El séptimo pasajero La segunda llave
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La segunda llave

Ariel no negó que tuviera una copia.

La dejó sobre el mesón cuando Inés se lo preguntó, como si ponerla a la vista pudiera devolverle de inmediato un significado inocente.

—Era el lugar donde guardaba muebles.

—No dijiste que conservaras la llave.

—Porque no me preguntaste por las llaves.

Paula estaba en el umbral de la recepción. Al oírlo, entró.

—¿Fuiste esa noche?

Ariel se sentó detrás del mesón.

—Sí.

La respuesta los dejó quietos.

Según Ariel, Hugo lo había llamado aquella noche para pedirle que fuera a La Vuelta.

Quería negociar el contrato sin Lucía delante.

Inés ya había avisado de la desaparición, pero él había supuesto que Hugo se había apartado por su cuenta, como hacía cada vez que quería obligar a los demás a seguirle el juego.

Encontró la puerta entornada. Había una silla, una colchoneta y una caja con agua y comida. No vio a Hugo.

Tampoco entró hasta el fondo del corral. Estuvo unos minutos, lo llamó, no recibió respuesta y se fue a preparar las cosas para llevar a la explanada.

—¿A qué hora? —preguntó Inés.

Ariel buscó la llamada en su teléfono. Era entrante: Hugo lo había llamado a las diez y cuarenta y siete, y habían hablado algo más de un minuto. Dijo que en ese momento seguía en el alojamiento. Calculaba haber llegado a La Vuelta unos veinte minutos después.

—¿Viste otro vehículo?

—Unas luces más allá. Pensé que eran del camino.

—¿Oíste algo?

Ariel negó.

Paula se apoyó contra la pared.

—Pudiste haberlo encontrado.

—No lo sé.

—Pudiste.

Él dejó el teléfono sobre el mesón.

—Sí.

Inés lo acompañó a declarar. La caja con comida y la colchoneta ya figuraban entre los objetos encontrados en La Vuelta. Alguien había preparado aquella habitación para pasar la noche.

La fotografía del desconocido y el mensaje anónimo empezaban a parecer demasiado convenientes.

Sin embargo, Hugo estaba muerto. Una puesta en escena no explicaba quién lo había golpeado ni por qué.

A la tarde siguiente, Elías llevó a Inés y a Paula a Socaire para conversar con el propietario de La Vuelta. Él ya había declarado y aceptó mostrarles las fotografías que había tomado antes de entregar la habitación.

El viaje fue lento. Paula había dormido mal y pidió parar una vez.

A medida que ascendían, el aire se sentía distinto y el paisaje se abría hacia el salar.

Elías no llenó el trayecto de datos. Preguntó cómo se sentían y les recordó que no había premio por apurarse.

Inés agradeció que otra persona se ocupara de algo que normalmente le correspondía hacer a ella.

En Socaire almorzaron antes de la reunión. Un hombre entró con una caja de verduras y se quedó conversando junto a la cocina. Paula escuchó cómo discutían por una entrega equivocada. Cuando llegó su plato, tuvo que preguntar qué le habían servido.

El propietario llevó el acuerdo de arriendo y las fotografías. Hugo había pedido que dejaran agua, una colchoneta y una silla. Después, una mujer había solicitado otra copia de la llave.

—¿Lucía? —preguntó Paula.

Él dijo que no recordaba el nombre de memoria. Mostró el mensaje completo. El número coincidía con el que ella utilizaba.

Inés sintió una atención fría, sin sorpresa.

Lucía había dicho que no sabía del arriendo.

La copia adicional se había retirado dos días antes de la observación. El propietario mostró el recibo: una persona enviada por ella había pagado el saldo y firmado la entrega. Conservaba también el mensaje en que Lucía confirmaba haber recibido la llave.

Paula pidió permiso para fotografiar los documentos. El hombre aceptó.

Antes de despedirse, dijo algo que Inés no esperaba.

—El señor preguntó si desde la habitación se veía salir el sol.

—¿Por qué?

—Dijo que necesitaba una foto del día siguiente.

En el viaje de regreso, Paula no dibujó. Miró el paisaje hasta que las sombras empezaron a alargarse.

Hugo había preparado incluso la mañana posterior a su desaparición.

Alguien había decidido que no llegara a verla.