El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

No porque fuera absoluto. Ningún silencio lo era. Había una chimenea tirando mal, una madera que crujía, un animal moviéndose en algún corral. Pero faltaba algo que hasta entonces había estado allí: gente detrás de los ruidos.

Se levantó.

Tac. Toc.

La ronda continuó.

•  •  •

La vio cerca de Santa Rosa.

No supo después qué fue lo que le hizo fijarse en ella.

Tal vez porque caminaba sola.

O porque no parecía tener frío.

O porque, en una calle donde cualquier vecino habría mirado al nuevo sereno aunque solo fuera para examinarlo, aquella mujer no volvió la cabeza ni una vez.

Llevaba un abrigo oscuro o un vestido cubierto por un mantón; con la niebla baja y la luz escasa resultaba difícil distinguirlo. El cabello parecía recogido. Caminaba sin prisa, pegada a las fachadas.

Ismael redujo el paso.

No había nada ilegal en caminar de noche.

Se dijo eso mientras la seguía.

La mujer cruzó una calle estrecha próxima al campanario. Un perro flaco salió de una entrada, olfateó el aire y la dejó pasar sin moverse.

Ismael recordó al perro de su llegada y pensó que en Vallada los perros eran gente tranquila.

La mujer dobló una esquina.

Él esperó unos segundos antes de hacer lo mismo .

La calle de detrás era todavía más oscura. Tierra compactada, cantos de río, alguna rodera endurecida. Las fachadas traseras ofrecían menos ventanas: corrales, tapias, puertas de servicio.

La mujer estaba junto a una de ellas.

Ismael se detuvo.

No llamó.

No miró alrededor.

Empujó la hoja de madera lo justo para pasar de lado. La puerta volvió a asentarse casi en el mismo sitio.

Ismael miró a ambos extremos de la calle.

Vacía.

—Muy discreto todo —murmuró.

Podía seguir su ronda.

Durante años había aprendido que muchas desgracias empezaban cuando un hombre decidía que algo que no era asunto suyo empezaba a serlo. También había aprendido lo contrario: después de una desgracia siempre aparecía alguien diciendo que había visto algo raro y prefirió no meterse.

Se acercó a la puerta.

Apoyó dos dedos en la madera.

Nada.

Esperó.

Desde dentro llegó un sonido breve.

No un grito.

Algo más pequeño.

Una silla desplazándose. Un golpe de madera. Tal vez una tos ahogada.

Ismael acercó la oreja.

Oyó respiración.

O creyó oírla.

—¿Hay alguien?

Nadie contestó.

La hoja era gruesa y el pasador interior no parecía haber encajado bien. Ismael empujó apenas. Cedió un dedo.

Volvió a escuchar.

Esta vez oyó un roce.

Un paso.

Después otro.

Irregular.

Ismael dejó la vara apoyada contra la pared.

—Sereno —dijo, lo bastante alto para que lo oyeran dentro—. Voy a entrar .

Empujó la puerta.

Se abrió unos centímetros.

Salió una bocanada de aire más cálido que la calle.

Y un olor.

Alcohol medicinal.

Debajo, algo vegetal y seco. Romero machacado, quizá.

Ismael tuvo tiempo de inclinar un poco la cabeza.

Solo eso.

Algo se movió a su derecha.

El golpe no sonó como en las peleas.

No hubo aviso, ni insulto, ni tiempo para defenderse.

Una dureza seca le encontró la cabeza y el mundo se inclinó hacia el lado del zapato alto. El borde de piedra de la entrada apareció demasiado cerca.

Después no hubo calle.

•  •  •

La calle volvió sin orden.

Primero la luz.

Luego el frío.

Después el campanario, torcido por el ángulo desde el que lo miraba.

Ismael no supo cuánto tiempo había pasado.

Pudo haber sido un minuto o media hora.

Cuando quiso darse cuenta estaba incorporándose. No recordó haber empezado a hacerlo.

Esperó el dolor.

Llegó menos de lo que merecía.

Se tocó la sien. Encontró una zona áspera junto al pelo y retiró la mano. En aquella oscuridad no distinguió nada útil.

—Cago en tó, Verdejo.

Su voz sonó extraña.

Le echó la culpa a la calle.

Buscó la vara. Estaba junto a él.

Las llaves seguían en su sitio.

La libreta también.

La botella.

Bebió un trago más largo.

El vino apenas sabía a vino.

Lo mantuvo un instante en la boca y tragó.

No sintió nada.

—Mejor todavía .

Pensó en regresar a buscar a Joaquín. Pensó en explicar que había seguido a una mujer hasta una casa, entrado donde nadie lo había llamado y acabado en el suelo después de recibir un golpe.

En su primera noche.

Con vino encima.

Y con la historia del otro sereno todavía caliente en los oídos.

No le preocupaba que Joaquín pensara que era cobarde. La cobardía era un lujo que solo servía cuando uno podía permitirse perder el sueldo. Le preocupaba algo más pequeño y más humillante: que lo miraran con esa paciencia reservada a los hombres que empiezan a explicar cosas que nadie más ha visto.

Había llegado con una maleta que podía levantar con una mano.

No pensaba marcharse con ella al amanecer.

Guardó la botella.

—Ni hablar.

Miró la casa.

La puerta estaba cerrada.

No recordaba haberla cerrado.

Tampoco recordaba haberla atravesado para volver a la calle.

Aquello sí le molestó.

Se acercó un paso y se detuvo.

Dentro no se oía nada.

Ni silla.

Ni respiración.

Ni mujer.

Un silencio completo ocupaba la casa.

Ismael miró el reloj. La esfera tardó en entrar en foco.

Había perdido más tiempo del que creía.

—Mañana —dijo.

No sabía si se lo decía a la casa, al golpe o a sí mismo.

Se dio la vuelta.

La calle parecía distinta.

No cambiada.

Distinta.

Más vacía de lo que podía estar una calle vacía.

El aire había espesado. Una niebla baja empezaba a pegarse al suelo y a los cantos de río. A unos metros, el mismo perro flaco estaba ahora sentado junto a una pared.

Miró a Ismael.

No ladró.

Ismael siguió andando .

Tac. Toc.

Tac. Toc.

Al llegar a la esquina vio a un hombre mayor cruzar despacio la calle. Llevaba camisa clara bajo una chaqueta vieja y caminaba con las manos a la espalda.

—Oiga.

El hombre continuó.

—Oiga, un momento.

El viejo no reaccionó.

Ismael aceleró dos pasos.

—¿Ha visto salir a alguien de esa casa?

El hombre giró la cabeza.

Durante un segundo Ismael creyó que iba a contestar.

La cara del viejo no mostraba sorpresa ni molestia. Solo un cansancio antiguo.

Después siguió caminando.

—Pues buenas noches a usted también.

El hombre se perdió en la niebla.

Ismael se quedó quieto.

Pensó en llamarlo otra vez.

Lo dejó estar.

Desde una ventana lejana cayó una luz sobre la calle y desapareció enseguida. En algún sitio sonó una puerta. Más allá, el campanario marcó la hora.

Ismael comprobó las llaves por tacto.

Luego la libreta.

Luego el silbato.

Todo estaba donde debía.

Eso le bastó.

Se ajustó el abrigo, tomó la vara y volvió a la ruta que Joaquín le había dibujado sobre el papel.

Tac. Toc.

Tac. Toc.

Apretó el paso.

Aún le quedaba toda la noche.