CAPÍTULO 2
LOS QUE NO CONTESTAN
Durante los siguientes diez minutos nadie le contestó.
Lo decía literalmente.
Ismael llamó a una puerta porque oyó algo arrastrarse detrás. Dos golpes con los nudillos. Esperó. El ruido cesó.
—Sereno.
No obtuvo respuesta.
Probó con el pomo del chuzo, más por anunciarse que por exigir. Tres golpes secos sobre la madera.
Dentro volvió a oír movimiento.
—Como quieran.
Ya se apartaba cuando el portal se abrió.
Ismael dio un paso hacia un lado por reflejo. Salió un hombre con una chaqueta echada sobre los hombros y una cesta vacía en la mano. Cerró con llave, se guardó el llavín y arrancó calle abajo sin mirar a ningún lado.
—Buenas noches.
El hombre siguió andando.
Ismael lo vio alejarse.
—Aquí los buenos días deben cobrarlos aparte.
Continuó la ronda.
La cabeza debería haberle dolido más. Eso pensó dos veces durante la siguiente calle y una tercera al bajar un pequeño desnivel junto a una esquina. La sangre que había notado en el pelo se había secado. Al tocarla, los dedos apenas encontraron una costra tirante.
Podía ser el frío.
Podía ser el vino.
Podía ser que el golpe hubiese hecho más ruido dentro de su cabeza que daño fuera.
Había explicaciones para casi todo si uno se esforzaba lo suficiente. Lo difícil era saber cuándo una explicación servía para entender algo y cuándo servía únicamente para no mirarlo de frente.
A Ismael le gustaban las primeras.
Las segundas le parecían una forma educada de cobardía.
Sacó la botella .
Bebió.
El vino seguía allí. El gusto no.
Era como beber el recuerdo de algo que conocía bien: áspero al principio, un poco agrio al final, pero lejano. Esperó el calor en el pecho.
No llegó.
—Pues te estás luciendo.
Guardó la botella y apretó el cuello del abrigo.
La calle se había vaciado de una forma que no parecía normal.
Una hora antes aún había voces, una persiana cerrándose, el tintinear de vasos, algún carro tardío. Ahora quedaban ruidos sin dueño. Una madera cedió en algún tejado. Un animal removió paja detrás de un muro. Del interior de una casa llegó una tos y después silencio.
Ismael siguió andando despacio.
Aún no conocía Vallada lo suficiente para saber cuándo una calle estaba vacía y cuándo dormía.
En los pueblos, pensó, debía de existir una hora en que las casas seguían llenas pero parecían abandonadas.
Las personas desaparecían detrás de los muros y el pueblo quedaba reducido a puertas, respiraderos, animales y humo.
Quizá el trabajo consistiera en eso.
Vigilar las cosas mientras sus dueños dejaban de mirarlas.
La definición de sereno no estaba mal.
Consultó el papel de la ruta bajo la luz escasa de una esquina.
No debía estar lejos de Sant Joan.
Recordó las instrucciones de Joaquín, giró donde creyó que debía y acabó en una placeta pequeña. La fuente murmuraba en el centro como si la noche no tuviera nada que ver con ella.
Había una mujer sentada junto a la piedra.
Ismael se detuvo.
Tendría más de sesenta años. Tal vez setenta. Llevaba una falda oscura, un chal grueso y el cabello recogido con una severidad que parecía antigua incluso para aquella hora. No miraba la fuente. Miraba la calle por la que él acababa de llegar.
—Como sea otra que entra en una casa, sigo de largo —dijo Ismael.
La mujer sonrió.
—Usted es el nuevo.
Ismael tardó un instante en responder.
—Eso parece.
—No tiene cara de sereno.
—Llevo pocas horas. Deme tiempo.
—Al anterior le llevó años.
Ismael se acercó despacio .
Después de varios hombres que parecían haberse puesto de acuerdo para no contestarle, aquella voz le produjo un alivio que no quiso reconocer.
—¿También lo conocía?
—Lo veía pasar.
—Joaquín dice que veía cosas.
—Joaquín dice muchas cosas cuando el otro no está delante.
Ismael resopló, divertido.
—En eso coincidimos.
La mujer se hizo un poco a un lado en la piedra, invitándolo a sentarse.
Ismael no lo hizo.
—¿Y usted qué hace aquí sola a estas horas?
—Lo mismo que usted.
—¿Trabajar?
—Esperar a que pase la noche.
La respuesta le gustó menos de lo que esperaba.
Miró alrededor.
—¿No tiene frío?
La mujer bajó los ojos hacia sus manos.
—A estas alturas ya no.
Ismael pensó que los viejos hablaban así cuando querían evitar una respuesta o cuando llevaban tantos años repitiendo la misma que ya la habían reducido a una frase.
—¿Cómo se llama?
—Amparo.
—Ismael.
—Eso ya lo sé.
Él levantó una ceja.
—He llegado esta tarde.
—En un pueblo, una tarde da para mucho.
—Eso también me lo han explicado.
—Amparo Belda.
Se lo dijo como quien completa un trámite.
Ismael repitió el apellido una vez para guardarlo.
—¿Vive cerca?
Amparo señaló vagamente hacia las casas.
—He vivido cerca de casi todo.
—Eso no responde.
—Entonces ya nos estamos entendiendo.
Ismael soltó una risa corta .
Desde el golpe, la noche recuperaba una forma comprensible. Una anciana con lengua seca. Una fuente. Una placeta. Gente que dormía. Gente que no sabía dormir. Nada de aquello necesitaba fantasmas.
—¿Y no tiene familia que la eche de menos?
Amparo miró el agua.
—Todo el mundo termina teniendo familia que lo echa de menos. El problema es el orden.
Ismael apoyó el chuzo en el suelo.
—¿El orden de qué?
—De quién se va primero.
No respondió.
Había aprendido a desconfiar de las personas que hablaban de pérdidas como si hubieran descubierto un secreto. Casi siempre querían explicar el dolor de los demás con una frase que les quedara bien a ellas.
Amparo no parecía querer explicar nada.
Eso la salvaba.
—Usted no es de aquí —dijo ella.
—Se nota.
—Mucho.
—Gracias.
—No era un insulto.
—Los mejores nunca lo son.
Amparo lo miró de arriba abajo y se detuvo en los zapatos.
—Tampoco es de los que piden ayuda antes de necesitarla.
Ismael clavó la vista en ella.
—Eso sí era un insulto.
—Tampoco.
—Entonces se le da peor de lo que cree.
Amparo sonrió.
El comentario le había molestado porque era cierto. No por la pierna. La pierna era lo de menos. Le molestaba aquella costumbre ajena de decidir cuándo otro hombre estaba a punto de necesitar algo.
Un vaso.
Una silla.
Una mano.
Un consejo.
Había demasiada gente dispuesta a ayudar sin preguntar si la ayuda era bienvenida. La bondad también podía invadir una casa si entraba sin llamar.
Ismael cambió de tema.
Amparo miró el chuzo.
—Lo lleva demasiado fuerte .
Él aflojó los dedos sin querer.
—Me han abierto la cabeza hace un rato.
Ella alzó la vista hacia su sien.
—Ya.
No preguntó quién.
No preguntó dónde.
Ni siquiera pareció sorprendida.
—Me cago en la leche... ¿Eso es todo?
—¿Qué quiere que le diga?
—Algo parecido a «tendría que ir al médico».
—Si quisiera ir al médico, no estaría aquí.
Ismael dejó de tratarla como parte del paisaje.
—Usted me va a caer bien.
—No se precipite.
La fuente siguió cayendo detrás de ellos.
Al otro lado de la placeta, una sombra cruzó entre dos fachadas.
Ismael giró la cabeza.
No vio a nadie.
—¿Qué hay por esa parte?
—Calles.
—Gracias.
—De nada.
—Joaquín me habló de Santa Rosa.
Amparo asintió.
—El Fossar.
Ismael volvió a mirarla.
—¿El qué?
—Así se llamó.
—No viene en mi papel.
—Porque los papeles llegan tarde a casi todo.
Señaló con la barbilla en dirección al campanario.
—Santa Rosa. Antes, Carrer del Fossar.
—¿Fossar de…?
—De muertos.
Ismael miró hacia la calle.
—Muy animado.
—Antes enterraban ahí.
—¿Ahí dónde?
—Donde ahora camina la gente sin pensar en quién estuvo debajo.
La frase quedó entre los dos .
Ismael miró las fachadas oscuras, los balcones cerrados y la esquina por la que había pasado hacía poco.
—Pues podían haber elegido otro nombre para el puesto.
—¿Sereno?
—Algo que no me obligara a rondar cementerios.
Amparo sonrió.
—El cementerio ya no está.
—Eso tranquiliza muchísimo.
Ella se rió por lo bajo.
—No son los muertos los que más trabajo dan por la noche.
Ismael alzó una ceja.
—Eso sí que suena a frase de vieja sabia.
—Entonces olvídela.
—Con mucho gusto.
Habría seguido hablando si no hubiera visto a la mujer.
Estaba al final de la calle.
Esta vez más lejos.
La misma altura. El mismo modo de llevar el mantón recogido cerca del cuello, con una mano alta y la otra pegada al cuerpo. La niebla borraba el rostro, pero había algo en la forma de quedarse quieta que Ismael reconoció antes de poder explicarlo.
—Esa.
Amparo miró hacia donde él miraba.
—¿Qué pasa?
—La mujer.
La figura empezó a andar.
Ismael dio dos pasos.
Se detuvo.
Recordó la puerta de atrás.
El golpe.
El suelo llegando demasiado deprisa.
—Hoy no.
—Buena decisión —dijo Amparo.
Ismael se volvió hacia ella.
—¿La conoce?
Amparo contempló la calle.
—Aquí nos conocemos todos de alguna manera.
—Otra respuesta que no responde.
—Y ya van dos.
—Tres.
—Entonces está aprendiendo .
La mujer dobló una esquina.
Ismael esperó unos segundos y fue tras ella, esta vez sin correr.
No era valentía lo que lo empujaba. Tampoco miedo.
Era irritación.
La peor clase de curiosidad era la que empezaba a parecer una deuda.
La calle desembocaba en otra más estrecha. Una fachada presentaba una puerta principal cerrada y, más allá, una ventana alta sin luz. No había rastro de la mujer.
Ismael avanzó hasta la siguiente esquina.
La calle seguía vacía.
Miró una puerta.
Después otra.
La primera noche había aprendido al menos una cosa.
No intentó abrir ninguna.
—Aprendo rápido —murmuró.
Volvió a la placeta.
Amparo ya no estaba.
Ismael miró la piedra junto a la fuente.
—Fantástico.
No la había oído marcharse.
Tampoco era tan raro. La fuente hacía ruido, él se había alejado y la mujer conocía las calles mejor que él.
Se sentó donde ella había estado.
La piedra estaba fría.
Apoyó las manos en las rodillas.
Se descubrió pensando en lo que Amparo había dicho sobre pedir ayuda.
No le gustó.
Se levantó.
• • •
Poco antes de que el cielo empezara a aclarar, Vallada cambió otra vez.
No de golpe.
Primero apareció un hombre caminando deprisa con una gorra hundida hasta las cejas. Luego otro abrió un corral y sacó un animal. Una luz se encendió detrás de una persiana. De un horno llegó olor a pan antes de que Ismael pudiera localizar de qué calle venía.
De una chimenea salió humo oscuro, demasiado pesado todavía para subir recto. El frío lo aplastó un momento sobre los tejados.
Más lejos se oyó hablar de la aceituna.
—Si no llueve, mañana entramos por la parte alta.
—Primero a la almàssera con lo de hoy .
Las voces pasaron al otro lado de una esquina.
Después llegó un carro.
Después otro hombre con un saco doblado al hombro.
El pueblo empezaba a llenarse del tipo de personas que no salían de noche porque fueran valientes, sino porque el trabajo no preguntaba si uno había dormido suficiente.
Ismael siguió la ronda.
Al cruzarse con un hombre que llevaba una cesta, levantó la mano.
—Buenos días.
El hombre continuó sin mirarlo.
Ismael dejó caer la mano.
—Otro simpático.
En la siguiente calle un perro levantó la cabeza desde un portal.
Lo miró.
Volvió a apoyar el hocico entre las patas.
Ismael empezaba a pensar que los animales del pueblo tenían mejores modales que las personas.
Una mujer abrió una ventana sobre él y sacudió un paño. Ismael alzó la vista, dispuesto a protestar si le caía encima polvo o migas.
No cayó nada.
La mujer cerró.
Siguió andando.
Había algo extraño en la mañana.
No en las cosas.
En él.
Durante la parte más vacía de la noche, Amparo le había hablado como si llevara años viéndolo pasar. Ahora las calles recuperaban voces, puertas, carros y hombres, y nadie parecía tener una palabra para el nuevo sereno.
Se dijo que era pronto.
Se dijo que era forastero.
Se dijo que la gente tenía cosas mejores que hacer que saludar a un desconocido con uniforme prestado.
Las tres explicaciones eran razonables.
Juntas le gustaban menos.
Regresó a la placeta de Sant Joan.
Amparo no había vuelto.
El cielo tenía ya ese gris previo al amanecer que no iluminaba nada pero retiraba misterio a las cosas. Las fachadas volvían a ser solo fachadas. Las puertas, puertas. La fuente parecía más pequeña.
Dos mujeres llegaron con recipientes para el agua.
Ismael se apartó de la piedra .
—Buenos días.
Ninguna contestó.
Una de ellas dejó el cántaro junto al borde de la fuente.
—No lo pongas ahí, que resbala.
—Siempre lo he puesto ahí.
—Ahí se sentaba la Amparo.
La otra mujer se quedó quieta un instante.
—Amparo la Belda.
Ismael levantó la cabeza.
—¿Amparo Belda?
Las dos siguieron con lo suyo.
Una ajustó el pañuelo sobre el cabello.
—Pobre mujer.
—Siete años hará en enero.
—Parece mentira.
—Mi hermana todavía dice que algunas mañanas, cuando viene temprano al horno, espera verla sentada aquí.
Ismael no se movió.
El agua siguió cayendo.
Una de las mujeres llenó el cántaro.
—Siete años —repitió la otra—. Y como si fuera ayer.
Ismael miró la piedra.
Después miró la calle por la que Amparo había desaparecido.
—Perdone.
Ninguna de las dos levantó la cabeza.
Ismael se acercó un poco.
—¿Han dicho Amparo Belda?
La mujer del pañuelo terminó de llenar el recipiente.
—Vamos, que se nos hace tarde.
Cogieron los cántaros y se alejaron hablando de harina, de una cuñada con fiebre y de que aquel año la aceituna venía más pequeña.
Ismael se quedó junto a la fuente.
Podía seguirlas.
Podía ponerse delante.
Podía insistir hasta que lo tomaran por loco o maleducado.
No hizo ninguna de las tres cosas.
No había bebido tanto.
Repasó mentalmente la noche.
Amparo Belda.
El anterior sereno.
El Fossar .
A estas alturas ya no.
Siete años hará en enero.
Miró la botella dentro del abrigo.
La sacó.
Todavía quedaba más de la mitad.
Podía aceptar que el golpe le hubiera hecho confundir a una mujer con otra.
Podía aceptar que dos viejas se llamaran Amparo.
Podía aceptar incluso que en un pueblo hubiera más de una Amparo Belda, si se esforzaba lo suficiente y estaba dispuesto a quedar como un imbécil.
Lo que no podía aceptar era la fuente.
La misma piedra.
La misma costumbre.
La misma mujer de la que alguien esperaba, todavía, volver a ver la silueta cuando iba temprano al horno.
Y había algo peor.
Amparo había sabido que él era el nuevo sereno.
Había hablado del anterior.
Había mirado su herida.
Había bromeado.
Una alucinación podía decir muchas cosas. Supuso que incluso podía tener sentido del humor.
Lo que no sabía era si una alucinación podía corregirle una calle que él aún no conocía.
Metió la botella otra vez en el abrigo.
A su alrededor el pueblo empezaba a llenarse.
Puertas.
Pasos.
Voces.
Un carro.
El humo de una chimenea bajando antes de subir.
Curiosamente, cuanto más vivo parecía Vallada, más solo se sentía él.
Pensó en regresar a la dependencia municipal y contarle a Joaquín que su antiguo sereno quizá no había perdido del todo la cabeza.
Se guardó la historia.
Todavía no.
Había aprendido hacía mucho que una cosa imposible contada demasiado pronto dejaba de ser una cosa imposible y se convertía en un problema de quien la contaba.
Sacó la libreta .
Escribió:
Amparo Belda.
Debajo:
Fuente. Sant Joan.
Dudó antes de añadir una tercera línea.
Muerta hace siete años.
Se quedó mirando aquellas cuatro palabras.
No le gustaban más por estar escritas.
Guardó la libreta.
La noche siguiente volvería a la fuente.
Y esta vez pensaba llegar sobrio.