El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

LOS QUE ESPERAN

Ismael volvió a casa de Ramón Miralles. La regla de la noche anterior le molestaba demasiado para aceptarla sin una segunda mirada.

La calle estaba más limpia que la noche anterior.

No por barrida.

Por vacía.

La puerta permanecía cerrada y una persiana del piso bajo había quedado entornada. Detrás no había luz. En el marco, alguien había colocado una tela oscura que Ismael no recordaba haber visto la víspera.

Se detuvo enfrente.

La noche anterior, tres muertos habían esperado allí; después Ramón murió. En la libreta quedaba su frase: «Cuando entran, alguien muere».

Ahora le parecía demasiado cómoda.

Las reglas cómodas daban problemas.

Uno veía dos cosas seguidas y enseguida decidía que la primera había causado la segunda. Llovía y dolía una rodilla. Cantaba un pájaro y llegaba una carta. Entraban muertos en una casa y alguien moría.

La cabeza se daba buena maña para poner orden donde tal vez no lo había.

A veces incluso cuando no lo había.

Ismael cruzó la calle.

No llamó.

Esperó.

Dentro se oyó una voz baja.

Una mujer viva.

No distinguió las palabras.

Después otra voz, masculina, dijo algo sobre la mañana y el entierro.

Ismael miró hacia la ventana.

Nadie salió.

Nadie lo llamó.

Mejor así.

Aquella noche no había venido a hablar con la familia.

Había venido a esperar a Ramón.

•  •   •

Ramón apareció junto a su propia puerta.

No salió de ella.

Ismael estaba mirando hacia el extremo de la calle cuando volvió la cabeza y el hombre ya estaba allí.

Al principio no lo reconoció.

La noche anterior había imaginado a Ramón desde fuera: un enfermo detrás de una pared, una tos, una voz que decía bebe un poco.

El hombre que tenía delante no parecía enfermo.

Tampoco joven.

Le faltaba algo que Ismael había asociado con la vejez sin saberlo: el esfuerzo.

Ramón estaba erguido.

Llevaba camisa clara y pantalones oscuros. Tenía el cabello escaso, las manos grandes y una cara que debía de haber sido fuerte antes de que los años la estrecharan.

Miraba su casa.

—Ramón.

El hombre giró la cabeza.

—¿Sí?

Ismael sintió un alivio ridículo al oírlo responder.

—¿Ramón Miralles?

—Sí.

—Soy Ismael. El sereno.

Ramón lo estudió.

—No eres Vicent.

—No.

—Vicent caminaba peor.

Ismael miró sus zapatos.

—Gracias.

Ramón volvió a mirar la puerta.

—No abre.

Ismael no preguntó qué.

—¿Quiere entrar?

—Estoy dentro.

La frase salió sin lógica y Ramón frunció el ceño después de decirla.

—O estaba.

Dio un paso hacia la puerta.

Levantó la mano.

La dejó a mitad.

—Mi hija está ahí.

Ismael oyó una voz dentro de la casa .

Una mujer sollozaba muy bajo.

Ramón se acercó.

—Reme.

No hubo respuesta.

—Reme.

Reme no respondió.

Ramón golpeó la madera.

O eso intentó.

El gesto terminó sin sonido.

Miró sus dedos.

El miedo apareció en su cara.

No era un miedo grande.

Era peor.

El miedo pequeño de alguien que empieza a sospechar que el problema no está en la puerta.

Ismael se acercó un poco.

—Ramón.

—No me oye.

Ismael no respondió.

—Mi hija no me oye.

Ramón se volvió hacia él.

—Tú sí.

Ismael abrió la boca.

La cerró.

Podía haberle dicho muchas cosas.

Que sí.

Que no sabía por qué.

Que aquello le estaba ocurriendo desde hacía apenas unas noches.

Que a él tampoco lo escuchaba demasiada gente.

Ninguna servía.

—Sí —dijo al final.

Ramón miró otra vez la casa.

—Entonces llama tú.

Ismael notó un peso extraño en el pecho.

No dolor.

Responsabilidad.

Eso sí lo reconocía.

—No creo que me oiga.

Ramón lo miró.

El miedo pequeño creció un poco.

—¿Por qué ?

Ismael no tuvo que contestar.

Alguien apareció al final de la calle.

Luego otro.

Y un tercero.

Los tres que habían esperado la noche anterior.

•  •  •

La primera era una mujer de la edad que Ramón debía de haber tenido hacía años.

No llevaba luto.

Llevaba un vestido sencillo y el cabello recogido.

Ramón dejó de mirar la puerta.

—No.

La mujer siguió acercándose.

Él retrocedió un paso.

—No.

No sonaba asustado.

Sonaba como quien rechaza una noticia que conoce demasiado bien.

La mujer se detuvo delante de él.

Le tocó la mejilla.

Ramón cerró los ojos.

—Tú no.

Ella sonrió.

—Yo sí.

Ramón abrió los ojos.

La miró durante mucho tiempo.

No hizo falta que Ismael preguntara quién era.

La manera de mirarse pertenecía a dos personas que habían discutido demasiados años sobre cosas pequeñas y se habían echado de menos después por las mismas razones.

El segundo muerto era un hombre mayor, ancho de hombros, con un parecido suficiente a Ramón para que el parentesco resultara evidente.

Le dio una palmada en el brazo.

—Ya era hora.

Ramón soltó una risa que terminó en algo parecido a un sollozo.

—Siempre has sido un animal.

—Y tú un lento.

El tercero permaneció un poco atrás.

Era más joven.

Mucho más.

Unos veintitantos .

Ramón tardó más en mirarlo.

Cuando lo hizo, todo su cuerpo cambió.

No físicamente.

Se le cayó algo de encima.

—Hijo.

El muchacho bajó la cabeza.

—Padre.

Ramón dio dos pasos.

Lo abrazó.

Ismael apartó la mirada.

No por pudor.

Porque había cosas que un hombre no necesitaba mirar para saber que estaban ocurriendo.

La mujer que debía de haber sido su esposa puso una mano sobre la espalda de Ramón.

El hermano se quedó al lado.

Nadie parecía tener prisa.

Eso fue lo que Ismael entendió antes que ninguna otra cosa.

No habían venido a arrastrarlo.

No habían venido a exigirle nada.

Habían esperado.

Eso era todo.

Esperado.

Cuando volvió a mirar, Ramón tenía una expresión distinta.

Seguía desconcertado.

Pero ya no estaba solo dentro del desconcierto.

Ismael sacó la libreta.

No escribió.

Le pareció indecente hacerlo delante de ellos.

•  •  •

—Vinieron a llevárselo.

Vicenta negó.

Estaban en una calle cercana al campanario. Ella se había apoyado contra una fachada y escuchaba mientras Ismael intentaba explicar lo que acababa de ver sin parecer impresionado.

No lo estaba consiguiendo.

—No —dijo Vicenta—. Vinieron a esperarlo.

Ismael tardó un segundo en encajar la frase.

—¿Qué diferencia hay?

—Toda .

—Ramón está muerto.

—Sí.

—Ellos llegaron antes.

—Sí.

—Y ahora se va con ellos.

—Puede ser.

—Eso se parece bastante a venir a buscar.

Vicenta tardó un momento.

—Cuando esperas a alguien en una estación no haces que llegue el tren.

Ismael guardó silencio.

La comparación era demasiado sencilla.

Por eso funcionaba.

—Sabían que iba a morir.

—Puede ser.

—¿Cómo?

—No lo sé.

—Siempre sabes justo hasta donde deja de ser útil.

Vicenta sonrió.

—Es un talento.

Ismael miró hacia la calle de Ramón.

—La mujer era su esposa.

—Sí.

—El mayor, su hermano.

Vicenta asintió.

—Y el joven...

—Su hijo.

Ismael volvió la cabeza.

—¿Lo conocías?

—A Ramón lo conocía todo el pueblo.

—No he preguntado eso.

Vicenta ajustó el chal.

—El chico murió joven.

—¿De qué?

—¿Importa?

Ismael pensó.

—A Ramón sí.

—Entonces pregúntaselo a Ramón.

—Ya no está.

Vicenta no necesitó añadir nada.

—Exacto.

Hubo un silencio .

Ismael entendió que no iba a obtener más.

—¿Siempre vienen familiares?

—No.

—¿Amigos?

—A veces.

—¿Y si no viene nadie?

Vicenta bajó los ojos.

—Entonces no viene nadie.

La frase fue tan seca que Ismael dejó de preguntar.

Unos pasos más adelante dijo:

—¿Cómo sabes que no vienen a buscarlos?

Vicenta siguió andando.

—Porque casi nadie quiere llegar solo.

Ismael se detuvo.

Ella dio dos pasos antes de darse cuenta.

Volvió la cabeza.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso nunca significa nada.

Ismael la alcanzó.

No explicó por qué la frase le había afectado.

Ni siquiera estaba seguro de saberlo.

•  •  •

La primera noche volvió entera de golpe.

No como recuerdo.

Como una pieza que acababa de encontrar su sitio.

La mujer.

La puerta trasera.

El modo en que había entrado sin llamar.

Ismael caminó más despacio.

Vicenta lo notó.

—¿Qué pasa?

—La noche que llegué.

—¿Qué noche iba a ser?

—Seguí a una mujer.

Vicenta no respondió.

—Entró en una casa por detrás.

Silencio.

—Después me golpearon.

—Eso sí lo recuerdo .

Ismael se volvió hacia ella.

—¿Cómo?

Vicenta sostuvo la mirada.

—Me lo contaste.

Era verdad.

Lo había hecho.

Ismael continuó.

—Yo creía que estaba entrando donde no debía.

—Puede ser.

—Pero si hacía lo mismo que los de Ramón...

Vicenta dejó de caminar.

—¿Qué?

—Esperar.

La palabra sonó distinta ahora.

Ismael miró hacia la oscuridad.

—Si aquella mujer iba a esperar a alguien, entonces dentro de esa casa ya había una persona muriéndose antes de que yo entrara.

Vicenta no dijo nada.

Su cara se había vuelto demasiado quieta.

—¿Sabías quién era? —preguntó Ismael.

—No viste su cara.

—No te he preguntado eso.

Vicenta se cruzó el chal con más fuerza.

—Vallada tiene muchas casas.

—Y pocas mujeres que anden solas de madrugada.

—Menos de las que debería.

—Hacía esto.

Ismael levantó una mano hacia su cuello, imitando el gesto con que ella se ajustaba el chal.

Vicenta reconoció el gesto.

—Ya hablamos de eso.

—No me convenciste.

—No era mi obligación.

Ismael sostuvo la mirada unos segundos.

No quería acusarla.

Eso era lo extraño.

Dos noches antes habría preferido una respuesta a cualquier otra cosa.

Ahora había empezado a preferir que algunas respuestas no estropearan determinadas conversaciones.

Le molestó descubrirlo.

—Voy a volver a esa casa .

Vicenta no intentó detenerlo.

—Ya lo sé.

•  •  •

La puerta trasera parecía más pequeña de lo que recordaba.

La primera noche había ocupado toda la calle.

Ahora era solo una hoja de madera castigada, encajada en una fachada sin adornos.

Ismael no la tocó.

Se quedó enfrente.

A la luz de la luna y de una bombilla lejana pudo ver mejor la construcción.

Aquello no parecía una entrada principal.

No había número visible.

La puerta daba a lo que parecía la parte trasera de una vivienda profunda. A un lado se levantaba una tapia; al otro, una medianera larga. Por encima asomaba el borde de un tejado interior.

Ismael caminó hasta la esquina.

Contó pasos.

Tac.

Toc.

Tac.

Toc.

Dobló.

Luego otra vez.

Intentó imaginar la manzana desde arriba.

Casas estrechas de fachada.

Parcelas largas hacia dentro.

Patios.

Corrales.

Almacenes.

Algunas podían atravesar casi toda la manzana.

Sacó la libreta y dibujó.

La puerta por la que había seguido a la mujer quedaba en un extremo.

La fachada principal, fuera cual fuera, debía de estar en otra calle.

Ismael miró el croquis.

Pensó en Vicenta.

No porque tuviera una prueba.

Porque llevaba varias noches mirando su casa por delante sin preguntarse cuánto medía por detrás.

Trazó una línea .

La borró.

—Todavía no.

Se acercó otra vez a la puerta.

No entró.

Había aprendido.

Escuchó.

Solo silencio.

Ni respiración.

Ni muebles.

Ni pasos.

Aun así, el recuerdo del olor regresó.

Alcohol.

Tabaco.

Algo vegetal.

Y el golpe.

Ismael apartó la mano antes de tocarse la sien.

Si allí había muerto alguien aquella noche, quería saber quién.

Si la mujer había ido a esperar a esa persona, quería saber qué relación tenía con la casa.

Y si el hombre que lo golpeó había salido por otra calle, quería saber cuál.

Desde el ataque, las tres preguntas parecían pertenecer a la misma historia.

•  •  •

En las hojas de Vicent Belda encontró una frase casi perdida entre anotaciones sobre puertas.

No estaba subrayada.

No tenía signos de admiración.

Eso mismo le dio más confianza.

“LOS QUE ENTRAN ANTES CASI SIEMPRE CONOCEN LA CASA.”

Ismael leyó la línea dos veces.

Ramón.

Su mujer.

Su hermano.

Su hijo.

No habían elegido aquella vivienda al azar.

Sabían a quién esperaban.

Volvió a pensar en la silueta de la primera noche.

Si aquella mujer era Vicenta, conocía la casa .

Si conocía la casa, podía conocer a quien estaba muriendo.

Y si sabía que alguien iba a morir...

Ismael cerró las hojas.

No quería construir una acusación sobre tres posibilidades.

Era justo el tipo de cosa que había empezado a reprocharle al antiguo sereno.

Separar lo que había visto de lo que imaginaba.

Esa sería la diferencia entre los dos.

O eso esperaba.

•  •  •

Ramón seguía en la calle cuando el cielo empezó a aclarar.

Esta vez no estaba solo.

Su esposa caminaba a su lado.

El hermano iba un poco por delante.

El hijo, detrás.

Ramón miró una vez hacia su casa.

Desde dentro llegó un llanto apagado.

Se detuvo.

La mujer le tomó la mano.

Él permaneció inmóvil unos segundos.

Después siguió.

Ismael los vio alejarse.

No desaparecieron.

No hubo luz.

No se abrió ninguna puerta imposible.

Fueron haciéndose menos nítidos a medida que avanzaba la mañana, hasta que Ismael dejó de distinguirlos entre las fachadas.

No supo adónde iban.

Por primera vez no sintió necesidad de saberlo.

A sus espaldas empezaron a sonar carros, pasos y voces.

Dos hombres pasaron con ropa de faena y capazos.

Hablaban de la aceituna.

El aire frío convertía cada frase en una pequeña nube blanca delante de sus bocas.

—A la almàssera primero —dijo uno—. Luego ya veremos.

El otro se frotó las manos.

—Como siga esta humedad, mañana salimos más tarde.

Pasaron junto a Ismael sin mirarlo.

Él observó cómo el vaho de ambos se deshacía detrás de ellos.

Después guardó la libreta .

La noche se retiraba.

Los vivos volvían a ocupar las calles.

•  •  •

Había pasado dos veces por casa de Salvador Peris.

La primera, poco después de medianoche.

La segunda, casi dos horas más tarde.

No había anotado nada.

Precisamente por eso lo recordó.

Una casa normal.

Persianas cerradas.

Un perro dormido junto a una puerta cercana.

Ninguna figura esperando.

Nadie entrando.

Nadie quieto frente a las ventanas.

Ninguna señal.

Salvador era un hombre de edad, sí.

Ismael sabía de oídas que tenía achaques y que el practicante lo visitaba de vez en cuando, como visitaba a media población.

Pero no estaba moribundo.

O al menos nadie hablaba de él como habían hablado de Ramón.

Ismael pasó por tercera vez cuando ya clareaba.

Había gente en la puerta.

Dos mujeres.

Un hombre en mangas de camisa.

Otro llegó deprisa desde la esquina.

—¿Qué pasa?

—Salvador.

—¿Qué le ha ocurrido?

—No responde.

—¿Desde cuándo?

—Su hermana ha ido a verlo y...

La mujer se llevó una mano a la boca.

Alguien dijo que fueran a buscar al médico.

Otra voz pidió que avisaran al practicante.

Ismael se quedó al otro lado de la calle.

Nadie lo miró.

No necesitaba que lo hicieran.

Miró la puerta.

Luego la ventana.

Después al perro de la casa vecina .

El animal estaba despierto.

Tranquilo.

Repasó la noche.

Primera pasada.

Nada.

Segunda pasada.

Nada.

Ninguna mujer bajo una ventana.

Ningún hermano.

Ningún hijo.

Nadie esperando.

Sacó la libreta.

Buscó la anotación de Ramón.

Tres antes.

Debajo escribió:

SALVADOR PERIS.

Se detuvo.

La gente de la puerta empezó a apartarse para dejar entrar a alguien.

Ismael no miró quién.

Ya no importaba.

Escribió:

0 antes.

Se quedó observando el cero.

Era muy pequeño para contener una muerte.

La regla podía estar equivocada.

Los muertos podían fallar.

Tal vez Salvador no tenía a nadie que quisiera esperarlo.

Tal vez las muertes no obedecían a nada y él llevaba cuatro noches construyendo orden sobre coincidencias.

Todas las explicaciones eran posibles.

Pero había una diferencia entre una excepción y una ausencia.

Aquella casa no había parecido vacía de muertos.

Había parecido normal.

Completamente normal.

Y ahora Salvador Peris estaba muerto.

Ismael cerró la libreta.

La noche no había ido a esperar a Salvador Peris.