El séptimo pasajero Entre el polvo
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Entre el polvo

El viento los alcanzó antes de Toconao.

Primero fueron ráfagas de polvo a un costado del camino. Después la visibilidad empezó a cambiar por tramos: una recta clara, una nube baja, luces que se veían y desaparecían. Elías redujo la velocidad y aumentó la distancia con el vehículo de adelante.

Inés guardó el teléfono. Había perdido la señal y el mensaje podía esperar.

Al llegar a una zona más protegida encontraron una camioneta detenida fuera de la calzada, con las luces de emergencia encendidas.

El vehículo de Lucía.

La mujer estaba junto a la puerta del conductor. Levantó un brazo cuando los reconoció. Elías detuvo el minibús en un lugar que permitía hacerlo sin invadir el tránsito. Inés le pidió a Paula que permaneciera dentro mientras comprobaban qué ocurría.

Lucía decía haber recibido una alerta del vehículo y prefería no seguir sola. Había salido a buscar a Paula porque no lograba comunicarse con ella. Inés se preguntó quién le había contado adónde iban. Lucía señaló el tablero antes de que alcanzara a preguntárselo.

Elías revisó los testigos del tablero y llamó a la asistencia del arriendo. Lucía se acercó al minibús, habló con Paula a través de la puerta abierta y le pidió que la acompañara a buscar unos papeles.

Paula dijo que podía traerlos ella.

La mujer apretó la boca. Fue hasta la camioneta y volvió con la carpeta.

Inés estaba apoyada en el costado del minibús cuando Lucía pasó junto a ella.

—Necesito hablar contigo un momento —dijo.

—Aquí.

—Hay información sobre Paula que no deberíamos discutir delante de todos.

Inés no se movió.

Lucía la tomó del codo y señaló su vehículo, estacionado unos metros más allá. Inés se soltó, pero dio dos pasos para oírla sobre el viento. Elías seguía al teléfono.

—Ella firmó más de lo que admite —dijo Lucía.

—Eso no explica lo que le pasó a Hugo.

—Puede explicar por qué alguien querría que no regresara.

Inés miró hacia Paula, visible detrás del parabrisas.

—¿Tú querías que regresara?

Lucía sostuvo su mirada. A su espalda, la puerta del acompañante había quedado abierta. Una ráfaga la hizo oscilar hacia ellas y Lucía extendió un brazo.

Antes de responder, una ráfaga llenó de polvo el espacio entre los vehículos.

Inés giró la cara y levantó el brazo. Sintió un golpe duro en el hombro, no una mano que buscara apoyo.

El terreno bajo sus pies se inclinaba hacia una cuneta de desagüe seca, más profunda de lo que había calculado desde el camino.

Cayó de costado.

El tobillo cedió y la pendiente la arrastró hacia el fondo. Intentó agarrarse de algo, pero solo consiguió cerrar la mano sobre material suelto. Una piedra le golpeó la cadera. Más abajo había un paso estrecho entre bloques donde su cuerpo podía quedar atrapado si seguía rodando.

Se detuvo contra una roca plana, con el aire fuera de los pulmones.

Arriba, la figura de Lucía apareció y desapareció entre el polvo.

Inés extendió una mano.

La mujer no se acercó.

Durante unos segundos se miraron sin que ninguna pudiera fingir que aquello era una conversación sobre documentos.

Después Inés oyó a Paula gritar su nombre.

Elías apareció con ella. Lucía retrocedió y empezó a decir que Inés había resbalado. El guía buscó una manera de bajar sin precipitarse por el mismo borde. Paula se quedó arriba indicando la posición y llamando ayuda.

Inés consiguió sentarse. Tenía sangre en la palma y un dolor que le recorría el costado al respirar, pero podía responder. No trató de escalar por donde había caído. Elías llegó desde un costado y la ayudó a esperar en un lugar más estable mientras coordinaban cómo sacarla.

Lucía dijo que iba a mover su vehículo para facilitar el acceso.

Cuando Inés volvió a ver el camino, la camioneta ya no estaba.

No supo cuánto tiempo pasó hasta quedar de nuevo junto al minibús. Le temblaban los músculos con una violencia que no podía controlar. Paula le puso una chaqueta sobre los hombros, aunque el problema no era solo el frío.

—Vi que te tocó —dijo.

Inés levantó la mirada.

—¿Qué viste exactamente?

Paula respiró antes de responder.

—Su brazo hacia ti. Después vino el polvo. No vi todo.

Inés asintió. Paula había visto el movimiento, pero no el contacto.

Cuando pudo declarar, explicó el golpe y lo que ocurrió después. También señaló que el vehículo que supuestamente no debía seguir había podido irse por sus propios medios.

Esa noche canceló todos sus encargos de la semana.

El dolor podía explicarse por una caída.

El segundo en que Lucía había decidido no darle la mano, no.