El séptimo pasajero Dos minutos
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Dos minutos

El taxi las dejó en Patio de Niebla poco después de las ocho. Ariel barría cerca del portón abierto. Desde la calle se veía la recepción, iluminada, y a una pareja acomodando mochilas junto a la mesa del patio.

—Está todo en recepción —dijo.

Los investigadores habían avisado que llegarían con unos minutos de retraso.

Inés confirmó con el taxista que las esperaría.

Ariel levantó el estuche desde el mostrador para que Paula lo viera.

La pareja pasó junto a ellas camino a la calle y se despidió de él.

Paula entró a buscar sus cosas; Inés la siguió.

Sobre el mostrador estaban el estuche y una bolsa con un cargador y unos calcetines. Paula revisó el contenido. Ariel le acercó la hoja del inventario.

—Falta mi cuaderno grande.

Él señaló el pasillo.

—Quedó en la pieza. No quise tocarlo.

Inés miró hacia el taxi antes de acompañar a Paula por el pasillo.

Encontraron el cuaderno sobre la cama, abierto por un dibujo del patio.

La mesa redonda estaba apenas trazada; las sillas, en cambio, tenían detalles minuciosos, los apoyabrazos gastados y una reparación hecha con un tornillo demasiado largo.

Paula lo cerró. Inés llevaba la bolsa con el cargador y los calcetines; la cambió de mano antes de volver por el pasillo.

Al regresar, Ariel estaba en la puerta del pasillo. No bloqueaba toda la salida. Dejaba un espacio estrecho junto a su hombro, suficiente para que pasar exigiera rozarlo.

—Necesito que me escuchen dos minutos.

—Estamos esperando a alguien —dijo Inés.

—Lo sé. Por eso, dos minutos.

Tenía la cara limpia y los ojos irritados. Se había puesto una camisa que Inés le había visto en celebraciones. Le produjo más inquietud que si lo hubiera encontrado desarreglado.

—Lo que hay en Calama no es toda la historia.

Paula apretó el cuaderno contra el pecho.

—Entonces cuenta la otra parte donde corresponde.

—La estoy contando. Pero ustedes van a entregar unos papeles que hacen parecer que yo me robé todo.

—No sabemos qué hay en el sobre.

Ariel se apartó lo suficiente para dejarlas entrar en recepción. Luego cerró la puerta que daba al patio. Inés escuchó el movimiento del pestillo.

No hizo ningún comentario sobre él. Sacó el teléfono.

Ariel le sujetó la muñeca.

Fue rápido y torpe. No había en ese gesto ninguna de las ambigüedades del camino. Sus dedos se cerraron con fuerza, el pulgar sobre el hueso. Inés sintió el teléfono resbalar y golpear el suelo.

Paula dio un paso hacia la puerta.

—Abre la puerta.

—Solo quiero hablar.

Inés dejó de tirar. Tenía el tobillo lesionado y el costado le dolía cada vez que respiraba hondo. Una lucha cuerpo a cuerpo era una apuesta que no podía permitirse.

—Me estás haciendo daño —dijo.

Ariel miró su propia mano, como si la hubiera encontrado allí por accidente. La soltó. El teléfono quedó entre sus pies.

—Perdón.

Paula se quedó junto a la puerta. Había sacado el teléfono al oír el pestillo. Bajó una mano hacia el bolsillo de la parka, con la pantalla encendida contra la tela.

Ariel lo vio.

—Guarda eso.

La palabra salió con una firmeza distinta.

Inés reconoció el momento exacto en que el hombre dejó de intentar parecer razonable. No hubo transformación en su cara. Solo abandonó el esfuerzo.

—Los papeles no están acá —dijo ella—. No podemos darte nada.

—Pueden decir que no quieren retirarlos.

—Eso no los hace desaparecer.

Ariel miró hacia el patio. En el mostrador había un cuchillo junto a una tabla con restos de pan. Inés siguió su mirada y calculó la distancia hasta su mano.

Él no lo tomó.

Agarró el cuaderno de Paula.

Lo arrancó de sus brazos y lo abrió sobre la mesa, pasando páginas con una violencia que doblaba las esquinas.

Había dibujos de una ventana, de las montañas vistas desde el vehículo, de una mujer esperando frente a una tienda.

Inés comprendió que buscaba documentos escondidos. Paula empezó a llorar de rabia.

—Eso es mío.

Una hoja se rasgó.

Ariel se quedó quieto.

Había encontrado el dibujo de Hugo dormido en un asiento, con la boca apenas abierta. Paula lo había hecho durante otro viaje, antes de San Pedro. En el margen escribió una fecha y una frase que Inés no alcanzó a leer.

Durante unos segundos, el cuarto tuvo otra temperatura.

—Él sabía lo que me estaba haciendo —dijo Ariel.

Paula extendió la mano hacia el cuaderno.

—Dámelo.

Ariel lo dejó sobre el mostrador, pero no la miró.

—Me llamó para decir que lo tenían. Reconocí el ruido del portón. Ese fierro golpea cada vez que se mueve con el viento. Yo arreglé esa entrada, ¿entiendes? Me estaba mintiendo desde un lugar donde yo había trabajado.

Inés escuchó un vehículo fuera. No pudo saber si se detenía.

—Fuiste a comprobarlo —dijo.

Ariel asintió. La necesidad de explicar empezaba a competir con la de escapar.

—Estaba sentado comiendo. Me habló como si el imbécil fuera yo por haber llegado antes. Tenía preparado lo que yo tenía que firmar. Mi nombre en todo. El suyo en nada.

—Tú también habías firmado antes —dijo Paula.

Él la miró con una furia breve.

—Porque tu hermano conseguía la plata. Yo levanté esto. Yo atendía a la gente, arreglaba las camas, me levantaba si alguien se enfermaba. Él mandaba un correo y cobraba.

—Eso no te obligaba a vender habitaciones que no existían.

Ariel golpeó el mostrador. Paula retrocedió. Inés se movió un paso hacia el pestillo, pero él levantó la cabeza inmediatamente.

—Quédate ahí.

El vehículo de afuera tocó la bocina una sola vez.

Ariel respiraba con la boca abierta. Miró la ventana alta, el teléfono en el suelo, la puerta.

En la pared detrás de él colgaba la lista de habitaciones, con números escritos a mano y pequeñas llaves ordenadas en ganchos.

Inés recordó haber llegado allí muchas veces antes del amanecer, mientras Ariel envolvía pan para los pasajeros.

La memoria no la ayudó a confiar.

Le ayudó a recordar que el interruptor junto a su codo encendía la luz exterior de recepción, visible desde la calle.

Lo apretó tres veces.

Ariel se volvió hacia el chasquido.

Paula gritó.

No gritó un nombre ni intentó explicar nada. Fue un sonido sostenido, furioso, que llenó la pieza y salió por la ventana. Afuera alguien contestó. Ariel avanzó hacia ella y Paula se agachó detrás de la mesa. Inés levantó el pestillo.

Él alcanzó a sujetar la puerta cuando ya estaba abierta una cuarta parte. Empujó con el hombro. Inés perdió apoyo en la pierna mala y cayó de rodillas, pero metió la bolsa de ropa en la abertura antes de que cerrara.

El plástico se desgarró. Un cargador quedó aprisionado entre el marco y la hoja.

Del otro lado empujaron.

Ariel soltó la puerta de golpe. Inés se arrastró hacia el patio. No vio quién entraba primero ni escuchó las instrucciones completas. Vio el cielo dentro del rectángulo que dejaba el techo y una mano que le indicaba que siguiera avanzando.

Paula salió detrás de ella, todavía con el cuaderno.

Cuando llegaron al portón, Ariel estaba tendido boca abajo en recepción. Los dos investigadores lo inmovilizaban. El taxista sostenía la puerta y les preguntó si podían seguir caminando.

Inés abrió la boca para contestar.

Antes de hacerlo, contó.