El fragmento rojo
La policía registró el alojamiento al día siguiente. Paula tuvo que esperar para retirar sus cosas. Ariel contestaba preguntas con una educación rígida. Los últimos viajeros salieron con sus mochilas sin despedirse.
Inés no entró. Esperó junto al minibús, con Elías. Desde allí veía la mesa redonda y las tres sillas. La cuarta había desaparecido.
—La guardaron después de que se rompió —dijo Elías, siguiendo su mirada—. Estorbaba.
Paula salió con su mochila y una bolsa de ropa. La maleta de Hugo quedaba por el momento allí. Se sentó en el asiento delantero, donde él había viajado al empezar la excursión. Después lo advirtió y se cambió atrás.
—¿A dónde vamos?
—A mi casa.
—Quiero dar una vuelta antes.
Elías condujo hacia el pueblo. Compraron pan y pasaron a la farmacia. Mientras Inés esperaba su pedido, Paula se quedó mirando a unos turistas que comparaban horarios de excursiones. Les preocupaba perder una puesta de sol.
—Yo también iba a ver eso.
Inés no le preguntó qué.
Por la tarde, la investigadora llamó para contrastar la hora en que Ariel había llegado a la búsqueda. Inés buscó el mensaje que le había enviado al recibir los termos: «Gracias por venir. Si puedes conseguir más linternas, nos faltan». Marcaba las doce y ocho.
Le preguntaron también por una luz que Elías había descrito en la zona del acceso secundario.
—La vi —respondió—. No puedo decir de qué era.
La voz al otro lado agradeció la precisión.
Después supieron que durante la inspección inicial de La Vuelta se había recogido un fragmento de plástico rojo bajo el costado de Hugo.
Su borde encajaba con la esquina que faltaba en el identificador de Ariel.
En el suelo había además marcas de arrastre: el cuerpo había sido desplazado desde la entrada de la dependencia hasta donde lo encontraron.
Ariel podía haber roto el identificador al mover a un hombre que ya estaba muerto. Pero en su nueva declaración tampoco había mencionado que lo tocara. La presencia del fragmento exigía otra explicación.
Inés recordó la fotografía de las llaves intactas, tomada la mañana de la excursión. Entre esa imagen y los termos de la medianoche había ocurrido todo.
Paula pasó el resto de la tarde revisando en su correo las comunicaciones de su hermano. Buscaba documentos que él hubiera enviado como adjuntos. Inés se ocupó de hacer una sopa y quemó parte de la cebolla porque se quedó escuchando el ruido de un motor demasiado tiempo.
—No es él —dijo Paula desde la mesa.
Inés apagó el fuego.
—No sabes a quién estoy esperando.
La joven levantó la mirada.
Ambas sonrieron un poco, por primera vez sin sentirse obligadas.
El correo apareció cerca de las nueve. Hugo lo había enviado tres días antes del viaje: «Lo del seguro».
Paula llevaba semanas evitando sus trámites y no lo había abierto.
Adjuntaba el comprobante de un sobre enviado a nombre de ella a una sucursal de encomiendas en Calama.
Según el mensaje, contenía papeles que podía necesitar si a él le pasaba algo.
—Siempre hacía eso —dijo Paula—. Dejaba una cosa terrible escrita como si me estuviera recordando comprar leche.
Paula llamó a la investigadora. Mientras hablaban, le reenvió el correo completo. Coordinaron el retiro para la mañana siguiente.
Inés pensó en la carpeta marrón que Lucía había visto en La Vuelta. Quizá los originales importantes ni siquiera habían viajado con Hugo. Quizá había llevado copias, conservando otra ventaja que nadie conocía.
Alguien más debía de estar haciéndose la misma pregunta.
El teléfono de Paula vibró sobre la mesa.
Era Ariel.
«Hugo me dijo que te había mandado algo. Si son los papeles del patio, hay datos privados de huéspedes. Avísame antes de mostrarlos.»
Paula no respondió. Le sacó una captura al mensaje y la envió a continuación del comprobante.
Dos investigadores las acompañarían a Calama al día siguiente. Elías tenía trabajo y no podía seguir postergándolo; lo dijo con una incomodidad que a Inés le dolió más que una negativa brusca.
—Anda tranquilo —le respondió—. Ya has hecho bastante.
Antes de acostarse, Paula recordó el estuche de dibujo que había dejado en un cajón del alojamiento.
Consultaron por teléfono. Podía retirar sus cosas, y Ariel se comprometió a dejarlas listas en recepción.
Acordaron encontrarse allí con los investigadores antes de salir hacia Calama. Para llegar, Inés reservó un taxi.
Paula hizo una lista breve: los lápices, el cargador, el cuaderno grande. La dejó junto a su mochila.
Inés le pidió al taxista que esperara hasta que llegara el otro vehículo. Después guardó el teléfono y fue a acostarse, aliviada de tener resuelto al menos el traslado.