Un hombre contado dos veces
Inés pasó la noche en un centro asistencial y la mañana siguiente tratando de aceptar que no volvería a conducir durante varios días.
No tenía lesiones que exigieran una hospitalización prolongada, pero le dolían la cadera, el costado y el tobillo. Moverse le recordaba cada parte de la caída con una precisión que no mejoraba su recuerdo de lo que había ocurrido antes.
Afirmó que había sentido un golpe. Afirmó que Lucía estaba a su lado. No afirmó haber visto el brazo empujarla, porque la ráfaga le había hecho cerrar los ojos y girar la cara.
Paula declaró por separado lo que había alcanzado a observar desde el vehículo.
Elías entregó la cámara que llevaba instalada en el parabrisas del minibús.
Inés la usaba para registrar incidentes de conducción, no para vigilar a los pasajeros.
El ángulo cubría el camino y una parte de la zona donde habían detenido los vehículos.
Durante la nube de polvo se veía poco, pero el material podía ser útil.
Lucía se presentó aquella tarde, acompañada por un abogado. Negó haber agredido a Inés y dijo que se había alejado buscando cobertura para llamar a la asistencia.
Inés volvió a su casa con Paula y Elías. Ariel se ofreció a llevarles comida, pero ella prefirió que no fuera. No quería a todo el grupo entrando en el único lugar que todavía sentía suyo.
—¿Crees que fue Lucía quien mató a Hugo? —preguntó Paula cuando quedaron solas.
Inés estaba tratando de acomodarse en una silla sin apoyar el costado.
—Creo que nos ha mentido.
—Eso lo sabemos.
Inés se quedó callada. Hasta ese momento había evitado preguntarse cuánto de su certeza venía del miedo que acababa de pasar.
—No sé quién lo mató —dijo.
Paula se sentó al otro lado de la mesa.
Tenía treinta y cuatro años, dieciocho menos que Hugo.
Sus padres habían muerto cuando ella estaba empezando a estudiar, y el hermano mayor había asumido un papel que nadie le había pedido formalmente.
La ayudó con dinero, tomó decisiones, resolvió urgencias.
Después todo aquello fue convirtiéndose en una cuenta que nunca terminaba de pagar.
—Cuando le decía que no, me preguntaba si me acordaba de quién había estado —contó—. Claro que me acordaba. Era precisamente por eso que me costaba decirlo.
Inés miró las manos de la joven. Había empezado a dibujar sobre una servilleta: una habitación, una puerta, una ventana que todavía no tenía muro.
—¿Tú querías venir?
—Quería que me entregara los documentos para salir de la sociedad. Lucía dijo que sería más fácil si hablábamos lejos de Santiago. Hugo agregó los paseos. Así, cuando me molestaba por una reunión, parecía que yo arruinaba el viaje.
En el teléfono de Paula había mensajes donde su hermano prometía resolverlo todo. También otros donde la culpaba de no entender el esfuerzo que estaba haciendo. Inés no eligió los que volvían al muerto más fácil de querer o de odiar. La joven tampoco parecía capaz de hacerlo.
A media tarde, Darío pidió verlas. Inés lo recibió en el patio, con Paula presente. Llevaba un disco externo con copias de la sesión y una bolsa con ropa que había quedado entre el equipo.
—Hoy revisaron conmigo las tomas de prueba —dijo—. Ya declaré sobre ellas. Quiero que las vean.
Abrió una fotografía tomada unos minutos antes de la imagen con siete figuras. En ella aparecían los seis bajo una luz más uniforme. Hugo llevaba el poncho amarillo. En otra prueba, el poncho estaba sobre una silla y él posaba en chaqueta oscura.
—Fue una sesión —dijo Inés.
Darío asintió.
—Estaban en la tarjeta que entregué. Hicimos varias pruebas.
—¿Por qué esa fue la única que nos mostraste?
El hombre bajó la vista al disco.
Paula tomó su teléfono y amplió la figura amarilla. Luego buscó el pie de Hugo en la otra posición.
En ambos lugares se veía una línea naranja, corta y brillante, a la altura del tobillo izquierdo.
El cordón que Hugo no había querido cortar.
Inés sintió que la fotografía cambiaba sin que un solo píxel se moviera.
No había un hombre nuevo.
Había un hombre contado dos veces.