El séptimo pasajero Lo que Darío no dijo
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Lo que Darío no dijo

Darío la esperaba en su taller, un cobertizo detrás de la casa donde guardaba los telescopios y reparaba soportes.

Inés fue con Elías. Antes de salir había comunicado a la investigadora el dato del arriendo y enviado a Darío una pregunta por escrito. Quería oír qué respondía al mirarla a la cara.

—Hugo quería una sesión privada después de la salida —dijo.

Estaban sentados junto a una mesa plegable. En un estante había mantas, termos y una caja con luces. Una de ellas tenía cinta amarilla enrollada en el mango.

—¿En una construcción sin uso? —preguntó Inés.

—Quería algo distinto de las fotos normales.

—¿Por qué no lo incluiste en el programa?

—Porque no era parte del programa.

Elías se apoyó en la pared. No parecía dispuesto a ayudarlo con esa distinción.

Darío explicó que Hugo había pedido disponer de La Vuelta durante tres noches para trabajar con material propio.

Le pagaría aparte y nadie del grupo tenía que saberlo todavía.

El propietario aceptó el arriendo a través de Darío, que ya había usado el lugar para fotografías de objetos y fondos de adobe.

—¿Ibas a llevarlo tú? —preguntó Inés.

—No. Dijo que tenía cómo llegar.

—Entonces, cuando no lo encontramos, sabías dónde buscar.

Darío miró el borde de la mesa.

—No sabía que se había ido allí.

Inés se puso de pie. El tobillo le respondió con una punzada.

—Una posibilidad era suficiente.

Él levantó las manos.

—Pensé que iba a aparecer. Cuando empezaste a llamar ya no supe cómo decirlo sin…

—¿Sin qué?

Darío se quedó callado.

Elías contestó por él, sin mirarlo.

—Sin quedar como alguien que sabía más.

El silencio posterior fue largo. Inés recordó las horas de búsqueda, el riesgo, a Paula esperando junto al vehículo y a personas que habían salido de sus casas para recorrer el terreno. Darío había observado todo aquello con una dirección guardada dentro de la boca.

—Lo vas a decir hoy —dijo.

—Sí.

—Y lo de la foto, también.

Darío volvió la cabeza hacia ella.

—¿Qué cosa de la foto?

Inés señaló la caja de luces.

—Lo que todavía no me has contado.

Se fue antes de oír otra respuesta incompleta.

Afuera, Elías le preguntó si necesitaba sentarse. Ella negó. Quería caminar hasta el vehículo para comprobar que podía hacerlo sin ayuda. A los tres pasos aceptó su brazo.

—No te lo digo por él —dijo Elías—. Hay personas que empiezan ocultando una vergüenza y terminan teniendo que ocultar lo que hicieron para ocultarla.

Inés no respondió. Durante años había contado a otros que Darío era la persona más cuidadosa con la que trabajaba. Necesitaba dejar de tratar esa frase como una parte de su propia identidad.

Esa tarde se verificaron los mensajes con el propietario y las fechas de pago. El arriendo estaba acordado desde antes de que Hugo llegara a San Pedro.

Paula recibió la noticia sentada en el mismo lugar del patio donde había leído el mensaje de retención.

—¿Planeaba quedarse ahí? —preguntó.

—Eso parece —dijo Inés—. No sabemos para qué.

La joven abrió una libreta y anotó algo. Inés pensó que escribir le ayudaba, pero se abstuvo de decírselo. A veces la gente tomaba notas porque no confiaba en que los demás conservaran lo que acababan de admitir.

Lucía llegó más tarde y dijo que el hallazgo no la sorprendía.

—Hugo era impulsivo. Podía meterse en problemas tratando de salir de otros.

—¿Sabías del arriendo? —preguntó Paula.

—No.

—Acabas de decir que no te sorprende.

—Conocer su carácter no significa conocer cada decisión.

Inés miró la botella que Lucía había dejado sobre la mesa el día anterior. Seguía cerrada. Se dio cuenta de que había empezado a usar objetos inmóviles para medir el paso del tiempo.

Ariel les llevó comida antes de que el patio quedara completamente en sombra. Dijo que necesitaba salir a buscar una pieza para una cerradura y que volvería pronto. Inés vio las llaves en su mano.

Entre ellas había una con un pequeño rectángulo de plástico rojo.

El dueño de La Vuelta había descrito así el llavero de la construcción.