El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

LOS QUE NO LADRAN

La tercera noche Ismael empezó a contar perros.

No fue una decisión.

Fue una molestia.

El primero estaba tumbado junto a la carnicería, encogido contra la pared, con el hocico sobre las patas. Ismael pasó a menos de dos metros.

El animal abrió un ojo.

Nada más.

—Bonito vigilante.

Siguió hasta la esquina.

Amparo apareció al fondo de la calle.

No sabía de dónde venía nunca. Eso le empezaba a molestar menos. La vio avanzar con su paso lento, el chal oscuro recogido sobre los hombros y aquella cara de quien llevaba demasiados años sin tener prisa.

El perro de la carnicería ni siquiera levantó la cabeza.

Ismael se detuvo.

Amparo pasó junto al animal.

Nada.

Cinco minutos después, un hombre salió de una casa cargando un cubo. El perro se incorporó, estiró el cuello y dio un ladrido corto.

El hombre lo mandó callar sin detenerse.

Ismael miró al perro.

Luego miró hacia donde Amparo había desaparecido.

—Ajá.

Sacó la libreta.

No escribió nada.

Todavía.

Una observación podía ser casualidad.

Dos empezaban a parecer manía.

Tres ya merecían tinta.

•  •  •

Encontró la segunda prueba en una calle más estrecha.

Un perro pequeño dormía detrás de una reja baja .

Ismael avanzó despacio.

El perro respiró, se removió y siguió durmiendo.

Detrás de Ismael apareció un viejo al que había visto la noche anterior cerca de una esquina. Chaqueta raída, gorra calada y las manos unidas detrás de la espalda.

El viejo pasó junto a la reja.

Nada.

El perro ni siquiera cambió de postura.

Ismael esperó.

Unos instantes después cruzó una muchacha con una cesta.

El perro levantó la cabeza.

Movió la cola.

La muchacha dijo algo cariñoso sin frenar.

Ismael abrió la libreta.

Escribió:

PERROS.

Debajo puso:

No reaccionan igual.

Lo leyó.

Le pareció una estupidez.

Lo tachó.

Volvió a escribir:

A los muertos no les ladran.

Esta vez no tachó.

Dejó la libreta sobre la mesa.

El perro seguía tumbado.

Ismael dio un paso.

Nada.

Otro.

Nada.

Pensó en anotarse a sí mismo como excepción.

Después decidió que aquello era ridículo.

Llevaba tres noches pasando por las mismas calles. Los perros ya conocían su olor, el chuzo, las llaves y el tac... toc...

Era lógico que dejaran de reaccionar.

Le gustó lo bastante como para no pensarlo más.

•  •  •

La libreta empezó a cambiar de función .

Al principio había sido parte del uniforme. Una cosa más que llevar encima porque alguien había decidido que el sereno debía anotar horas, puertas y avisos.

Ahora Ismael la utilizaba para otra cosa.

Amparo Belda: fuente de Sant Joan. Habla. Muerta hace siete años.

Hombre de gorra: esquina junto al horno. No habla.

Mujer del mantón gris: aparece cerca del campanario. Nunca entra en ninguna casa.

Escribió una cuarta línea y la borró.

Vicenta Soler Martí.

No sabía qué poner detrás.

Casa.

Habla.

Viva.

La última palabra se le quedó atravesada antes de escribirla.

No porque dudara.

Porque desde que Amparo había dicho sí con tanta tranquilidad, la palabra viva ya no le parecía tan sencilla.

La cerró con el pulgar dentro, marcando la página.

Pensó que aquello era absurdo y útil a la vez. Los muertos también tenían horarios. Amparo prefería la fuente. El hombre de gorra aparecía cerca del horno. La mujer del mantón gris recorría dos calles y desaparecía siempre antes de llegar a la plaza.

No sabía si repetían costumbres, recuerdos o simplemente lugares. Tampoco sabía si todos sabían que estaban muertos.

La posibilidad lo incomodó más de lo que esperaba.

Un hombre podía pasarse una vida ignorando muchas cosas sobre sí mismo. La edad. El miedo. La clase de persona en que se había convertido. Pero ignorar que uno estaba muerto le pareció excesivo incluso para la condición humana.

Se rió solo.

Llevaba horas caminando y la pierna apenas le había molestado. Lo atribuyó al frío, a la atención o a una de esas treguas que el cuerpo concedía sin avisar y después cobraba con intereses.

Añadió en el margen: HORARIOS.

—Te estás entreteniendo demasiado.

La voz llegó desde la derecha.

Vicenta estaba apoyada en una pared, medio escondida por la sombra de un balcón.

Ismael no pudo evitar sonreír.

—Estoy trabajando .

—Claro.

—Tengo libreta.

—Eso convierte en trabajo cosas muy feas.

—Y uniforme.

—Eso convierte en autoridad cosas todavía peores.

Ismael se acercó.

—Estoy haciendo un censo.

—¿De vecinos?

—De muertos.

Vicenta sostuvo el silencio unos segundos.

Después se echó a reír.

—No tiene gracia.

—Tiene bastante.

—Quiero saber quién sale, dónde y a qué hora.

—Eso lleva más trabajo que vigilar puertas.

—Las puertas por lo menos tienen la decencia de quedarse donde las dejas.

Vicenta bajó la mirada hacia la libreta.

—¿Y qué has descubierto?

Ismael dudó.

Le molestó notar que quería impresionarla.

—Los perros.

—¿Qué pasa con los perros?

—No ladran a los muertos.

Vicenta miró hacia la esquina.

—Los animales no necesitan que les expliquen tantas cosas.

—¿Eso significa que tengo razón?

—Significa que llevas tres noches preguntando a todo el mundo cómo funciona la noche.

—Y nadie contesta.

—Puede que no haya una respuesta.

—Todo tiene reglas.

Vicenta negó despacio.

—Todo tiene costumbres. No es lo mismo.

Ismael sostuvo su mirada.

—Hablas como quien sabe más de lo que dice.

—Y tú preguntas como quien escucha menos de lo que debiera.

Él iba a responder, pero Vicenta se adelantó.

—¿Después de Amparo todavía necesitas creer?

Ismael guardó silencio.

La pregunta estaba bien formulada y por eso no le gustó .

—No es creer —dijo al final—. Es entender.

—Peor.

—¿Peor?

—Creer deja descansar. Entender te obliga a seguir.

Ismael la observó.

Aquella era la clase de frase que, en otra persona, habría sonado preparada. En Vicenta parecía cansada, sin más.

—¿Y tú entiendes?

Ella sonrió apenas.

—A ratos.

Un perro cruzó la calle detrás de ellos.

Pasó junto a Vicenta sin mirarla.

Ismael lo vio.

No dijo nada.

Vicenta sí.

—Apunta.

Ismael levantó una ceja.

—¿Qué?

—Que hay cosas que no necesitas preguntar.

Y se alejó.

Ismael esperó hasta que dobló la esquina.

Abrió la libreta.

No escribió nada sobre el perro.

•  •  •

Poco después de medianoche, la noche empezó a reunirse frente a una casa.

Ismael lo vio primero como coincidencia.

Una mujer mayor estaba quieta bajo una ventana.

Más allá, un hombre de hombros anchos permanecía junto a una puerta.

Un tercero esperaba en la acera contraria.

Ninguno hablaba.

Ninguno miraba a los otros.

Pero todos miraban la misma fachada.

La casa era pequeña y tenía una luz encendida en el piso bajo.

Ismael conocía ya el nombre del hombre que vivía allí porque Joaquín se lo había mencionado durante la primera ronda.

Ramón Miralles.

Viejo.

Enfermo.

Había días en que apenas salía de la cama.

Ismael se detuvo al principio de la calle .

La mujer junto a la ventana avanzó.

Llegó a la puerta.

No llamó.

Y atravesó la oscuridad de la entrada de una forma que Ismael no habría sabido describir después.

No fue que la puerta se abriera.

No fue que desapareciera.

Dejó de estar fuera.

Ismael apretó el chuzo.

El hombre de hombros anchos hizo lo mismo unos segundos más tarde.

El tercero se quedó esperando.

Desde dentro de la casa llegó una tos.

Luego una voz.

Una mujer viva, seguramente.

—Ramón.

Silencio.

—Bebe un poco.

Ismael dio un paso hacia la puerta.

Se detuvo.

¿Qué iba a hacer?

Llamar.

Decir que había dos muertos dentro.

Pedir que sacaran al anciano.

¿Adónde?

La calle estaba fría. La casa tenía luz. Alguien lo estaba cuidando.

Nada visible justificaba intervenir.

Aun así, dio otro paso.

Le pareció una crueldad que una regla pudiera existir sin indicar qué hacer con ella. Saber que algo iba a ocurrir no era lo mismo que poder impedirlo.

Pensó en la mujer de dentro, en la voz que decía Ramón como si el nombre pudiera sujetarlo a la cama. Pensó en los dos muertos que ya habían entrado y en el tercero aguardando fuera con una paciencia que no parecía de depredador.

No había amenaza en ellos.

Eso era lo peor.

Si hubieran parecido monstruos, Ismael habría sabido de qué lado ponerse.

Eso no hizo que quedarse quieto resultara más fácil.

Un perro estaba tumbado bajo un carro, a pocos metros.

No ladraba .

Ismael miró al tercer muerto.

Luego al perro.

La regla seguía funcionando.

A los muertos no les ladraban.

Eso no le decía qué hacían allí.

Volvió a mirar la casa.

Sintió que llevar llaves no servía para casi nada.

Podía abrir una puerta.

No sabía qué hacer con lo que hubiera detrás.

—No entres.

Vicenta estaba a su lado.

Ismael no la había oído llegar.

—¿Desde cuándo haces eso?

—¿Qué?

—Aparecer sin avisar.

—Desde antes de que te molestara.

Ismael señaló la casa.

—Hay tres.

—Sí.

—Dos han entrado.

—Sí.

—Ramón Miralles está dentro.

Vicenta no respondió.

—¿Qué significa?

—Lo que ves.

—No veo suficiente.

—Ese es tu problema.

Ismael se volvió hacia ella.

—¿Vienen por él?

Vicenta tardó.

No demasiado.

Lo justo.

—A veces vienen antes.

—¿Antes de qué?

Vicenta miró la ventana iluminada.

—Ya lo verás.

Ismael sintió una irritación casi infantil.

—Odio cuando haces eso.

—¿Qué?

—Responder como si supieras algo que yo tengo que descubrir solo.

—A veces descubrirlo solo es la única forma de creerlo .

—Acabas de decirme que creer era mejor.

—No. He dicho que descansaba más.

Ismael volvió a mirar la casa.

La mujer de dentro habló otra vez.

La voz estaba más baja.

—Ramón.

Después nada.

El tercer muerto seguía esperando fuera.

Ismael permaneció allí mucho tiempo.

Más del que habría admitido.

No vio salir a nadie.

•  •  •

El amanecer empezó con aceitunas.

Dos hombres pasaron cargando capazos.

Uno decía que la humedad les iba a fastidiar la mañana. El otro contestó que peor era dejar la aceituna en el suelo.

Más allá sonó una puerta.

Alguien habló de la almàssera.

Otro hombre arrastró una herramienta de hierro sobre las piedras.

La noche retrocedía.

Ismael volvió a la calle de Ramón Miralles.

La luz seguía encendida.

Había más movimiento dentro.

No muertos.

Gente.

Una mujer salió al portal y se llevó las manos a la cara.

Otro hombre llegó deprisa desde la esquina.

—¿Ha sido ahora?

—Hace un rato.

—¿Estaba solo?

—No. Estábamos con él.

Ismael se detuvo.

Los hombres no lo miraron.

La mujer lloraba en silencio.

—Pobre Ramón —dijo uno—. Ya llevaba meses.

—Al menos no sufrió al final.

Ismael miró la puerta.

El tercer muerto ya no estaba fuera.

Sacó la libreta.

Debajo de PERROS escribió :

Casa Miralles: tres antes.

Ramón Miralles muerto antes del amanecer.

Leyó ambas líneas.

Después añadió:

Cuando entran, alguien muere.

La frase le produjo una satisfacción que le avergonzó.

No por Ramón.

Por la regla.

El mundo acababa de volverse un poco menos incomprensible.

Ismael cerró la libreta y se quedó mirando el portal.

Había algo extraño en sentirse aliviado porque una muerte encajara.

Pensó en Ramón dentro de la casa.

En la mujer que le había dicho bebe un poco.

En los muertos que habían llegado antes.

Tal vez no habían venido a llevárselo.

Tal vez habían venido porque sabían.

La diferencia importaba.

Pero tampoco tenía forma de demostrarla.

Sacó la botella.

Bebió un trago.

El vino le dejó sabor en la lengua.

Calor, casi ninguno.

No insistió.

•  •  •

La niebla empezó a bajar cerca del Fossar.

La niebla aún era ligera.

Solo suficiente para borrar piernas a distancia y hacer que cada persona pareciera más lenta.

Ismael caminaba con la libreta abierta en una mano.

Había empezado a anotar horas.

No nombres.

Rutinas.

Fuente.

Esquina.

Banco.

Ventana.

Casa Miralles.

La noche dejaba de ser una colección de rarezas.

Empezaba a parecer un barrio.

Eso le dio más miedo que los fantasmas .

Un fantasma era una anomalía.

Un barrio significaba costumbre.

Llegó a una calle donde había cuatro figuras dispersas.

Una junto a una pared.

Otra bajo un balcón.

Dos más al fondo.

Ismael ya había visto a tres.

La cuarta era nueva.

Alta.

Abrigo oscuro.

Sombrero o gorra baja.

Caminaba despacio.

No hablaba.

Ismael la clasificó sin pensarlo.

Muerto.

La figura pasó junto a un perro acostado bajo una ventana.

El perro se incorporó.

Primero gruñó.

Después ladró.

Una vez.

Dos.

La figura se detuvo.

Ismael también.

El perro siguió ladrando.

La persona giró la cabeza hacia el animal.

No hubo nada sobrenatural en el movimiento.

Por eso resultó peor.

La figura miró hacia ambos extremos de la calle.

Calculó.

Luego dobló por una lateral.

Ismael cerró la libreta.

—Eh.

La siguió.

Tac.

Toc.

Tac.

Toc.

Al llegar a la esquina no vio a nadie.

La calle estaba vacía.

Una puerta se cerró en algún punto, pero no supo cuál.

Ismael avanzó unos metros.

No encontró nada.

Regresó al perro.

El animal seguía inquieto.

Miraba hacia la esquina por la que la figura había desaparecido.

Ismael abrió la libreta.

Buscó la frase.

A los muertos no les ladran.

La leyó dos veces.

Miró la calle vacía.

Luego añadió debajo:

A aquel hombre sí.

Guardó la libreta. Algo acababa de demostrarle que la noche también podía mentirle.