El séptimo pasajero La séptima figura
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El séptimo pasajero

El séptimo pasajero

Por Novela Chilena

© inepub.com

La séptima figura

Inés había contado seis personas antes de apagar las luces.

En la fotografía había siete.

Volvió a ampliar la imagen con los dedos.

El cielo ocupaba casi todo el encuadre. Abajo, sobre la franja pálida del terreno, se distinguían su propia parka, la bufanda de Paula, el gorro de Elías y las otras tres figuras que recordaba haber acomodado para la foto.

En el extremo izquierdo, separado del grupo, había alguien más.

Un hombre con una capucha amarilla.

—¿Quién es este? —preguntó.

Darío se inclinó sobre el teléfono. No respondió enseguida.

El viento movía la lona que protegía los telescopios. A unos veinte metros, el minibús esperaba con las puertas cerradas y las luces de posición encendidas. Más lejos quedaba el camino de acceso, una línea que durante el día parecía evidente y de noche solo existía donde llegaba una linterna.

Habían salido de San Pedro de Atacama después del almuerzo.

Pasaron por Toconao, comieron algo y llegaron al predio de observación antes de que desapareciera el sol.

Era un terreno particular que Darío arrendaba algunas noches para grupos pequeños.

Tenía una explanada firme, dos baños, una caseta y una vieja puerta roja que ya no cerraba ningún muro.

Inés llevaba nueve años guiando en la zona. Sabía que la oscuridad podía alterar las distancias, pero no aumentar una lista de pasajeros.

—Puede ser alguien moviéndose durante la exposición —dijo Darío.

—Entonces alguien tiene que aparecer dos veces.

Él acercó más la pantalla.

—No todos saben quedarse quietos.

La respuesta le molestó. Había sido su pareja durante cuatro años y todavía reconocía la diferencia entre una explicación y una frase puesta para ganar tiempo.

En la foto, la figura amarilla no tenía rostro. El haz con que Darío había iluminado al grupo le había alcanzado el pecho y una pierna. La otra parecía deshacerse en la oscuridad.

—Hugo llevaba eso —dijo Paula a su espalda.

Inés se volvió. Paula tenía los labios agrietados y los brazos metidos bajo la parka. Su hermano había pedido prestado un poncho amarillo al empezar la observación, quejándose del frío como si se tratara de un defecto del servicio.

—Hugo está aquí —respondió Inés, señalando la segunda figura desde la derecha.

Paula miró la pantalla.

Allí estaba: chaqueta oscura, cuello levantado, una mano cerca de la cara. No se le distinguían los ojos. Inés lo había acomodado entre Lucía y Elías antes de que Darío apagara las luces.

Contó las figuras otra vez.

Siete.

Darío levantó la vista hacia la caseta.

—¿Dónde está ahora?

Nadie respondió.

Inés llamó a Hugo sin gritar. Esperó. Lo llamó de nuevo.

Elías apareció detrás del minibús, cargando el último trípode. Lucía estaba junto a su vehículo, una camioneta arrendada que había llevado por su cuenta. Había dicho que le dolía la cabeza y que prefería regresar antes, pero todavía no se había ido.

—¿Han visto a Hugo? —preguntó Inés.

Elías señaló los baños.

—Hace un rato iba para allá.

Paula ya estaba caminando. Inés la detuvo con una mano abierta, sin tocarla.

—Vamos juntas. Nadie sale solo del área iluminada.

La joven la miró con irritación.

—No es un niño.

—Por eso no debería obligarnos a buscarlo.

Revisaron los dos baños, la caseta y el costado del vehículo. La chaqueta de Hugo no estaba en su asiento. Su botella de agua sí. También un estuche de lentes y una bolsa de caramelos de menta que había ofrecido durante todo el viaje.

Inés cerró la puerta sin mover nada.

Elías se quedó junto a los vehículos, usando la linterna para marcar la posición. Darío revisó el tramo corto hasta la puerta roja. Lucía dijo que había visto al hombre de amarillo acercarse a Hugo durante la fotografía.

Inés se volvió hacia ella.

—¿Lo viste?

—Creo que sí. No sabía si era parte del equipo.

—¿Por qué no dijiste nada?

Lucía se frotó la frente.

—Porque había gente moviéndose. Porque estaba oscuro.

Eso era cierto. Durante los cuarenta segundos de exposición habían oído pasos y el roce de la ropa. Inés los había atribuido a Darío, que iba iluminándolos por turnos.

Darío había colocado la cámara en un trípode, activado una exposición larga y recorrido el frente del grupo con una luz tenue. Luego se incorporó unos segundos a la fila, mientras Inés sostenía la linterna como él le había indicado. No era una instantánea. Había tiempo dentro de ella.

Pero Inés no había visto a nadie llegar.

Miró el reloj. Eran las diez y diecinueve. Habían pasado doce minutos desde la foto.

Marcó el número de Hugo. Sonó hasta cortarse. Paula intentó desde su teléfono y obtuvo lo mismo.

—A veces se aleja para hablar —dijo la joven.

Lucía desvió la mirada.

—¿Con quién? —preguntó Inés.

—Con quien no quiere que lo oigamos.

Inés anotó la hora, la última posición conocida y la ropa. Llamó a Carabineros, dio la ubicación del predio y explicó cómo llegar al acceso. Después reunió al grupo junto a los vehículos.

Elías le acercó una linterna de repuesto.

—No busques huellas en todas partes —dijo en voz baja—. Aquí también hay grava. No todo deja dibujo.

Ella asintió.

En su teléfono, el desconocido amarillo seguía de pie al lado de personas que aseguraban no haberlo visto.