El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

LA QUE SÍ CONTESTA

La tarde regresó sin despertarlo.

Cuando volvió a tener conciencia del cuarto, la luz ya empezaba a retirarse de las fachadas y el campanario recortaba una sombra larga sobre los tejados.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Eso no le preocupó.

Le preocupó no recordar dónde había dormido.

Pensó en una habitación.

Después en una cama.

Después en el momento exacto en que había llegado hasta ella.

No encontró ninguno de los tres.

Lo último nítido era la fuente de Sant Joan al amanecer, las dos mujeres hablando de Amparo y aquellas cuatro palabras escritas en la libreta:

Muerta hace siete años.

Luego, nada.

Un vacío sin sueños.

Se incorporó despacio.

La cabeza no protestó.

Se tocó la zona del golpe. Había una dureza seca junto al cabello, más pequeña de lo que esperaba. La víspera, un golpe así le habría obligado a dormir boca arriba. Ahora apenas encontraba dolor.

—Cabeza dura —murmuró.

Le gustó la explicación porque era sencilla.

También porque no exigía ninguna otra.

Buscó la botella.

Seguía con él.

La sacó del abrigo, comprobó el nivel y volvió a guardarla sin beber.

Aquella noche no pensaba darle al vino ninguna oportunidad de convertirse en coartada.

Había aprendido una cosa de los hombres que mentían: la mitad de las veces no mentían a los demás, sino que preparaban con cuidado algo que poder contarse después.

Ismael no pensaba hacer eso .

Si Amparo Belda estaba en la fuente, quería verla con la boca seca y la cabeza limpia.

Si no estaba, mejor.

Y si estaba...

No terminó la frase.

Todavía no sabía qué palabra poner detrás.

•  •  •

Repitió la ruta.

No toda. Solo la parte que necesitaba.

Contó las campanadas.

Comprobó el reloj.

Se detuvo en la misma esquina donde la noche anterior había visto al perro flaco.

El animal estaba allí.

Levantó la cabeza al oír el tac... toc...

Miró a Ismael.

No ladró.

—Tú y yo vamos a tener que hablar.

El perro bostezó.

Ismael siguió.

En la plaza, un hombre cerraba una puerta mientras otro cargaba un saco en un carro. Más allá, una mujer recogía ropa de una cuerda antes de que la humedad de la noche la calara. Ismael pasó junto a ellos sin decir nada.

No quería otra prueba todavía.

Quería una sola.

Limpia.

La botella seguía cerrada.

La tocó por encima del abrigo como quien comprueba que un testigo sigue presente.

La calle de Sant Joan apareció después de un giro.

La fuente estaba allí.

También Amparo.

Sentada en la misma piedra.

Como si no hubieran pasado horas, sino una respiración.

Ismael se detuvo al comienzo de la placeta.

No sintió miedo.

Sintió algo peor para un hombre que prefería las cosas con nombre:

confirmación.

Amparo alzó la cabeza.

—Hoy llegas más derecho .

Ismael no se movió.

—No he bebido.

—Eso ya es cosa tuya.

Sacó la botella y se la enseñó.

—Cerrada.

Amparo miró el cristal.

—No sabía que hubiera examen.

—Lo hay.

—¿Y quién corrige?

—De momento, yo.

—Mala elección.

Ismael se acercó.

Esta vez sí se sentó.

Dejó el chuzo entre las piernas y la botella a su lado.

—Está muerta.

Amparo miró la fuente.

—Sí.

La respuesta fue tan limpia que por un segundo lo decepcionó.

—Me cago en la leche... ¿Eso es todo?

—No sé qué ceremonia esperabas.

—Ninguna.

—Entonces vamos bien.

Ismael apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Dos mujeres dijeron que murió hace siete años.

—Las mujeres cuentan bien.

—¿Y usted no piensa negarlo?

—¿Serviría de algo?

—A mí me facilitaría bastante la noche.

Amparo lo miró.

—A ti te gusta demasiado que las cosas sean cómodas para lo poco cómodo que eres.

Ismael dejó escapar aire por la nariz.

—Eso suena a insulto.

—Hoy sí.

La fuente siguió cayendo.

Una ventana se cerró en alguna parte.

Ismael tardó un poco en hacer la siguiente pregunta.

—¿Qué hace aquí?

—Sentarme.

—Muerta.

—La piedra no distingue .

—No me tome el pelo.

—Entonces pregunta mejor.

Ismael apretó la mandíbula.

No tenía vocabulario para aquello.

Fantasma le parecía una palabra de sábana blanca y cuento de niños.

Alma era demasiado grande.

Muerta servía para un cuerpo.

Amparo estaba sentada a su lado.

—¿Por qué puedo verla?

—Porque me estás mirando.

—Eso ya lo sé.

—Vas aprendiendo rápido.

—Amparo.

Ella sonrió.

—Ismael.

El uso de su nombre le resultó extrañamente íntimo.

—¿Hay más?

Amparo dejó de sonreír.

—De noche hay más gente fuera de la que parece.

—¿Cuántos?

—¿Quieres contarlos?

—Quiero saber qué estoy viendo.

—Eso cuesta más.

—¿Por qué?

Amparo se encogió de hombros.

—Porque ver y entender casi nunca llegan juntos.

Ismael miró la calle.

—El otro sereno también los veía.

—A veces.

—¿A veces?

—A veces veía lo que había.

—¿Y las otras veces?

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Ismael volvió la cabeza.

Amparo seguía mirando al frente.

—¿Está vivo?

—Sí.

—Pues ya es algo.

—No siempre.

Ismael ladeó la cabeza.

—Tiene una manera de tranquilizar que debería cobrar .

—Tú tienes una manera de preguntar que debería pagar.

Un hombre apareció al final de la calle.

Llevaba una cesta de mimbre en una mano y caminaba con prisa. Ismael lo observó acercarse.

Cuando estuvo cerca, levantó la voz.

—Buenas noches.

El hombre pasó junto a la fuente.

No volvió la cabeza.

Ismael frunció el ceño.

—Oiga.

El hombre no respondió.

Amparo no lo miró.

Ismael siguió al hombre con los ojos hasta que dobló la esquina.

—Otro.

—¿Otro qué?

—Sordo, maleducado o las dos cosas.

—Hay gente con mucho talento.

Ismael la observó.

—Usted sí me oye.

—Parece.

—Y me ve.

—También parece.

—¿Por qué?

Amparo giró la cabeza hacia él.

—Tú trabajas de noche. Algo tendrás que ver.

Ismael se quedó esperando algo más.

No llegó.

—Eso no explica nada.

—Claro que explica. Otra cosa es que no explique lo que tú quieres.

La respuesta lo irritó porque también era cierta.

Se puso de pie.

—Volveré.

—Ya has vuelto.

—Otra noche.

—Eso hacen las noches.

Ismael cogió la botella.

Seguía cerrada.

Eso era lo único que necesitaba.

O lo que había venido a necesitar.

Amparo estaba muerta.

La veía sobrio .

El vino acababa de quedarse sin trabajo.

•  •  •

La mujer apareció cuando Ismael dejó la placeta.

No fue una aparición.

Eso fue lo primero que le gustó de ella.

Estaba junto a una puerta, con una cesta vacía apoyada contra la pared y un chal oscuro cruzado sobre los hombros. La luz de una ventana de enfrente alcanzaba lo suficiente para verle la cara.

Treinta y pocos años, calculó.

Cabello recogido.

Pómulos marcados.

Una boca que parecía estar a punto de decir algo incluso cuando callaba.

Ismael redujo el paso.

Había algo familiar.

No el rostro.

El gesto.

La mano derecha subiendo hacia el cuello para recolocarse el chal.

La había visto hacer eso.

O había visto a alguien hacerlo.

La primera noche.

La puerta trasera.

El golpe.

Ismael se detuvo a una distancia prudente.

—Buenas noches.

La mujer lo miró.

—Eso dicen.

Ismael esperó.

Ella también.

—¿Nos conocemos?

—No como para que me debas dinero.

Ismael sonrió sin querer.

—Entonces empezamos bien.

—Depende de cuánto debas.

—Poco.

—Todos dicen eso.

La cesta vacía estaba a sus pies. No parecía esperar a nadie ni tener prisa por entrar.

—Soy Ismael.

—Ya.

Él alzó una ceja .

—Empieza a molestarme que todo el mundo sepa quién soy.

—Llevas una vara, llaves suficientes para hundirte un bolsillo y caminas de noche haciendo tac... toc... antes de aparecer.

Ismael bajó la vista hacia sus zapatos.

—Muy discreto no soy.

—Podría ser peor.

—¿Cómo?

—Podrías anunciarte con una campana.

—Me han dado silbato.

—Entonces no les des ideas.

La mujer sonrió.

Ismael sintió algo que llevaba dos noches sin sentir: no alivio, sino algo más parecido al descanso.

Hablar con alguien que contestaba.

Contestar de vuelta.

No tener que perseguir una frase por una calle.

—¿Y usted?

—Vicenta.

—¿Solo?

—Soler Martí.

—Ismael Verdejo Sánchez.

—Eso es mucho nombre para una sola noche.

—Mi madre tenía ambición.

Vicenta miró otra vez sus zapatos.

—¿Te duele?

Ismael se tensó un poco.

—No.

—No he preguntado si quieres ayuda.

Eso lo desarmó más que cualquier compasión.

—Entonces no.

—Bien.

—¿Siempre trata así a la gente?

—Solo a los que parecen estar esperando que los traten de otra manera.

La mujer acababa de ganarse toda su atención.

—Usted también va a caerme bien.

—No te precipites. Esa frase ya la habrás dicho.

Ismael pensó en Amparo.

No respondió.

Vicenta recogió la cesta.

—Eres de fuera.

—También se nota .

—El habla.

—Peor.

—No he dicho eso.

—Todavía.

Ella apoyó la cesta contra la cadera.

—¿De dónde?

—Del sur.

—Eso es mucho sitio.

—Me gusta dejar margen.

—Entonces Vallada te va a parecer pequeña.

—De noche no.

Vicenta perdió un poco la sonrisa.

—No.

Fue apenas un cambio.

Ismael lo vio.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso nunca significa nada.

—Y preguntar nunca obliga a responder.

—Me va a costar hablar con usted.

—No parece.

El comentario le gustó más de lo que debía.

Ismael miró la fachada.

—¿Vive aquí?

Vicenta siguió la dirección de sus ojos.

—Esta es mi casa.

—Bonita.

—Vieja.

—Eso también puede ser bonito.

—Hasta que empieza a caerse encima.

La puerta principal era alta, de madera oscura, con una reja sencilla a un lado y un pequeño escalón gastado. Nada le resultó conocido.

O casi nada.

En la piedra del marco había una veta clara que le recordó algo.

No supo qué.

—Anoche vi a una mujer —dijo.

Vicenta no cambió de expresión.

—Qué suerte.

—Entró por una puerta donde no parecía que debiera.

—Aquí entra mucha gente por donde no toca.

—Después me golpearon .

—Eso suele ayudar a recordar.

—A mí no.

La atención de Vicenta se fue a la sien de Ismael.

—Ya.

La misma palabra que había usado Amparo.

Ismael sintió una punzada de irritación.

—Todo el mundo parece enterarse de mis golpes antes que yo.

—Lo llevas en la cara.

Ismael se tocó la zona seca del cabello.

—No tanto.

—A veces se nota más lo que uno intenta que no se note.

Por alguna razón, esa frase le molestó menos en boca de Vicenta.

Tal vez porque no sonó a consejo.

Sonó a observación.

—¿Era usted? —preguntó.

—¿Quién?

—La mujer.

Vicenta ladeó la cabeza.

—¿Me viste la cara?

—No.

—Entonces sería muy generoso por mi parte adjudicarme una cara que no viste.

—El gesto.

—¿Qué gesto?

Ismael levantó la mano hacia el cuello.

Vicenta sonrió.

—Media Vallada hace eso cuando hace frío.

—Usted ha dicho que no hace tanto.

—Yo no.

Ismael dejó pasar un segundo.

—¿No qué?

—No he dicho que no haga frío.

Hubo un segundo de silencio.

—Habla como Amparo.

Vicenta dejó de sonreír.

—¿Amparo Belda?

—Sí.

—Hace años que nadie dice su nombre a estas horas.

La noche recuperó peso.

—Yo sí.

Vicenta lo observó de una forma nueva .

No sorprendida.

Más bien cuidadosa.

—Ya veo.

—¿Qué ve?

—Al nuevo sereno.

—Eso ya lo sabía.

—Ahora un poco más.

Ismael iba a preguntar, pero un ladrido lo interrumpió.

El perro flaco apareció por la esquina.

Se acercó trotando.

Pasó junto a Ismael.

Luego junto a Vicenta.

No ladró.

Siguió hasta olfatear una pared.

Poco después, un hombre salió de una calle lateral cargando un fardo.

El perro levantó la cabeza.

Gruñó.

Cuando el hombre pasó cerca, ladró dos veces.

—A ese sí que no le cae bien —dijo Ismael.

Vicenta miró al animal.

—Los perros suelen acertar más que nosotros.

—Otra frase de vieja sabia.

—No soy vieja.

—Eso ha sido lo único que ha querido aclarar sin que se lo pregunte.

Vicenta rió.

No fuerte.

Lo justo.

Ismael no sabía por qué aquella risa le pareció tan extraña en una calle vacía.

Tal vez porque hasta entonces todo lo que había escuchado de noche parecía pertenecer al pueblo.

Aquello pertenecía a una persona.

•  •  •

Caminaron juntos unos metros.

No porque Ismael tuviera que acompañarla.

No porque Vicenta lo necesitara.

Porque ninguno entró en la casa todavía.

Ella le preguntó por el trabajo.

Él le contó lo mínimo.

Las llaves .

Las puertas.

El anterior sereno.

La gente que no saludaba.

Vicenta se entretuvo con eso.

—Igual no te oyen.

—Llevo dos noches considerándolo.

—¿Y?

—He decidido que es más agradable pensar que son maleducados.

—Siempre es mejor un defecto conocido.

—Exacto.

—¿Y a mí me oyes bien?

Ismael ladeó la cabeza.

—Demasiado.

—Pues ya tienes una excepción.

La frase se quedó flotando un segundo más de lo necesario.

Ismael no supo si ella lo había hecho a propósito.

—¿Siempre has vivido aquí?

Vicenta miró su puerta.

—Siempre he estado aquí.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Y cuál de las dos cosas ha preguntado?

—La primera.

—Entonces te he respondido a otra.

Ismael negó con la cabeza.

—Esto va a ser agotador.

—Puedes irte.

No se movió.

Vicenta sonrió.

—Eso pensaba.

Ismael volvió a mirar la casa.

—¿Toda suya?

—Era de mi familia.

—¿Era?

—Las casas duran más que algunas familias.

Ismael pensó en preguntar.

No lo hizo.

Había preguntas que uno podía hacer la primera noche y preguntas que requerían haber sobrevivido a varias conversaciones.

Vicenta cogió la cesta.

—Tengo que entrar .

—¿Ahora sí?

—¿Querías quedarte vigilando la puerta?

Ismael señaló el chuzo.

—Me pagan para eso.

—No tanto.

—¿Cómo sabe cuánto me pagan?

—En un pueblo una tarde da para mucho.

Algo en la respuesta le resultó familiar.

La frase era de Amparo.

Vicenta debió de notarlo.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso nunca significa nada.

—Aprende rápido.

Vicenta subió el pequeño escalón.

Metió la mano en el cierre.

Ismael no oyó llave.

La puerta se abrió.

Eso le llamó la atención solo porque él llevaba dos noches aprendiendo a escuchar cerraduras.

Vicenta se volvió.

—Buenas noches, sereno.

—Buenas noches, Vicenta Soler Martí.

—Mucho nombre para despedirse.

Entró.

La puerta quedó cerrada.

Ismael permaneció un momento frente a la fachada.

Esperó que se encendiera alguna luz.

No se encendió.

Pensó en llamar.

Se quedó donde estaba.

No por prudencia.

Porque no tenía una razón que pudiera decir en voz alta sin parecer idiota.

Se alejó.

Tac.

Toc.

Tac.

Toc.

En la esquina, el perro seguía tumbado.

Abrió un ojo al verlo pasar .

Nada más.

Ismael sacó la libreta.

Escribió:

Vicenta Soler Martí.

Debajo estuvo a punto de añadir una pregunta.

No encontró cuál.

Guardó la libreta.

La botella seguía cerrada.

Desde que había llegado a Vallada, eso dejó de parecerle importante.