El séptimo pasajero Que me devuelva mi nombre
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Que me devuelva mi nombre

Al día siguiente fueron al salar de Atacama. Pasaron por Toconao y siguieron hacia el sector de Chaxa. Inés había dejado las salidas de mayor altura para más adelante y Hugo aceptó el orden con el gesto de quien concede algo que ya estaba acordado.

En Toconao, Paula quiso detenerse frente al campanario. Dibujó la separación entre la torre y la iglesia, concentrada en ese espacio vacío que las fotografías tendían a juntar. Hugo compró algo para comer. Lucía permaneció cerca del vehículo, escribiendo mensajes.

Elías se reunió con ellos allí. Iba a acompañarlos durante parte de la jornada. Saludó a Inés, preguntó por el minibús y reconoció a Hugo antes de que se lo presentaran.

—Nos vimos el mes pasado —dijo.

Hugo tardó un instante en asentir.

—Claro. Me abriste la construcción.

—Sí.

No dijeron cuál. Inés estaba guardando las botellas y no preguntó. Solo después comprendería que el nombre que faltaba en aquella conversación era La Vuelta.

En el salar, el terreno cambió bajo la luz. La superficie rugosa de sal se extendía entre sectores de agua y distancias difíciles de calcular. Paula dijo que lo había imaginado liso, como una mesa blanca. Elías le mostró las irregularidades desde el recorrido habilitado, sin apartarse del sendero.

—Desde lejos se pierden los bordes —dijo.

Los flamencos se alimentaban en el agua, con movimientos que parecían lentos hasta que uno trataba de seguir a un individuo.

Paula dejó de dibujar. Se quedó observando la línea que trazaban sus patas y, por primera vez desde que habían llegado, Hugo guardó el teléfono para mirar algo que ella miraba.

Duró poco.

Lucía lo llamó hacia un costado del área de visita. No se alejaron tanto como para dejar de ser visibles, pero sí lo suficiente para que Inés no oyera las palabras. Hugo sacó de su mochila una carpeta marrón. Lucía quiso tomarla. Él retiró la mano antes de entregársela.

Paula también los vio.

—Eso es lo que vine a buscar —dijo.

Inés pensó que hablaba de la carpeta.

—¿Documentos?

—Que me devuelva mi nombre.

La respuesta quedó entre ambas. Inés esperó, pero Paula cambió de tema y le preguntó por las aves.

A la vuelta, pararon otra vez en Toconao. Elías tenía que quedarse. Mientras él retiraba sus cosas, Hugo encontró un sobre entre los asientos y se lo guardó bajo la parka. Inés alcanzó a ver un comprobante doblado, nada más. No leyó el nombre del destinatario ni el lugar de entrega.

—Si se me pierde esto, sí que vamos a tener un problema —dijo Hugo.

Elías cerró la puerta.

Hugo le pidió entonces que no comentara con Ariel lo de la carpeta. Lo dijo en voz baja, pero Inés estaba al lado.

—No sé nada de una carpeta —respondió Elías.

Hugo pareció satisfecho, confundiendo una descripción de los hechos con una promesa.

—¿Ella le ha contado algo? —preguntó a Inés.

—¿Sobre qué?

Él hizo un gesto con la mano.

—Está complicada.

Inés mantuvo los ojos en el camino.

—A mí me ha pedido que paremos para dibujar.

No dijo más. Esa tarde, mientras las luces del pueblo empezaban a verse adelante, decidió que no volvería a confundir la autoridad con que Hugo hablaba por su hermana con el derecho a hacerlo.