El séptimo pasajero Las cosas que no se dijeron
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Las cosas que no se dijeron

El mensaje no devolvió a Hugo a ninguna parte.

Paula lo entendía, pero seguía mirando la pantalla como si hubiera un error que pudiera corregirse con suficiente atención.

Inés le pidió que no respondiera. Llamaron a la investigadora que les había dejado su número.

Mientras esperaban, Paula preguntó si era posible que se hubieran equivocado de persona al encontrar el cuerpo.

Inés la acompañó a plantear la pregunta. A la vuelta, Paula ya no hablaba del mensaje como una esperanza.

—Alguien no sabe que lo encontraron —dijo.

—O quiere que pensemos eso.

Se quedaron a la sombra del árbol del patio. Ariel había cancelado las nuevas reservas. Los últimos huéspedes se marchaban mirando de reojo la habitación de Hugo.

Lucía llegó desde la recepción con dos botellas de agua.

—Hay que estar tranquilos —dijo.

Paula no tomó la suya.

—No me pidas eso.

Lucía dejó la botella sobre la mesa.

Inés le preguntó por su salida del predio. Lucía explicó que había vuelto directamente al alojamiento. Se sentía mal y necesitaba acostarse. Como referencia, mostró un mensaje que había enviado a las once y ocho: «Ya estoy en mi pieza».

Inés ya había entregado a la policía la hora de salida y la patente. Guardó la nueva hora en la memoria.

Aun así, Lucía siguió hablando.

—El hombre amarillo no parecía un turista. Estaba apartado. No miraba hacia la cámara como ustedes.

—Yo no le vi la cara —respondió Inés.

—Por eso.

La frase dejó una incomodidad precisa. Lucía acababa de usar la falta de información como si fuera información suficiente.

Paula recogió la botella, pero no la abrió.

—¿Por qué te preocupaba tanto el contrato? —preguntó.

Lucía miró hacia la recepción.

—No es el momento.

—¿Cuándo es?

Ariel salió al patio antes de que respondiera. Llevaba un manojo de llaves y parecía no saber cuál necesitaba.

—Si van a hablar de mí, prefiero estar.

Hugo conseguía aportes privados para proyectos turísticos, ofreciendo rentabilidades que describía con más seguridad que los negocios reales. Ariel decía haber recibido dinero para ampliar habitaciones. Según él, las comisiones y los documentos posteriores ya no coincidían con lo acordado.

Lucía se presentó como la persona encargada de ordenar esas situaciones y evitar demandas. Ariel confiaba menos en ella cada vez que recibía una nueva propuesta.

—Me ofreció comprar la deuda con otra sociedad —dijo él—. Después esa misma sociedad resultó ser la que me cobraba.

Lucía dejó la espalda rígida.

—No estás describiéndolo correctamente.

—Entonces descríbelo tú.

Lucía se negó a seguir hablando delante de Inés. Dijo que entregaría los antecedentes a sus abogados.

Inés empezó a comprender que Hugo había traído a su hermana a una negociación y la había llamado vacaciones.

Paula se levantó.

—Mi firma aparece en una de esas sociedades —dijo.

Lucía alzó la vista.

—Tu participación es nominal.

—Mi firma no es nominal.

La joven se fue hacia su habitación. Nadie la siguió.

Ariel guardó las llaves en un bolsillo y las volvió a sacar. Inés le preguntó si conocía La Vuelta. Él dijo que sí: había arrendado aquella construcción años atrás para guardar mobiliario. El dueño actual vivía parte del tiempo en Socaire y no la usaba.

—¿Hugo había estado allí?

Ariel apretó las llaves dentro de la mano.

—Una vez.

—¿Cuándo?

—El mes pasado.

Lucía miró a Inés, esperando tal vez que entendiera algo a partir de esa respuesta.

Esa tarde, mientras esperaba que la llevaran a su casa, Inés recibió de Paula una captura antigua. Dos semanas antes, Hugo le había escrito: «Después de este viaje, vas a poder salir de todo. Te lo prometo».

Debajo, Paula había contestado: «Quiero salir antes».