que ya conocía.
—¿Por qué entraste por detrás?
—Porque estaba más cerca.
—¿De dónde venías?
Vicenta tardó.
—De esperar.
La palabra lo devolvió a Ramón Miralles.
Ramón Miralles.
Los tres muertos.
La estación.
Los que llegan antes.
—Teresa iba a morir.
Vicenta bajó los ojos.
—Sí.
—Y tú lo sabías.
—Sabía que estaba cerca.
Ismael sintió un escalofrío.
No de miedo.
De orden.
Una pieza había encajado.
—Por eso entraste.
—Por eso.
—Entonces Teresa es como Ramón.
Vicenta levantó la cabeza.
La tristeza que apareció en su cara le venía de antes.
Eso Ismael no pudo comprenderlo todavía.
Solo pensó que algunas personas envejecían una pena en pocos días.
—No —dijo ella.
—¿No?
—Teresa aguantó más de lo que todos pensábamos.
—Eso no responde.
—Es lo que puedo responderte.
Ismael apretó los dientes .
—Salvador tampoco fue como Ramón.
Vicenta no dijo nada.
—Y Teresa tampoco.
Silencio.
—¿Llegaste antes?
—Sí.
—Entonces la noche la esperaba.
—Yo la esperaba.
La corrección fue pequeña.
Importante.
Ismael guardó esa frase.
No sabía aún dónde.
• • •
Caminaron despacio sin alejarse de la casa.
Vicenta no parecía querer entrar.
Ismael tampoco quería que lo hiciera.
—¿Quién estaba con Teresa? —preguntó.
—Esa noche o en general.
—Esa noche.
Vicenta pensó.
—Al principio, nadie.
—¿Y después?
—Entró Pep.
Ismael notó la respuesta antes de decidir qué sentir.
—¿Vidal?
—Sí.
—¿Por delante?
—Por detrás.
La calle volvió a encogerse.
Ismael miró hacia la esquina que llevaba al corral.
—¿Era normal?
—Conocía la casa.
—¿Desde cuándo?
—Desde hacía años. Atendía a Teresa cuando estaba peor.
—¿Entraba por detrás?
—A veces. Le ahorraba dar toda la vuelta.
La clase de explicación que un hombre inocente merecía.
Ismael pensó en el olor.
Alcohol.
Tabaco .
Y algo vegetal.
—¿Llevaba algo?
Vicenta tardó un segundo.
—Un maletín.
—No me refiero a eso.
—Entonces pregunta lo que quieres preguntar.
Ismael dudó.
—¿Olía a romero?
Vicenta no respondió enseguida.
—A veces.
—¿Aquella noche?
La mirada de Vicenta se desplazó hasta la puerta.
—Recuerdo el pasillo.
—¿Qué pasa con el pasillo?
—Olía a alcohol. Y a romero.
Algo se cerró.
No una prueba.
Una circunferencia.
—Pep estuvo en casa de Salvador antes de que muriera.
—Pep está en muchas casas.
—También estuvo aquí.
—Sí.
—Y Teresa murió.
La dureza apareció en la cara de Vicenta.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decidir primero y mirar después.
La frase lo alcanzó.
Ismael apartó la vista.
—No he decidido nada.
—Entonces no hables como si ya lo hubieras hecho.
Tenía razón.
Le molestó más porque él había pensado lo mismo durante días.
—¿Viste qué hizo?
—No todo.
—¿Qué viste?
Vicenta cerró los ojos un instante.
—A Teresa cansada. A Pep entrando. A ti después.
Ismael se quedó inmóvil.
—¿A mí ?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Aquella noche.
—Eso ya lo sé. Me seguiste.
Vicenta negó muy despacio.
—No te seguí.
Ismael sintió algo pequeño y frío bajo el esternón.
—Entonces ¿dónde estabas?
—Aquí.
• • •
Se quedaron frente a la puerta sin hablar.
Ismael reconstruyó la escena.
Vicenta entrando por detrás.
Él siguiéndola.
Pep dentro.
Teresa enferma.
El golpe.
—¿Viste quién me pegó?
Vicenta miró hacia la calle.
—Vi movimiento.
—Eso no es lo mismo.
—No.
—¿Era Pep?
—No vi su cara en ese momento.
Ismael se tomó un segundo.
—¿Cuántos hombres entraron aquella noche?
Vicenta volvió a mirarlo.
La pregunta pareció sorprenderla por una razón que él no entendió.
—Dos.
—Pep y otro.
—Sí.
—¿Quién?
Vicenta no contestó.
La impaciencia subió.
—Vicenta.
Ella mantuvo los ojos sobre él.
—Aquella noche entraron dos hombres. Solo uno salió como había entrado.
Ismael frunció el ceño.
La frase no sonaba bien .
—¿Cómo que solo uno?
—Como te lo digo.
—¿Pep salió?
—Sí.
—¿Y el otro?
Vicenta siguió callada.
Ismael dio un paso.
—¿Quién era el segundo hombre?
—Tú.
La respuesta le quitó por un segundo todo el aire de la calle.
La respuesta lo dejó un segundo sin réplica.
—Yo entré detrás de ti.
—Sí.