El séptimo pasajero La Vuelta
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La Vuelta

Ahora, en la noche de la desaparición, aquellos tres días parecían pertenecer a otro viaje.

A las once y media, Inés sabía tres cosas: Hugo no respondía, no estaba en las instalaciones del predio y todos los que habían permanecido con ella podían haberse movido durante algunos minutos sin que los otros los vieran.

La búsqueda se organizó desde el acceso.

Llegaron carabineros y vecinos que conocían el sector.

Se distribuyeron los recorridos posibles, empezando por las huellas que salían del predio.

En algunos tramos el suelo conservaba marcas; en otros, la grava y el viento habían borrado cualquier paso reciente.

Paula quiso sumarse a un recorrido fuera de la explanada. Inés le pidió que se quedara donde podían localizarla. La joven iba a discutir, pero Elías intervino.

—Si vuelve, alguien tiene que estar aquí.

Fue una razón que pudo aceptar.

Lucía se había ido a las diez y veinticinco, contra la recomendación de esperar. Alegó dolor de cabeza y dijo que estaría disponible en el alojamiento. Inés registró la hora y la patente antes de verla salir. Le molestó la facilidad con que la mujer se había desentendido del grupo.

Darío permanecía junto al equipo fotográfico. Había enviado la imagen a los teléfonos del grupo y copiado los archivos en su computador. Cuando le pidieron conservar todo, entregó la tarjeta sin protestar. Inés lo vio hacerlo y quiso sentirse tranquila.

No pudo.

—¿Iluminaste al hombre amarillo? —le preguntó.

—Iluminé donde había gente.

—Eso no es lo mismo.

Darío bajó la voz.

—No empieces conmigo ahora.

La frase tenía la intimidad desagradable de una antigua pelea. Inés se apartó antes de responder desde ella.

Hacía dos años que habían dejado de vivir juntos.

Seguían trabajando algunas veces porque ambos necesitaban los encargos y conocían bien lo que el otro hacía.

A Inés le gustaba pensar que habían separado las cosas con madurez.

En realidad, habían aprendido a no preguntar por ciertas deudas, ciertas llamadas y ciertos meses en que el dinero no alcanzaba.

Ariel llegó poco después de la medianoche con termos y comida. No había hablado con Lucía, dijo, aunque ella ya estaba en el alojamiento. Su teléfono había quedado cargando en la recepción mientras preparaba las cosas.

Paula lo recibió con una pregunta.

—¿Él te dijo algo?

Ariel negó demasiado rápido.

—¿Qué tendría que decirme?

La joven se alejó sin contestar.

Inés observó a los dos y sintió que estaba conduciendo un grupo cuya verdadera ruta no figuraba en el programa.

Encontraron a Hugo al amanecer, en una construcción abandonada al este del camino principal, a varios kilómetros de la explanada.

El predio se conocía como La Vuelta. Quedaban un corral sin uso, una habitación de adobe y parte de un techo.

Hasta hacía pocos años habían guardado allí herramientas y materiales.

La noticia llegó por radio antes de que Inés pudiera ver el lugar.

No les permitieron acercarse a la habitación. Paula quedó sentada dentro de un vehículo, con una manta alrededor de los hombros. No lloraba. Preguntó si estaban seguros y luego si podía verlo. Cada respuesta parecía obligarla a formular otra pregunta más pequeña.

Darío se apoyó contra el minibús.

Elías miraba el suelo.

Ariel sostuvo un vaso de té hasta que el líquido se enfrió.

La primera información era limitada: Hugo estaba muerto y presentaba una lesión en la cabeza. La habitación quedó aislada. Llegó otro equipo policial y comenzaron las preguntas sobre las últimas horas del pasajero.

Inés recordó la botella llena en su asiento.

Hugo podía haberse alejado pensando que volvería en cinco minutos. O podía haber sabido que alguien lo recogería.

Paula se acercó a ella antes de regresar al pueblo.

—¿La foto es de verdad? —preguntó.

—Es un archivo que hizo Darío. Hay que examinarlo.

—No te pregunté si está trucada.

Inés esperó.

—Te pregunté si estuvimos ahí como se ve.

No supo responder.

Al volver a San Pedro, las agencias abrían sus puertas y los primeros grupos esperaban con mochilas pequeñas en las esquinas. Alguien barría el polvo frente a una tienda. Un perro dormía bajo una mesa mientras una mujer acomodaba botellas de agua en un refrigerador.

El día no se había enterado de lo que les faltaba.

Elías estacionó frente a Patio de Niebla. Desde el asiento del acompañante, Inés contó los lugares vacíos antes de que él apagara el motor.

Sabía que hacerlo no iba a cambiar nada.