El séptimo pasajero Los papeles del patio
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Los papeles del patio

A la mañana siguiente, Inés entregó la anotación. Dijo cuándo había escuchado la frase y quién estaba cerca. La investigadora le preguntó si Ariel podía haberla oído antes de otra persona. Inés respondió que no lo sabía.

Le preguntaron cuándo había sabido que Ariel conservaba una llave de La Vuelta.

—Después de reconocer el identificador rojo. Antes me había dicho que guardaba muebles ahí, pero no que todavía pudiera entrar.

—¿Le había preguntado usted por la construcción?

Inés reconstruyó la conversación: primero Ariel había admitido el antiguo arriendo; al día siguiente, cuando ella reconoció el llavero rojo, contó la visita nocturna. Cada dato había llegado después de una pregunta.

Al salir encontró a Paula esperando en el minibús. Elías las había llevado y estaba haciendo un trámite cerca. Ella había pasado la noche en el alojamiento, donde le habían permitido revisar las pertenencias de su hermano. Sobre sus rodillas tenía una carpeta azul con una goma vencida.

—Estaba con las guías y las reservas del viaje —dijo—. Abrí una hoja por el reverso y apareció el nombre del patio.

Inés miró hacia la puerta por la que acababa de salir.

—Entramos de nuevo.

—Primero quiero que veas algo.

No pretendía ocultar la carpeta. Quería una segunda persona delante cuando la abriera. Inés lo entendió por la manera en que sujetaba el borde, con las uñas hundidas en el cartón.

Entre las reservas había presupuestos, transferencias y una carta sin firma.

Inés recordó la carpeta marrón junto a Chaxa y la mano de Hugo retirándola cuando Lucía quiso tomarla.

Paula había doblado la esquina de una página.

Arriba figuraba el nombre del alojamiento; debajo, el de una sociedad que Inés no conocía.

Más abajo estaban Hugo y Ariel, cada uno en una casilla distinta.

—Ariel no era solamente deudor —dijo Paula.

Inés leyó despacio. El documento describía aportes de otras personas para ampliar el alojamiento.

Había números de habitaciones, estimaciones de ingresos y una fecha de entrega que ya había pasado.

No parecía un préstamo común. Algunas hojas incluían fotografías del patio, de las tres sillas y de una construcción que Inés conocía como bodega.

En los papeles, esa bodega era una suite.

—¿Se llegó a ofrecer esto?

Paula mostró una serie de correos impresos. Había preguntas sobre rentabilidad y respuestas que daban por terminadas obras que ni siquiera habían empezado. En algunas respondía Hugo. En otras aparecía Ariel.

—Ariel nos dijo que estaba tratando de salvar el negocio de un préstamo abusivo —murmuró Inés.

—También podía estar salvándolo de la gente que había puesto plata.

La carta proponía que Ariel reconociera haber elaborado las cifras y recibido los aportes, mientras Hugo figuraría solo como intermediario.

A cambio, una empresa vinculada con Lucía compraría el negocio y destinaría parte del precio a pagar a los inversionistas.

Inés tuvo que leerla dos veces. Ariel perdería el alojamiento y cargaría con las falsedades; Hugo cobraría por haber conseguido el acuerdo.

Paula señaló una anotación al margen. Reconoció la letra de su hermano.

«Después de la llamada. No antes.»

—La llamada del secuestro —dijo Inés.

—Puede ser.

El cuidado de Paula al responder la avergonzó un poco. Una hora antes había recomendado cautela frente a la frase de Ariel. Ahora ya estaba convirtiendo una anotación en una explicación completa.

Entraron con la carpeta.

Cuando volvieron a salir, Paula no la llevaba.

Se quedó un rato mirando las montañas por encima de los techos.

En la calle pasaba gente con mochilas, alguien discutía por una reserva, un hombre descargaba bebidas.

La vida de San Pedro no se había detenido alrededor de ellas.

Durante días Inés había sentido esa continuidad como una falta de respeto. Empezaba a agradecer que existiera.

—No sé qué se supone que tengo que hacer con todo lo bueno —dijo Paula.

—¿De Hugo?

Asintió.

—Si me acuerdo de algo bueno, siento que estoy ayudándolo a mentir. Si no me acuerdo, parece que estos treinta y cuatro años fueron solamente esto.

Inés se acomodó en el asiento del acompañante. Miró a Paula y esperó a que pudiera seguir.

—Cuéntame algo bueno de él.

Paula tardó.

—Cuando yo era chica y él ya trabajaba, inventó que los sábados podía nevar dentro de nuestra casa. Ponía papel picado arriba del ventilador. Mi mamá lo retaba porque después era imposible sacar todo.

Se le escapó una risa corta, seguida de una mueca.

—Era una estupidez.

—Sí.

—Y era muy buena.

Permanecieron allí hasta que Paula pudo respirar sin apretar los dientes.

Por la tarde, Elías pasó a devolver unas correas del equipo. Inés le contó únicamente lo necesario: habían aparecido documentos que cambiaban la relación entre Hugo y Ariel. Él no pareció sorprendido por la posibilidad, sino cansado.

—Cuando un negocio anda mal, acá nos enteramos de las cuentas chicas —dijo—. El gas, una rueda, un sueldo. Las grandes pueden seguir pareciendo perfectas mucho tiempo.

Le preguntó por la noche de la búsqueda. Ariel había llevado termos, eso lo recordaban ambos. ¿Había dicho desde dónde venía?

—Del alojamiento.

—¿Lo dijo él o lo supusimos?

Elías apoyó las correas sobre la mesa y cerró los ojos un instante.

—Lo supuse. Traía el termo que usa en el desayuno.

Inés anotó también aquello.

Luego revisaron los mensajes del grupo. Encontraron una foto tomada por un vecino durante la distribución de la gente que iba a buscar. Ariel aparecía a un lado, sirviendo una bebida caliente. La imagen no mostraba ningún crimen. Mostraba a un hombre ayudando.

Inés amplió su mano.

Las llaves colgaban del dedo meñique. El identificador rojo tenía una esquina irregular, como mordida.

No sabía cómo había sido antes.

Por primera vez, decidió buscar una fotografía anterior en lugar de seguir agrandando aquella.