El séptimo pasajero Aclaraciones posibles
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Aclaraciones posibles

La mañana había empezado con una discusión sobre el desayuno.

Hugo Rivas quería café antes de la hora de apertura. Ariel, el dueño del alojamiento, había encendido la máquina sin protestar, pero puso la taza sobre el mesón con suficiente fuerza para que Inés levantara la cabeza.

—Pensé que venías de vacaciones —dijo.

Hugo removió el café aunque no le había puesto azúcar.

—Eso intento.

El alojamiento se llamaba Patio de Niebla, un nombre que a Inés le había parecido una broma la primera vez que lo vio pintado en el muro.

Quedaba en un camino tranquilo de Solor, al sur del pueblo, entre cierres de adobe, árboles y viviendas donde el turismo era solo una parte de lo que ocurría cada día.

Ariel lo había levantado con préstamos, trabajo propio y muebles comprados de segunda mano.

En el patio mantenía tres sillas distintas alrededor de una mesa redonda.

La cuarta estaba rota y no dejaba que nadie la usara.

Sobre el mesón de recepción había una linterna metálica larga. Ariel la apartó para poner unas tazas y comentó que otra vez fallaba la luz del patio. Junto a ella dejó las llaves, con un identificador rojo que golpeó la madera.

Inés había ido a confirmar la salida. La habían contratado como conductora y guía para cinco jornadas privadas; ya habían recorrido Baltinache, el salar de Atacama y el Tatio, y quedaban la observación nocturna y una última salida.

Darío se encargaría de la observación nocturna.

Elías los acompañaría desde la tarde, porque conocía el terreno arrendado y tenía otros encargos en Toconao.

Tres clientes: Hugo, su hermana Paula y Lucía Valdés, presentada como asesora de la familia.

Lucía había pedido llevar su propio vehículo. Decía necesitar libertad para volver si aparecía una llamada de trabajo. Inés había anotado la patente y aclarado que mantendrían puntos de encuentro, no un seguimiento improvisado entre autos.

Paula llegó al comedor cuando Hugo ya iba por la segunda taza. Dejó una mochila pequeña en una silla y pidió pan. No miró a su hermano.

—Hoy sin reuniones —dijo él.

—Entonces apaga el teléfono.

Hugo sonrió hacia Inés, buscando una complicidad que ella no le dio.

—Las hermanas menores se vuelven estrictas cuando uno envejece.

Paula no respondió. Tomó el teléfono que su hermano había dejado sobre la mesa y lo puso boca abajo.

Lucía apareció desde el patio con una carpeta de cartón bajo el brazo. Tenía unos cuarenta y cinco años, el pelo corto y una forma de escuchar que hacía sentir a la gente que estaba siendo clasificada. Se sentó junto a Hugo, lo suficientemente lejos para no parecer parte de una intimidad.

—El contrato se revisa mañana —dijo.

Ariel, detrás del mesón, dejó de secar un vaso.

Hugo observó el gesto y cambió de tema.

Preguntó si volverían a ver flamencos, por el mejor lugar para ver la Vía Láctea y si podrían repetir la visita a los géiseres.

Inés le explicó que no iban a meter todos los paisajes en un día.

Después del madrugón del Tatio, había programado una jornada más descansada; Socaire quedaba para el día siguiente si todos se encontraban bien.

—Yo aguanto —dijo Hugo.

—No se trata de aguantar.

Paula levantó por primera vez la vista hacia ella.

Hubo una sonrisa mínima, que desapareció antes de que Hugo pudiera verla.

Mientras acomodaban el equipaje, Inés notó que él tenía un cordón distinto en una bota: naranja brillante, demasiado largo, enrollado dos veces alrededor de los ganchos superiores. Se había roto el original al salir de Santiago, explicó. Darío le ofreció cortarle el sobrante con una tijera.

—Déjalo —dijo Hugo—. Así encuentro los pies si me pierdo.

La frase produjo una risa corta en Lucía.

Inés no la recordó durante la búsqueda. La recordaría después, cuando ya no había nadie a quien devolverle la broma.

Inés revisó la cámara de conducción instalada en el parabrisas del minibús. La pequeña luz confirmó que estaba grabando. Después ajustó los espejos y comprobó la lista.

Antes de partir, Ariel la acompañó hasta el minibús. Le entregó una bolsa con fruta y le preguntó a qué hora regresarían.

—Depende de cómo esté el cielo. Te aviso al salir del predio.

—Avísame aunque se separen.

Inés se volvió.

—No se van a separar.

Ariel miró hacia el patio, donde Lucía hablaba con Hugo.

—Me refiero a los vehículos.

Era una aclaración posible.

Aquella mañana hubo muchas.

Durante el trayecto a Toconao, Hugo ocupó el asiento delantero y habló de negocios turísticos.

Decía que la gente no compraba lugares, sino historias que pudiera contar después.

Inés había oído versiones de esa frase demasiadas veces.

Le preguntó si prefería mirar el paisaje o escuchar indicaciones sobre lo que visitarían.

Él guardó silencio durante unos minutos.

La Cordillera de la Sal quedó atrás y el relieve hacia los Andes parecía inmóvil, tan nítido que la distancia costaba trabajo.

Inés sabía que los recién llegados confundían esa claridad con cercanía.

Había tenido pasajeros dispuestos a caminar hacia un cerro que, desde la ventana, parecía quedar al otro lado del camino.

Paula sacó una libreta. No fotografió el paisaje. Dibujó el perfil de las montañas con una línea continua y luego tachó una parte.

Cuando pararon en Toconao, Hugo se apartó para contestar una llamada.

Inés oyó solo una frase antes de cerrar la puerta del vehículo.

—Si ella se entera antes, no sirve.