El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 5
20%

CAPÍTULO 5

EL HOMbrE QUE ESTUVO ANTES

El hombre no corría.

Eso fue lo primero que inquietó a Ismael.

Correr habría sido normal.

Un hombre al que un perro acababa de descubrir en mitad de una calle llena de muertos tenía motivos para correr.

Aquel no.

Aceleraba lo justo.

Doblando una esquina parecía saber ya qué iba a encontrar detrás. No miraba las puertas. No dudaba en los cruces. Elegía la sombra antes de llegar a ella.

Ismael salió tras él.

Tac.

Toc.

Tac.

Toc.

La figura giró la cabeza una vez.

Solo una.

No lo bastante para mostrar el rostro.

Ismael vio una mejilla, el borde oscuro de una gorra y una mano que el hombre mantenía pegada al costado, como si protegiera algo o le molestara moverla.

—Eh.

El hombre no contestó.

Ismael apretó el paso.

La calle terminaba en dos posibles salidas. Recordó el croquis de Joaquín, tomó la izquierda y trató de cortarle el camino por una travesía más estrecha.

La pierna decidió recordarle quién mandaba.

El zapato con alza resbaló sobre un canto redondo.

Ismael golpeó la pared con el hombro.

No cayó.

—Ahora no.

Siguió .

El hombre apareció al fondo.

Más cerca.

Ismael creyó que lo alcanzaría.

Entonces la figura pasó junto a una puerta entreabierta, desapareció detrás de un muro bajo y no volvió a salir donde debería.

Ismael llegó unos segundos después.

Había un corral.

Una pila de leña.

Una pared.

Y ninguna persona.

—Muy bien.

Entró un poco más.

La casa parecía tener salida a otra calle.

Vio una puerta al fondo del patio, casi oculta detrás de un cobertizo. Cuando llegó hasta ella, estaba cerrada.

Ismael apoyó la mano.

Madera fría.

Nada más.

Olfateó sin querer.

Tabaco.

Humedad.

Y algo parecido al alcohol de curas mezclado con una planta seca.

Romero, posiblemente.

El olor duró poco.

O lo había traído de la primera noche y ahora lo encontraba donde quería.

Eso también ocurría.

Uno aprende una palabra y durante una semana el mundo parece lleno de ella.

Ismael retrocedió.

Desde la calle llegó un ladrido.

Uno.

Después silencio.

•  •  •

El perro seguía junto a la pared.

Ismael se acercó.

El animal lo miró.

No ladró .

Más allá, una mujer caminaba despacio bajo un balcón. Ismael la había visto dos noches antes. No recordaba su nombre porque nadie se lo había dado.

El perro tampoco reaccionó a ella.

Ismael miró hacia la esquina por la que había escapado el hombre.

—A ti sí.

El perro se rascó detrás de una oreja.

—No ayudas tanto como crees.

Sacó la libreta.

Buscó la frase de la noche anterior.

A los muertos no les ladran.

Debajo había escrito:

A aquel hombre sí.

Añadió:

Conoce atajos.

Dudó.

Luego:

Casa con salida a otra calle.

Dejó las notas donde estaban.

La botella estaba en el bolsillo interior.

La tocó.

No la sacó.

Aquella noche empezaba a tener suficientes problemas sin pedirle opinión al vino.

La mujer del balcón pasó cerca.

El perro siguió indiferente.

Después pasó Ismael.

Lo mismo.

Por un instante pensó que una regla que servía para distinguir vivos de muertos y no servía para distinguirlo a él era una regla defectuosa.

Luego pensó que los perros llevaban tres noches viéndolo.

La explicación seguía siendo razonable.

Se permitió conservarla.

Había una diferencia entre engañarse y posponer una conclusión. Ismael prefería pensar que estaba haciendo lo segundo.

Una regla nueva necesitaba excepciones antes de merecer confianza. Los perros podían reconocer olores, pasos, ropa. Podían acostumbrarse a una persona. Podían odiar a un hombre por razones que ningún ser humano entendería y querer a otro que no valía una peseta.

Así que todavía no iba a utilizar a un animal como juez del más allá.

Pero tampoco iba a olvidar a cuál había ladrado.

•  •   •

La dependencia municipal estaba cerrada cuando llegó.

Eso no le sorprendió.

Lo que le sorprendió fue encontrar en su mano la llave correcta antes de pensar en buscarla.

La sostuvo bajo la luz pobre de una esquina.

No recordaba que Joaquín se la hubiera señalado.

Pero era lógico.

Sereno.

Puertas.

Llaves.

Algunas cosas no necesitaban explicación.

Metió la llave en la cerradura.

Entró bien.

Al girarla, en cambio, sintió algo extraño: no resistencia, sino una distancia mínima entre la presión de sus dedos y el metal, como si la llave obedeciera un instante después.

Ismael apretó un poco más.

El mecanismo cedió.

—Necesita aceite —murmuró.

Abrió.

Dentro olía igual que la primera noche: papel húmedo, madera vieja y una estufa que llevaba horas apagada.

Ismael entró.

No encendió luz.

No sabía si debía.

Y, de algún modo, la oscuridad no le molestaba tanto como dos noches atrás.

Sobre la mesa ya no estaban el manojo, la libreta ni el chuzo que Joaquín le había entregado.

Ismael miró sus propias manos.

Llevaba las llaves.

Llevaba la libreta.

Llevaba el chuzo.

No pensó más en ello.

Todavía.

Buscó el pequeño armario donde Joaquín había sacado parte del material.

La puerta estaba entornada .

Dentro había papeles, una correa de cuero reseca, una funda vacía, dos cajas sin tapa y un silbato viejo.

Ismael cogió el silbato.

Estaba rajado junto a la embocadura.

Se lo llevó a la boca.

No sopló.

No sabía por qué.

Lo dejó de nuevo.

Debajo de la correa encontró unas hojas dobladas.

La primera tenía una fecha de varios años atrás.

La letra era estrecha, inclinada hacia la derecha.

Arriba:

VICENT BELDA TORMO.

Ismael se quedó quieto.

Belda.

Amparo Belda.

No significaba nada todavía.

En los pueblos, los apellidos se repetían hasta parecer parte del mobiliario.

Leyó.

Las primeras líneas eran vulgares.

Horas.

Calles.

Una puerta que quedaba mal cerrada.

Un vecino que volvía tarde.

Un perro suelto.

Luego la letra cambiaba.

Más apretada.

Más nerviosa.

“MUJER DEL BALCÓN. OTRA VEZ.”

Debajo:

“NO HA BAJADO. ME SIGUIÓ.”

Ismael frunció el ceño.

Pasó la hoja.

“NO CONFIAR EN EL RELOJ DE LA IGLESIA.”

Otra.

“HABLAN DETRÁS DE LA PARED. SI AbrO, CALLAN.”

Ismael dejó de leer un momento.

Joaquín había dicho que la noche se le había metido en la cabeza.

Aquellas notas no lo desmentían.

Pero tampoco parecían todas iguales .

Entre frases confusas aparecían cosas concretas.

“PERRO DE SANTA ROSA NO LADRA A LA MUJER.”

Ismael acercó el papel.

La línea siguiente estaba parcialmente corrida por humedad.

“... A LOS OTROS TAMPOCO.”

Le dio la vuelta a la hoja.

La vuelta estaba en blanco.

Buscó otra.

Una lista de puertas.

Otra de horas.

Después una anotación:

“NO IR SOLO AL FOSSAR DESPUÉS DE LAS DOS.”

Ismael sonrió sin humor.

—Buen consejo para un sereno.

Siguió.

Encontró una página donde Vicent había dibujado un mapa muy simple.

No calles completas.

Flechas.

Esquinas.

Cruces.

Una manzana estaba atravesada por una línea de lado a lado.

En un extremo: “ENTRADA”.

En el otro: “SALIDA”.

Ismael pensó en el hombre que acababa de perder.

En el corral.

En la puerta del fondo.

Muchas casas viejas no terminaban donde parecía terminar su fachada.

Patios largos.

Corrales.

Accesos de servicio.

Otra calle detrás.

El fugitivo no había desaparecido.

Había llegado antes a una puerta que Ismael todavía no sabía que existía.

Eso lo tranquilizó.

Lo sobrenatural ya tenía bastante territorio.

No necesitaba regalarle también los atajos.

•  •  •

Siguió leyendo.

Vicent escribía como dos hombres .

Uno anotaba cierres, horas y nombres con precisión.

El otro llenaba los márgenes de frases que no llevaban a ninguna parte.

“NO MIRES LA VENTANA SI CANTA.”

“HOY ERAN CUATRO, PERO OÍ CINCO.”

“LA CAMPANA SONÓ SIN MOVERSE.”

Ismael no sabía cuáles creer.

Eso era lo peligroso.

Ismael conocía hombres que habían perdido dinero, familia, dientes o vergüenza. Todo aquello podía señalarse con un dedo. Lo de Vicent era peor: había perdido la confianza en el instrumento con el que uno comprueba todas las demás pérdidas.

Si una noche veía una mujer donde no había nadie y a la siguiente veía a un muerto que sí estaba allí, ¿qué parte de sí mismo utilizaba para decidir cuál era cuál?

De pronto la frase de Joaquín —se le metió la noche en la cabeza— dejó de parecerle graciosa.

Puede que la noche no se hubiera metido en ninguna parte. Vicent podía llevar años intentando separar dos realidades que usaban los mismos ojos.

Ismael miró las hojas con menos superioridad que unos minutos antes.

Un hombre que miente siempre termina siendo útil: basta con invertirlo.

Un hombre que mezcla verdad y error obliga a pensar cada frase por separado.

Encontró una hoja más pequeña.

La leyó dos veces.

“PERROS: NO A ELLOS.”

Debajo:

“ANOCHE SÍ A UNO.”

Y debajo, con otra tinta:

“NO ERA DE LOS OTROS.”

Ismael dejó el papel sobre la mesa.

El silencio de la habitación cambió.

No realmente.

Dentro de él.

Volvió a leer.

PERROS: NO A ELLOS.

ANOCHE SÍ A UNO.

NO ERA DE LOS OTROS.

Ismael sacó su libreta.

Abrió por la página de la noche anterior.

A los muertos no les ladran.

A aquel hombre sí .

Puso ambos textos uno al lado del otro.

Años de diferencia.

La misma observación.

Sintió una satisfacción inmediata.

Después dejó de gustarle.

Porque aquello significaba dos cosas.

La primera: no estaba imaginando la regla.

La segunda: alguien antes que él había visto a un vivo moverse entre los muertos.

Ismael volvió a mirar el nombre.

VICENT BELDA TORMO.

—¿Qué viste?

La habitación no contestó.

Por una vez, lo agradeció.

•  •  •

Vicenta estaba en el umbral de su casa cuando Ismael pasó por delante.

No apoyada de forma teatral.

No esperando.

Estaba allí, con las manos recogidas bajo el chal y la mirada perdida en una calle que parecía conocer demasiado bien.

Ismael siguió dos pasos.

Después volvió.

—Eso ha sido muy digno —dijo Vicenta.

—¿Qué?

—Hacer como que ibas a seguir.

—Iba a seguir.

—Claro.

Ismael se apoyó en el chuzo.

—He encontrado al anterior.

La expresión de Vicenta cambió muy poco.

—¿A Vicent?

—Sus papeles.

—Ah.

—Vicent Belda Tormo.

—Sí.

—Belda como Amparo.

—Aquí los apellidos se repiten más que los pecados.

—¿Familia?

Vicenta levantó un hombro.

—Lejana .

—¿Lo conociste?

—Sí.

La respuesta llegó demasiado rápido para una pregunta que Ismael esperaba tener que pelear.

—¿Y estaba loco?

Vicenta dejó que la palabra quedara entre ambos.

—Qué palabra tan cómoda.

—No la he usado yo primero.

—Pero te gusta porque ordena.

Ismael frunció el ceño.

—Veía cosas que no estaban.

—Puede ser.

—Y cosas que sí.

—También.

—Eso no ayuda.

—A él tampoco le ayudaba.

Ismael guardó silencio.

Vicenta bajó un instante la mirada.

—Lo peor no es ver algo que nadie más ve.

—¿Entonces?

—No saber si la próxima vez será verdad.

La frase no sonó sabia.

Sonó recordada.

Ismael pensó en las hojas.

Mujer del balcón.

Perros.

Voces.

El Fossar.

—¿Le tenías cariño?

Vicenta tardó un poco.

—Me daba pena cuando todavía no quería que me la diera.

Ismael sintió la frase como propia.

Eso lo irritó.

—La pena es una forma bastante eficaz de mirar a alguien desde arriba.

Vicenta lo observó.

—Sí.

No añadió nada.

Ismael habría preferido que discutiera.

Una mujer apareció al fondo de la calle con un cesto cubierto por un paño. Pasó junto a la casa.

No miró a Vicenta .

Tampoco a Ismael.

Solo levantó un poco el borde de la falda para evitar una zona de barro y siguió andando.

Ismael la vio alejarse.

—¿Os lleváis mal?

—¿Quién?

—Esa mujer.

Vicenta miró la calle vacía.

—No especialmente.

—Ni te ha mirado.

—La gente mira menos de lo que cree.

—En este pueblo, muchísimo menos.

Vicenta sonrió.

Ismael sacó la libreta.

—Vicent escribió algo.

—Escribía muchas cosas.

—Contaba.

La atención de Vicenta cambió.

—El anterior también empezó contando.

—¿Muertos?

—Cosas.

—Eso es hacer trampa.

—No. Hacer trampa sería decirte cuáles.

Ismael sostuvo su mirada.

No sabía si Vicenta lo estaba protegiendo, provocando o simplemente esperando a que llegara solo a una conclusión. Empezaba a sospechar que con ella las tres cosas podían parecerse mucho.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—No lo sé todavía.

Vicenta desvió la mirada hacia el campanario.

—Entonces cuando lo sepas quizá te guste menos.

—¿Qué contaba?

—Ismael.

—¿Qué?

—No conviertas cada respuesta en una puerta.

—Soy sereno. Me pagan por las puertas.

—No te pagan tanto.

La comisura de Ismael se movió apenas.

Se quedó allí más tiempo del necesario .

Al alejarse, Ismael abrió otra vez la libreta y dibujó el tramo de calles que había recorrido durante la persecución. El resultado parecía hecho por un niño enfadado: dos líneas rectas, tres esquinas y un bloque demasiado grande en medio.

Volvió sobre sus pasos, no hasta la casa de Vicenta, sino hasta la esquina siguiente.

Desde allí se veía una hilera de fachadas que no coincidía con la profundidad que él había calculado. Algunas viviendas ocupaban parcelas largas; detrás de una puerta principal podían venir patio, corral, almacén y otra salida a la calle opuesta.

Joaquín le había enseñado rutas. No le había enseñado el interior de las manzanas.

Eso explicaba al fugitivo mejor que cualquier fantasma.

Ismael corrigió el croquis.

En la parte trasera dibujó varios interrogantes.

No podía saber qué puerta pertenecía a qué casa. Desde delante, una vivienda parecía terminar en una pared. Desde detrás, podía empezar otra historia completamente distinta.

Guardó la libreta.

Pensó en la mujer de la primera noche entrando por una puerta trasera. Luego en Vicenta diciendo esta es mi casa frente a una fachada que no había reconocido.

La idea llegó y se fue antes de adquirir forma.

Vallada era un pueblo pequeño.

Eso no significaba que fuera sencillo.

Lo supo porque, durante varios minutos, olvidó la botella.

•  •  •

Volvió al armario antes del amanecer.

No por Vicenta.

Eso se dijo.

Buscaba el resto de una hoja que había visto medio escondida bajo una carpeta.

La encontró.

Era un recuento.

Horas a la izquierda.

Calles a la derecha.

Números.

1:15 — Sant Joan — 6

1:40 — Santa Rosa — 11

2:05 — Fossar — 1 7

2:30 — Fossar / Campanar — 23

Ismael pasó el dedo por la última cifra.

Veintitrés.

Debajo había una línea escrita con tanta presión que la punta había marcado el papel.

“23 QUIETOS.”

Luego otra.

“EL PERRO LADRÓ.”

Y finalmente:

“UNO NO.”

Ismael se quedó mirando.

El razonamiento cojeaba.

O él no tenía todavía la pieza correcta.

Veintitrés quietos.

Un perro.

Uno no.

Buscó en la siguiente hoja.

Tampoco allí.

En la anterior encontró una frase al margen:

“EL 24 NO ESTABA MUERTO.”

Ismael no oyó la campana.

No oyó la puerta que crujió en algún punto del edificio.

No oyó siquiera su propio tac... toc... cuando dio un paso atrás.

Solo vio los números.

Veintitrés.

Veinticuatro.

Vicent había contado veintitrés.

Y había tenido miedo del número veinticuatro.