CAPÍTULO 24 #2
Dos figuras más al fondo.
Siete.
Ocho.
Siguió.
Doce.
Trece.
Entonces se detuvo.
—¿Qué pasa? —preguntó Vicenta.
Ismael miró la calle.
—Nada.
—¿No vas a terminar?
—No.
—¿Por qué?
—Porque siguen estando aunque no los cuente.
Guardó la libreta.
Veintitrés ya no era una respuesta.
Ni una amenaza.
Solo un número que una noche había necesitado.
• • •
Un perro apareció desde una esquina.
Los miró.
Ismael se detuvo.
El animal pasó junto a Vicenta.
Después junto a él.
No ladró.
Siguió hacia una puerta y olfateó una mancha en el suelo.
Ismael sonrió.
—Ese también lo sabía antes que yo .
—Los perros tienen esa costumbre.
—¿Cuál?
—No complicar las cosas.
—Qué desagradables.
Siguieron.
• • •
Más adelante, un hombre vivo salió de una casa con una cesta vacía.
Iba hacia el trabajo.
Bostezó.
De su boca salió una nube blanca.
Ismael la observó.
Una vez.
Después miró a Vicenta.
Nada.
Puso atención a su propia boca.
Nada.
No hizo una segunda prueba.
El hombre siguió andando sin verlos.
La nube desapareció.
También la necesidad de discutir con ella.
• • •
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
El sonido seguía.
Ismael se sorprendió.
No sabía qué esperaba.
Tal vez que aceptar su muerte corrigiera aquella diferencia.
Que el zapato dejara de necesitar el alza.
Que una parte de su antiguo cuerpo desapareciera al saber que ya no lo llevaba.
No ocurrió.
Tac.
Toc.
Vicenta sonrió.
—Menos mal.
Ismael alzó una ceja.
—¿Menos mal ?
—Si hubieras empezado a andar como todo el mundo habría tenido que aprender a reconocerte otra vez.
Él bajó la vista hacia los zapatos.
—¿Como todo el mundo?
—Ya me has entendido.
—Ya te he entendido. Me has destrozado.
—No creo que eso te mate.
Los dos se quedaron quietos.
Vicenta dejó caer la cabeza.
Ismael esperó a que volviera a alzarla.
—Eso ha sido feo.
—Mucho.
—Y bastante bueno.
—También.
Ismael extendió la mano.
Vicenta la tomó.
Tac.
Toc.
Volvieron a caminar.
Esta vez el sonido no le pareció una advertencia.
Tampoco una humillación.
Era suyo.
• • •
Cuando pasaron delante de la casa Soler Martí, Vicenta no se detuvo.
Ismael sí.
La fachada principal permanecía cerrada.
Por detrás seguían entrando y saliendo vivos.
Durante todas aquellas noches él había creído visitar a una mujer que vivía allí.
Ahora comprendía que Vicenta no había estado viviendo en la casa.
Había seguido vinculada a ella.
A Teresa.
A una infancia.
A una muerte.
A cosas que no necesitaban dormir dentro para seguir perteneciendo a un lugar.
—¿Quieres entrar? —preguntó.
Vicenta miró la puerta.
—No.
—¿Seguro ?
—Sí.
Siguió andando.
Ismael la alcanzó.
Eso también era nuevo.
La casa podía quedarse detrás.
• • •
—¿Quieres seguir aquí?
Vicenta tardó en responder.
No fingió no entender.
Caminaron una calle entera antes de hablar.
—Durante años estuve porque Teresa estaba aquí.
Ismael escuchó.
—Luego Teresa envejeció y yo seguí igual. Después ya no sabía si estaba porque quería o porque no sabía hacer otra cosa.
—Y ahora.
Vicenta miró al frente.
—Ahora no lo sé.
Ismael asintió.
No intentó arreglarlo.
Ella continuó:
—Últimamente esperaba otra cosa.
—¿Qué?
Vicenta miró sus zapatos.
—Tac. Toc.
Se le escapó una sonrisa.
—Dicho así suena peor.
—Pues camina mejor.
—Imposible.
Siguieron.
—No quiero quedarme porque tú te quedes —dijo ella.
—Bien.
—Ni irme porque tú quieras irte.
—También bien.
Vicenta lo observó, desconfiada.
—¿No vas a decir nada más?
—Podemos no saberlo juntos.
Ella apartó la mirada.
—Casi parecía bonito.
—No se lo digas a nadie.
—A estas horas hay poca gente que pueda oírme.
• • •
El pueblo empezó a cambiar de habitantes.
Ismael lo había visto cada amanecer desde la segunda noche.
Nunca lo había entendido de esa manera.
Los muertos perdían nitidez.
No desaparecían de golpe.
Se volvían menos importantes para la luz.
Los vivos, en cambio, empezaban a ocupar las calles.
Una puerta se abrió.
Después otra.
Hombres con ropa de faena.
Una mujer camino del horno.
Capazos.
Carros.
Conversaciones todavía medio dormidas.
Olía a humo.
Tierra húmeda.
Aceituna.
Alguien dijo:
—A la almàssera primero.
Otro respondió algo sobre el barro.
Ismael recordó aquel primer amanecer, cuando pensó que estaba terminando su turno.
Ahora comprendía que había estado viendo un relevo.
Una población retirándose.
Otra ocupando su lugar.
Nadie tocaba campana para marcarlo.
No hacía falta.
• • •
Sereno.
La palabra le había parecido un oficio pequeño cuando llegó.
Caminar.
Mirar puertas.
Llevar llaves.
Dar un silbido si algo no estaba bien.
No vencer la noche.
Ni entenderla.
Ni decidir quién debía permanecer en ella.
Eso último era lo que Pep había hecho .
Decidir.
Ismael comprendió que quizá el trabajo consistía precisamente en lo contrario.
Observar.
Conocer.
Advertir.
Y cuando algo no encajaba, conseguir que otros despertaran.
Nada más.
Nada menos.
Miró las llaves.
No sabía si volvería a llevarlas otra noche.
No sabía si aquello seguiría siendo su oficio.
Pero la primera ronda había terminado.
De verdad.
• • •
Llegaron a un punto desde el que el cielo empezaba a aclararse detrás de los tejados.
La luz tocó primero las partes altas.
Luego las fachadas.
El campanario fue perdiendo sombra.
Vicenta se volvió más tenue.
Ismael miró su propia mano.
También.
No desaparecían.
El mundo vivo simplemente ganaba definición alrededor.
—Antes me daba miedo esta hora —dijo.
Vicenta esperó la explicación.
—¿Por qué?
—No lo sabía.
Ella sonrió.
—No me extraña.
Ismael observó cómo un hombre abría un portal y sacaba un carro.
No sintió miedo del amanecer.
• • •
—¿Y mañana? —preguntó Vicenta.
—¿Qué pasa mañana?
—La noche siguiente.
Ismael pensó.
No mucho .
—Primero quiero comprobar que sigo aquí cuando anochezca.
—Prudente.
—Esta semana ya me ha enseñado bastante.
—Catorce años también enseñan algo.
—¿El qué?
Vicenta miró hacia la luz.
—Que muchas veces no hace falta decidirlo todo hoy.
Ismael asintió.
—Entonces mañana veremos.
—Mañana veremos.
Caminaron.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
El sonido se hizo más débil a medida que la mañana ganaba la calle.
No porque cambiara.
Porque había más cosas que escuchar.
Puertas.
Carros.
Voces.
La almàssera esperando aceituna.
Vallada empezando otro día.
Vicenta seguía a su lado.
Ismael no sabía cuánto duraría.
No sabía qué había después.
No sabía si alguna noche dejarían de aparecer.
Ninguna de esas preguntas necesitaba respuesta antes del amanecer.
Tac.
Toc.
Tac.
Toc.
Esta vez, Ismael no necesitó preguntarse quién caminaba.