El Sereno (Noches de Suspense 2) CAPÍTULO 1
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El Sereno (Noches de Suspense 2)

El Sereno (Noches de Suspense 2)

Por Alfred Molina

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CAPÍTULO 1

ÍNDICE

Epílogo · EL SERENO

LA PRIMERA RONDA

Lo primero que Ismael Verdejo oyó de Vallada fue una campana.

Lo segundo fueron sus propios pasos.

Tac. Toc. Tac. Toc.

En la tierra endurecida de la calle apenas se notaba, pero cada vez que la suela izquierda encontraba uno de aquellos cantos redondos de río, el sonido cambiaba.

El zapato derecho llevaba el alza escondida en la suela y caía un poco más grave.

Ismael llevaba media vida escuchando aquella diferencia. Los demás tardaban más en descubrirla.

El autobús de línea lo había dejado a la entrada del pueblo con una maleta pequeña, un abrigo demasiado fino para la hora y un papel doblado cuatro veces en el bolsillo interior. El papel decía dónde tenía que presentarse y a qué hora empezaba el servicio. Nada decía del frío.

Eran los últimos días de noviembre. La luz se iba deprisa detrás de las montañas.

De algunas chimeneas salía un humo fino que se deshacía sobre los tejados.

Junto a una fachada habían apilado leña cortada.

Más abajo, dos hombres descargaban capazos de aceituna de un carro y discutían sobre si al día siguiente entrarían temprano al campo o esperarían a que levantara la humedad.

Uno de ellos vio la maleta.

—¿Busca a alguien?

—Al ayuntamiento.

El hombre señaló con la barbilla.

—Todo recto y luego pregunta. Aquí preguntar sale más barato que perderse.

Ismael miró la calle.

—Depende de a quién se pregunte.

El hombre se rió y volvió a las aceitunas.

Ismael siguió andando.

No llevaba mucho: dos camisas, ropa interior, una navaja, la botella de vino envuelta en una toalla y un par de calcetines remendados por él mismo. Lo suficiente para empezar en un sitio y marcharse deprisa si el sitio resultaba peor que el anterior.

No esperaba que Vallada lo fuera .

Los pueblos se parecían bastante cuando uno llegaba sin conocer a nadie: las ventanas miraban antes que las personas, las puertas parecían saber quién era de allí y quién no, y siempre había un perro que levantaba la cabeza como si le hubieran encargado el censo.

Aquel estaba echado junto a un portal. Delgado, de patas largas y orejas altas. Miró a Ismael pasar.

No ladró.

—Buena señal —murmuró Ismael.

El perro cerró los ojos.

Encontró el campanario antes que la Casa de la Vila.

Sobresalía por encima de las casas con la piedra castigada y las campanas oscuras en el hueco.

A su alrededor, las calles se estrechaban.

Alguna bombilla dejaba un círculo pobre de luz junto a una esquina; entre una y otra había sombra suficiente para perder a una persona.

Ismael se detuvo a cambiar la maleta de mano. El borde irregular de una piedra le había vencido el zapato izquierdo hacia dentro. Se apoyó en la pared, corrigió la posición del pie y siguió.

No llegaba a cojear.

Había aprendido a no hacerlo.

Lo había aprendido por cansancio. La cojera despertaba dos clases de personas: las que miraban demasiado y las que fingían no mirar mientras buscaban una forma de ayudarlo.

Ismael prefería las primeras. Al menos no convertían cada escalón en una pregunta.

Si necesitaba una mano, la pedía. Si no la pedía, era porque todavía pensaba seguir teniendo dos.

Se separó de la pared y volvió a coger la maleta. La pierna protestó un poco. Algunas cosas no se arreglaban. Uno aprendía a repartirles el peso hasta que dejaban de ocupar toda la vida.

•  •  •

Joaquín Fayos tenía las manos de un hombre que abría más puertas de las que cerraba.

La frase no pretendía ser poética. Tenía dos uñas partidas, un corte reciente en el índice y manchas negras de grasa en los nudillos. Se presentó como alguacil, responsable de enseñarle la ronda esa primera noche y, según dijo, responsable también de «todo lo que nadie sabe a quién encargar».

La dependencia municipal olía a papel, humedad y estufa apagada.

Sobre una mesa había un manojo de llaves, un silbato de metal, una libreta de tapas blandas y una vara larga de madera oscura con remate de hierro que Joaquín llamó chuzo. Un abrigo gris y una gorra de plato colgaban del respaldo de una silla.

—Eso es tuyo mientras seas sereno —dijo Joaquín.

Ismael miró las llaves.

—¿Y si dejo de serlo?

—Devuelves las llaves.

—¿Y si me muero?

Joaquín levantó la vista.

—También.

A Ismael se le escapó una sonrisa.

—Organizados.

Joaquín le explicó lo necesario sin ceremonia.

Qué calles debía recorrer. Qué cierres convenía comprobar.

Qué vecinos confiaban una llave al servicio nocturno.

Dónde encontrar al médico si ocurría una desgracia.

Dónde vivía Pep Vidal, el practicante. A quién despertar si había fuego.

Qué zona daba más problemas cuando cerraban las tabernas.

Cogió el silbato y se lo dejó en la palma.

—Y esto no es para entretenerte. Si te ves apurado, úsalo. De noche un ruido puede hacer más que un hombre.

—Pensaba aprender música.

—Aprende primero a no necesitarlo.

Ismael tomó la vara y la apoyó en el suelo. El hierro dio un golpe seco.

Joaquín asintió.

—Eso se oye.

Después le indicó cómo repartir las llaves para que no sonaran todas a la vez. Ismael probó. Mal. Volvió a probar. Mejor.

—El anterior las llevaba envueltas en un trapo —dijo Joaquín.

—¿El anterior dónde está?

Joaquín tardó medio segundo de más en responder.

—En su casa.

—No parece un destino terrible.

—Dejó el puesto.

Ismael abrió la libreta. La primera página estaba limpia.

—¿Por qué?

Joaquín se encogió de hombros, pero la cara hizo otra cosa.

—Se le metió la noche en la cabeza.

—Eso ocupa poco.

—Veía cosas.

Ismael levantó la vista.

—¿Qué cosas?

—Las que ve la gente cuando lleva demasiadas noches sin dormir bien.

—Entonces dormiré de día.

Joaquín no sonrió .

—Aquí de noche se ven muchas cosas. Algunas porque existen y otras porque uno lleva demasiadas horas despierto.

Ismael cerró la libreta.

—Mientras las unas no se mezclen con las otras.

—Ese es el problema.

La puerta se abrió antes de que Ismael pudiera preguntarle el nombre del antiguo sereno.

Entró un hombre de estatura media, abrigo oscuro y maletín de cuero. Tendría más o menos la edad de Ismael, aunque llevaba el pelo mejor peinado y la ropa con esa limpieza práctica de quien entra en casas ajenas por trabajo. Saludó primero a Joaquín y después miró al recién llegado.

—¿Este es el nuevo?

—Ismael Verdejo. Pep Vidal.

Pep le tendió la mano.

—Practicante.

La palma olía a jabón fuerte, alcohol y tabaco apagado.

—Si alguien se abre la cabeza esta noche —dijo Joaquín—, busca a Pep antes que a mí.

—Si se la abre él, que me busque antes de beber —dijo Pep.

Sus ojos bajaron un instante hacia los zapatos de Ismael. No hubo lástima ni curiosidad. Solo observación.

—Con eso vas a acabar conociendo cada piedra del pueblo.

Ismael soltó su mano.

—Con que ellas no me conozcan antes a mí, me conformo.

Pep sonrió.

Hablaron menos de un minuto. Pep preguntó por un vecino al que Joaquín debía avisar al amanecer y dejó sobre la mesa un papel doblado. Antes de marcharse se volvió hacia Ismael.

—Por la parte del campanario cae más humedad. Abrígate.

—Eso intentaré.

Pep salió.

Joaquín esperó a que la puerta se cerrara.

—Buen hombre.

Ismael se puso el abrigo gris.

—Eso siempre se dice cuando alguien acaba de irse.

—Pues te lo digo ahora que no está.

—Entonces será verdad.

•  •  •

La primera hora fue la más fácil.

Aún había gente .

Un hombre cerraba las contraventanas de una tienda.

Dos mujeres hablaban desde puertas opuestas sin molestarse en bajar la voz.

De una casa salía olor a sopa y de otra, a leña húmeda.

Cerca de la plaza, tres hombres apuraban las últimas copas mientras el dueño de la taberna recogía vasos con la paciencia agresiva de quien quería acostarse.

Ismael hizo la ronda despacio.

No porque tuviera miedo de olvidar el camino, sino porque aprender un sitio era aprender sus sonidos.

Una puerta con la bisagra floja. Un canalón que goteaba aunque no lloviera.

Un perro que gruñía detrás de una persiana.

El golpe de una pala en un corral. Las campanas marcando una hora que él comprobó después en su reloj.

Tac. Toc.

Tac. Toc.

A los veinte minutos ya sabía qué calles amplificaban sus pasos y cuáles se los tragaban.

En una esquina encontró a un hombre forcejeando con una puerta.

—¡Sereno!

Ismael tardó un segundo en entender que lo llamaban a él.

—Ya voy.

Buscó la llave correcta, la encontró al segundo intento y abrió el zaguán.

—El otro la encontraba sin mirar —dijo el hombre.

—Déme una semana.

—El otro duró años.

—Entonces déme dos.

El hombre soltó una carcajada y entró.

Ismael anotó en la libreta la hora y el portal, más por practicar que por necesidad.

Poco después vio salir de una casa a una mujer con un capazo vacío. Habló con otra de la aceituna, de la almàssera y del frío que se metía en las manos antes que en ninguna otra parte. Más lejos, un carro dejó una línea de tierra removida y algunas hojas de olivo sobre el camino.

El pueblo se iba apagando por partes.

Una ventana.

Otra.

La taberna.

Un portal.

Una voz que decía «bona nit» antes de desaparecer tras una puerta.

Cuando ya no quedaba casi nadie fuera, Ismael se sentó un momento en un poyo de piedra. Sacó la botella del bolsillo interior del abrigo y bebió un trago corto.

El vino estaba áspero y tibio .

Eso le gustó.

No bebía para ponerse alegre. Bebía porque algunas cosas acompañaban mejor que otras. Había hombres que necesitaban conversación; él necesitaba un trago y cinco minutos sin que nadie le preguntara de dónde venía.

La soledad no le parecía una desgracia. La desgracia era necesitar a alguien concreto y no tenerlo. Estar solo, en cambio, podía ser una forma bastante decente de que nadie decidiera por uno.

Guardó la botella.

A lo lejos sonó una campana.

Después, durante unos segundos, no sonó nada.

Ismael levantó la cabeza.

Ese silencio fue lo primero de la noche que no le gustó.