El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

LA MUERTE QUE LLEGÓ TARDE

La campana sonó cuando Ismael ya sabía que Salvador Peris había muerto.

Eso fue lo que le molestó.

No la muerte.

La campana.

Había algo indecente en que un pueblo tardara menos en avisar de un fallecimiento que la propia noche.

Ismael estaba a dos calles de la casa cuando oyó el toque y se detuvo.

Pensó en Ramón Miralles.

Tres figuras antes.

Horas antes.

Esperando.

Luego Ramón.

Después la despedida.

Con Salvador había ocurrido al revés.

Primero la muerte.

Después, de momento, nada.

Miró hacia la calle por la que había venido.

La botella seguía casi llena en el bolsillo. La libreta pesaba más que el vino.

Volvió sobre sus pasos.

•  •  •

Había más gente frente a casa de Salvador.

Nadie gritaba.

Eso hacía que todo pareciera más serio.

Una mujer permanecía junto al portal con los brazos cruzados sobre el pecho. Un hombre hablaba en voz baja con otro vecino. Una ventana del piso bajo seguía encendida.

Ismael se quedó al borde de la calle.

Reconoció a Pep Vidal antes de verle la cara.

El maletín.

La forma de entrar y salir de las casas como si todas tuvieran una habitación reservada para él .

Pep apareció en el portal con las mangas ligeramente subidas y se hizo a un lado para dejar salir al doctor Alberola.

Ismael había oído el apellido durante la primera noche.

El médico era un hombre más bajo de lo que esperaba, de cabello gris peinado hacia atrás y gafas redondas. Se quitó una de ellas para limpiarla con el borde de un pañuelo mientras un vecino le preguntaba algo.

—El corazón estaba muy castigado —dijo Alberola.

La mujer del portal se llevó una mano a la boca.

—Pero ayer cenó.

—A veces eso no significa nada.

Pep estaba a su lado.

—Llevaba días flojo —dijo alguien.

Otro vecino asintió.

—Yo lo vi el martes. No tenía buena cara.

Alberola volvió a ponerse las gafas.

—No estaba bien.

La frase recorrió el pequeño grupo y pareció bastar.

Ismael miró las caras.

Nadie parecía sorprendido de que Salvador hubiese muerto.

Dolidos, sí.

Sorprendidos, no.

Eso complicaba las cosas.

Una muerte sospechosa habría sido más fácil si el muerto hubiera tenido veinte años, salud perfecta y planes para el domingo.

Salvador Peris era la clase de hombre que podía morir sin que nadie preguntara demasiado.

Ismael pensó que esa podía ser toda la explicación.

Entonces oyó:

—Y menos mal que Pep había pasado antes.

No vio quién lo dijo.

Giró la cabeza.

Dos hombres hablaban junto a una pared.

—Sí. Si no, su hermana se encuentra esto sola.

—¿Había venido por Salvador?

—Eso creo.

Pep seguía en el portal, recogiendo algo de su maletín.

Ismael dio dos pasos hacia él.

—Pep.

Pep no respondió.

—Pep Vidal.

El practicante cerró el broche de cuero .

—¿Has estado aquí antes?

Pep levantó la cabeza.

Durante un instante Ismael pensó que lo había oído.

Los ojos del hombre pasaron por la calle.

No se detuvieron en él.

Después Pep se inclinó para recoger una gasa caída junto al umbral.

Ismael frunció el ceño.

—Muy bien.

Pep cruzó a menos de un brazo de distancia.

Alcohol.

Tabaco.

Y debajo, débil, el olor limpio y seco del romero.

Ismael se quedó quieto.

Lo reconoció.

No supo de dónde.

La primera noche.

El corral.

La puerta trasera.

El hombre perseguido.

Demasiados lugares.

Demasiado poco.

Pep siguió andando sin prisa.

Un vecino lo llamó.

El practicante se volvió y respondió con normalidad.

Ismael miró la espalda del hombre.

Aquello no demostraba nada.

Un practicante olía a productos de curas.

Que el alcohol llevara romero era tan sospechoso como que un panadero oliera a harina.

Aun así, abrió la libreta.

No escribió el nombre.

Solo:

ROMERO.

Luego guardó el lápiz.

•  •  •

Los primeros muertos llegaron casi una hora después.

Ismael estaba preparado para ellos.

Eso fue lo peor.

Esperaba que aparecieran y, cuando aparecieron, sintió la satisfacción horrible de haber acertado .

La primera figura fue una mujer.

Venía sola.

No caminaba deprisa.

Se detuvo frente a la casa de Salvador y levantó la vista hacia la ventana encendida.

Un perro dormía junto a una puerta cercana.

No ladró.

La segunda figura apareció por la calle del fondo.

Un hombre anciano, muy delgado, con chaqueta oscura.

La tercera era más joven.

Ninguno habló.

No se saludaron.

Solo miraron la casa.

Ismael sacó la libreta.

Escribió la hora.

Luego se detuvo.

Miró la página.

Ramón: antes.

Salvador: después.

No necesitaba más palabras.

La mujer avanzó hasta el portal.

No entró.

Se quedó frente a la puerta.

Algo en su expresión hizo que Ismael cerrara la libreta.

No parecía estar esperando.

Parecía haber llegado tarde.

No había otra forma de decirlo.

Los tres tenían esa misma quietud incómoda.

La de quien acude a una estación cuando el tren ya se ha ido.

Ismael pensó en la frase de Vicenta.

Cuando esperas a alguien en una estación no haces que llegue el tren.

Aquellos tres no habían estado allí cuando Salvador todavía respiraba.

¿Por qué?

Un movimiento junto a la ventana lo obligó a levantar la cabeza.

Salvador estaba dentro.

O había aparecido allí.

Ismael no vio el momento exacto.

La figura del muerto quedó un instante detrás del cristal y luego salió al portal.

No lo hizo atravesando nada.

Un momento no estaba fuera y al siguiente sí .

Ismael empezaba a aceptar que la noche no sentía obligación alguna de explicarse con buenos modales.

Salvador miró a los tres recién llegados.

La mujer abrió la boca.

No salió sonido.

Salvador no se acercó.

Miró la casa.

Después la calle.

Después una esquina.

La misma por la que Pep Vidal se había marchado.

Ismael notó cómo su propia cabeza intentaba convertir aquello en una respuesta.

Se obligó a detenerla.

Un muerto podía mirar una esquina.

Eso era todo.

No iba a utilizar el gesto de un hombre recién fallecido como declaración de un testigo.

Pero Salvador siguió mirando.

•  •  •

Más tarde, cuando la gente empezó a dispersarse, Ismael se acercó a la casa.

El doctor Alberola ya se había marchado.

Pep también.

Quedaban dos familiares y una vecina.

Dentro hablaban bajo.

Ismael esperó.

No sabía qué esperaba.

Que todos se fueran.

Que la casa hiciera algo.

En una mesa próxima al portal vio un vaso de agua casi intacto.

Un frasco.

Un pequeño recipiente con algodón usado.

Nada de aquello era raro.

En una casa con un hombre enfermo, el material de una cura era casi parte del mobiliario.

Ismael no tocó nada.

Se limitó a mirar.

Una de las mujeres pasó junto a él y recogió el vaso.

No reaccionó a su presencia.

Ismael se apartó .

—Perdone.

La mujer siguió.

Puso el vaso en otra habitación.

La escena le habría resultado más extraña tres noches antes.

Ahora empezaba a cansarlo.

Los vivos tenían una habilidad extraordinaria para comportarse como si él no estuviera.

Tal vez el uniforme nuevo todavía no pertenecía al paisaje.

Tal vez un pueblo tardaba más de tres noches en aceptar una cara.

Tal vez—

Dejó de buscar explicaciones.

No porque hubiera encontrado una mejor.

Porque empezaba a agotarle fabricar tantas.

Se acercó un poco más al recipiente.

Olor medicinal.

Nada más.

El romero podía estar allí.

O en su cabeza.

Retrocedió.

No quería convertirse en Vicent.

Eso significaba separar lo que veía de lo que necesitaba ver.

Hecho: Salvador había muerto.

Hecho: nadie había esperado antes.

Hecho: tres muertos llegaron después.

Hecho: Pep había estado en la casa.

Hecho: el hombre era practicante y eso explicaba perfectamente que estuviera allí.

Todo lo demás eran ganas de encontrar un orden.

Y el hambre también hacía ver cosas.

•  •  •

Encontró a Vicenta cerca del campanario.

No la estaba buscando.

Eso se dijo hasta que llegó junto a ella demasiado deprisa para que pareciera casualidad.

Vicenta lo vio venir.

—Tienes cara de haber descubierto algo que no te gusta.

—Eso es mejor que tener cara de no haber descubierto nada.

—Depende de lo que sea.

Ismael se apoyó en el chuzo.

—Ha muerto Salvador Peris .

Vicenta bajó los ojos.

—Lo sé.

—Claro que lo sabes.

—Era un pueblo pequeño antes de que llegaras.

—No me refiero a eso.

Ella esperó.

Ismael sacó la libreta.

No se la enseñó.

—Con Ramón llegaron antes.

—Sí.

—Con Salvador, después.

Vicenta tardó en responder.

—Puede pasar.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Esa respuesta ya la tengo muy gastada.

—Entonces cuídala.

Ismael dejó la respuesta entre ambos.

—Los tres parecían sorprendidos.

Vicenta levantó apenas la cabeza.

—¿Los muertos?

—Sí.

—Es una palabra rara para ellos.

—¿Cuál?

—Sorprendidos.

—¿Por qué?

—Porque cuando ya te ha pasado lo peor, uno cree que se terminan las sorpresas.

Había algo detrás de la frase.

—No todas las muertes llegan cuando les toca —dijo Vicenta.

El silencio que siguió fue breve.

Pero no inocente.

Ismael se enderezó.

—¿Qué significa eso?

—Lo que significa.

—No. Significa algo para ti.

Vicenta miró hacia una ventana cerrada.

—A veces una persona se va antes de lo que debería.

—Eso lo dice todo el mundo cuando muere alguien joven.

—No hablo de edad.

Ismael esperó .

Vicenta no añadió nada.

—¿Has visto alguna vez algo así? —preguntó.

Ella tardó demasiado.

Dos segundos.

Tal vez tres.

Luego:

—He visto demasiadas cosas.

—Eso no es una respuesta.

—Sí lo es. Solo que no te sirve.

Ismael dio un paso hacia ella.

—¿Salvador debía morir esta noche?

Vicenta volvió a mirarlo.

—No creo que nadie deba morir una noche concreta.

—No estoy hablando de justicia.

—Yo sí.

La respuesta lo frenó.

Vicenta se ajustó el chal.

—Ten cuidado con una cosa, Ismael.

—¿Cuál?

—Cuando empiezas a buscar un orden, acabas creyendo que todo lo que lo rompe tiene culpable.

—A veces lo tiene.

—Sí.

No hubo ironía.

Eso fue peor.

Ismael la observó.

Vicenta parecía cansada de una conversación que todavía no había empezado.

—¿Alguna vez viste una muerte adelantada? —preguntó.

Vicenta miró hacia el suelo.

—Sí.

Ismael esperó.

Ella no dijo más.

—¿De quién?

—Buenas noches, sereno.

Se marchó.

Ismael no la siguió.

No porque no quisiera.

Porque entendió que hacerlo habría sido otra forma de entrar en una casa sin permiso.

•  •   •

Volvió a abrir la libreta bajo una bombilla pobre.

Dibujó una línea vertical.

A la izquierda escribió:

ANTES.

A la derecha:

DESPUÉS.

Se quedó mirándolo.

Le pareció infantil.

Lo dejó.

Bajo ANTES escribió:

RAMÓN MIRALLES — 3.

Bajo DESPUÉS:

SALVADOR PERIS — 3.

Pensó en la primera noche.

La mujer entrando por la puerta trasera.

El golpe.

La casa silenciosa.

La posibilidad de que dentro alguien estuviera muriendo.

No sabía quién.

No sabía ni siquiera si la mujer había ido allí por eso.

No sabía si aquella casa y la de Vicenta eran la misma vivienda o solo dos fachadas parecidas de una manzana que todavía entendía mal.

Demasiados no sabía.

No escribió nada.

En cambio añadió un pequeño círculo junto al nombre de Salvador.

Después lo repasó hasta dejarlo negro.

No significaba muerte.

Todos acabarían teniendo ese símbolo.

Significaba otra cosa.

Sin espera.

Guardó las notas.

La palabra le gustó menos que el círculo.

•  •  •

Antes del amanecer volvió una última vez.

La calle de Salvador estaba casi vacía.

La luz de la casa seguía encendida.

La mujer que había llegado primero ya no estaba.

Tampoco el anciano .

El más joven había desaparecido.

Salvador seguía allí.

Solo.

No miraba su casa.

Miraba la esquina.

Ismael se colocó a unos metros.

—Salvador.

El muerto no volvió la cabeza.

—¿Qué pasó?

Nada.

—¿Pep estuvo contigo?

Salvador siguió mirando.

Ismael se sintió estúpido nada más formularlo.

Los muertos no eran expedientes.

No tenían obligación de saber quién, cómo o por qué.

Ramón apenas había entendido que su hija ya no podía oírlo.

Esperar lucidez detectivesca de Salvador era pedirle a un cadáver recién estrenado que hiciera mejor el trabajo de los vivos.

Ismael bajó la voz.

—Perdona.

Se quedó a su lado.

No necesitaba que respondiera.

En el horizonte empezaba a aparecer una claridad gris.

Las fachadas perdían profundidad.

La niebla se adelgazaba.

Salvador seguía mirando la esquina.

Ismael también.

Una corriente de aire bajó por la calle.

Traía humo.

Tierra húmeda.

Y, muy débil, algo limpio y vegetal.

No necesitó nombrarlo.

Ismael no abrió la libreta.

No escribió Pep Vidal.

Todavía no.

Miró al muerto.

El muerto seguía mirando la esquina.

Y de la esquina llegaba ese mismo olor.