El séptimo pasajero La esquina rota
81%

La esquina rota

Ariel publicaba muchas imágenes del alojamiento.

Las habitaciones casi siempre estaban vacías; el patio, en cambio, aparecía ocupado por viajeros que levantaban tazas o sostenían bicicletas.

Inés recorrió las publicaciones sin encontrar las llaves.

Había rostros, desayunos, perros que no vivían allí y una insistencia comprensible en mostrar el negocio como algo feliz.

La fotografía útil no estaba en internet.

La tenía Paula.

Había dibujado la mesa del patio la mañana de la excursión y tomado una imagen para terminar después las sombras. En un extremo del encuadre aparecía Ariel, cortado a la altura del pecho. Sostenía el mismo manojo. El plástico rojo era un rectángulo completo.

Paula observó las dos imágenes junto a Inés.

—Puede haberlo roto de cualquier manera.

—Sí.

—¿Entonces por qué lo miramos así?

Porque necesitaban que alguna cosa simple terminara de explicarlo todo. Porque una llave rota cabía dentro de una pantalla y el resto no. Inés no dijo ninguna de las dos respuestas.

Envió las fotografías por la vía que le habían indicado, con la fecha original y una descripción breve. No escribió que había encontrado al asesino.

Esa tarde las citaron por separado. Al volver a verse, Paula estaba pálida.

—Me preguntaron si Ariel me había contado que encontró a Hugo —dijo.

Ariel había modificado su declaración.

Ahora admitía haber encontrado a Hugo detrás del tabique. Decía que ya estaba muerto. Se había asustado y había pensado que lo culparían si lo encontraban allí. Por eso se había ido sin avisar y luego había participado en la búsqueda.

Inés sintió una fatiga caliente detrás de los ojos. Cada nueva versión explicaba exactamente aquello que ya no podía negarse y dejaba fuera lo demás.

—¿Dijo por qué fue?

—Hugo lo llamó.

El registro de las diez y cuarenta y siete no había cambiado: Hugo había llamado a Ariel cuando este aún estaba en el alojamiento.

Lo que cambiaba era el relato de la visita.

Primero había dicho que no encontró a nadie; ahora sostenía que llegó unos veinte minutos después de hablar con Hugo y lo encontró muerto.

En esos veinte minutos alguien había podido llegar antes que Ariel.

También cabía una mentira.

Inés fue a su casa y puso las dos posibilidades sobre la mesa, sin escribirlas.

Le resultó desagradable advertir que prefería una.

Había confiado en Ariel. Él había llevado comida, preguntado por su tobillo, ofrecido alojamiento a Paula.

Si era culpable, esos gestos se volvían una forma de vigilancia.

Si decía la verdad, seguían siendo gestos de un hombre que había dejado un cuerpo sin avisar.

No había una versión que devolviera las cosas a su lugar.

Lucía la llamó al anochecer. Inés estuvo a punto de dejar sonar el teléfono.

—Paula no me responde —dijo la mujer.

—Tiene derecho.

—Lo sé. Necesito que escuche una cosa sobre la carpeta.

—Dígala donde tiene que decirla.

Hubo un silencio breve.

—Ya lo hice.

Lucía quería explicarse de todos modos. Participaba, a través de otra sociedad, en la empresa que compraría el alojamiento.

Necesitaba adquirirlo barato y desvincular la operación de las promesas falsas hechas a los inversionistas.

Hugo había ofrecido conseguir la firma de Ariel.

A cambio, quería un pago personal y que los documentos lo presentaran como un simple intermediario.

—Y Ariel cargaba con todo —dijo Inés.

Lucía no lo negó.

El secuestro fingido debía precipitar la firma.

Esa noche Hugo llamaría a Ariel desde La Vuelta y diría que unos inversionistas lo tenían retenido.

Exigirían aceptar la venta del alojamiento y el reconocimiento de las deudas para recuperar su dinero.

Lucía llevaría los papeles a Ariel a la mañana siguiente; el mensaje del mediodía haría que Paula también lo presionara, sin saber que estaba ayudando al montaje.

Si Ariel firmaba, Hugo reaparecería esa tarde.

—¿Paula sabía algo?

—No.

—¿Y yo?

Lucía no respondió.

Inés miró el vendaje que empezaba a despegarse de su tobillo. Habían contado con su reacción profesional. Con que avisaría, organizaría una búsqueda y se preocuparía por un pasajero. No necesitaban comprarla. Les bastaba con saber que haría su trabajo.

—¿Por qué iba a creer Ariel que un secuestrador quería ese contrato?

—Porque conocía a la gente que había puesto plata. Sabía lo que les habían prometido. Hugo contaba con que no se atreviera a esperar.

Lucía había dejado a Hugo vivo en la construcción.

Llevaba una carpeta marrón y un sobre grueso.

Discutieron antes de separarse: él quería conservar algunos originales hasta recibir su parte del dinero.

Lucía confirmó también que había mandado retirar la segunda llave.

A esas alturas, sostener que no conocía el lugar ya no le servía.

—¿Y usted volvió?

—No.

Esta vez Inés no discutió ni aceptó. Sabía que los movimientos del vehículo se estaban revisando.

Antes de cortar, Lucía dijo algo con una voz que perdió por un momento su precisión.

—Yo vi que usted cayó. Podría haber bajado enseguida.

—Sí.

No agregó nada. La mujer había empezado una frase que no tenía derecho a terminar con el perdón de otra persona.

Más tarde llegó un mensaje de Ariel.

«¿Podemos hablar tranquilos? Tú sabes cómo soy.»

Inés leyó esa última oración varias veces.

Había sido, durante años, una razón suficiente para atenderlo sin hacer preguntas.

Le respondió que cualquier información sobre Hugo debía entregarla a los investigadores. Después dejó el teléfono boca abajo.

Del otro lado del portón, un vehículo redujo la velocidad.

Ella apagó la luz del patio para ver mejor la calle. No reconoció la patente. El vehículo continuó y el ruido desapareció despacio entre los muros.

No volvió a encender la luz hasta que llegó Elías.