El séptimo pasajero Ahora me ves
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Ahora me ves

La salida a los géiseres del Tatio comenzó de madrugada, el día anterior a la observación nocturna.

Paula subió con dos chaquetas. Hugo preguntó si de verdad necesitaba ponerse los guantes.

Lucía llevaba una bolsa con agua y algo de comida.

En el alojamiento, Ariel había dejado preparado el desayuno para llevar, y Darío apareció con una cámara porque quería aprovechar la luz del amanecer para hacer unas tomas.

Inés revisó cómo se encontraban antes de salir. Recordó que arriba caminarían despacio y que cualquiera que se sintiera mal debía avisar. Hugo hizo un comentario sobre lo mucho que se preocupaban por él. Nadie lo celebró.

El ascenso ocurrió en gran parte a oscuras. Desde su asiento, Paula veía el rostro de su hermano reflejado en la ventana cada vez que él encendía el teléfono. Después el vidrio volvía a mostrar solamente la noche.

Al llegar al Tatio, el frío hizo que las primeras conversaciones fueran breves.

El vapor se levantaba delante de las montañas y se desplazaba con el aire, ocultando por momentos a las personas que caminaban más allá.

Inés mantuvo al grupo por el circuito indicado.

El ruido del agua y de las emisiones tenía una continuidad extraña: parecía surgir del suelo entero, aunque cada sonido viniera de un lugar preciso.

Darío preparó la cámara sin pedirles todavía que posaran.

Hugo lo acompañó unos pasos. Inés los veía desde donde Paula intentaba abrochar una manga con los dedos entumecidos. El hombre señaló una columna de vapor y después se señaló a sí mismo. Darío negó con la cabeza, miró hacia el grupo y volvió a escuchar.

Inés no oyó lo que dijeron.

Sí vio que Darío hizo una fotografía, la revisó y se la mostró. Hugo se rio.

—Acá desaparezco entero —dijo cuando regresó.

—Acá te quedas en el sendero —respondió Inés.

La frase cerró la conversación, pero no le quitó del rostro esa satisfacción infantil. Paula lo miró con cansancio. Su hermano podía convertir cualquier salida en un juego cuyas reglas solo conocía él.

Después desayunaron donde correspondía. Hugo tenía las manos rojas y bebió algo caliente sin quejarse. Paula sacó el cuaderno y empezó a dibujar su perfil.

—No me hagas tan viejo —le pidió.

—Entonces deja de moverte.

Él obedeció.

En el regreso, cuando descendían hacia San Pedro, Darío recibió un mensaje. Leyó la pantalla y la apagó enseguida. Hugo, sentado dos filas más adelante, no volvió la cabeza.

Al detenerse para una pausa, Inés encontró a su expareja junto al vehículo.

—¿Todo bien?

—Trabajo.

—Ya estás trabajando.

Darío se guardó el teléfono.

—Otro encargo.

Ella no insistió. Habían aprendido a concederse una privacidad que a veces se parecía demasiado a no querer saber.

Entraron al pueblo antes del almuerzo. Hugo bajó con la carpeta marrón apretada contra el cuerpo. Paula lo siguió. Lucía pidió que la dejaran unas calles más allá.

Esa tarde, Inés hizo cuentas en su casa y confirmó la hora de la salida astronómica del día siguiente. En el mensaje recordó que llevaran abrigo.

Hugo respondió con una foto del Tatio.

La columna de vapor ocupaba casi todo el encuadre. En un costado se veía la punta de su bota y el cordón naranja.

«Ahora me ves», había escrito.

Inés creyó que era una broma sobre el frío.