El séptimo pasajero Una dirección conocida
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Una dirección conocida

Inés no vivía en el centro de San Pedro.

Arrendaba una casa pequeña en un camino donde los vehículos reducían la velocidad cuando alguien regaba o pasaba con animales.

Tenía un patio con una sombra de malla, una mesa de trabajo y una hilera de plantas que sobrevivían porque una vecina las cuidaba cuando ella encadenaba salidas.

No había nada pintoresco en volver de madrugada, sacudir el polvo de los bolsillos y calcular cuánto faltaba para pagar el seguro del vehículo.

Elías la llevó hasta allí después de las declaraciones. También trabajaba por cuenta propia y tenía que reorganizar toda la semana. La muerte de un cliente no suspendía las cuotas de nadie.

—Voy mañana a Toconao —dijo antes de irse—. Tengo que dejar unas cosas y hablar con mi hermano. Si necesitas moverte, te llevo.

Inés aceptó. No conduciría todavía.

Durmió cuatro horas y despertó convencida de que alguien faltaba dentro de la casa. Tardó unos segundos en reconocer que estaba contando personas en un lugar donde vivía sola.

Al día siguiente, el camino hacia Toconao parecía demasiado claro.

Los colores del terreno se distinguían por franjas, sin el resplandor duro de la tarde anterior.

Elías conducía sin música. A veces señalaba un vehículo que venía mal ubicado en la calzada; otras, una nube de polvo que convenía dejar pasar antes de adelantar.

No habló del crimen hasta que Inés lo hizo.

—¿Qué hacía Hugo en La Vuelta el mes pasado?

—Ariel me pidió que lo llevara a ver la construcción. Yo abrí. Estuvimos diez minutos.

—¿Para qué la quería?

—Dijo que buscaba un lugar para una sesión fotográfica.

—¿Y le creíste?

Elías la miró apenas.

—No me pagaron por creerle. Me pidieron abrir una puerta.

Inés oyó la defensa y no insistió de inmediato. Era una diferencia que había utilizado muchas veces: conducir no era organizar lo que un pasajero hacía después. Aun así, a veces una puerta abierta se quedaba dentro del trabajo durante más tiempo del previsto.

En Toconao, Elías se detuvo cerca de la plaza.

Inés permaneció a la sombra mientras él entregaba una caja.

Miró el campanario separado de la iglesia, las fachadas claras, las personas que atravesaban la plaza sin fotografiarla.

Le molestó recordar las veces que Hugo había hablado de pueblos auténticos como si la autenticidad consistiera en no tener cosas que él reconociera de su propia vida.

Paula llegó en un taxi que había coordinado desde el alojamiento. Quería hablar con el dueño de La Vuelta, pero le habían informado que ese día estaba en Socaire. Elías conocía a un familiar y fue a pedirle un número de contacto.

Mientras esperaban, Paula compró un jugo y una libreta nueva. La que llevaba en el minibús había quedado con sus otras cosas para revisión. Inés notó que eligió una sin dibujos en la tapa.

—Mi hermano siempre me decía que había que viajar liviana —comentó.

—¿Viajaba liviano él?

Paula sonrió por primera vez desde la desaparición.

—Nunca.

Se sentaron bajo un árbol. La joven contó que trabajaba en diseño de interiores y que había firmado papeles para ayudar a su hermano con una sociedad.

Al principio había sido una autorización puntual.

Después su nombre apareció en más operaciones de las que entendía.

Cuando pidió salir, Hugo le dijo que hacerlo de golpe pondría en peligro dinero de otras personas.

Lucía fue quien le recomendó esperar.

—¿La conoces de hace mucho? —preguntó Inés.

—Desde que todo empezó a complicarse. Él decía que venía a ordenar lo que otros habían hecho mal.

Paula se quedó mirando el envase de jugo.

—Siempre había otros.

Elías volvió con un dato: el propietario de La Vuelta conservaba mensajes sobre un arriendo de tres noches. La gestión la había hecho Darío, a nombre de Hugo. La primera noche era precisamente la de la observación.

Inés sintió la boca seca.

—¿Darío?

Elías asintió.

—Lo va a entregar todo. No quiere gente entrando allí ni inventando historias.

Paula abrió la libreta y anotó el nombre del propietario. Luego tachó la primera letra y volvió a escribirla.

Inés miró hacia el camino de regreso a San Pedro. Había trabajado con Darío toda la tarde. Había aceptado su explicación sobre el cliente privado. Había contado seis personas mientras él conocía un lugar preparado para que una de ellas pasara la noche fuera del alojamiento.

Lo llamó desde la plaza.

—Tenemos que hablar de La Vuelta —dijo cuando contestó.

Darío no preguntó qué era.

—Vuelve primero —respondió.