Algo que estaba ahí
Tres días antes de la fotografía, durante la visita a las lagunas de Baltinache, Hugo le había preguntado a Inés si una persona podía hundirse sin que nadie la viera.
Ella estaba explicando por dónde continuaba el recorrido. Tardó un segundo en comprender que la pregunta no tenía que ver con las indicaciones.
—Una persona puede ponerse en peligro en cualquier lugar si se aparta de donde debe estar —respondió—. Sigamos juntos.
Hugo sonrió y se acomodó los lentes.
—Era curiosidad.
Paula caminaba delante. Había llegado a San Pedro sin demasiadas ganas y aquella era la primera salida que aceptaba hacer con su hermano.
Las lagunas aparecieron después de un trayecto de polvo y terreno desnudo, con un color que no parecía pertenecer al paisaje.
Inés conocía la pausa de quienes las veían por primera vez.
La conversación se cortaba, alguien levantaba el teléfono y, por unos segundos, nadie pedía nada.
Paula no tomó una fotografía. Se quedó mirando el agua.
—Parece que alguien hubiera borrado una parte del suelo —dijo.
El borde blanco acentuaba la profundidad del azul.
El viento formaba arrugas pequeñas en la superficie y volvía difícil distinguir dónde terminaba un reflejo.
Inés les recordó que permanecieran en los sectores indicados.
Había otras visitas, voces dispersas y pasos sobre el sendero.
No era un lugar vacío, aunque Hugo se empeñara en encuadrarlo como si lo fuera.
Lucía se quedó junto a él mientras Paula avanzaba con Inés. Darío no había ido. Elías tenía otro grupo. Aquella tarde los silencios entre los tres clientes parecían todavía los de unas vacaciones mal organizadas.
—¿Hay señal todo el camino de regreso? —preguntó él.
—No contaría con eso.
—¿Y si alguien necesita avisar algo importante?
—Se organiza antes.
Lucía levantó los ojos.
—Eso mismo le he dicho.
Inés recordó después esa respuesta. También recordó que no le había parecido extraña. Había gente que llevaba su trabajo a cualquier paisaje y luego se enfurecía porque el paisaje no ofreciera una oficina.
Al regresar hacia el vehículo, Hugo advirtió que había perdido los lentes. Se tocaron bolsillos, revisaron la mochila y volvieron unos metros por el mismo sendero. Paula los encontró sobre el cuello de la camisa de su hermano.
Él se rio.
—Un operativo completo por algo que estaba acá.
Paula no le siguió la broma.
En el minibús, Hugo pidió ver las fotografías que había tomado Inés para el registro de la salida. Había una en la que él aparecía muy cerca de Lucía, hablándole al oído. Pidió que la borrara.
—Salí horrible.
Inés le mostró que no la había publicado ni enviado a nadie. Hugo insistió de una manera amable que no dejó de ser insistencia.
Ella la eliminó delante de él. No existía entonces una razón para negarse.
Por la tarde llegaron al pueblo. Paula pidió bajar cerca de la plaza, compró una botella de agua y se sentó a la sombra. Hugo quiso acompañarla. Ella movió la mochila sobre el asiento libre.
—Un rato sola —dijo.
Él miró a Inés, como si esperara que tradujera aquella necesidad a un idioma más conveniente.
Inés fingió revisar la hora.
Fue la primera decisión que tomó a favor de Paula sin saber nada de ella.